Cantoria, junio de 1924
Aquel verano llegó antes de tiempo. Era junio, pero el sol ya caía con un peso de plomo sobre los campos secos de Cantoria, y las chicharras llevaban días entonando su canto abrasador. En la plaza del pueblo, bajo la sombra de los soportales, los hombres se abanicaban con el sombrero y las mujeres buscaban cualquier excusa para alargar la sobremesa a la sombra de las parras.
En ese clima de calor y tedio nació la ocurrencia. Luis Salvador, Ángel Aragón y José Fernández, muchachos de carácter burlón y siempre prestos a la chanza, decidieron romper la rutina con una broma que, pensaban ellos, haría historia entre las cuadrillas del pueblo. La víctima: su amigo Antonio Cirera, hombre confiado, de paso lento y mirada amable, al que consideraban, para bien o para mal, el más inocente del grupo.
Todo ocurrió una tarde en el paraje conocido como Las Piedras, un rincón solitario y pedregoso a las afueras, donde los caminos se bifurcan entre barrancos y encinas. Antonio caminaba por allí sin prisa, tal vez rumbo a la huerta, cuando se cruzó con José Fernández, quien lo saludó con toda la naturalidad del mundo y se ofreció a acompañarlo un tramo. Hablaron de cualquier cosa —del precio del trigo, de la sequía, de una mula coja— hasta que, en un recodo del sendero, saltaron de entre los matorrales dos figuras encapuchadas.
—¡Quietos ahí! —gritó uno de ellos con voz grave, empuñando una escopeta descargada pero bien amenazante—. ¡Entreguen el dinero o se atienen a las consecuencias!
Cirera palideció como el yeso. No entendía nada, salvo que estaba siendo víctima de un asalto. Antes de poder reaccionar, fue reducido por los “bandidos”, quienes, con cuerdas traídas para tal fin, lo ataron con firmeza a la base de una encina retorcida. José, su supuesto compañero de camino, se dejó caer también al suelo, fingiendo ser víctima del asalto para mantener el engaño.
Le registraron los bolsillos, le quitaron el pañuelo, el real que llevaba suelto, e incluso las alpargatas. Todo mientras Cirera suplicaba, no por el dinero, sino por su vida. Lo más cruel, sin embargo, vino después: cuando el susto ya se le había metido en los huesos y los encapuchados se disponían a marcharse, se descubrieron los rostros con una sonrisa.
—¡Antonio! ¡Que era una broma, hombre! —dijo Luis, quitándose el saco de arpillera que le cubría la cara.
Le devolvieron todo, incluso el real y las alpargatas, entre risas. Pero no lo desataron.
—Así aprendes a no andar solo por Las Piedras —le dijeron antes de alejarse, todavía carcajeándose.
Antonio pasó la noche atado, con el cuerpo entumecido por la posición, el relente de la madrugada calándole los huesos y la rabia creciendo en su pecho. Nadie respondió a sus gritos, ni acudió en su ayuda. Fue al alba, cuando el canto del gallo ya se oía en el pueblo, que los mismos bromistas regresaron y, aún riéndose, lo desataron.
Antonio no dijo una palabra. Se sacudió el polvo, recogió su pañuelo y caminó hacia Cantoria sin mirar atrás.
Horas después, se presentó en la alcaldía. Allí, ante el asombro del alguacil y con el ceño fruncido como pocas veces se le había visto, pidió hablar con el juez municipal: don Pedro Llamas Martínez.
—Vengo a denunciar un secuestro —dijo—. Una broma, sí... pero de muy mal gusto.
Y así fue como, por culpa del calor, del aburrimiento o de la estupidez que a veces se confunde con la amistad, una broma entre amigos acabó en los papeles del juzgado, con los nombres de Luis, Ángel y José escritos en tinta negra, y el de Antonio Cirera como víctima de una historia que se contaría durante años en los corrillos de Cantoria, cada vez con más detalles y más exageraciones, pero con la misma enseñanza: no todas las bromas hacen gracia.
Diario de Almería. 11 de junio de 1924