El crimen de los Pardos

Por Miguel Ángel Alonso Mellado

Un rincón de la pedanía de los Pardos en el Arroyo Aceituno. Colección: Decarrillo

El asesinato de dos "viejecicos" en los Pardos

El suceso más negro de la historia de Almanzora tuvo lugar en la pedanía de Los Pardos en septiembre de 1936, que terminó con el asesinato de un matrimonio a manos de varios miembros del Comité de Almanzora. El Crimen de los Pardos, que así se le ha conocido siempre, era una historia que marcó a toda una generación en esta tierra, cuando se acabaron los llantos por unos y por los otros, empezó el silencio y un olvido que dura hasta nuestros días.

En Almanzora fueron muchos y muchas, los que estuvieron por un motivo o por otro en la cárcel, bien porque tenían algo de dinero y eran obligados a pagar unas cuotas para el sostenimiento de las necesidades de la población y al no hacerlo, por no tener tanto dinero como les pedían o simplemente no querer pagar, eran detenidos y llevados a la prisión de El Ingenio en Almería para que se lo “pensaran mejor”, otros como mi abuelo Angelillo tuvieron que esconderse. Otros muchos vecinos fueron presos después de la guerra por innumerables motivos, como haber estado en el frente rojo, haber sido alcalde pedáneo como Silverio López, haber sido concejal del Frente Popular en el ayuntamiento como Antonio Piñero, haber pertenecido a algún Sindicato durante la guerra, o como Juan Martos, que era delegado de abastos en Albox y fue condenado a muerte (se le conmutó por perpetua), también pasaron por la cárcel mujeres que habían colaborado con el Carbonero, mujeres que habían cogido objetos religiosos de la iglesia, otros que destrozaron a San Ildefonso, otros 4 almanzoreños fueron fusilados, entre ellos el Castaño (otro día hablare de él), motivos siempre había para meter a los vecinos en el talego.

Esto supuso que después de la guerra y cuando empezaron a regresar los “rojos” de las cárceles en Almanzora no se hablara de lo que había ocurrido en la contienda, no se habló tampoco del asesinato de los viejos de Los Pardos. Era una manera de protegerse, y si no se hablaba de eso, es como si no hubiera sucedido. Esto ocurrió con este suceso, que todo el mundo sabía que hubo un crimen, que mataron a dos ancianos y que fusilaron a los tres de Almanzora (en verdad solo a dos). Los datos que tenían los vecinos fueron muy escasos, se decía que los viejos (falso, tenían 53 años); eran de derechas (falso); que les hicieron cavar la tumba (falso también) y poco más.

Los mayores que tenían algún dato más fueron desapareciendo y como no se sabían muchos detalles, el tiempo ha ido borrando esta historia como lágrimas en la lluvia. En mi casa siempre han contado esta historia y tenía ganas de investigar este suceso, para escarbar y reflotar, con veracidad, esta historia tan cruel que nos aconteció en ese amargo verano del 36.

La República y el inicio de la Guerra Civil en Almanzora

El día 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones municipales en todo el territorio español mediante sufragio universal masculino, ganando las candidaturas republicano-socialistas en las grandes ciudades, preludio de los grandes cambios y acontecimientos que se producirán en los años posteriores. En la mañana del 14 de abril se fue proclamando la República a lo largo del país de manera pacífica y espontánea, por lo que Alfonso XIII se vio obligado a renunciar al trono y marcharse al exilio. En Almanzora no pasó desapercibido todo el descontento de tantos años de desidia por parte de los Gobiernos y los trabajadores del campo decidieron unirse en un sindicato que defendiera más eficazmente sus intereses, materializándose el 17 de mayo de 1930 a través de la constitución de La Sociedad de Trabajadores de la Tierra, vinculada a la U.G.T., poco antes de la guerra se crearía otra Sociedad de Oficios Varios.

El 16 de febrero de 1936 se celebran elecciones generales y triunfa la coalición de izquierdas del Frente Popular. En Almería gana el candidato de Izquierda Republicana, don Augusto Barcia, que el año anterior había dado un mitin en la plaza de Albox ante 10.000 Personas.

Tras varios meses de agitación, el 18 de julio se produce el Golpe de Estado por parte de los militares africanistas y el 21 se promulga el bando de guerra en Almería. A las 3 de la madrugada del día 21 se recibe en el cuartel de Macael un telefonema del jefe de línea ordenando a todo el personal que se concentraran con sus familias en el cuartel de Cantoria. Esa misma mañana avisan al cuartel de que elementos armados de Almanzora venían para desarmar a las fuerzas, cosa que no llegó a suceder, aunque temían la llegada de Pedro Antonio Rubio y sus milicianos.

En los primeros días de la guerra, los ayuntamientos constitucionales fueron disueltos por elementos radicales de los sindicatos y partidos políticos, constituyendo los llamados Comités Revolucionarios o de Salud Pública. Tomaron el poder en todos los ámbitos, campando a sus anchas, en un frenesí de poder debido la ausencia de autoridad. En esos primeros meses, hasta que con Largo Caballero en el poder en septiembre de 1936 decide disolverlos y su incorporación a filas.

En Almanzora se organizó el Comité en torno a Juan Cazorla Lozano (Presidente), Pedro Antonio Rubio y Francisco Jiménez Simón entre otros. Hasta el inicio de la contienda contaba la población con un cuartel de la guardia civil, que fue desmantelado en los primeros días del levantamiento. Se encontraba en la actual calle Cuartel, en la casa conocida como de la Montoya, que hasta hace unas décadas mantenía la reja, con una pequeña abertura por donde les entregaban los familiares a los detenidos la ropa, mantas y algo de víveres.

El hombre con más influencia en esta primera etapa de la guerra fue Francisco García Castaño, comisario del S.I.M, un cargo de gran responsabilidad a nivel provincial que hacía necesario llevar escolta, siendo anteriormente “factor” del ferrocarril. Francisco era una persona bastante formada, que vivía junto al cuartel en una casa bajera. El presidente del Comité de Almanzora era Juan Cazorla Lozano conocido como el Gordo, de 29 años, ferroviario de profesión antes de la guerra y después transportista de fruta. Tenía un único hijo, Julián, que actualmente reside en Argentina. Vivía Juan en la calle Jardines (casa de Cipriano), era una persona con instrucción, antes de la sublevación fue vicepresidente de U.G.T. y con posterioridad a esta, fue presidente del comité de salud pública y presidente de U.G.T. Después de la guerra se le acusó de exigir cuotas a los elementos contrarios, con la amenaza de declararlos “facciosos” si no lo hacía.

La estación de ferrocarril de Almanzora fue testigo de muchos de los acontecimientos que se vivieron en esas fechas, la de los soldados, voluntarios o no, que marchaban al frente y eran despedidos por sus familias, Los heridos que volvían del frente de Guadix siendo trasladados los más graves al hospital de sangre de Albox, los más leves se bajaban directamente y se iban como podían a sus domicilios. El Palacio fue utilizado como intendencia, almacenando en sus graneros todo tipo de granos y víveres, que por medio de cuotas eran requisados en los molinos, almazaras y viviendas particulares.

Estación de Almanzora. Colección: Familia Berbel

Juan Lurbe y el Comité de los Pardos

Juan Lurbe Galera era natural de Bédar y había nacido en torno a 1883. Había estado trabajando en las minas de hierro de su pueblo donde conoció el movimiento obrero y la lucha de clases de los trabajadores. En el Arroyo Aceituno, un pequeño valle que se encuentra entre los municipios de Arboleas y Cantoria se abrieron una serie de explotaciones mineras de poca consideración y Juan Lurbe decide venir a probar suerte en esta tierra como capataz de una de ellas. 

En la iglesia de San Miguel de Los Pardos el 7 de marzo de 1921 celebra el párroco Francisco García Galera el casamiento de Juan Lurbe de 38 años, viudo de Juana Invernón Torres (Lubrín), con Catalina Pardo Gallego la Pirila, de la misma edad y viuda de Andrés Veraguas García, vecina de La Hoya (primera cortijá de Cantoria que linda con Arboleas y muy cerca de los Pardos) y tenía un hijo y una hija llamada Catalina. Se fueron a vivir a la cortijada de Los Gitanos, (pegada a la cortijá del Tomillar), que estaba a unos 500 m de Los Pardos, esta cortijada se llamaba así porque históricamente habían vivido gitanos allí.

Juan Lurbe pertenecía al Comité de Los Pardos y era de ideología marxista aunque simpatizaba con el Partido Socialista también. Su mujer, Catalina, pese a decirse siempre que era de izquierdas, no era así, no tenía ideología alguna, era una pobre diabla que se esmeraba por sobrevivir. En el Arroyo había tres Comités Revolucionarios, los tres marxistas y el más radicalizado era el de Los Molinas, por lo que nos podemos dar cuenta que ese pequeño oasis aislado del mundo por su incomunicación, era todo un hervidero social. La sede del Comité de Los Pardos estaba en la misma iglesia de esa población.

Juan Lurbe era el enlace con el comité de Cantoria mientras que Antonio Cortés Molina (Plácido) lo era del de Almanzora. Plácido era de Los Pardos y tenía una cultura exquisita, conocía y recitaba las grandes poetas españoles del siglo XIX y XX, gracias a las enseñanzas de un maestro que tuvo en Los Molinas. Plácido era amigo íntimo de Pedro Antonio Rubio, Jefe de Milicias de Almanzora y casado en Los Molinas y que vivía a caballo entre Almanzora y el Arroyo. Plácido siempre le contaba todos los chismes al Comité de Almanzora y Juan Lurbe empezó a estar señalado por estos y los rencores se fueron guardando. El Comité de Almanzora era de ideología marxista y el Comité de Cantoria lo era anarquista, por lo que no podían ni verse, había una lucha ideológica insuperable entre estas dos organizaciones, los unos seguidores de Lenin y los otros Trotskistas, la lucha interna estaba asegurada.

En agosto de 1936 se destruyen una serie de imágenes de la iglesia de Los Pardos, entre ellas la del patrón, San Miguel, la destrozaron debajo de un olivo milenario que había a la salida de esta cortijada. Era costumbre regalarle a San Miguel cintas con medallas que se las cruzaban en el pecho, por lo que el Santo iba cargado de medallas. Juan Lurbe era uno de los que iba en la anterior comitiva y debajo del olivo le quitó las medallas a San Miguel y se las puso en el pecho, al ver esto Pedro Antonio Rubio, le dijo: “pareces un fascista!!! Con tanta medalla!” Nos podemos dar cuenta que las cosas no iban bien en el Comité de los Pardos y Juan Lurbe estaba en la diana y su reputación ante los ojos del Comité de Almanzora y el de Los Pardos no era halagüeña.

Otro miembro del Comité de Los Pardos era Juan Miguel Pardo Díaz que en los años 20 fue a Arboleas a hacer unos mandados y al ir al estanco a por tabaco, discutió con el estanquero conocido como Currillo Viejo por un céntimo, sacando la navaja y rematandolo allí mismo. El poeta Joaquín Bernabé, años después, le dedicaría el poema Por un céntimo, una muerte (ver poema al final de este artículo). Juan Miguel Pardo estuvo un tiempo en la cárcel y cuando salió en libertad se marchó a Orán hasta que con la llegada de la República decidió regresar a Los Pardos. 

Dos imágenes de la Iglesia de San Miguel de los Pardos en la actualidad. Durante la guerra fue la sede del comité. Colección: Decarrillo

En esta composición podemos ver las dos imágenes de San Miguel de la Iglesia de los Pardos, la que destruyeron en la guerra y la que se repuso después. En la actualidad pervive la tradición de regalarle medallas y cintas. Colección: Antonio García y Decarrillo

El doble asesinato

El 27 de septiembre de 1936, Juan Lurbe, había hecho que milicianos de Cantoria fueran a Los Pardos donde amenazaron a los vecinos del mismo y por lo visto tenía una lista de gente para que se los llevaran detenidos a Almería, por lo que al enterarse en Almanzora del grave riesgo que corrían algunos, deciden intervenir y darle un escarmiento a Juan Lurbe. Ese mismo día 27 de septiembre había fallecido una persona en el Arroyo Aceituno de Arboleas, en la Fuenblanquilla, lindando con Lubrín. Se dio aviso al cura de Los Pardos para que el sepelio se celebrara allí y la posterior inhumación en el cementerio. Según contaba Antonio el Sevillano, la tumba la excavó ese día Cristóbal Pardo Berbel, conocido como Paco el Chato, sobrino de la mujer de Juan Lurbe. Por el motivo que fuera, los familiares del difunto deciden finalmente enterrarlo en Lubrín, quedando la tumba del cementerio de Los Pardos sin inquilino.

El plan del Comité de Almanzora era ir a darle un escarmiento a Juan Lurbe, darle un buen susto para que supiera que quien mandaba allí eran ellos, y así eliminar cualquier tipo de disidencia política. La comitiva que vino de Almanzora al amanecer del día 28 de septiembre de 1936, vísperas de las fiestas de San Miguel de Los Pardos, estaba formada por Pedro Antonio Rubio (Jefe de Milicias); Francisco Jiménez Simón alias el Saturnino, que era Cabo de Milicias, otro joven de 16 años y miliciano, Baltasar Jiménez Gómez, el de la Casilla y Francisco Ferrer, estos dos últimos vivían en Los Coloraos (Almanzora).

La estrategia se basaba en ir a hacer una comilona mañanera a Los Pardos y sin que Juan Lurbe sospechara nada, darle una buena lección. El Comité de Los Pardos estaba avisado del plan y participarían activamente para que se llevara a cabo. Estaban metidos en el ajo, Juan Miguel Pardo López y su mujer María; Cristóbal Pardo, sobrino de la mujer de Juan Lurbe. No había amanecido aun cuando fueron a casa de Juan Lurbe y Catalina Pardo, sacándolos de la cama, con la excusa que iban a comerse un arroz mañanero en Los Pardos. La comitiva salió de casa de Juan Lurbe en los Gitanos y pasaron por la cortijá de Los Tomillares, que estaba junto a la anterior y de allí, a Los Pardos en un recorrido que no superaba el medio kilómetro.

Tenían todo previsto para hacer el arroz en la puerta de la tienda-taberna de Juan Pardo Pérez y Herminia Pardo Gómez, que estaba justo antes de salir de esta población. Una niña que estuvo presente en la comilona, fue Lola, que luego se casaría con el poeta Joaquín Bernabé y contaba que el arroz que se comieron tenía una pinta increíble, ella estuvo delante de ellos por si alguien le daba una cucharada, pero nadie se ofreció a dársela. El ágape debió terminar entre las 11 o las 12 de la mañana, Herminia les puso unas copas de licor para rebajar la comida, mientras ellos seguían con su guion hasta que dejaron de oírse risas y le comunican a Juan Lurbe que tiene que acompañarlos. Juan Lurbe extrañado pregunta qué ocurre y le responden que se calle y que los acompañe. Su mujer, Catalina Pardo, vuelve a preguntar y le responden que con ella no va y que no se mueva de ahí. Pedro Antonio Rubio no fue con ellos.

La comitiva sale del establecimiento de Herminia y comienzan a subir la cuesta que conduce al antiguo calvario de Los Pardos y que termina en el cementerio, total unos 250 m en línea recta. Cuando comienzan a subir la cuesta Juan Lurbe sabe que algo no va bien, que las caras son largas y algo está pasando. Catalina Pardo empieza a dar chillidos y se agarra a su marido arrastrada en el suelo, los de la comitiva a empujones intentan separarla de él y le dicen que se marche, ante lo que responde Catalina Pardo que “voy con mi marido hasta el final”. Viendo Catalina que esta gente no declinaba en sus intenciones, se dio la vuelta y fue corriendo al cortijo de Antonia Molina Pardo para que dieran aviso a su hija Catalina que algo malo estaba pasando.

Catalina alcanza de nuevo al grupo justo cuando entraban en el recinto del cementerio, los milicianos observan que hay una tumba abierta y lo aprovechan para cumplir el plan establecido, acojonar a Juan Lurbe, la tumba estaba en la entrada del cementerio, a la derecha. Le obligan a meterse dentro y entre los alaridos de Catalina, los rencores y el alcohol que llevaban encima, el Saturnino de Almanzora le pega un tiro a Juan Lurbe, quedando este con vida, por lo que Catalina se tira a la tumba para protegerlo y es cuando el saturnino le dice al zagal, a Baltasar, que dispare a Catalina, negándose éste, por lo que lo encañona y le dice “o la matas o te mato yo a ti”. Baltasar por el miedo que cogió le disparó a Catalina dos tiros. Han contado siempre en Los Pardos que cuando le habían pegado el primer tiro a Catalina y estando aún con vida suplicando piedad, su sobrino, Cristóbal Pardo (17/18 años de edad), fue el que le dio el tiro de gracia, pero no está contrastado. Pedro Antonio Rubio estaba mientras tanto en la casa de Lázaro el Sacristán en Los Molineros (100 m de Los Pardos) y al escuchar los tiros se dio un golpe en la frente y dijo “ya han hecho lo que les dije que no tenía que hacer”, se le vino el mundo encima.

Después de la guerra, el cura correfaldas Juan Rubio, salvó de la quema a Cristóbal Pardo y a Plácido, su intervención hizo que no fueran fusilados. Juan Lurbe y Catalina Pardo no fueron retirados de esa tumba y allí siguen, en el cementerio de Los Pardos, pese a que por desgracia se han hecho varios panteones encima de ellos.

En Almanzora se conoce la noticia del asesinato al día siguiente, corriendo como la pólvora al estar implicados los milicianos de esa población. El presidente del Comité de Almanzora, Juan Cazorla Lozano, el Gordo, se entera del suceso la misma tarde de los asesinatos y salió en ese mismo momento para Almería a informar y consultar a las autoridades pertinentes de lo sucedido y lo que tenía que hacer con los implicados. La respuesta fue que “lo dejara pasar” que no se preocupase, que ya se olvidaría. Al día siguiente del asesinato, Pedro Antonio Rubio arrestó al cabo Francisco Jiménez el Saturnino, teniéndolo en esa situación durante una semana por “haber matado a esas personas sin su autorización”. Este crimen fue un escándalo en Almanzora y Pedro Antonio Rubio tuvo que salir al paso en una reunión celebrada en la sede del Sindicato de Oficios Varios de Almanzora, lo que había sido el antiguo Casino desde la época de los Marqueses (una casa bajera a la derecha del Bar Flora). En esta reunión le echó un capote a los que habían disparado en Los Pardos para que no los señalaran más diciendo que “yo soy el responsable y no me temblará el pulso si tengo que hacerlo con otros”. Aunque Pedro Antonio Rubio no lo sabía en ese momento, estas palabras cavarían su tumba después de la guerra.  

Recreación del Crímen de los Pardos realizada por Juan Molina. 

Francisco Jiménez Simón el Saturnino

En 1936 tenía 25 años, hijo de Juan y de Carmen, estaba casado y se dedicaba al pastoreo, era natural y vecino de Cantoria, residente en la barriada de Almanzora. Era afiliado a la C.N.T., ingresando voluntario en las milicias. En noviembre de 1936 marchó voluntario a la 2ª compañía del 7º Batallón de Almería, tenía graduación de cabo, incorporándose al frente del Jarama, donde fue herido, perdiendo el dedo pulgar de la mano izquierda, por cuya causa fue dado por inútil.

El 28 de abril de 1939 se le abre en Granada un Procedimiento Sumarísimo de Urgencia por lo que el responsable jurídico militar de Purchena inicia la instrucción de la causa nº 17.367 el día 2 de mayo de ese mismo año. Creyendo que Francisco Jiménez Simón se encontraba detenido en la prisión de Huércal Overa, se libró un oficio para el traslado de nuestro paisano a la villa de Purchena, para recogerle testimonio y practicar cuantas diligencias estimaran necesarias en averiguación de los hechos que se le imputaban, que en este caso era de asesinato y recabar sus antecedentes políticos, sociales y de conducta.

En Purchena reciben comunicación de la Comandancia militar de Huércal-Overa, el 9 de mayo, exponiendo que Francisco Jiménez Simón no se encuentra en aquella prisión, por lo que se ponen en contacto con el campo de concentración de Tíjola y la guardia civil de Cantoria para que averigüen su paradero y dispongan su traslado a la prisión de Purchena. Al concluir la guerra civil, los soldados del bando republicano, fueron internados en cientos campos de concentración distribuidos por toda España aprovechando castillos, viejos hospitales, plazas de toros o simplemente al aire libre en un vallado de alambre de espino a la espera de una reclasificación, y solo tras comprobar que no tenían causas pendientes, eran liberados. Un almanzoreño, Salvador López de la Elisa, estuvo en la plaza de Valencia unos meses. Estos varios cientos de miles de detenidos se preguntaban, como afirmaba el escritor Max Aub, en su libro El Campo de los Almendros, que no había cárceles para tanta gente y el autor respondía que sí había de sobra, puesto que “España ya era un gran campo de concentración”. El campo de concentración de Los Almendros en Albatera en Alicante fue uno de los más importantes puesto que buena parte de los miles de republicanos que pretendían huir por el puerto de Alicante hacia Orán u otros destinos, quedaron bloqueados al caer la ciudad, el último barco que pudo zarpar lo hizo el 28 de marzo de 1936, el Stanbrook con 3.000 pasajeros a bordo.

A comienzo del verano de 1939 es trasladado Francisco Jiménez Simón desde la prisión del Partido de Purchena hasta la prisión provincial de Granada para que pudiera ser juzgado. El 8 de noviembre de 1939 el secretario le notifica la relación de los componentes del Consejo de Guerra que había de juzgarlo y se le dijo que si tenía algo que alegar, manifestó que “nada tenía que alegar”. Quedó señalada la vista en audiencia pública para el día 9 de noviembre a las tres de la tarde, actuando como Presidente del Consejo de Guerra, Manuel Parada Fuster, coronel de artillería; el teniente Ramón Entrena como fiscal y el alférez Jesús Conteras se encargó de su defensa. Tras emitir las partes sus respectivos informes, el fiscal mantuvo que los hechos eran constitutivos de rebelión militar recogido en el art. 237 del código de justicia militar, solicitó para el procesado la pena de muerte. El defensor solicitó la reclusión temporal en su grado mínimo. Al ser preguntado Francisco Jiménez Simón, dijo que no tenía nada que alegar.

El 10 de noviembre de 1939, en Sevilla, se aprueba la sentencia, haciéndola firme y ejecutoria. En Granada se recibe un oficio de la Asesoría de Justicia del Ministerio del Ejército diciendo: “S.E. a quién le ha sido notificada la parte dispositiva de la sentencia que pronunció el Consejo de Guerra celebrado en Granada para ver y fallar el procedimiento contra Francisco Jiménez Simón, se da por ENTERADO de la pena impuesta”. Habiendo dado el “enterado” el Jefe del Estado, se le da conocimiento al General de la 23 División de esta plaza a los efectos de ejecución de la pena impuesta y para que designe para asistir a dicha ejecución al fiscal Ramón Entrena Fernández.

El 27 de marzo de 1940 se constituye a las 22 horas en la prisión de Granada el juzgado que ha de hacer cumplir con la última pena. Se le leyó al acusado la sentencia y Francisco Jiménez Simón no pudo firmarla debido a que no se encontraba en condiciones de hacerlo. En este mismo momento el acusado “entró en capilla” o sea que se le deja en una dependencia apartado de los demás presos a la espera de su ejecución. A las 6 de la mañana del día 28 de marzo de 1940 fue ejecutado en las inmediaciones del cementerio de Granada, siendo reconocido el cuerpo por el médico militar, Ricardo Puyol, quien comunicó la defunción producida por arma de fuego, siendo enterrado en una fosa común.

Camino del Cementerio de los Pardos. Colección: Decarrillo

Pedro Antonio Rubio Oller

Era natural de Almanzora, estaba casado, tenía 23 años en 1936, oficinista de profesión. Tenía una estatura de 160 cm, pelo castaño, ojos melados y era hijo de Luis Rubio de Albox y de Sinforosa Oller de Cantoria. El 4 de octubre de 1935 en la iglesia de San Miguel de Los Pardos, el cura natural de Sierro, Juan Rubio López, casa a Pedro Antonio Rubio, con 23 años, hijo de Luis y de Sinforosa, con María Crisol Utrera, de 24 años y natural de Los Utreras de Albanchez, siendo testigo Lázaro el sacristán.

Durante la revolución de Asturias de octubre de 1934 fue detenido y encarcelado en Madrid siendo liberado un tiempo después gracias a las gestiones de Eduardo Cortés de Cantoria, que estaba muy bien relacionado con las autoridades Republicanas.

Fue Secretario General de la UGT de Almanzora, miembro del Partido Comunista de Almanzora, secretario del comité revolucionario y jefe de milicias. Se incorporó al ejército republicano como voluntario, ingresando en la 85 Brigada Mixta, 339 Batallón, 4ª Compañía, siendo alférez y comisario político de Compañía y habilitado para Batallón.

El 30 de abril de 1939 por orden del juez militar de Purchena, al comandante militar de Albanchez, alférez Arsenio González, se ordena detener a Pedro Antonio Rubio, haciéndose cargo del detenido el guardia comandante de puesto, Antonio Ramírez García que procedió a iniciar el atestado e interrogatorio. Pedro Antonio Rubio fue detenido y trasladado a la prisión del Partido de Purchena, donde un mes después se decreta su prisión preventiva. Tiempo después es trasladado a la prisión provincial de Granada a la espera de juicio. A mediados de los años 80 le contó Marisa de Juan Pardo a mi madre que ella fue una de las que fueron a despedir amargamente a Pedro Antonio Rubio a la estación de Almanzora de camino a la prisión de Purchena, nunca volvería a pisar su querida Almanzora.

 El 26 de febrero de 1940 se le notifica la relación de los componentes del Consejo de Guerra, la vista se celebra esa misma mañana en audiencia pública y fue presidida Santiago Coca y tras emitir las partes sus respectivos informes, el fiscal mantuvo que los hechos de autos eran constitutivos del delito que prevé el artículo 173 del código castrense y solicitó para el procesado la pena de muerte, el defensor expuso que se rebajara la pena, el procesado manifestó que nada tenía que decir. Por lo que se dicta sentencia considerando que los hechos eran constitutivos del delito de adhesión a la rebelión previsto en el artículo 238 nº2 del código de justicia militar, del cual era responsable en concepto de autor, por lo que se le condenaba a la pena de muerte y manifestando que no consideraban pertinente elevar a la Superioridad Militar la conmutación de dicha pena por resultar esta equitativa y ajustada a derecho.

Al ser conocida la sentencia de muerte en Almanzora, la madre de Pedro Antonio Rubio, Sinforosa Oller Oller, viuda y vecina de Almanzora, se moviliza para recoger avales de “personas de orden” en favor de su hijo. El 7 de marzo de 1940, envía una carta al “muy ilustrísimo” Auditor de Guerra de Granada manifestando que su hijo está en la cárcel del Ingenio de Almería y que algunos de los testigos de cargo contra su hijo son parciales puesto que existe una cuestión de intereses particulares pendiente de liquidar, siendo esa la animosidad hacia su hijo. También alegaba que en el momento de celebrarse el juicio, no figuraban algunas de las muchas pruebas de descargo que había presentado durante el tiempo que había estado en la prisión de Purchena, por lo que la sentencia pudo ser dictada con grave perjuicio de su parte al no ser presentadas dichas pruebas. Con todo esto suplicaba que se debiera anular la sentencia provisional y enviar los autos al juez para que amplíen los informes y avales que acompañaban en esa misiva.

Las declaraciones de testigos a las que se refería la madre de Pedro Antonio Rubio eran las que hicieron en noviembre de 1939: Juan Blanco Sánchez, natural de Infiesto (Asturias) que era el administrador de Juan March y que vivía en el Palacio hasta la llegada de la guerra de donde fue expulsado por el Comité de Almanzora. Juan Blanco manifestó que “Rubio Oller se erigió Jefe de Milicias de la barriada, siendo el que capitaneó las turbas que asesinaron a Juan Lurbe y señora en Los Pardos y que después de cometer este asesinato se alistó en el ejército rojo, siendo un izquierdista acérrimo y un propagandista incansable”. Saúl Blanco Ampudia, hijo del anterior testigo manifestó que “por toda esta comarca ha sido de los más activos propagandistas en sus ideas. Se erigió, al estallar el Movimiento, Jefe de Milicias de Almanzora y fue él, el que preparó, por rencillas políticas, el asesinato de Lurbe y señora, no siendo él, el que cometió el crimen sino el que indujo a cometerlo. También manifestó que en una junta de la UGT de Almanzora, en el otoño de 1936, donde se trató el asesinato cometido en los ancianos de Los Pardos el aludido Rubio Oller dijo que no se le achacara a nadie este crimen pues el único responsable del hecho era él y que no le temblaría el pulso si tenía que cometer algunos más”.

Entre los avales que presenta Sinforosa Oller se encuentran los de Juan Rubio López, párroco de San Roque, los Pardos y de San Mateo de Los Molinas, afirmando que el día 2 de agosto de 1936, tras no poder celebrar el culto, tuvo que marcharse a su pueblo natal (Sierro) donde estaban sus familiares y que el miliciano Pedro Antonio Rubio le facilitó un salvoconducto, lo mismo que a sus ancianos padres, asegurándole que le garantizaba su seguridad durante el viaje. También expuso que le constaba que con grave peligro y gran entereza evitó que al sacerdote de Macael, Blas Cortés Ramírez, lo detuvieran unos milicianos, que a todo trance querían darle criminal paseo, salvándole de este modo la vida y socorriéndole en su apurada situación por encontrarse dicho sacerdote escondido en esa parroquia Los Pardos.

Otro aval fue el de José Sáez Pardo que afirmó que el día que se cometieron los asesinatos de Juan Lurbe y Catalina Pardo, el miliciano Pedro Antonio Rubio, no se encontraba en el lugar del hecho a la hora de cometerse los asesinatos, encontrándose en la barriada de Los Molineros, a unos 120 m aproximadamente.

El párroco de Macael, Blas Cortés, avaló a Pedro Antonio Rubio el 5 de marzo de 1940, afirmando que “habiéndose tenido que ausentarse de Macael debido a la persecución roja, tuve de marcharme a Los Pardos y un día que fueron varios milicianos con el fin de detenerme, evitó por todos los medios cumplieran su propósito, con lo cual me salvó la vida, pues según he comprobado después, tenían el ánimo de darme el fatídico paseo. Me socorrió, tanto en metálico como en especie, en varias ocasiones en que me encontraba en gran apuro, visitándome en muchas ocasiones durante mi encierro, permaneciendo varias horas conmigo dándome ánimos y diciéndome que la cosa variaría en breve plazo”. Miguel Sáez Pardo, vecino de Los Pardos, avaló a Pedro Antonio Rubio, manifestando que “durante el periodo rojo todas las veces que visitó este vecindario, siempre se portó bien con mi persona y mi familia, dándonos toda clase de atenciones y evitándome toda clase de molestias y avisándome siempre que mi persona corría peligro por ser muy perseguido por las autoridades rojas”.

Antonio Codina y Cristóbal Pinzón, vecinos de Los Molinas (Albanchez) avalaron exponiendo que “Pedro Antonio Rubio se había casado con una vecina de esas barriadas y siempre que vino por este Término, observó buena conducta, siempre nos trató con consideración y respeto y siempre que habló delante de nosotros, recriminó los atropellos y salvajadas que los malvados rojos hacían otras partes”. Ramón García Sáez, vecino del Arroyo Albanchez, manifestó que “me demostró confianza, asegurándome que nada tenía que temer y que él estaba dispuesto a favorecerle en cuanto pudiera; demostrándome que a mí me habían puesto una denuncia por Fascista Peligroso y él evitó que vinieran por mí”.

Lázaro Giménez Pardo, el sacristán, de Falange de Los Pardos, avaló manifestando que “estando escondido en mi casa, el cura de Macael, Pedro Antonio Rubio lo protegió, salvándole la vida, así como socorriéndole con todos los medios que dispuso y visitándole en numerosas ocasiones para animarle. Como yo era el sacristán, tenía escondidas en mi casa todas las imágenes, vasos sagrados y ornamentos de la Parroquia, habiéndose salvado todos, gracias a él porque me avisaba cuando corrían peligro de ser destruidos. Cuando unos milicianos cometieron el crimen de Juan Lurbe y Catalina Pardo, el referido Pedro Antonio Rubio se encontraba en la barriada de Los Molineros, distante del cementerio donde ocurrió el asesinato de estas personas, no encontrándose junto con los que estaban cometiendo el crimen a unos varios cientos de metros”.

El 6 de mayo de 1940 se aprueba la sentencia y se le comunica al ministro del Ejército la pena capital impuesta a Pedro Antonio Rubio Oller, quedando la causa en la Auditoría Militar de Granada hasta recibir contestación. Aconsejando la no conmutación de la pena de muerte por razones de ejemplaridad y que el indulto causaría un penoso efecto, significando que el condenado es peligroso y perverso, y que se estima la verdadera urgencia y pronta aplicación de la pena. En Granada el 18 de diciembre de 1940 el general Jefe de la 23 División del Estado Mayor decreta que examinada la presente causa “me doy por enterado de la pena impuesta, ordenando la ejecución del condenado Pedro Antonio Rubio Oller”.

En Granada, el 15 de enero de 1941, informado el juzgado por el director de la prisión provincial que el recluso se encuentra en la prisión central de Burgos, solicitan a la Superioridad el traslado a la prisión de Granada “a fin de proceder a su ejecución”. El 26 de febrero de 1941 se recibe oficio del director de la prisión de Granada en la que se da cuenta del ingreso de Pedro Antonio Rubio. Por lo que se solicitó del General Gobernador Militar de esa Plaza, lugar, día y hora en que habrá de procederse a su ejecución. La respuesta es recibida el 3 de marzo de 1941. Ese mismo día se constituye el Juzgado en la prisión provincial de Granada y en presencia de Pedro Antonio Rubio, le notifican por lectura integra, la sentencia y el decreto de aprobación de la misma, acto seguido fue trasladado el reo a la capilla de la prisión, para que pasase sus últimas horas separado de los demás reos. A las 7 y media de la mañana siguiente fue ejecutada, por fusilamiento, la pena de muerte, en las inmediaciones del cementerio de Granada, siendo reconocido el cuerpo por el médico Miguel Villaverde y certificando su defunción. Esa misma mañana se inhumó el cadáver en la fosa corriente 432 de la 3ª parcela del patio de Santiago. Por desgracia todas estas fosas fueron destruidas en las distintas remodelaciones del cementerio y gracias a esta nueva y consciente negligencia, las familias de cientos de fusilados en las tapias del cementerio no podrán nunca recuperar ni llorar a sus muertos.

Pedro Antonio Rubio Oller tenía dos hermanos, uno llamado Francisco Rubio que en los primeros días de la guerra fue miliciano al servicio del Comité de Almanzora y que falleció en el frente del Ebro en 1938. El hermano pequeño se llamaba Luis Rubio que en la época de la guerra tenía unos diez o doce años y siendo un “mengajillo” se ponía en el puesto de control que había en la entrada a Almanzora justo en el paso a nivel. Allí había unas piedras y un palo que hacía las veces de barrera para controlar a la gente que venía, el amigo Luis Rubio voluntariamente era el encargado de levantar la barrera pese a su corta edad.

Siempre me causó buena impresión este Luis Rubio, empecé a tratarlo cuando yo tenía unos veinte años y él era ya una persona cercana a los 70 años. Siempre me atrajo su conversación, su fiel ideología y el estar siempre dispuesto a charlar. Los primeros años 90 en el día de Andalucía en Almanzora cuando se hacían las migas populares y todos los vecinos salían “a chocar sus cucharas” en las migas, yo sabía que Luis Rubio tenía una bota para el vino muy apañá y pese a que no la solía soltar nunca, todos los años me acercaba a su casa y me la dejaba, eso sí, con el pertinente “porque eres hijo de quien eres”. Mi padre, a pesar de ser políticamente opuesto a él, eran amigos y compartían alguna botella de Ayuso, Los Tres Palos o Savín en el Mojete o en el Andaluz.

Luis Rubio fue otra víctima de que mataran a los dos de Los Pardos porque la historia no acabó con el fusilamiento de su hermano sino que esta familia sufrió después de la guerra la humillación y el desprecio de las autoridades. Me contaba Luis Rubio que los civiles de Cantoria nunca le perdonaron ser el hermano de Pedro Antonio y que estuvieron a punto de ser asaltados por el Comité de Almanzora al inicio de la guerra, por lo que se lo hicieron pagar durante muchos años, como cada vez que iba al mercao de Albox con su borriquilla, al regresar lo estaban esperando y lo inflaban a ostias.

La oficina del cacique local de Almanzora, Juan Lozano, estaba en una casa bajera donde a día de hoy está el estanco y en el patio había un pozo exactamente como en muchas casas de esa zona puesto que el agua estaba a unos 5 o seis metros de profundidad. En numerosas ocasiones era detenido y llevado allí para colgarlo de los tobillos y capuzarlo como si fueran a ahogarlo. Otra de las cosas que me contaba era que en Almanzora el único que no se apartaba en Almanzora, en la barra del bar el Mojete, cuando llegaban los civiles, era él. Todos los demás les hacían sitio para que se tomaran el café o la copilla, Luis Rubio me dijo que jamás lo hizo y que claro, esas cosas, tenían consecuencias.

Me hubiera encantado que Luis Rubio hubiera podido leer este artículo donde demuestro, con documentación exhaustiva, que su hermano Pedro Antonio Rubio no indujo a nadie a matar a nadie, tan solo se trataba de dar un escarmiento y que los tiros fueron decisión de otro. Me puse en contacto con un hijo de Luis Rubio y no quiso saber nada del tema, tampoco quiso saber nada otro sobrino de Pedro Antonio Rubio que vive por Asturias y el verano anterior en Almanzora. Lástima, yo no puedo obligarles a nada, entiendo que ese tema fuera un tabú en sus casas y que fuera una losa en sus vidas, pero pudiendo exonerar la culpabilidad de su familia en esta triste suceso, podrían haberse esforzado un poco más, ya no por ellos, sino por Pedro Antonio Rubio que no pudo defenderse del dedo acusador de la justicia militar franquista, que no creía en la verdad, tan solo en la represión y en el ajuste de cuentas. Los tribunales franquistas que se encargaron de la represión eran tribunales formados por militares que se guiaban por las leyes militares de 1870 donde el más mínimo tropiezo era motivo para ponerlos delante de un pelotón de fusilamiento.

Representación de la obra de teatro El Gato Con Botas organizada en Los Pardos en 1928 por el cura Juan Rubio que aparece en el centro de la parte superior de la imagen. 

Era hijo de un capataz de los que había en el ferrocarril, vivían en Los Coloraos de Almanzora. A Baltasar Jiménez se le inicia la causa Sumarísima nº 17.734/39 el 28 de abril de 1939, acusado de Rebelión y siendo sentenciado a muerte el 9 de noviembre de 1939, pero como era menor de edad, le fue conmutada la pena por reclusión perpetua. La fecha es la misma que sentencian a muerte a Francisco Jiménez Simón en el Consejo de Guerra de Granada. Casi con total seguridad coincidieron ese día allí en la Vista donde se decidieron sus destinos.

Baltasar Jiménez fue trasladado a la prisión de Valencia para cumplir la condena pero como la vida en las cárceles era terrible y las condiciones sanitarias eran nulas, como otros muchos presos, enfermó y falleció al poco tiempo. Esta familia aunque llevaban tiempo viviendo en Los Coloraos, al fallecer el hijo y sobre todo al verse señalados por lo ocurrido en Los Pardos, abandonaron Almanzora y se instalaron un tiempo en Cantoria, hasta que se les perdió la pista y no se supo más de ellos.

Ha sido apasionante ir descubriendo, durante este emocionante trabajo, la verdad sobre el mítico Asesinato de Los Pardos en donde apenas se conocían datos, sobre lo sucedido, la mayoría eran erróneos y no ayudaban a aclarar lo sucedido en esa mañana de septiembre de 1936. La única persona que se atrevió a escribir algo sobre este suceso fue Antonio Berbel el Sevillano y ahora, después de esta concienzuda investigación, podemos dar por cerrado el asunto y que sirva para memoria de los que sufrieron de una u otra forma a causa de una mala decisión.

Vista general de los Pardos y de los Molineros a los pocos metros del primero. Colección: Decarrillo

Otros Documentos:

Boda de Juan Lurbe y Catalina Pardo en 1921. Gentileza de Cristóbal Berbel. 

Boda de pedro Antonio Rubio Oller y María Crisol en 1935, gentileza de Cristóbal Berbel. 

Consejo de Guerra de Francisco Jiménez el Saturnino 

Joaquín Bernabé, conocido como el poeta de los Pardos y autor de este poema.

Por un céntimo, una muerte. Por Joaquín Bernabé sobre el asesinato del estanquero de Arboleas por un miembro del comité de los Pardos

Una de las cosas feas

o historias para contar

es la que tuvo lugar

hace tiempo en Arboleas,

que volando en las ideas

desde el pasado al presente

nadie sabe ciertamente,

ni a confirmarlo se atreve,

si ocurrió en el diecinueve

o en los principios del veinte.


Cuentan que, en cierta ocasión,

un tal Miguel Pardo Díaz

que en el Arroyo vivía

llegó a dicha población

con la única intención

y con el deseo franco,

de dirigirse al estanco,

por costumbre de fumar,

sin duda, para comprar

un paquete de tabaco.

El estanquero le dio

muy pronto una cajetilla y él,

pagando en calderilla,

cinco céntimos pagó.

Como lo que recibió

cuatro céntimos valía,

al comparar mercancía

con el valor del dinero

resultó que el estanquero

un céntimo le debía.


Y aunque él se lo pedía,

el estanquero negaba

y, a más que no se lo daba,

con desprecio se reía.


Un largo rato pasó;

uno pide y otro niega,

hasta que la ira ciega

de Miguel se apoderó.

Tanto se encolerizó

que echando mano a un puñal

en un esfuerzo brutal

por el mostrador saltó

y en el pecho le clavó

una puñalada tal

que, con la herida mortal,

quedó tendido en el suelo

ante el triste desconsuelo

de su mujer, que lloraba,

y dando gritos clamaba:

"¡A la cárcel, asesino!";

el cual, tomando el camino,

de Arboleas se marchaba.


Dos años, un mes y un día

de cárcel fue la sentencia,

hasta que el Juez de la Audiencia

en libertad lo ponía

y en el campo, día tras día,

hizo su vida normal

hasta que el punto final

de su existencia llegó;

y así Miguel falleció

de una muerte natural.


Mientras tanto, el estanquero,

que del negocio vivía,

tomó diferente vía

y por ser tan cicatero,

por tan escaso dinero

en aquel infausto día,

mientras negaba y reía,

en lo que cuenta un segundo

se fue para el otro mundo

y no ha vuelto todavía.


Y declaraba el matón

que había estado preso

precisamente por eso,

por darle muerte a un ladrón,

y que, si en otra ocasión,

el caso se repetía

otra vez lo mataría

con la misma decisión

y que no pedía perdón

porque no se arrepentía.


***

Esto lo debe saber

aquí y en el extranjero,

ara cuando llegue el euro,

quien se dedique a vender,

el céntimo va a traer

causas para discutir,

de las que puede salir

algún puñal asesino;

pero éste no es el camino

que se tiene que seguir.


Es necesario el respeto

y la generosidad

para que en la Sociedad

el bienestar sea completo;

que todo vaya sujeto

a la Ley y la Razón,

que a impulsos del corazón

buen camino vayamos

y que todos merezcamos

del Cielo la bendición.

Firma de Pedro Antonio Rubio.

Bibliografía

Testimonios