Cantoria, 1936. La Guerra Civil y la Posguerra

Por Juan Chirveches

Procesos a Cantorianos tras la guerra civil. Los Miembros del Comité. Parte I

1.-  ¿Qué eran los Comités?

Nada más estallar la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936, la zona Roja -es decir, la parte del territorio español que quedó bajo control del gobierno republicano del Frente Popular- se vio sacudida por una vorágine revolucionaria que se desencadenó como convulsa respuesta a la derechista sublevación militar antigubernamental, conocida como Alzamiento Nacional, que dio origen al conflicto.

En todas sus localidades, grandes o pequeñas, se formaron los llamados “Comités”, que eran, pudiéramos decir, juntas locales revolucionarias que se convirtieron en pequeños gobiernos. En la mayor parte de los casos estuvieron integrados y dominados por elementos radicales de los sindicatos obreros o de los partidos políticos más izquierdistas entre los que formaban la coalición Frente Popular: básicamente, Unión General de Trabajadores (UGT), Confederación Nacional del Trabajo (CNT), Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y Partido Comunista de España (PCE).

Sus componentes eran nombrados por las mismas organizaciones sindicales y políticas entre los militantes más aguerridos; o bien, los individuos más decididos se autonombraban como miembros. En algunos pueblos fueron elegidos mediante asamblea.

Se crearon sin respaldo legal alguno, y aunque en determinadas circunscripciones debían, teóricamente, seguir las directrices de un comité central, con sede en la capital de la provincia, al que se le suponía un mayor rango, en realidad los comités locales actuaron de manera autónoma, cometiendo innumerables arbitrariedades y abusos, y haciendo caso omiso a las normas, ya de por sí arbitrarias, que venían de fuera.

En la mayoría de las localidades, los comités se hicieron con el poder y lo ejercieron de forma dictatorial, arrinconando y aun sustituyendo a los ayuntamientos republicanos legalmente constituidos, cuyos alcaldes se vieron impotentes, por lo general, para frenar los desmanes y atropellos que cometieron. En otros casos, dependiendo del color político de la corporación municipal, los consistorios se convirtieron en claros cómplices de los comités; y en otros, en fin, simplemente consintieron y les dejaron hacer, incapaces de oponerse a sus tropelías. Igualmente, eludían o adaptaban a su conveniencia las normas que dictaba el gobierno de Madrid.

Tomaron el poder local, como digo, y lo mantuvieron de forma absoluta durante los primeros meses de la contienda, sostenidos por el empuje de las organizaciones obreras armadas y por el inicial derrumbe del Estado, que se desplomó en la zona Roja tras el Alzamiento militar.

Los comités fueron los entes que se encargaron de organizar la represión, detención y eliminación física de las personas sospechosas de simpatizar con los sublevados; de hacer frente a los focos rebeldes que pudieran surgir, y de poner en marcha los mecanismos de la revolución.

Se autoadjudicaron competencias ejecutivas, legislativas y hasta  judiciales; fijaban los precios de los productos según su entender o conveniencia; exigían el pago de multas caprichosas que imponían a las personas de derechas; tomaban declaraciones; incautaban fincas, bienes y cuentas corrientes; anulaban contratos, expedían salvoconductos y, en definitiva, establecieron un férreo control sobre toda actividad, de cualquier tipo, que se desarrollara en la población sometida a su dominio.

La documentación procedente de los comités que ha llegado hasta nosotros es, en general, bastante escasa. En primer lugar, conjeturo, generarían pocos documentos porque en estos organismos se hablaba más que se escribía. Es decir: conscientes en el fondo de que sus actuaciones eran ilegales, y por lo que pudiera ocurrir en el futuro, oficializarían pocos de sus actos mediante escritos, sino que acordarían de forma verbal buena parte de sus bárbaras actuaciones. Y en segundo lugar, conjeturo igualmente, cuando a finales de diciembre de 1936 comenzaron a perder fuerza, debido a que el Estado republicano empezó a recomponerse y el nuevo gobierno de Largo Caballero, en el que habían entrado los anarquistas, decretó su disolución, y, más o menos, encauzó e integró a sus componentes, éstos destruirían los documentos comprometedores para ellos…

Sea como fuere, el caso es que tanto la identidad de sus miembros como sus acciones requieren, en muchos casos, un laborioso trabajo de reconstrucción a través del rastreo de los expedientes sumariales que se incoaron en la Posguerra contra sus miembros. También, a través de los testimonios orales, del repaso de la prensa de aquel momento y de la parca documentación al respecto que conservamos en los archivos o en la Causa General.

A lo largo y ancho de la geografía de la España roja, los comités adoptaron nombres diferentes según cada localidad; no hubo uniformidad en esto. Así, por ejemplo, el de Madrid se llamó Comité Ejecutivo Antifascista. Y entre los que citan Broué y Témime en su célebre volumen La revolución y la guerra de España, tenemos que el de Gijón, al igual que el de Santander, se denominó Comité de Guerra. El de Valencia, Comité Ejecutivo Popular. En las poblaciones de Aragón abundó el nombre de Comité del Pueblo. El de Málaga, Comité de Salud Pública, etc.

En cuanto a la provincia de Almería se refiere, según leemos en el libro Almería, 1936-37, de Rafael Quirosa-Cheyrouze, el de la capital se autonombró Comité Central Antifascista. Y luego, otras mudanzas fueron, por ejemplo: Comité Revolucionario (Tíjola), Comité de Defensa del Frente Popular (Antas), de Defensa de la República (Sierro), de Salud Pública (Albox), Comité Central (Cuevas del Almanzora), Comité Local Antifascista (Vélez Blanco y Serón), etc.

2.- El Comité Revolucionario de Cantoria

En nuestro pueblo el Comité se constituyó el 22 ó 23 de julio de 1936, a los cuatro o cinco días de estallar la guerra.

La mayoría de los testimonios e informes documentales que he podido leer o rastrear aluden a él como Comité Revolucionario, por lo cual es seguro que éste fue el nombre que adoptaron sus constituyentes. Aun así, en algunos documentos se le nombra también como Comité de Salud Pública, y en un par de ocasiones, que yo haya visto, como Comité de Defensa. Pero las alusiones a “Comité Revolucionario” son abrumadoramente mayoritarias.

Al igual que en las demás localidades, existen lagunas documentales importantes, por lo cual el número y el nombre de sus componentes, así como sus actuaciones, hay que rastrearlo y reconstruirlo a través de la lectura de los diferentes sumarios que se incoaron en la Posguerra, y que se conservan en el archivo del Gobierno Militar de Almería.

O bien nunca existió, o bien fue destruida el acta de constitución de este organismo, así como las actas (si las hubo) de sus reuniones y decisiones posteriores. Sí ha llegado hasta nosotros algún curioso documento en que se exponen las peregrinas razones por las que el Comité incauta las tierras propiedad de Agapito Sánchez y de Juan Pérez Moreno, documentos que se encuentran insertos en el sumario de Juan Lamarca y que se reproducen en el punto 6.1 de este artículo. Sabemos, igualmente, que hubo un libro de Asientos de las fincas incautadas, porque se cita en alguno de los sumarios. Pero, en general, la documentación que se ha conservado es bastante escasa.

En las declaraciones ante la guardia civil o el juez, observamos algunas contradicciones en los miembros del Comité, y suelen alegar, además, “no recordar” quién lo formaba. Por ejemplo, su primer presidente, Francisco Guerra Tripiana, en la Declaración del Encartado, hecha en Cantoria el 20 de junio de 1939 ante el juez instructor, alférez Ruescas Fernández, reconoce que él era el presidente “cuando vinieron a por el sacerdote don Juan Antonio López Pérez, que fue asesinado” Y que más adelante “el Comité estaba compuesto, como presidente por Juan Lamarca, como secretario no recuerda, como tesorero el que declara y como vocales Enrique Fornovi y no recuerda más”…

En cuanto a los testimonios orales que he podido tomar, debo aclarar que muchas personas sí rememoran y señalan inequívocamente que fulano o mengano formaron parte del Comité, pero sin poder precisar el cargo que ocuparon ni el tiempo que estuvieron.

Pues bien. Una vez rastreados los susodichos documentos y hecha la labor de reconstrucción, podemos asegurar, casi con toda certeza, que los individuos que el 22 o el 23 de julio constituyeron en nuestro pueblo el Comité Revolucionario y los cargos que ostentaron, fueron los siguientes:

Francisco Guerra Tripiana, “Polvorista”: Presidente.

Rudesindo Guerrero Linares: Secretario. Dimitió hacia finales de octubre.

Sebastián Gea Mateos, “Chumbero”: Delegado de Trabajo.

Juan Fernández Gómez, “Canuto”: Presidente del Tribunal de Usura; Presidente de la Junta de Incautación y Requisa de Fincas.

Pedro Gilabert Parra, “Conejo”: Delegado de Transportes.

Enrique Fornovi García: Vocal. Muy probablemente, Secretario tras la dimisión de Rudesindo.

Blas Padilla Martínez, “Antonio el Menúo”: no ostentó cargo alguno en el Comité, pero fue su mentor ideológico; ejerció una notable influencia y fue el principal referente de sus miembros.  

Juan Lamarca Martos: Vocal. Vocal del Consejo de Administración de Fincas Incautadas. Presidente del Comité hacia finales de octubre, tras Guerra Tripiana, que pasó a ocupar el cargo de Tesorero.

Éstos contaron con el apoyo incondicional de otros elementos que veremos en el tercer capítulo de esta serie.

3.- Cantoria bajo el Comité

Lo primero que nos llama la atención de sus integrantes es la juventud de casi todos ellos: el presidente, Guerra Tripiana, contaba 32 años; Gea Mateos, 29; Fernández Sánchez, 27; Fornovi García, 29; Gilabert Parra tenía 25 y Blas Padilla, 36. Sólo Guerrero Linares era un hombre más maduro: 53. Juan Lamarca tenía 44.  

En cuanto a su filiación política, era la siguiente:

Guerra Tripiana: UGT.

Guerrero Linares: Partido Comunista de España.

Gea Mateos: UGT.

Fernández Gómez: CNT.

Gilabert Parra: Juventudes Socialistas Unificadas (JSU).

Fornovi García: CNT.

Padilla Martínez: UGT y PSOE.

Lamarca Martos: UGT.

Se hicieron con el poder absoluto en nuestro pueblo, manteniéndolo férreamente hasta finales de 1936 cuando, como queda dicho, el gobierno de Largo Caballero, con la más o menos tímida aquiescencia de los anarquistas, ordenó la disolución de estos organismos y logró recomponer el Estado republicano con la creación, en primer lugar, de los Consejos Provinciales, que lograron retomar el poder provincial; y, ya en febrero de 1937, los Consejos Municipales, nombre que se dio a los nuevos o recompuestos ayuntamientos, con los que, más o menos, el gobierno de Madrid pudo encauzar el desorden local en las zonas de retaguardia.  

Durante esos primeros meses de la guerra nada se movió en el pueblo sin la autorización del Comité. Nada hubo que escapara a su estrecho control. Toda actividad política, económica, social o de comunicación estuvo vigilada y dirigida por sus integrantes.

Las personas no podían trasladarse a otras localidades sin el preceptivo salvoconducto que ellos expedían. A este respecto, tenemos por ejemplo el testimonio de Joaquín Jiménez del Olmo quien declaró ante el juez que en una ocasión, necesitando viajar hasta Murcia, tuvo que esperar dos horas en la sede del organismo mientras sus miembros decidían si le extendían, o no, el salvoconducto para el viaje, el cual finalmente consiguió, cree que por intercesión de Rudesindo.

Las acciones del Comité de Cantoria tuvieron dos caras, una negativa y otra positiva.

Bajo su dominación fueron incautadas las fincas de veintidós propietarios, y determinados elementos de derechas fueron obligados a escriturar parte de sus tierras a nombre del Comité; se recargó la contribución, caprichosamente, de un día para otro, un 70%; se requisaron aceite, grano y alimentos en general de las casas de los derechistas, a varios de los cuales les impusieron multas arbitrarias; hubo registros en busca de imágenes o motivos religiosos, que eran confiscados o destruidos; igualmente se requisó género de determinados establecimientos comerciales. Las viviendas de Manuel Jiménez del Olmo y de su prima Encarnación Jiménez López fueron saqueadas. Ardió el archivo de la Guardia Civil. La iglesia sufrió graves destrozos: se quemaron y perdieron para siempre valiosos retablos, cuadros y espléndidas tallas de imaginería…, desmanes que más adelante se completaron con la destrucción de la trompetería del órgano y el descolgamiento de una de las campanas.

Durante el dominio del Comité se produjeron los dos asesinatos que hubo en Cantoria: el del guardia civil jubilado Antonio Martínez (28 de agosto) y el del cura párroco don Juan Antonio López Pérez (22 de septiembre). Hay que dejar claro, empero, que ninguno de los miembros del Comité, ni nadie de Cantoria, intervino de forma directa en esos asesinatos -aunque sí en las detenciones previas- que fueron cometidos, en ambos casos, por milicianos forasteros que se llevaron de aquí a dichos señores, y los ejecutaron en las cercanías de Sorbas y de Albox, respectivamente.

Además, milicianos forasteros detuvieron a los guardias civiles del puesto de Cantoria afectos al Alzamiento, y los enviaron a la cárcel de Almería.

En cuanto a la cara positiva, los miembros del Comité evitaron numerosos asesinatos de paisanos de derechas, ocultando a algunos o dando aviso a otros de que elementos forasteros venían a por ellos para matarlos.

Le salvaron la vida al sacerdote don Luis Papis, escondiéndolo en la propia sede del Comité, cuando volvió de su vespertino paseo la misma tarde en que se llevaron a don Juan Antonio, y facilitándole después un cortijo en Capanas en el que pudo ocultarse hasta que logró evadirse a su pueblo de La Cañada, junto a Almería, donde poco después fue movilizado.

Pero el hecho más trascendente a este respecto, fue la decidida intervención del Comité impidiendo que una partida de milicianos, procedente de Baza y Caniles, se llevara detenidos a treinta y cuatro cantorianos de derechas que venían apuntados en una lista, al final de la cual se leía esta frase: “No deben llegar a Baza”.

Aquella noche, los arriesgados movimientos de todos los miembros del Comité, distrayendo y retardando a los milicianos forasteros, y la aguerrida y valiente acción de Enrique Fornovi, y de muchos otros izquierdistas que se la jugaron junto a él, dando aviso a los que iban en la lista para que se escondieran, frustró lo que hubiera sido una de las peores masacres de la guerra en la provincia de Almería: el asesinato frío y alevoso de treinta y cuatro cantorianos, en algún punto de la carretera entre Cantoria y Baza.

De manera que, por lo que a nuestro pueblo se refiere, observamos en el gobierno del Comité un proceder que a alguien, a primera vista, pudiera parecer contradictorio. Por un lado, cometieron toda clase de atropellos y abusos contra la propiedad privada, incautando y requisando bienes particulares; o contra la iglesia, destrozando el templo y quemando esculturas y cuadros, etc.

Sin embargo, al mismo tiempo que cometían estas tropelías, tuvieron en general -aunque en casos puntuales, no- un excelente comportamiento en el trato con las personas de derechas, como éstas reconocen en su mayoría, tanto en los testimonios orales que he oído como en las declaraciones firmadas que hicieron ante las autoridades competentes, en los procesos que se siguieron contra ellos y que veremos más adelante. Y, ya lo hemos apuntado, su actuación salvó la vida de muchos paisanos.

Esto no es baladí. Y no lo es porque es sabido de todos que en muchas localidades de la España roja, era frecuente que los asesinatos de derechistas fueran ordenados directamente por los comités. Sin ir más lejos, en Almería capital formaba parte del Comité una llamada Delegación de Presos. De esta Delegación partieron las órdenes de las sacas y posteriores asesinatos de la multitud de almerienses que fueron ejecutados en las playas de la Garrofa, en los pozos de Tabernas y en otros lugares.

Nada de esto sucedió en Cantoria bajo el gobierno del Comité. Llevados por su ideología marxista o anarquista, e impelidos por el huracán revolucionario que azotaba a toda la España republicana, incautaron y requisaron propiedades, cometieron intolerables abusos y atropellos, y, en casos concretos, alguno de sus miembros o alguno de los que estaban a su servicio incondicional, soltaron insultos, bravatas y chulerías… Sin embargo, estuvieron a distancias galácticas de ser unos asesinos, como sí lo fueron los componentes de muchos otros comités.

Pero hora es ya de que veamos, uno a uno, los sumarios que contra ellos se incoaron en la Posguerra, porque el comportamiento individual de cada cual fue, a su vez, muy diferente.

4.- Francisco Guerra Tripiana, “Polvorista”.

Fue el primer presidente del Comité, y uno de los revolucionarios más destacados de la localidad. Sumaba tan solo 32 años cuando se hizo con el poder absoluto en Cantoria. Desde julio hasta bien entrado el otoño del 36, nada ocurrió en nuestra pequeña ciudad que no fuera ordenado, dirigido o supervisado por él.

 Guerra Tripiana había nacido en Cantoria, el 22 de diciembre de 1903. En realidad, se llamaba Pedro Demetrio, pero todo el mundo le decía Francisco por ser éste el nombre de su padre.

Medía 1,70. Tenía el pelo castaño, los ojos pardos, poblada la barba y cejas al pelo. Vivía en el Calvario Viejo, estaba soltero y era pirotécnico de profesión, por lo cual se le conocía entre nuestros paisanos como “el Polvorista”. Era, al estallar la guerra, militante y presidente de la UGT local.

En su función como jefe del gobierno cantoriano del Comité, apreciamos la misma actitud que hemos observado para el conjunto, y que ya hemos expuesto: abusó de su poder ordenando y participando en diversos atropellos y desmanes contra las propiedades. Sin embargo, tuvo una actitud respetuosa y protectora para con los derechistas que eran perseguidos o acosados por milicianos forasteros o por determinados paisanos.

La lectura de los expedientes y de los testimonios de las personas de orden, nos lleva a la conclusión de que el Polvorista se comportó como un tiranuelo que, durante su mandato, cometió excesos y latrocinios, pero estuvo muy lejos de ser un criminal.

Como presidente del Comité Revolucionario decretó la práctica de registros y saqueos en las casas de los individuos que se suponía eran afectos al Alzamiento. Impuso multas abusivas a los de derechas y fue él quien mandó recargar la contribución en un 70%, supuestamente para gastos de las delegaciones que componían el Comité.

 Igualmente dispuso, junto a los demás miembros que componían la Junta de Incautaciones de Fincas, la expropiación de las tierras de veintidós cantorianos.

Diversos testimonios lo señalan como el sujeto que ordenó quemar el archivo de la Guardia Civil. Fue uno de los que, a mediados de agosto, entraron en la iglesia, y estuvo presente durante la destrucción de los retablos, saca de imágenes y cuadros con destino a la hoguera, y destrozos varios en el templo, aunque, al parecer, no intervino directamente en ellos. Sí reconoció él mismo, que en su casa se utilizó el carbón producido por la quema de las imágenes. 

Fueron varios los que le acusaron de llevarse las alhajas y valiosos ornamentos de la iglesia que, después, no fueron encontrados, por lo cual suponen que se vendieron…

4. a.- Comportamiento del Polvorista con los curas de Cantoria.

A los pocos días de comenzar la guerra, siendo ya, como presidente del Comité, dictador de Cantoria, una pequeña turba de exaltados recorrió las calles del pueblo profiriendo gritos e insultos. Al llegar a la casa del sacerdote don Luis Papis, conminaron a éste para que les acompañase, no sabemos para qué o con qué intenciones… Entonces, el Guerra Tripiana se enfrentó a ellos, les pidió que dejasen en paz al cura y les dijo textualmente: “de este señor respondo yo”. Lo cual fue suficiente para que se marchasen.

Según sus propias declaraciones, no pudo evitar que se llevaran al guardia civil Antonio Martínez, que luego fue asesinado, por portar los que vinieron a buscarlo una orden de detención, expedida por las autoridades rojas de Almería.

La tarde de septiembre que unos milicianos procedentes de Albanchez irrumpieron en Cantoria con el objetivo de asesinar a los dos curas de la localidad, el Polvorista se encontraba fuera. Los criminales pasaron por el Comité y, desde allí, un miliciano de Cantoria, subido al estribo del coche, les fue indicando el camino hasta la casa del párroco don Juan Antonio López, que vivía en la que hoy es el número 21 de la calle de la Plaza, actual Juan Carlos I. Sacaron al sacerdote, lo metieron en el automóvil y, con don Juan Antonio a bordo, se dirigieron a la casa del otro cura, don Luis Papis, que vivía en la calle Larga, con la intención de llevárselo también. Éste acostumbraba a dar un paseo por el campo todas las tardes, y, milagrosamente, debido a ello, no se encontraba en su vivienda. Los milicianos dejaron dicho que volverían más tarde a por él. Como sabemos, don Juan Antonio fue asesinado poco después, a unos cuatro kilómetros de Albox, en las cercanías de la venta del Guarducha.

Cuando Guerra Tripiana volvió, recriminó duramente a los demás del Comité que no hubieran hecho más por impedir que se llevaran a don Juan Antonio. Por orden suya, don Luis Papis fue llevado, escondido y protegido en la propia sede del Comité, donde permaneció varios días. Ya en la Posguerra, en el sumario que se siguió contra Guerra Tripiana, don Luis declaró por escrito que durante su permanencia en el Comité, el presidente “me guardó, como siempre, toda clase de consideración y respeto y siempre me decía que no tuviese miedo, que él pondría lo que estuviese de su parte, cuanto pudiese, para que nada me ocurriese”.

Por consejo suyo y de otros del Comité, finalmente, el cura se ocultó en un cortijo de Capanas, donde Tripiana fue a visitarle e interesarse por su estado en varias ocasiones, hasta que don Luis pudo marchar a su pueblo desde donde se incorporó forzosamente al ejército rojo, al ser movilizada su quinta.  

4. b.- Los republicanos detienen y encarcelan al Polvorista.

Cuando el gobierno de Largo Caballero, en diciembre de 1936, decreta la disolución de todos los comités locales, Guerra Tripiana ya había dejado de ser presidente del de Cantoria, pero seguía teniendo un notable poder como jefe de la Agrupación Socialista del pueblo.

A finales de agosto de 1938, seguramente debido a una denuncia, lo cual no consta en el expediente, el jefe de la policía del destacamento de Albox, junto a dos agentes a sus órdenes, se personaron en el domicilio cantoriano de Guerra Tripiana para efectuar un registro. Según leemos en el informe, encontraron una escopeta de dos cañones, fuego central, de la marca Jabalí, y ocho cartuchos para la misma. Una pistola, marca Unique, con dos cargadores, uno de ellos vacío. Y un estilete de grandes dimensiones.

El Polvorista, en su declaración, hecha en Albox unos días después, dijo que la pistola pertenecía a su hermano Rafael, que en la actualidad se encontraba en el frente del Este. Que la escopeta se la entregaron en el Comité Revolucionario en los primeros días de la guerra. Y que el estilete se lo encontró en un armario de la casa donde estaba instalado el Consejo de Fincas Incautadas… El juez republicano le mandó encarcelar en Almería, acusado de tenencia ilícita de armas.

Unos días después, desde Cantoria, tanto los directivos del Frente Popular local, como los de UGT y CNT, escriben al juez rogando su puesta en libertad. Gracias a estos dos curiosos documentos, escritos a mano, con pésima letra, podemos saber quienes eran algunos de los dirigentes tanto del Frente Popular como de ambos sindicatos en 1938, en plena guerra civil. El segundo documento dice así:

 “Reunidas las dos sindicales obreras, UGT y CNT, de esta localidad, al obgeto (sic) de pedir a Usía la livertad (sic) provisional del detenido Francisco Guerra Tripiana, Secretario General de la Agrupación Socialista de esta localidad, rogamos a Usía encarecidamente acceda a la petición ya mencionada por ser el camarada fiel servidor de la República y lo tiene demostrado desde el primer momento de la Revolución. Cantoria, 7 de septiembre de 1938.

Sello de la UGT. Sello de la CNT.

Por la UGT, la Directiva: Presidente, firma ilegible; Vicepresidente: Joaquín Gómez. Ilegible: Chacón. Secretario: casi ilegible ¿Fábregas? Tesorero: Julián García. Vocal 2º: Francisco Gea.

Por la CNT, la Directiva: Secretario: Ramón Castejón. Vicesecretario: José García. Tesorero: Ignacio Soler. Contable: Diego ilegible. Vocal 3º: Joaquín Piñero. Vocal 4º: Francisco Simón. Otras dos firmas ilegibles, y: Antonio Molina”.

Guerra Tripiana fue puesto en libertad poco después.

 4. c.-  Los franquistas encarcelan, juzgan y condenan al Polvorista.

Nada más terminar la guerra civil, Francisco Guerra Tripiana fue encartado por el bando vencedor en el procedimiento sumarísimo de urgencia número 17624, que compartió con Pedro Sánchez Rojas, “Cojo de la Pacorra”, y con Anselmo Segovia Jiménez, “Manduca”.

A mediados de abril de 1939 ya se encontraba detenido en Cantoria. El 18 de junio del mismo año fue ingresado en el campo de prisioneros que se habilitó en Tíjola.

Cuatro días antes, el Delegado de Información e Investigación de la Falange emitía su preceptivo informe sobre él, dirigido al juez, que, entre otras cosas, decía:

Individuo de pésimos antecedentes. Promotor de cuantos desmanes se han cometido en este pueblo. Administrador contable de las fincas incautadas. Cobraba las contribuciones con un recargo de un 70% que destinaba para él y sus amigos de Almería (…) Saqueó la iglesia, llevándose a su casa cuantos objetos sagrados había en la misma, los que no se han podido recuperar por no encontrarse después de efectuar varios registros, suponiéndonos por tanto los vendiera en la época de los rojos. Uno de los principales culpables de todo lo malo ocurrido en ésta. Peligroso”.

Por su parte, en el informe que emitió el nuevo alcalde, el 2 de julio, leemos:

Que dicho sujeto se le considera el autor espiritual, el inductor, el organizador, como pudiéramos decir, el alma y obra de todo lo que ha sucedido en Cantoria desde la iniciación de Nuestro Glorioso Movimiento Nacional (…) Nadie absolutamente en este pueblo ha hecho nada que no fuera con asentimiento y por consiguiente, de sus órdenes”…

En su declaración, Tripiana reconoce haber sido presidente del Comité Revolucionario, así como haber exigido cantidades en metálico y objetos a las personas de orden para distribuirlas entre los obreros. Reconoció, igualmente, que cargó la contribución un 70%, y que utilizó en su casa el carbón procedente de la quema de las imágenes sagradas, pero niega haberse llevado los ornamentos sagrados, así como haber participado en la destrucción de las mismas, aunque afirma que sí estaba presente cuando ocurrió el destrozo…

A Guerra Tripiana le juzgaron en Almería y la sentencia, emitida el 17 de enero de 1941, le condena como autor de un delito de Rebelión Militar por Adhesión, a la pena de Reclusión Perpetua.

En octubre de ese mismo año se encontraba cumpliendo condena en la prisión de Burgos, donde pasó buena parte de su encarcelamiento.

Finalmente, a Francisco Guerra Tripiana, el Polvorista, le afectó el indulto que otorgó Franco en octubre del 45 y que se extendía a todos aquellos republicanos encarcelados por actos de guerra que no estuvieran implicados en delitos de sangre o violaciones.

Por esas fechas estaba en la cárcel de Valencia. Fue indultado y se le concedió la libertad definitiva el 29 de enero de 1946.

5. Sebastián Gea Mateos, “Chumbero”.  

Aunque tanto en la cabeza del Procedimiento Sumarísimo de Urgencia número 11426 que se le incoó, como en el auto de procesamiento, declaración indagatoria e incluso sentencia figura como Sebastián Egea Mateo, su verdadero nombre era el de Sebastián Gea Mateos. Natural y vecino de Cantoria. Se le conocía en el pueblo como “Chumbero”.

Al estallar la guerra tenía 29 años. Pelo castaño, ojos pardos, estatura mediana. Estaba casado, sin hijos. De profesión, cocinero, aunque realizaba labores del campo. Sabía leer y escribir. Militaba en la UGT. Fue uno de los que, en julio de 1936, constituyó el Comité Revolucionario, dentro del cual ocupó el cargo de Delegado de Trabajo.

En el informe que emitió la Guardia Civil de Cantoria, el 9 de mayo de 1940, leemos que:

“Este individuo, lo mismo antes que después de nuestro Glorioso Movimiento Nacional, ha sido gran propagandista de izquierdas. Estaba afiliado al sindicato UGT de este pueblo. En los primeros días del Alzamiento fue miliciano armado al servicio del Comité Revolucionario, del que también formaba parte. Intervino directamente en saqueos, requisas y atropellos y persecuciones de personas de orden. Fue Delegado de Trabajo, organizado por los rojos para castigar a las personas de derechas. Intervino directamente, con milicianos forasteros, en la persecución y detención en esta localidad del guardia civil retirado Antonio Martínez Fernández, el que fue conducido y asesinado en las inmediaciones de Sorbas en la noche del 28 de agosto de 1936. Era uno de los más propagandistas marxistas y se le considera muy peligroso. En el mes de octubre de 1936 se marchó a Barcelona. Después ingresó en el Ejército rojo, sin poder precisar si fue voluntario o forzoso”.

5. a.- Detención y muerte de Antonio Martínez.

El 28 de agosto de 1936 se presentaron en Cantoria, procedentes de Almería, los milicianos Manuel del Pino y los hermanos Juan y Diego Requena Martínez. Venían en busca del guardia civil retirado Antonio Martínez Fernández, de 61 años, con el que alguno de ellos, al parecer, tenía viejas cuentas. Traían un simulacro de orden de detención que exhibieron en el Comité. El rumor se extendió como la pólvora, y un buen número de personas se congregó en la plaza para interesarse por lo que ocurría.

En esos momentos Antonio Martínez participaba en una partida de dominó, con unos amigos, en el café de Pedro Miguel Berbel, que estaba ubicado en el mismo local donde hoy se encuentra la librería-papelería de Hortensia Galera, frente a la plaza del Pipa.

Parece ser que fue Gea Mateos, Chumbero, quien informó a los milicianos del lugar donde podrían localizar al guardia civil, y les acompañó hasta el bar. Un numeroso grupo de personas les siguió hasta el establecimiento de Pedro Miguel.

El primero en llegar fue el miembro del Comité Juan Fernández Sánchez, Canuto, quien, cerciorado de que Antonio Martínez estaba en ese lugar, salió a toda prisa, dejándose atrás una alpargata, para avisar de que, en efecto, se encontraba allí.

Sorprendieron al guardia en plena partida y le comunicaron que tenía que marcharse con ellos. Él les pidió que le dejaran ir a su casa para cambiarse de ropa, a lo cual accedieron, pero llevándolo en calidad de detenido. Vivía en la calle Romero, con su mujer y una hija llamada Melchora.

Ya en la vivienda, y como intuyera que querían llevárselo para matarlo (como así era), el guardia decidió escapar y, en un descuido de quienes le custodiaban, se salió por la puerta falsa y trató de huir, encaramándose a los tejados. Comenzó entonces una persecución en la que participaron los milicianos forasteros y también algunos de Cantoria, como Miguel García Carreño, Algarrobo, quien durante la persecución, bien de forma accidental, bien de forma voluntaria, soltó un tiro de escopeta que él achacaría después, en el proceso que se le siguió, al nerviosismo.

Según la declaración que hizo la viuda de Antonio Martínez, María Martínez, cuando su esposo se dio a la fuga, fue Sebastián Gea Mateos quien “se lo comunicó a los demás y fue el primero en perseguirlo hasta que le detuvieron de nuevo”.

Durante la cacería, el guardia perseguido cayó a un corral de la calle Larga, en que lo apresaron por segunda vez. Lo metieron en el coche que traían y, tras detenerse en la plaza, donde varios testigos pudieron observar al detenido dentro del automóvil, con cara de enorme preocupación, los citados milicianos forasteros lo condujeron hasta la venta de Sorbas, en las inmediaciones de ese pueblo, donde aquella misma noche lo asesinaron. Según se dijo, después de maltratarlo.

5. b.- Gea Mateos se marcha a Barcelona.

En octubre del 36, el Chumbero abandonó su cargo en el Comité y se desplazó hasta la ciudad condal. Allí trabajó como cocinero en el restaurante La Luna, y después en el castillo de Montjuich. Permaneció un año en las cocinas hasta que en octubre del 37 fue movilizado y se incorporó al ejército rojo, donde estuvo destinado en la quince brigada de Infantería y peleó contra las tropas franquistas en el frente del Ebro.

Anteriormente, durante su estancia en Barcelona, protegió y ayudó económicamente al paisano Pedro Llamas Martínez, quien, acosado por rojos de otros pueblos, como destacado derechista, se vio obligado a abandonar Cantoria y refugiarse en aquella ciudad.

Gea Mateos se encontraba en Barcelona en marzo de 1939, cuando entraron las tropas nacionales. Al día siguiente se presentó a las autoridades franquistas y fue apresado e internado en el campo de prisioneros de Horta.

5. c.- Gea Mateos es procesado y condenado a muerte.

Varios meses después de su apresamiento se le trasladó hasta nuestra provincia para ser juzgado. Fueron numerosos los testimonios que señalaron a Chumbero como participante en requisas y saqueos, así como su intervención en la localización y posterior captura de Antonio Martínez.

La sentencia contra él se dictó en Almería el 27 de enero de 1940. El principal Resultando de la misma dice textualmente:

Que el procesado Sebastián Egea Mateo, individuo de ideas extremistas, afiliado a la UGT, se puso al servicio de la rebelión marxista, actuando como miliciano armado a las órdenes del Comité Revolucionario del pueblo de Cantoria, interviniendo directa y principalmente en la detención del guardia civil retirado Antonio Martínez Fernández, persiguiéndole y deteniéndole nuevamente cuando éste intentó fugarse, entregando el detenido a unos milicianos que lo asesinaron a las pocas horas. Hechos probados”.

Y el Fallo del Consejo de Guerra, recogido textualmente, dice así:

Que debemos condenar y condenamos al procesado como autor de un delito de Rebelión Militar por Adhesión, ya definido, con las circunstancias agravantes de peligrosidad, a la pena de MUERTE”.

Sebastián Gea Mateos fue el único cantoriano condenado a muerte por los tribunales franquistas. Pero esa pena no se ejecutó: poco más de un año después, el 12 de mayo de 1941, le fue conmutada por la de treinta años de reclusión.

Es muy posible que en la conmutación influyeran los dos avales que, en su descargo, en el verano del 40, presentaron por escrito Juan Bautista Padilla Berbel y Pedro Llamas Martínez. Ambos señores venían apuntados en la lista que he comentado más arriba, en el punto 3 de este artículo, entre los que “no debían llegar a Baza”, y fueron avisados por Gea Mateos.

Llamas Martínez declaró en su aval que, debido a la persecución roja de que era objeto, “en una ocasión que me encontraba escondido en Barcelona, allí también me protegió y me ayudó con medios económicos”.

Gea Mateos estuvo cumpliendo condena en la prisión Central de Burgos. Durante su encierro enfermó de tuberculosis y fue trasladado a la Prisión Sanatorio Antituberculoso de Cuéllar, provincia de Segovia. Allí, a comienzos de 1946, se le concedió la libertad condicional y pasó a residir en el número 97-2º de la calle San Gervasio de Barcelona, donde le pierdo la pista…

6.- Juan Fernández Sánchez, “Canuto”.

Fue encausado en el Sumarísimo de Urgencia número 17398.

Había ocupado, dentro del Comité, los cargos de Presidente de la Junta de Fincas Incautadas y Presidente del llamado Tribunal de Usura. Era militante de la central sindical CNT.

Al producirse el Alzamiento contaba 27 años. Natural y vecino de Cantoria, donde vivía en la calle San Cayetano. Trabajaba como jornalero. Estaba casado, con tres hijos. Medía 1,65 cm. Castaño, ojos claros. Lucía dos tatuajes: una cabeza de mujer en el brazo derecho y un bisonte en el pecho. Sabía leer y escribir. Cuñado de Sebastián Gea Mateos, puesto que su mujer era hermana de Chumbero.

Fue uno de los individuos que concentró mayor número de críticas y testimonios negativos por extralimitarse en sus actuaciones como miembro del Comité.

Curiosamente, antes de la guerra había defendido ideas conservadoras, e incluso, en una ocasión, fue llevado a declarar al cuartelillo por fijar pasquines derechistas en determinados lugares no permitidos para la propaganda. Sin embargo, al estallar la contienda, o quizá poco antes (no puedo precisarlo), ingresa en la CNT y fue uno de los que constituyeron el Comité Revolucionario de nuestro pueblo.

El 13 de abril de 1939, a los doce días de terminar la guerra civil, ya estaba detenido e ingresado en la cárcel de Cantoria, que se había habilitado en el viejo convento de la Divina Infantita, al final de la calle del Álamo (que tras la guerra tomó el nombre de avenida José Antonio, y en la actualidad el de Doctor López Giménez).

En el informe sobre él, emitido el 5 de mayo del 39 por el Juzgado Municipal, dirigido al juez instructor, leemos, entre otras cosas, que:

también fue Presidente del Tribunal que aquí formaron denominado de la Usura, obligando a que Francisco Rodríguez Fernández, Pedro Balazote Liria, Joaquín Padilla Berbel y José Pérez Bernabé suscribieran documentos públicos a su favor de ventas o cesiones de fincas, y se conoce el detalle de que al hacerle algunas advertencias, alguno de éstos, sobre su proceder por si aquello pudiera cambiar, dijo que antes de que eso pasara, cortaría la cabeza de todos los fascistas. También se ha podido averiguar que en compañía de otros, fue a un cortijo donde se encontraban los conocidos derechistas Pedro Cuesta Jiménez y Joaquín Cuéllar Gea procediendo a su detención"

Son muchos los testimonios que corroboran estas actuaciones, así como que procedía con violencia verbal y amenazas, y que iba permanente armado con una pistola.

La tarde que milicianos forasteros vinieron a por el guardia civil Antonio Martínez, a quien después asesinaron, fue este Fernández Sánchez el primero que les dio aviso de que, en efecto, se encontraba en el bar de Pedro Miguel, donde lo detuvieron.

6. a.- Actuaciones de Juan Fernández Sánchez como Presidente de la Junta de Fincas Incautadas.

Sobre la incautación de una finca propiedad del primero de los señores citados en el informe del Juzgado, Francisco Rodríguez Fernández, el encausado manifestó ante el juez que esos dos celemines y medio de tierra eran propiedad de su mujer, y se la vendieron a don Francisco siendo ella menor de edad, por lo que consideraba que la venta no era legal, y, por tanto, tomó posesión de ella...

Lo que ocurrió realmente con esta tierra situada en Torinina, es que la mujer de Canuto heredó la finca a medias con su hermano, de forma pro indiviso. El hermano, mediante documento privado, vendió su parte a la madre de Francisco Rodríguez, y Canuto consideraba que esa venta no podía hacerse.

Pero en lugar de acudir a los tribunales, cuando se vio ungido del poder que le otorgaba ser miembro del Comité, exigió al sr. Rodríguez el título de compra. Éste se negó a dárselo en un principio, pero finalmente, ante las duras amenazas y bravatas del Presidente del Tribunal de Usura, transigió y le devolvió el documento.

Otro día, Juan Fernández se presentó en casa del militar retirado Pedro Balazote Liria y le exigió, en nombre del Comité, la entrega de un jamón y de animales. Estas exigencias y requisas fueron frecuentes bajo el gobierno del Comité para, según decían, ser luego distribuidas entre los necesitados del pueblo, a criterio del organismo. Pues bien. Pedro Balazote no hizo entrega de lo que se le solicitaba, puesto que, dijo, no disponía de ello. A los pocos días el mismo Fernández Sánchez le comunicó que se le había impuesto una multa de tres mil pesetas, que debía pagar en el término de dos horas. Como el sr. Balazote no se presentara a hacerla efectiva, fue conducido a la sede del Comité y, en presencia de un notario, se le forzó a hacer una escritura de venta que se otorgó a favor de Juan Fernández y de Juan Lamarca.

De similar forma procedió con Joaquín Padilla Berbel y con José Pérez Bernabé, a quienes obligó a escriturar algunas de sus fincas a nombre del Comité.

Además de estas cesiones, la Junta de Fincas Incautadas, de la que era Presidente, expropió las tierras de otros veintidós propietarios de Cantoria, cuyo listado completo se puede ver en el apéndice II.1 del citado libro de Quirosa-Cheyrouze, y que resultaría prolijo reproducir aquí, por lo que remito a dicho volumen, editado por la Universidad de Almería, al posible lector interesado.

Ya en la Posguerra, estando detenido, Juan Fernández declaró ante el juez, en Purchena, el 13 de mayo de 1939, que en efecto fue Presidente de Fincas Incautadas, pero que él no hizo incautaciones de ninguna clase porque quien las hacía era el alcalde.

Que mintió al juez lo demuestra tanto los hechos ya narrados como dos curiosos documentos (a los que aludí más arriba) que se conservan dentro del sumario de Juan Lamarca, y que recogen las “razones” de la expropiación de las tierras de Agapito Sánchez y de Juan Pérez Moreno. En ellos aparece la firma de Fernández Sánchez junto a la de Lamarca…  

En ambos aparece a la izquierda un sello redondo en que se lee “Consejo de Administración de Fincas Incautadas. Cantoria (Almería)”. Y dicen así:

Agapito Sánchez Pérez, a este propietarios se le an (sic) incautado sus Fincas por los motivos siguientes.

Por ser Desafecto al Régimen, y por despedir a sus Obreros porque estaban afiliados a la UGT. Y porque cuando se declaró el Movimiento Militar Fascista, se le requirió para que entregara las armas que poseía y en vez de entregarlas las arrojó a un pozo que tenía en su localidad, teniendo en su poder un Rifle, dos escopetas, un revólver y un puñal.

Y por tener toda su finca completamente abandonada.

Por el Presidente del Consejo de Administración: Juan Fernández (firma).

Por el Presidente de la UGT: Juan Lamarca (firma).

Por el Secretario General de la CNT: no hay firma”.

Juan M. Pérez Moreno, a este propietario se le an (sic) incautado sus Fincas por los motivos siguientes.

1º. Por ser propagandista de Derechas.

2º. Por hacer propaganda para organizar el partido de Falange en esta localidad.

3º. Por estar lellendo (sic) el Diario de Derechas y decirles a los Obreros que eran ellos los que tenían que dar el pan y los palos.

Por el Presidente del Consejo de Administración: Juan Fernández (firma).

Por el Presidente de la UGT: Juan Lamarca (firma).

Por el Secretario General de la CNT: no hay firma”.

6. b.- Otras actuaciones de Fernández Sánchez, Canuto.

En cuanto a la detención de los derechistas Pedro Cuesta y Joaquín Cuéllar, que señalan tanto el informe del juzgado como el de la guardia civil, lo que ocurrió fue que el segundo presidente del Comité, Juan Lamarca, ordenó a Canuto y a otros milicianos de Cantoria que fueran a los cortijos de dichos señores a detenerlos porque tenían que declarar. Al llegar al de Joaquín Cuéllar, fue Canuto quien se dirigió a él, diciéndole: “arréglate que nos vamos”. Luego, detuvo también a Pedro Cuesta y ambos fueron conducidos hasta el Comité donde, tras declarar, se les puso en libertad, como así lo testificaron los implicados.

Cuando el sacerdote don Luis Papis estaba refugiado y protegido en la sede del Comité, tras el asesinato por forasteros del párroco don Juan Antonio, fue Fernández Sánchez quien le ofreció un cortijo, propiedad de un hermano suyo, para que se refugiara allí, asegurándole que de esa manera estaría más seguro. El sacerdote, como sabemos, accedió a la propuesta y vivió escondido en ese cortijo durante unos cinco meses. Según su propio testimonio, en todo momento fue muy bien tratado, defendido y alentado tanto por Canuto como por su hermano.

Hacia finales de 1936 o primeros de 1937, una vez disuelto el Comité, Juan Fernández Sánchez ingresó voluntario en el ejército rojo. Se integró en el batallón Marcelino Domingo, de Madrid, y en septiembre del 37 pasó al cuerpo de Carabineros. Peleó en una escaramuza contra tropas franquistas en el Cerro del Perdigón.

Una vez, regresando a Cantoria (probablemente de permiso, aunque no consta) se encontró en la estación de Alcázar de San Juan con el paisano Félix Peregrín López, que estaba detenido por un policía secreta republicano, debido a que no disponía de documentación. Canuto salió garante del paisano y discutió con el policía hasta conseguir que le cediera su custodia, tras la entrega y firma correspondientes. Una vez quedó bajo su responsabilidad, ambos llegaron por tren a Cantoria, donde Félix Peregrín quedó en libertad.

6. c.- Fernández Sánchez, encarcelado, juzgado, condenado e indultado.

La Sentencia condenatoria fue emitida en Granada el 9 de enero de 1940. El Consejo de Guerra consideró que las acusaciones (“tomar parte en robos y saqueos con pistola en mano; desempeñar el cargo de Presidente del Tribunal de Usura y del de la Junta de Incautación de Fincas; imponer multas y exigir dinero; obligar a que se otorgaran escrituras de fincas a su nombre y al de otros individuos; ingresar con carácter voluntario en el batallón Marcelino Domingo y posteriormente en Carabineros”) quedaban probadas y que eran constitutivas del delito de Rebelión Militar por Adhesión.

Fue condenado a la pena de Reclusión Perpetua.

Pero al poco tiempo le fue conmutada por la de 30 años de Reclusión, y en 1944 por la de 20 años y un día.

Los primeros meses de 1940 estuvo encarcelado en Granada, hasta que en agosto de ese mismo año fue conducido a la prisión de La Coruña. En 1943 cumplía pena en la Central de Astorga (León), y a finales de 1944 lo encontramos ingresado en la Quinta Agrupación de Colonias Penitenciarias Militarizadas, de Toledo.

En noviembre del 45, desde esta última cárcel, solicitó se le comprendiera en el indulto concedido por Franco en octubre de ese año a todos los presos políticos que no estuvieran implicados en delitos de sangre o violaciones.

Petición que prosperó. Juan Fernández Sánchez, Canuto, fue indultado y puesto en libertad el 20 de febrero de 1946. Pasó a residir a Vall de Uxó (Castellón), donde vivía en mayo de ese año, y donde le dejamos.

7.- Dos caballeros rojos en el Comité: Rudesindo Guerrero Linares y Emilio Gilabert Parra, “Conejo”.

Como queda dicho, ambos formaron parte del primer Comité Revolucionario en el cual ostentaron los cargos de Secretario y Delegado de Transportes, respectivamente. Los dos dimitieron hacia finales de octubre por estar en desacuerdo con los métodos empleados por el organismo en cuanto a requisas, expropiaciones, multas y demás.

Al terminar la guerra, fueron encartados en el mismo Procedimiento Sumarísimo de Urgencia: el número 30.680/39, acusados de Rebelión Militar, bajo la instrucción del juez militar Eduardo Ruescas Fernández, alférez de Infantería agregado al Cuerpo Jurídico Militar. Fue Secretario de actuaciones el soldado Sebastián Pérez de León López.

Ruescas Fernández, como juez Militar de Huércal Overa, fue el Instructor de la mayoría de los procesos incoados a cantorianos en la Posguerra.

7. a.- Rudesindo Guerrero Linares.

Al comenzar la guerra tenía 53 años. Era un hombre de pelo canoso, ojos pardos, 1,75 cm. de estatura. Había nacido en Albanchez y residía en Cantoria, en la calle del Álamo nº 6. De profesión, labrador. Casado y padre de un hijo.

Durante los primeros meses de la guerra, mientas se instruía el proceso, estuvo encarcelado en Huércal Overa.

Militaba en el Partido Comunista. Según sus propias declaraciones, efectuadas ante su señoría el 24 de mayo de 1939, “ha sido siempre un partidario de las ideas izquierdistas, creyéndolas las mejores”. Pero, sigue declarando, que al observar el comportamiento de determinados sujetos durante el dominio rojo, se cuestionó sus propias ideas políticas y las abandonó en parte.

Estas declaraciones casan perfectamente con su excelente comportamiento durante la dominación marxista, y con su dimisión final como miembro del comité revolucionario. Dimisión, por cierto, que tuvo que presentar en varias ocasiones porque le era sistemáticamente rechazada.

El falangista y ex jefe local del Movimiento Antonio López Capel, declaró durante el proceso que Rudesindo le dijo en privado, muchas veces, que estaba en total desacuerdo con los desmanes que se estaban cometiendo en el pueblo.

Los testimonios, declaraciones y avales a su favor de los elementos más destacados de las derechas cantorianas fueron abrumadores. Contrasta con ellos, únicamente, el del Delegado local de Información e Investigación de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, quien, en su preceptivo informe oficial, escribe que era “gran propagandista de las ideas marxistas.

Calumniador de la Causa Nacional. Fue Secretario del Comité Rojo y actuaba cuando se llevaron al sacerdote don Juan Antonio. Después fue del Partido Comunista”.

Como digo, este documento (y otro similar emitido por la guardia civil) contrasta con el unánime respaldo y apoyo que Rudesindo obtuvo durante su juicio por parte de los conservadores de nuestra localidad.

En el también preceptivo informe del Juzgado Municipal, firmado por Juan Jiménez, y que se refiere de manera conjunta a Guerrero Linares y a Gilabert Parra, leemos lo siguiente: “tengo el honor de informar a V.S. que practicadas las gestiones oportunas, he podido averiguar que siempre observaron buena conducta social, pues están conceptuados como personas de buenos sentimientos. Fueron por poco tiempo de la directiva del Comité de este pueblo, el primero como Delegado de Transportes y el segundo como Secretario, y éste, desde su puesto, favorecía a todos los elementos de derechas facilitándoles documentaciones y dando buenos informes de los perseguidos o encarcelados”. Cantoria, 5 de julio de 1939. Año de la Victoria.

Fue Rudesindo quien, por orden del presidente Guerra Tripiana, buscó y llevó al sacerdote don Luis Papis al Comité para esconderlo y protegerlo de los milicianos que se llevaron y asesinaron al párroco don Juan Antonio, puesto que al no dar en un primer momento con el paradero de don Luis, dijeron que volverían más tarde a por él.

Durante los días que permaneció escondido en el Comité, el señor Papis fue objeto de toda clase de atenciones y miramientos por parte de sus integrantes, como declaró después de la guerra el afectado ante las autoridades competentes. Rudesindo Guerrero, en más de una ocasión, le ofreció dinero de su propio bolsillo, aunque don Luis nunca lo llegó a aceptar. Con frecuencia lo animaba, diciéndole que no debía tener miedo, y que estuviera tranquilo porque mientras él estuviera allí nada le ocurriría.

Pasado el peligro de los primeros días, Rudesindo fue uno de los que aconsejó al sacerdote que se retirase al campo, para quitarse de en medio, cosa que hizo el señor Papis refugiándose, como ya hemos visto, en un cortijo de Capanas propiedad de un hermano del miembro del Comité Juan Fernández Sánchez, “Canuto”, donde se dedicó a las faenas del campo.

7. b.- Los más destacados derechistas testifican a favor de Rudesindo.-

En otra ocasión facilitó salvoconducto para viajar a Barcelona al sastre Antonio López Capel, documento que otros miembros del Comité le habían negado. En su declaración como testigo, Capel afirmó que “al verme obligado a marchar de este pueblo a refugiarme en Barcelona, el ya citado Rudesindo Guerrero Linares, además de facilitarme cuantos documentos rojos me eran precisos para el viaje, prestó todos los recursos económicos que necesitaron mis familiares durante mi ausencia (…) asimismo, pude observar que se comportaba igual con muchos otros individuos y sus familiares perseguidos por los rojos”.

Pedro Llamas Martínez, 11 de agosto de 1940: “Al iniciarse el Glorioso Movimiento Nacional, el dicente tuvo que huir de este pueblo, y desde el puesto que ocupaba el señor Guerrero no tuvo inconveniente en facilitarme salvoconductos y toda la documentación necesaria para tal objeto”.

Juan López Cuesta: “La actuación de Rudesindo durante la revolución fue francamente buena, pues ayudó a los perseguidos franqueándole la huida a los que quisieron, y protegiendo y favoreciendo a los restante elementos señalados por la horda como futuras víctimas. Fue, pues, un elemento al que hoy debemos y estamos agradecidos, como así lo hace constar el que suscribe, en Cantoria, a 16 de agosto de 1940”.

Isidoro Alés Sánchez, Delegado local de Auxilio Social de esta Villa: “Al estallar el Glorioso Alzamiento Nacional, don Rudesindo Guerrero Linares, que actualmente se encuentra detenido, en vez de proceder a mi detención cuando encontró una lista con todos los elementos del pueblo que habían de organizar la Falange, me la mostró y en mi presencia, y con el fin de que desaparecieran todos los temores de que estábamos llenos los individuos en dicha lista comprendidos, la rompió y me juró guardar la más impenetrable reserva acerca de la referida lista, como así lo hizo, evitando que los elementos rojos tuviesen conocimiento de aquel caso y procediesen contra nosotros (…) Cuando elementos sospechosos que llegaban de fuera, preguntaban por los Fascistas del pueblo, se apresuraba a ponerlo en mi conocimiento para que me escondiera”…

Aparecen más declaraciones favorables de: Nicasio López Martínez, Pedro Gómez Juárez, Antonio de Mata García, Joaquín Martínez Reina, Félix Peregrín López, Julián Mesas Mesas y Joaquín Jiménez del Olmo.

Muy emotiva resulta la declaración testifical que realizó en Cantoria, el 28 de agosto del 40, María Liria López. La señora Liria, natural y vecina de Cantoria, era viuda del guardia civil Ginés Carrillo, quien había sido asesinado en Albox por los rojos: “En ocasión de hallarse perseguido a muerte mi esposo, que en paz descanse, por el hecho de ser guardia civil, el referido Rudesindo Guerrero, sabía perfectamente donde mi referido esposo se encontraba escondido y en todo momento nos aconsejaba cuantas precauciones debíamos tomar para que los criminales rojos no dieran con él. A mí y a mis hijas, en cuantas ocasiones nos llegábamos a él, en demanda de un consejo y de su ayuda, nos atendía con todo cariño, facilitándonos en todo momento cuanto precisamos para la salvación de mi referido esposo. Me consta que era hombre de izquierdas, pero un hombre de orden y de buenos sentimientos, cuyos extremos me demostró en múltiples ocasiones”.

El Consejo de Guerra, conjunto, contra Rudesindo Guerrero Linares y Emilio Gilabert Parra se vio en Almería el 22 de febrero de 1941. Ambos fueron sentenciados como culpables del delito de Adhesión a la Rebelión a las penas de Veinte años y un día de Reclusión.

La pertenencia al Comité y al partido comunista, en el caso de Guerrero, fue decisiva, ya que las autoridades franquistas consideraban hechos delictivos muy graves estas filiaciones, y ello prevaleció en la sentencia sobre su caballeroso comportamiento durante la guerra.

Rudesindo estaba encarcelado en Cuevas del Almanzora en mayo de 1944, cuando le fue concedida la libertad condicional. Se vino a vivir a Cantoria, donde residió muchos años en su casa de la calle del Álamo 6, la cual ha permanecido en pie hasta hace muy poco tiempo, en que, lamentablemente, por encontrarse en mal estado, ha sido derribada. Como tantas otras casas de estilo cantoriano que, tristemente, van siendo aniquiladas poco a poco, en un repulsivo proceso destructor y destructivo de nuestro estilo de edificaciones, personal y precioso, y nuestro, proceso al que todos debiéramos oponernos con firmeza, y que, desde el ayuntamiento, o desde instancias provinciales, regionales o estatales, habría que detener de inmediato, antes de que la única, personal y preciosa fisonomía y belleza de nuestro pueblo acabe perdida para siempre, y transmutada en un infame perfil de bloques de hormigón que le den a nuestro pueblo un impersonal y feísimo aspecto de suburbio, aplastado de ladrillajo.

7. c.- Emilio Gilabert Parra, “Conejo”.

Como sabemos, ocupó el cargo de Delegado de Transportes en el Comité Revolucionario, y fue sumariado en el mismo proceso que Guerrero Linares, con el cual compartió también cárcel, en Huércal Overa, los primeros meses de la Posguerra. Al igual que el anterior, y hacia las mismas fechas, dimitió por disconformidad con los desmanes cometidos por el ente revolucionario.

Entró en el Comité con tan solo vienticinco años de edad. Era natural y vecino de Cantoria, donde vivía en la calle Alamicos. Jornalero. Casado. Un hijo. 1,53 de estatura. Pelo castaño. Sabía leer y escribir. Estaba afiliado a las Juventudes Socialistas Unificadas.

 Conejo fue procesado y encarcelado, al terminar la guerra, cuando no había cumplido aún los veintiocho años. En su actuación como miembro del Comité no perpetró irregularidad ni acto delictivo alguno, más allá de figurar como integrante del organismo, frente al cual mostró su desacuerdo en diversas ocasiones, lo que, finalmente, le llevó a dimitir, como queda dicho.

Incluso el informe del Delegado de Información e Investigación de Falange, hombre que habitualmente en sus escritos señala y denuncia con bastante dureza a los elementos rojos de la población, esta vez manifiesta que Gilabert Parra “fue delegado de Transportes, retirándose de dicho puesto por no estar conforme con la actuación del Comité… Muy trabajador”. Cantoria, 5 de julio de 1939.

En efecto, era vox pópuli su fama de excelente y honradísimo trabajador, y reconocida por todo el pueblo.

Un notorio derechista como el comerciante Joaquín Padilla Berbel, quien había padecido la persecución roja y sufrido incautaciones, requisas y multas, testimonió lo siguiente: “Que conozco perfectamente desde niño a Emilio Gilabert Parra, natural y vecino de ésta. Siempre observó una conducta moral, política y social digna del mayor elogio (…) Se dedicaba, única y exclusivamente, a trabajar como jornalero en cuantos sitios lo necesitaban, siendo preferido por honradez intachable y su fe al trabajo. Durante el Glorioso Alzamiento Nacional, su comportamiento para con el que suscribe fue también admirable (…) En cuantas ocasiones observaba que los elementos rojos tramaban alguna de sus múltiples infamias contra el que suscribe, se apresuraba a ponerlo en mi conocimiento e indicarme el procedimiento que más conveniente veía para librarme de la injusticia que los referidos rojos se proponían cometer… Y para que conste y por si la presente puede servirle de atenuante en su futuro Fallo, expido la presente que firmo en Cantoria, a ocho de septiembre de mil novecientos cuarenta”.

El médico Juan López Cuesta declaró: “que no tiene conocimiento de que durante el periodo revolucionario, Gilabert Parra cometiera desmán alguno ni tomase parte en ningún acto delictivo, considerándole como bastante honrado y trabajador. Lo que me complazco en hacer constar”…

Recuerdo con enorme cariño a Pedro Gómez Juárez, excelente persona, excelente trabajador en su carpintería donde cortaba y cepillaba afanosamente tremendos tablones de madera; gran amigo del padre del autor de este artículo.

Pedro Gómez fue, muy joven, uno de los fundadores de la Falange en Cantoria, y llegó a ser, tras la guerra, jefe local del Movimiento y directivo de la Hermandad de ex Cautivos. Había nacido en Olavarría, Buenos Aires, Argentina, en 1917 ó 18.

Durante la dominación marxista fue detenido y encarcelado en Almería por el terrible SIM, Servicio de Inteligencia Militar de los rojos, acusado de quintacolumnista y organizador del Socorro Blanco en Cantoria. Gómez Juárez declaró ante su señoría, el 15 de julio de 1939, que, ya encarcelado,  cuando el SIM pidió informes suyos al Comité cantoriano, “Emilio Gilabert los dio favorables al declarante”.

Al dejar su cargo en el Comité, en una fecha sin precisar, pero que se puede fijar en torno a finales de octubre del 36, Conejo marchó a Barcelona y entró a trabajar en la fábrica de Metales y Platería Rivera, sita en la Rambla de Pueblo Nuevo, donde permaneció por espacio de un año, hasta que en octubre del 37 su quinta fue movilizada y regresó al pueblo para incorporarse a filas. Fue destinado al batallón de Retaguardia número 8 de Ciudad Real.

Pero antes de integrarse en él, estuvo unas semanas en el campamento de Viator, haciendo instrucción y en espera de destino. Allí coincidió con el cura de Cantoria don Luis Papis, quien, como vimos, había salido ya de Cantoria, tras varios meses escondido en Capanas, y también había sido forzosamente movilizado por el ejército rojo.

La situación de los religiosos y sacerdotes en la zona Roja era, como sabemos, muy delicada. Estaban acosados y perseguidos. Por el mero hecho de ser hombres o mujeres de religión, se les detenía, encarcelaba y en miles y miles de casos eran fríamente asesinados. Por este motivo, los que había logrado escapar de aquella barbarie, ocultaban su condición de tales. Pero, en muchas ocasiones, abundaban los chivatos que, al reconocerles, les denunciaban. Vivían permanentemente con ese temor.

Y con ese temor vivía don Luis Papis en el campamento de Viator. Conejo y él coincidieron allí, y estuvieron frente a frente en muchos momentos. El ex miembro del Comité cantoriano supo siempre guardar silencio y callar, en todo instante, la condición de sacerdote de don Luis. Como un hombre.

Y así lo reconoció y declaró el cura durante el proceso contra Conejo, por medio de declaración escrita a mano y firmada en Cantoria, a 31 de agosto de 1940.

El 22 de febrero de 1941, Emilio Gilabert Parra, alias Conejo, al igual que Rudesindo Guerrero, fue encontrado culpable del delito de Rebelión Militar por Adhesión, y condenado a la pena de Veinte años y un día de Reclusión.

Se acogió al indulto total que concedió Franco en octubre del 45, que le fue concedido. Sin embargo, llevaba ya unos años, que no puedo precisar, pero casi con toda probabilidad desde el 43, en libertad vigilada.


8. Enrique Fornovi García.

Al sobrevenir el Alzamiento, Fornovi tenía 29 años y trabajaba llevando la contabilidad del negocio de su padre. Estaba afiliado a la CNT, y formó parte del Comité Revolucionario como vocal. Es muy posible que ocupara el cargo de Secretario tras la dimisión de Rudesindo, puesto que como tal lo cita en su declaración uno de los incondicionales más destacados que actuaron al servicio del Comité: Rafael Jiménez, “Pepino”; incondicionales que estudiaremos, si los hados son favorables, en el siguiente capítulo de esta serie, o sea, en el próximo número de Piedra Yllora.

Fue procesado en el Sumarísimo de Urgencia número 31.534/39, instruido como juez y secretario, respectivamente, por los consabidos señores Ruescas Fernández y Pérez de León López.

Fornovi fue exculpado, sin excepción, por todos los derechistas que acudieron citados a declarar en el proceso que se le siguió. Le fueron favorables, también, los previos y preceptivos informes del alcalde, Joaquín Jiménez del Olmo, e incluso los del Delegado de Información de Falange y el de la guardia civil. Éste último señala que “en diciembre del 38 estuvo con permiso en esta villa y contribuyó con 100 pesetas que le entregó a don Ginés Herrero con destino al Socorro Blanco”.

Como digo, fueron unánimes en su favor las declaraciones como testigos de: Juan María Pérez Moreno, Joaquín Padilla Belber, José Pérez Bernabé, Francisco Rodríguez López, Pedro Pérez Reche, Alfonso Giménez del Águila, Antonio López Capel, Joaquín Martínez Reina y Juan López Cuesta. No hubo ninguna declaración en su contra, como es frecuente que ocurra, aunque de forma minoritaria, en otros sumarios.

 8. a.= La noche de la Lista.

Todas esas personas incidieron en la relevante y decisiva intervención de Enrique Fornovi, junto a otros, para evitar que unos milicianos forasteros se llevaran y asesinaran a un elevado número de cantorianos de derechas una noche del verano de 1936.

Por ejemplo: Testigo, Antonio López Capel, de 35 años, casado, natural de Cantoria, sastre. Manifiesta: “(…) que en ocasión de venir unos forajidos de Baza y Caniles con ánimo de asesinar a una lista de personal de derechas de este pueblo, fue uno de los que principalmente evitaron que se llegara a consumar el hecho, y esto lo asegura el que declara puesto que él se encontraba entre los de la lista, y fue avisado por Enrique Fornovi”.

López Capel fue una de las personas que organizaron la Falange en el pueblo, y durante algún tiempo fue también jefe local del Movimiento.

En efecto: hacia el anochecer de un día de finales de agosto del 36 llegaron a Cantoria, procedentes de Baza, dos camiones con un puñado de milicianos de Baza y Caniles a bordo. Traían una lista en la que venían apuntados los nombres de treinta y cuatro vecinos de la localidad, personas de derechas, que debían ser detenidas y subidas a los camiones para ser llevadas, teóricamente, hasta la ciudad de la provincia granadina. Pero, como queda escrito en el apartado 3 de este artículo, al final de la relación venía escrita esta aterradora frase: “No deben llegar a Baza”.

La demoledora orden partió del Comité de la ciudad bastetana. Sin embargo, alguien, desde Cantoria, había hecho llegar hasta allí los nombres de quienes iban apuntados en la lista…

Este articulista ni afirma ni niega nada. Sólo cuenta, en su misión de relatar lo que pasó en otro tiempo, lo que entonces se aseguró de forma inequívoca por todo el mundo, y lo que después, al respecto,  ha visto igualmente corroborado en algunos de los expedientes sumarios.

Pues bien. Una vez aclarado esto, quiere decir el articulista que en aquella época ejercía como médico de Cantoria, además de mi abuelo Juan López Cuesta, un forastero llamado Antonio Rodríguez Reche. Era un hombre de izquierdas, y se le conocía en nuestra pequeña ciudad como “el Artillero”, seguramente debido a que tenía doce hijos…

A más de médico, el Artillero poseía algunas tierras, y en años anteriores a la guerra se había enzarzado en diversas denuncias con algunos cantorianos, por motivos varios relacionados con los bancales.

Igualmente había presentado quejas en el colegio médico de Almería (caso que, incluso, apareció publicado como suelto en la prensa de la capital indaliana), porque, en su criterio, el ayuntamiento no le abonaba los emolumentos que le correspondían, debido a la presión de determinados caciques locales que le querían hundir.

Se le recuerda, al decir de quienes lo conocieron, como hombre de no muy buen carácter y tendente a la bronca.

Una semana, o así, después de comenzar la guerra, un día, don Antonio el Artillero irrumpió en el Comité donde se celebraba una asamblea de obreros y campesinos cantorianos. Tomó la palabra y excitó a los reunidos para que asaltaran y saquearan los establecimientos comerciales de los derechistas. Además, traía un papel donde había apuntado a las personas de orden que, según él, habría que detener ese mismo día.

En ese momento se le enfrentó el miembro del Comité Blas Padilla Martínez, alias “Antonio el Menúo”, quien le recriminó sus palabras y le dijo que los obreros de Cantoria no eran ladrones ni criminales, y no le iban a seguir en lo que el médico les proponía. El enfrentamiento subió de grados y el Artillero le lanzó dos puñetazos a Antonio el Menúo, que le alcanzaron de lleno, al tiempo que lo insultaba usando una extrañas palabras despectivas.

La cosa quedó ahí por el momento…

Como hemos venido diciendo, y creo que demostrando, a lo largo del presente artículo, la actuación del Comité de Cantoria fue mala en cuanto a la propiedad privada se refiere; pero fue bastante buena, en general, por lo que respecta al comportamiento y trato hacia las personas. Pues bien. Esto último, para don Antonio el Artillero era síntoma de debilidad, y acusaba a la mayoría de los componentes del Comité de ser demasiado blandos, incluso complacientes, con los elementos de la de derecha…

Según se dijo con insistencia en aquella época, y todavía hoy se asegura, y, como digo, también he podido leer las mismas afirmaciones en algunos expedientes, fue el Artillero quien hizo llegar hasta el Comité de Baza las quejas por la excesiva blandura de los rojos cantorianos, así como la susodicha lista con los treinta y cuatro nombres de los más destacados elementos de derechas. El comité bastetano era conocido por ser el más duro entre los relativamente cercanos a nuestro pueblo, y en esa ciudad se cometieron durante los primeros meses de la guerra verdaderas atrocidades.

Una vez que hubieron llegado a Cantoria, los milicianos de Baza y Caniles se dirigieron a la sede del Comité y dijeron que venían para llevarse detenidos a los que figuraban en aquella relación.

Como Guerra Tripiana, Fornovi  y algunos más fueron conscientes de la masacre que se avecinaba, hablaron en “petit comité” y acordaron que no iban a consentir que se llevaran a los paisanos. Iniciaron entonces movimientos de retardo para ganar tiempo. Les hicieron creer que aquella lista contenía errores, porque algunos de los que figuraban en ella, como don Emilio Padilla por ejemplo, eran de ideas republicanas, y que más valía examinar la relación con detenimiento. Fue Enrique Fornovi quien propuso hacer las cosas bien, y que, mejor, mientras analizaban todos los nombres uno a uno, si les parecía, iba a encargar vino y cerveza y unas raciones para agasajar a los compañeros milicianos, que invitaba Cantoria por la revolución, etc. Esto fue lo que le dio margen a Fornovi y a otros que salieron con él a por las cervezas, para mandar recados, o avisar directamente, a los que venían apuntados en la lista, y que en los primeros vistazos a la misma habían memorizado.

Siempre me ha emocionado la memoria de aquella noche. Debieron ser unos momentos extraordinariamente tensos y emotivos los que se vivieron en la población. Cualquier cantoriano de derechas o de izquierdas, nacido o por nacer, debiera guardar en su recuerdo, y transmitir de generación en generación, para siempre, los hechos tremendamente ejemplares que ocurrieron en nuestro pueblo la jornada conocida como “la noche de la Lista”.

Mientras algunos del Comité entretenían a los asesinos y desviaban la conversación hacia otros derroteros, al tiempo que los invitaban a cerveza, varios izquierdistas de la máxima confianza de los dirigentes comiteros, recorrían las calles avisando a los victimables para que se escondieran o desaparecieran por unas horas.

Una vez se supo en la sede del organismo revolucionario, mediante señas y apartes, que la situación estaba controlada, fueron Tripiana y Fornovi quienes hablaron con toda claridad a los forasteros. Les comunicaron entonces que se oponían radicalmente y no iban a consentir que sacaran a nadie de la villa sin las preceptivas órdenes legales de la superioridad.

Resultado final de todo esto fue que los milicianos se marcharon por donde habían venido, con los camiones vacíos, y se frustró así la salvaje matanza de cantorianos que traían planeada.  

Entre los treinta y cuatro nombres que “no debían llegar a Baza”, y que iban a ser asesinados en algún punto de la carretera entre las dos poblaciones, figuraban, con toda seguridad, los siguientes:

Antonio López Capel. Era sastre. Como queda dicho, uno de los fundadores de la Falange en Cantoria. Fue avisado por Fornovi.

Pedro Pérez Reche. Propietario. Fue avisado por Fornovi.

Juan Antonio López Pérez. Sacerdote. Fue avisado por Fornovi. Sería asesinado un mes más tarde.

Luis Papis Cruz. Sacerdote. Muy probablemente le avisó Fornovi, pero no hay constancia de ello.

Pedro Llamas Martínez. Propietario. Fue avisado por Chumbero.

Juan Bautista Padilla Berbel. Comerciante. Fue avisado por Chumbero.

Juan López Cuesta. Médico. Abuelo del articulista. Fue avisado por uno de los Pandos.

Antonio López Giménez. Estudiante. Padre del articulista.

Joaquín Jiménez del Olmo. Propietario.

Manuel Jiménez del Olmo. Abogado.

Pedro Gómez Juárez. Industrial. Uno de los fundadores de la Falange local. Es bastante probable que fuera avisado por Conejo, sin poder confirmarlo.

Emilio Padilla Gavilán. Administrador. Era de Izquierda Republicana. Al ser avisado (no puedo precisar por quién) de que iba en la lista, tomó una escopeta y, por lo que pudiera ocurrir, se parapetó en la sede de su partido afirmando que si los milicianos forasteros querían sacarlo de allí, habría de ser con los pies por delante.

Agapito Sánchez Pérez. Propietario.

Hay indicios para conjeturar, pero sin certeza alguna, que posiblemente también fueran en la lista, entre otros: Alfonso Giménez del Águila, Joaquín Martínez Reina, Joaquín Padilla Berbel, Isidoro Alés Sánchez, Pedro Pérez Mesas, Félix Peregrín López, Julián Mesas Mesas, Juan Marín Ruiz, Pedro Cuesta Jiménez, Joaquín Cuéllar Gea, José Pérez Bernabé, Juan Pérez Moreno y Antonio de Mata García.

Si algún amable lector conoce, por oírlo en su familia o de cualquier otra forma, algún nombre más de los que con certeza o muy probablemente iban en la lista, ruego me lo haga saber por medio del director de esta revista. Sería muy interesante, aunque muy difícil, que algún día pudiéramos reconstruir la relación completa de los que venían apuntados en ella.

8. b.= Volvemos con el Artillero.

Una vez se marcharon del pueblo los milicianos de Baza y Caniles, la indignación contra el Artillero empezó a crecer por momentos. Se supo pronto quien había “traído” a aquellos forajidos dispuestos a matar, y las razones de ello, y tanto las gentes de izquierdas como las de derechas empezaron a concentrarse delante de la casa del médico Rodríguez con la intención de detenerlo. Vivía frente a la iglesia, al comienzo del Paseo, en la hermosa casa, cantorianísima, propiedad de Margarita Cerrillo, fallecida hace muy poco tiempo.

Para iluminar la fachada del edificio y que el médico no pudiera huir sin ser visto, colocaron unos hachones encendidos, atados a las barandillas de la plaza que rodea parte del templo.

Tenía una hija, según se dice, de extraordinaria belleza. Llamaba la atención por donde iba, y todavía hoy se comenta entre quienes la conocieron u oyeron hablar de ella de primera mano, la hermosura única de Pepita Rodríguez, la hija del Artillero.      

Viendo que la situación se hacía insostenible (al parecer el médico recriminaba con duras palabras, desde el interior de su casa, a los que había fuera, y éstos acechaban el momento de poder echarle el guante…) esta muchacha de que hablamos, logró escabullirse, acompañada de uno de sus hermanos e inició una penosísima marcha a pie hasta Albox, para solicitar la ayuda del Comité albojense ante el peligro inminente que corría su padre.

Para no perderse y evitar algún encuentro en la carretera, decidieron caminar por la vía del tren. Cuando accedieron a las inmediaciones de Almanzora, subieron rambla arriba y luego se desviaron hasta alcanzar Albox. Llegaron al pueblo vecino con los pies destrozados, llenos de ampollas y de sangre, despeinados, sucios y completamente agotados. En Albox, en plena madrugada, ya al borde del alba, llamó poderosamente la atención el aspecto derrengado y heroico de aquella chica extraordinariamente bella que acudía al Comité local, donde siempre había alguien de guardia, en busca de ayuda para su padre. Los hermanos contaron lo que estaba sucediendo en Cantoria, el riesgo en que estaba su progenitor y solicitaron socorro para él.

Entonces un grupo de albojenses se trasladó hasta Cantoria, y la intervención de los vecinos, según se cuenta y siempre he oído, fue decisiva para apaciguar los ánimos exaltados contra el médico. Pero siempre quedará en la memoria la hazaña familiar, privada si queremos, pero no por ello menos admirable, de aquella descendiente de un energúmeno desalmado; de aquella chica, Pepita Rodríguez y de su hermano, que caminaron durante media noche, destrozados, con el fin de solicitar ayuda para su padre.

El Artillero acabó marchándose a vivir con su familia a Valencia, donde tengo entendido que al terminar la guerra fue procesado, y murió a comienzos de los años cuarenta.

8. c.= Fornovi sobreseído.

A comienzos de 1937 marchó con su familia a vivir a Barcelona, donde, en abril del 38, se incorporó forzoso al ejército rojo cuando su quinta fue movilizada.

Ya en la Posguerra, Enrique Fornovi fue detenido y encarcelado en Barcelona, donde vivía, el 20 de julio de 1939. El 19 de agosto salió conducido para Cantoria adonde llegó unos días después y permaneció preso en la cárcel cantoriana, que se había habilitado en el convento de la Divina Infantita, hasta diciembre del citado año.

El día 10 de este último mes, dados los abrumadores testimonios a su favor, su señoría ACUERDA: “proponer y propone el sobreseimiento de las actuaciones y acuerda su libertad provisional”.

Volvió a Barcelona, donde por aquellas fechas residía en la calle Carranca 18, 1ª.

9.= Blas Padilla Martínez, “Antonio el Menúo”

Recuerdo que una vez, de niño, yendo con mi padre por el Fas, hacia la zona de los Álamos, nos encontramos con Antonio el Menúo. Se pararon a hablar. Estaba comiéndose un racimo de uvas y me ofreció unos granos. Recuerdo su rostro de campesino, ajado por el sol y la intemperie, y su sonrisa y bonhomía mientras me ofrecía las uvas. Debió ser por el año 1964 ó 65. Qué lejos estaba yo de imaginar que aquel hombre, cuando la guerra,  tuvo un papel protagonista y ciertamente relevante en la pequeña historia de nuestro pueblo.

Se llamaba, en realidad, Blas Padilla Martínez, pero todo el mundo le conocía por “Antonio el Menúo”. Había nacido en Chercos y tenía 36 años cuando estalló la guerra civil. Jornalero. Estaba casado y era padre de tres hijos. Vivía en la calle San Antón. De estatura baja. Padecía una ligera sordera. Militaba en la UGT y en el PSOE.

Todos, hasta sus más firmes adversarios, le reconocían una gran inteligencia y un mayor nivel intelectual que el resto de los dirigentes revolucionarios. Tenía una fuerte ascendencia e influencia sobre la clase obrera cantoriana. Antes de la guerra, reunía a grupos de obreros y campesinos en su casa y les leía la prensa que él mismo compraba, comentándola y haciendo comentarios críticos sobre la situación política y económica. Era, además, corresponsal en nuestro pueblo y alrededores de determinada prensa revolucionaria. Aunque no lo sé con seguridad, porque no consta, pero dada su militancia, es posible que se tratara del rotativo El Socialista.

Formó parte del Comité, pero no ostentó cargo alguno. Sin embargo, todos lo reconocen como la figura más influyente y de mayor peso intelectual dentro del mismo. Así como el inspirador de muchas de sus acciones.

A los pocos días de comenzar la guerra, durante una asamblea que se celebraba en la sede del Comité, discutió con el médico Antonio Rodríguez, alias el Artillero, debido a que éste animaba a los allí congregados a asaltar las tiendas de los de derechas, así como a detener y sacar de sus casas a los más destacados derechistas, cuyos nombres traía apuntados en un papel. El Menúo se enfrentó a él y le dijo que no había derecho a que hablara así; que los obreros de Cantoria eran personas decentes y que no iban a seguirle ni a hacer nada de eso, puesto que no eran ladrones. Entonces el Artillero le espetó que eso se iba a hacer con él a la cabeza, y le dio dos puñetazos al Menúo mientras le decía, insultándole: “churri, churri”… No obstante, Blas Padilla logró que ni uno solo de los obreros allí reunidos siguiera al médico.

Cuando fueron asaltadas y saqueadas por las milicias las casas de don Manuel Jiménez y de su prima Encarnación, Menúo instó al alcalde Juan Cerrillo y a Juan López Martínez a que se hiciera inventario de los objetos que de allí se sacaban. En efecto, parece ser que tal inventario se hizo, aunque no sirvió para nada, pues, como es sabido, en la casa de milicias desaparecieron después bastantes de los objetos que se sacaron de la casa del señor Jiménez del Olmo.

El día de la quema de los santos y demás imágenes de la iglesia, Antonio el Menúo se personó en el lugar de los hechos, en la explanada del convento, donde había acudido mucha gente, y trató de evitar el destrozo. Les intentó hacer comprender que aunque no miraran las imágenes como católicos, sí debían verlas como obras de arte y era una lástima que se estropearan. Sin embargo no lo consiguió, debido a la actitud completamente exaltada de la turba.

En una ocasión devolvió a Pedro Gómez una bicicleta que le había requisado el Comité. En otra ocasión, el organismo revolucionario le negó a Juan Jiménez Fernández un salvoconducto que necesitaba. En estas llegó a la sede Antonio el Menúo, y según la propia declaración de Juan Jiménez “llegó el Padilla y dijo: este salvoconducto se le da, y se me dio”.

Por otro lado, es indudable que estuvo en las reuniones donde se aprobaron requisas, multas e incautaciones, porque, a pesar de no ostentar cargo alguno, era un elemento de fortísima influencia en el Comité, y sabemos que sus consignas las seguían fielmente un enorme número de trabajadores. Pero también sabemos que su inteligencia y elevado nivel intelectual sirvió en muchas ocasiones para moderar y aplacar a los elementos más exaltados y violentos.

Durante su proceso, tuvo muchos testigos que declararon a su favor. Pero también hubo un buen número de los que lo hicieron en contra. Veamos tres ejemplos:

Juan López Cuesta, médico: “que lo considera persona de izquierdas, pero enemigo de desmanes (…) Que con el declarante siempre se ha portado correctísimamente, habiéndole facilitado cuanta documentación ha necesitado para trasladarse a cuantos sitios ha creído conveniente”.

Antonio López Capel, sastre: “Su actuación antes y después del Glorioso Movimiento fue contraria a todo desmán y procuraba apaciguar a los más levantiscos en beneficio de los elementos que más estábamos perseguidos. Por todo esto lo considero buena persona”.

Delegado de Información e Investigación de Falange: “Propagandista acérrimo. Asesor e inductor de cuantas incautaciones y desmanes se cometieron en ésta, reservando las mejores fincas para su beneficio. Miembro del Tribunal Popular donde se juzgaba a las personas de orden.  Peligrosísimo”.  

Este Tribunal Popular de que se habla arriba, realmente no existió en Cantoria. Se trató, más bien, de una junta que tomó algunas declaraciones a determinados derechistas, pero no era en su sentido exacto un Tribunal ni actuó como tal, ni juzgó a persona alguna.

El Consejo de Guerra celebrado en Almería contra Blas Padilla Martínez, alias Antonio el Menúo, le condenó a 20 años de Reclusión por Auxilio a la Rebelión. Fue indultado de forma total en 1947. Pero llevaba en libertad condicional desde antes de 1943.

y 10.= Juan Lamarca Martos.

Natural de Partaloa y vecino de Cantoria. De profesión, fontanero. Casado y padre de dos hijos. Bajo. De pelo escaso. Tenía una pinta en el ojo izquierdo y una cicatriz al lado del ojo derecho. Era de la UGT. Residía en nuestro pueblo desde el comienzo de la guerra civil. Anteriormente había vivido largos años en Brasil.

10. a.= Lamarca en el Comité.

Al estallar la contienda, Juan Lamarca tenía 44 años. Entró como vocal en el Comité Revolucionario y, dentro de él, se integró en la Junta de Fincas Incautadas, junto a Juan Fernández Sánchez, Canuto.

Su firma figura junto a la del anterior en los documentos por los que se incautan las tierras de Agapito Sánchez y de Juan Pérez Moreno. Igualmente el Lamarca y el Fernández Sánchez obligaron a hacer escritura de venta de una finca a don Pedro Balazote Liria. En el juicio que se le siguió al término de la guerra, reconoció estos hechos y declaró que lo hizo movido por las circunstancias que se vivían entonces, pero que comprendía que estaba mal y que le pesó con posterioridad.

Al poco de iniciarse la contienda, los guardias civiles del puesto de Cantoria, considerados afectos al Alzamiento, fueron detenidos y encarcelados en Almería. Lamarca asistió como testigo a ese juicio y su declaración fue muy favorable para ellos. Los guardias, finalmente, salieron absueltos del tribunal popular que les juzgó.

De la misma forma actuó en el juicio que se siguió en Almería contra el destacado derechista Pedro Llamas Martínez. Lamarca compareció en el juicio como testigo de descargo, a favor del señor Llamas, al cual, anteriormente, le había facilitado también un salvoconducto para que se pudiera marchar a Barcelona.

Hacia finales de octubre o primeros de noviembre pasó a ser presidente del Comité, tras Guerra Tripiana, que ocupó el cargo de Tesorero, sin que se tengan noticias de actuaciones delictivas de Lamarca como presidente del organismo revolucionario.

10. b.= Lamarca, Presidente del Consejo Municipal (alcalde).

Tras la disolución de los comités por decreto del gobierno Largo Caballero, a finales del 36, el Estado republicano inició su reconstrucción, que se había hundido tras el Alzamiento, como sabemos, en gran parte por la dislocada actuación de los comités en toda la zona Roja. 

Para intentar ordenar los municipios y recobrar su control, a primeros de 1937 se crean los llamados Consejos Municipales, es decir, los nuevos ayuntamientos. Al frente de dichos Consejos figuraba un presidente, o sea, el alcalde.

Para Cantoria Juan Lamarca fue nombrado presidente del nuevo Consejo Municipal, en sustitución del alcalde Juan Cerrillo.

Durante su mandato renació una relativa tranquilidad en el pueblo, después de las graves perturbaciones a que había estado sometido bajo el dominio del Comité, en cuyo periodo el ayuntamiento, como en la inmensa mayoría de los lugares de la España republicana, se vio completamente arrinconado y anulado, y sólo existió nominalmente, sin poder local alguno, ya que éste lo ostentaba el Comité.

Con Lamarca, dentro de los estrechos parámetros que permitía una guerra civil que continuaba, fue renaciendo el poder municipal, y volviendo un relativo orden (insisto que seguimos en estado de guerra) a nuestro pueblo.

Informe del Juzgado Municipal de Cantoria para el proceso que se incoó  en la Posguerra contra Juan Lamarca: “Como Alcalde su actuación fue buena, renaciendo la tranquilidad en este pueblo y desde su puesto favoreció cuanto pudo a los destacados derechistas que durante su persecución o encarcelamiento recurrían a él en demanda de protección o informes, dándoles siempre para favorecerlos, y en sus reuniones o paseos prefería siempre personal de orden a los elementos revolucionarios del pueblo”. 6 de junio de 1939. Año de la Victoria.

En una ocasión, tras un registro efectuado en la casa de Manuel Jiménez, llegaron a manos de Lamarca unas cartas muy comprometedoras para el dueño de la casa y para Antonio de Mata García, relativas a la organización de Milicias Clandestinas. Las misivas procedían de Antonio Goyeneche y de Francisco Rovira Torres. Ante el temor de que las cartas pudieran caer en manos de otras personas, Juan Lamarca las destruyó en presencia de Miguel González, amigo de Antonio Mata, para que fuera testigo de que se había deshecho de tan delicados documentos.

Arregló los papeles de varios individuos que habían desertado del ejército rojo para que no fueran perseguidos. Y fue Lamarca quien guardó el manto de la virgen de los Dolores, evitando que lo robaran o quemaran.

En el proceso que se le siguió tras la guerra, el fiscal calificó los hechos de pertenencia al Comité e intervención en incautaciones de fincas como Auxilio a la Rebelión y realizó una petición de 12 años y un día de prisión.

SENTENCIA: Almería, diez y nueve de julio de mil novecientos cuarenta.

Reunido el Consejo de Guerra Permanente número 2 de los de esta plaza para ver y fallar, en juicio sumarísimo de urgencia la causa 18.121 seguida contra Juan Lamarca Martos, de 47 años, casado, fontanero, natural de Partaloa y vecino de Cantoria

RESULTANDO: Que los relatados hechos son constitutivos de delito de Auxilio a la Rebelión

FALLAMOS: Que debemos condenar y condenamos a Juan Lamarca Martos a la pena de doce años y un día de Reclusión.

En agosto de ese mismo año 40 estaba preso en la cárcel de Almería, y ahí le perdemos la pista.

9.= Blas Padilla Martínez, “Antonio el Menúo”

Recuerdo que una vez, de niño, yendo con mi padre por el Fas, hacia la zona de los Álamos, nos encontramos con Antonio el Menúo. Se pararon a hablar. Estaba comiéndose un racimo de uvas y me ofreció unos granos. Recuerdo su rostro de campesino, ajado por el sol y la intemperie, y su sonrisa y bonhomía mientras me ofrecía las uvas. Debió ser por el año 1964 ó 65. Qué lejos estaba yo de imaginar que aquel hombre, cuando la guerra,  tuvo un papel protagonista y ciertamente relevante en la pequeña historia de nuestro pueblo.

Se llamaba, en realidad, Blas Padilla Martínez, pero todo el mundo le conocía por “Antonio el Menúo”. Había nacido en Chercos y tenía 36 años cuando estalló la guerra civil. Jornalero. Estaba casado y era padre de tres hijos. Vivía en la calle San Antón. De estatura baja. Padecía una ligera sordera. Militaba en la UGT y en el PSOE.

Todos, hasta sus más firmes adversarios, le reconocían una gran inteligencia y un mayor nivel intelectual que el resto de los dirigentes revolucionarios. Tenía una fuerte ascendencia e influencia sobre la clase obrera cantoriana. Antes de la guerra, reunía a grupos de obreros y campesinos en su casa y les leía la prensa que él mismo compraba, comentándola y haciendo comentarios críticos sobre la situación política y económica. Era, además, corresponsal en nuestro pueblo y alrededores de determinada prensa revolucionaria. Aunque no lo sé con seguridad, porque no consta, pero dada su militancia, es posible que se tratara del rotativo El Socialista.

Formó parte del Comité, pero no ostentó cargo alguno. Sin embargo, todos lo reconocen como la figura más influyente y de mayor peso intelectual dentro del mismo. Así como el inspirador de muchas de sus acciones.

A los pocos días de comenzar la guerra, durante una asamblea que se celebraba en la sede del Comité, discutió con el médico Antonio Rodríguez, alias el Artillero, debido a que éste animaba a los allí congregados a asaltar las tiendas de los de derechas, así como a detener y sacar de sus casas a los más destacados derechistas, cuyos nombres traía apuntados en un papel. El Menúo se enfrentó a él y le dijo que no había derecho a que hablara así; que los obreros de Cantoria eran personas decentes y que no iban a seguirle ni a hacer nada de eso, puesto que no eran ladrones. Entonces el Artillero le espetó que eso se iba a hacer con él a la cabeza, y le dio dos puñetazos al Menúo mientras le decía, insultándole: “churri, churri”… No obstante, Blas Padilla logró que ni uno solo de los obreros allí reunidos siguiera al médico.

Cuando fueron asaltadas y saqueadas por las milicias las casas de don Manuel Jiménez y de su prima Encarnación, Menúo instó al alcalde Juan Cerrillo y a Juan López Martínez a que se hiciera inventario de los objetos que de allí se sacaban. En efecto, parece ser que tal inventario se hizo, aunque no sirvió para nada, pues, como es sabido, en la casa de milicias desaparecieron después bastantes de los objetos que se sacaron de la casa del señor Jiménez del Olmo.

El día de la quema de los santos y demás imágenes de la iglesia, Antonio el Menúo se personó en el lugar de los hechos, en la explanada del convento, donde había acudido mucha gente, y trató de evitar el destrozo. Les intentó hacer comprender que aunque no miraran las imágenes como católicos, sí debían verlas como obras de arte y era una lástima que se estropearan. Sin embargo no lo consiguió, debido a la actitud completamente exaltada de la turba.

En una ocasión devolvió a Pedro Gómez una bicicleta que le había requisado el Comité. En otra ocasión, el organismo revolucionario le negó a Juan Jiménez Fernández un salvoconducto que necesitaba. En estas llegó a la sede Antonio el Menúo, y según la propia declaración de Juan Jiménez “llegó el Padilla y dijo: este salvoconducto se le da, y se me dio”.

Por otro lado, es indudable que estuvo en las reuniones donde se aprobaron requisas, multas e incautaciones, porque, a pesar de no ostentar cargo alguno, era un elemento de fortísima influencia en el Comité, y sabemos que sus consignas las seguían fielmente un enorme número de trabajadores. Pero también sabemos que su inteligencia y elevado nivel intelectual sirvió en muchas ocasiones para moderar y aplacar a los elementos más exaltados y violentos.

Durante su proceso, tuvo muchos testigos que declararon a su favor. Pero también hubo un buen número de los que lo hicieron en contra. Veamos tres ejemplos:

Juan López Cuesta, médico: “que lo considera persona de izquierdas, pero enemigo de desmanes (…) Que con el declarante siempre se ha portado correctísimamente, habiéndole facilitado cuanta documentación ha necesitado para trasladarse a cuantos sitios ha creído conveniente”.

Antonio López Capel, sastre: “Su actuación antes y después del Glorioso Movimiento fue contraria a todo desmán y procuraba apaciguar a los más levantiscos en beneficio de los elementos que más estábamos perseguidos. Por todo esto lo considero buena persona”.

Delegado de Información e Investigación de Falange: “Propagandista acérrimo. Asesor e inductor de cuantas incautaciones y desmanes se cometieron en ésta, reservando las mejores fincas para su beneficio. Miembro del Tribunal Popular donde se juzgaba a las personas de orden.  Peligrosísimo”.  

Este Tribunal Popular de que se habla arriba, realmente no existió en Cantoria. Se trató, más bien, de una junta que tomó algunas declaraciones a determinados derechistas, pero no era en su sentido exacto un Tribunal ni actuó como tal, ni juzgó a persona alguna.

El Consejo de Guerra celebrado en Almería contra Blas Padilla Martínez, alias Antonio el Menúo, le condenó a 20 años de Reclusión por Auxilio a la Rebelión. Fue indultado de forma total en 1947. Pero llevaba en libertad condicional desde antes de 1943.

y 10.= Juan Lamarca Martos.

Natural de Partaloa y vecino de Cantoria. De profesión, fontanero. Casado y padre de dos hijos. Bajo. De pelo escaso. Tenía una pinta en el ojo izquierdo y una cicatriz al lado del ojo derecho. Era de la UGT. Residía en nuestro pueblo desde el comienzo de la guerra civil. Anteriormente había vivido largos años en Brasil.

10. a.= Lamarca en el Comité.

Al estallar la contienda, Juan Lamarca tenía 44 años. Entró como vocal en el Comité Revolucionario y, dentro de él, se integró en la Junta de Fincas Incautadas, junto a Juan Fernández Sánchez, Canuto.

Su firma figura junto a la del anterior en los documentos por los que se incautan las tierras de Agapito Sánchez y de Juan Pérez Moreno. Igualmente el Lamarca y el Fernández Sánchez obligaron a hacer escritura de venta de una finca a don Pedro Balazote Liria. En el juicio que se le siguió al término de la guerra, reconoció estos hechos y declaró que lo hizo movido por las circunstancias que se vivían entonces, pero que comprendía que estaba mal y que le pesó con posterioridad.

Al poco de iniciarse la contienda, los guardias civiles del puesto de Cantoria, considerados afectos al Alzamiento, fueron detenidos y encarcelados en Almería. Lamarca asistió como testigo a ese juicio y su declaración fue muy favorable para ellos. Los guardias, finalmente, salieron absueltos del tribunal popular que les juzgó.

De la misma forma actuó en el juicio que se siguió en Almería contra el destacado derechista Pedro Llamas Martínez. Lamarca compareció en el juicio como testigo de descargo, a favor del señor Llamas, al cual, anteriormente, le había facilitado también un salvoconducto para que se pudiera marchar a Barcelona.

Hacia finales de octubre o primeros de noviembre pasó a ser presidente del Comité, tras Guerra Tripiana, que ocupó el cargo de Tesorero, sin que se tengan noticias de actuaciones delictivas de Lamarca como presidente del organismo revolucionario.

10. b.= Lamarca, Presidente del Consejo Municipal (alcalde).

Tras la disolución de los comités por decreto del gobierno Largo Caballero, a finales del 36, el Estado republicano inició su reconstrucción, que se había hundido tras el Alzamiento, como sabemos, en gran parte por la dislocada actuación de los comités en toda la zona Roja. 

Para intentar ordenar los municipios y recobrar su control, a primeros de 1937 se crean los llamados Consejos Municipales, es decir, los nuevos ayuntamientos. Al frente de dichos Consejos figuraba un presidente, o sea, el alcalde.

Para Cantoria Juan Lamarca fue nombrado presidente del nuevo Consejo Municipal, en sustitución del alcalde Juan Cerrillo.

Durante su mandato renació una relativa tranquilidad en el pueblo, después de las graves perturbaciones a que había estado sometido bajo el dominio del Comité, en cuyo periodo el ayuntamiento, como en la inmensa mayoría de los lugares de la España republicana, se vio completamente arrinconado y anulado, y sólo existió nominalmente, sin poder local alguno, ya que éste lo ostentaba el Comité.

Con Lamarca, dentro de los estrechos parámetros que permitía una guerra civil que continuaba, fue renaciendo el poder municipal, y volviendo un relativo orden (insisto que seguimos en estado de guerra) a nuestro pueblo.

Informe del Juzgado Municipal de Cantoria para el proceso que se incoó  en la Posguerra contra Juan Lamarca: “Como Alcalde su actuación fue buena, renaciendo la tranquilidad en este pueblo y desde su puesto favoreció cuanto pudo a los destacados derechistas que durante su persecución o encarcelamiento recurrían a él en demanda de protección o informes, dándoles siempre para favorecerlos, y en sus reuniones o paseos prefería siempre personal de orden a los elementos revolucionarios del pueblo”. 6 de junio de 1939. Año de la Victoria.

En una ocasión, tras un registro efectuado en la casa de Manuel Jiménez, llegaron a manos de Lamarca unas cartas muy comprometedoras para el dueño de la casa y para Antonio de Mata García, relativas a la organización de Milicias Clandestinas. Las misivas procedían de Antonio Goyeneche y de Francisco Rovira Torres. Ante el temor de que las cartas pudieran caer en manos de otras personas, Juan Lamarca las destruyó en presencia de Miguel González, amigo de Antonio Mata, para que fuera testigo de que se había deshecho de tan delicados documentos.

Arregló los papeles de varios individuos que habían desertado del ejército rojo para que no fueran perseguidos. Y fue Lamarca quien guardó el manto de la virgen de los Dolores, evitando que lo robaran o quemaran.

En el proceso que se le siguió tras la guerra, el fiscal calificó los hechos de pertenencia al Comité e intervención en incautaciones de fincas como Auxilio a la Rebelión y realizó una petición de 12 años y un día de prisión.

SENTENCIA: Almería, diez y nueve de julio de mil novecientos cuarenta.

Reunido el Consejo de Guerra Permanente número 2 de los de esta plaza para ver y fallar, en juicio sumarísimo de urgencia la causa 18.121 seguida contra Juan Lamarca Martos, de 47 años, casado, fontanero, natural de Partaloa y vecino de Cantoria

RESULTANDO: Que los relatados hechos son constitutivos de delito de Auxilio a la Rebelión

FALLAMOS: Que debemos condenar y condenamos a Juan Lamarca Martos a la pena de doce años y un día de Reclusión.

En agosto de ese mismo año 40 estaba preso en la cárcel de Almería, y ahí le perdemos la pista.

Después de la guerra se nombró en Cantoria una Comisión Gestora que fue la encargada de gobernar el Ayuntamiento de Cantoria en ese periodo de transición de la república-guerra-dictadura. Al frente de ella estaba D. Joaquín Jiménez del Olmo. Este periodo de transición duró hasta 1941, en el que el Gobernador Civil, nombró al médico Juan López Cuesta nuevo alcalde. Colección: Pedro M. Llamas

Documentos gráficos sobre los procesos a los miembros del comité

Petición de libertad para el Polvorista por parte de la UGT y de la CNT de Cantoria durante la guerra. Colección: Juan José López Chirveches

Informe de la Guardia Civil sobre el Polvorista. Colección: Juan José López Chirveches

Informe del delegado de investigación e información de Falange sobre el Polvorista. Colección: Juan José López Chirveches

Un informe oficial sobre el polvorista. Colección: Juan José López Chirveches

Declaración del Polvorista ante el Juez militar. Colección: Juan José López Chirveches

Encabezamiento del sumario contra el Chumbero. Colección: Juan José López Chirveches

Informe sobre el Chumbero del Delegado de Información e Investigación de Falange. Colección: Juan José López Chirveches

Sentencia que condena a Egea Mateo a la pena de muerte. Colección: Juan José López Chirveches

Procesos a Cantorianos tras la guerra civil. Los Miembros del Comité. Parte II

Durante su dominación, que abarcó el verano y el otoño de 1936, el Comité Revolucionario de Cantoria tuvo la adhesión incondicional de unos cuantos individuos que se convirtieron en el brazo ejecutor de sus mandatos.

Junto a determinados componentes de dicho organismo, también algunos de los se pusieron a su servicio intervinieron en registros, requisas, saqueos, imposición y cobro de multas arbitrarias, incautaciones de tierras, destrucción del templo o detención de personas.

Los que de entre ellos se significaron o destacaron por algún motivo, fueron procesados y juzgados al terminar la guerra, con el resultado siguiente.  

1.- Anselmo Segovia Jiménez, “Manduca” y “Satanás

Era un albañil de treinta y siete años que al estallar la guerra militaba en el sindicato socialista UGT (Unión General de Trabajadores), al que se había afiliado en 1931. Militó también, durante una temporada que vivió en Barcelona, en la central sindical de tendencia anarquista CNT (Confederación Nacional del Trabajo).

Imbuido de ideas extremistas, Segovia Jiménez solía blasonar de su ateísmo y hacía pública mofa de la religión, hasta el punto de que, según los informes oficiales a los que este articulista ha tenido acceso, él mismo se autoimpuso su segundo alias, “Satanás”, que sumó al sobrenombre de “Manduca” por el que ya era conocido entre nuestros paisanos.

Durante la guerra, Satanás o Manduca protagonizó requisas y saqueos en las casas de los derechistas, y fue el primero que en agosto de 1936 entró en la iglesia parroquial del pueblo al frente del grupo que incautó, o robó, las ropas, ornamentos, alhajas y cálices sagrados; destrozó los retablos y sacó, con destino a la hoguera, las esculturas de los patronos, san Antón y san Cayetano, la de la Virgen del Carmen, la de dos piezas maestras de la imaginería atribuidas a la escuela de Salzillo, y alguno de los cuadros religiosos que ornaban las paredes del templo.

Me inclino a pensar que no fue en esa misma jornada, sino en saqueos inmediatamente posteriores, cuando desaparecieron del Archivo Parroquial los libros VI, VII, IX y XII de Bautismos, como igualmente los de Confirmaciones, Cuentas de Fábrica, Obras Pías y el de Cofradías y Hermandades. Todos ellos perdidos.

A tenor de lo declarado por el propio Manduca al terminar la guerra, ante el juez instructor, alférez Ruescas Fernández, la cuadrilla que perpetró aquellos desmanes estaba compuesta, entre otros que dice no recordar bien, por José Águila Molina, por un tal Sixto que murió en el frente de Madrid y por el teniente rojo Juan Rubí Gea…  

Este Juan Rubí Gea, citado por Satanás en su declaración como el “teniente rojo”, era jefe de Milicias y fue quien, en los primeros días, dirigió en Cantoria la formación de milicias con destino a los frentes de combate. Además, en la Causa General se le cita, junto al médico Rodríguez Reche, conocido por el mote de “el Artillero”, como alentadores de la masa para requisas, saqueos, asesinatos y violación de mujeres… Al terminar la guerra fue encarcelado y cumplió condena en la prisión de Totana (Murcia).    

En otros sumarios, también se señala, entre los que participaron en los destrozos, a un individuo apodado “Caragorda”. Y, como seguramente recordarán los amables lectores que estén siguiendo esta serie de artículos, sabemos que igualmente estuvo con ellos, avalando la acción, el presidente del Comité, Francisco Guerra Tripiana, el Polvorista, aunque, según todos los indicios, no intervino de forma directa en los rompimientos.

Pero volvamos ahora a la iglesia parroquial. Mientras estaban enfrascados en sus vandálicos actos, penetró en el templo, alarmado por los fuertes porrazos que se oían desde el exterior, el vecino Juan García García, de 42 años, quien al percatarse de las barbaridades que estaban cometiendo, les conminó a detenerse y les preguntó que por qué hacían eso. Ateniéndonos a su propio testimonio, la respuesta que recibió por parte del Manduca y de algún otro corifeo, fue que “si no se callaba, iban a hacer lo mismo con él”…

Como es sabido, las imágenes fueron llevadas hasta la explanada ubicada delante de la iglesia vieja, en el desaparecido convento de la Divina Infantita, al final de la calle del Álamo (actual Doctor López Giménez), donde hoy está el edificio que alberga la biblioteca pública. Allí formaron una enorme pila y las dieron al fuego, reduciéndolas a cenizas.

Una multitud exaltada asistió a la quema. Sin embargo, varios de entre los propios rojos se opusieron a la destrucción de las esculturas. El más destacado de ellos fue Blas Padilla Martínez, conocido por nosotros los cantorianos como Antonio “el Menúo”, quien levantó su indignada voz en contra de aquel acto, aunque, lamentablemente, no logró impedirlo.

Cuando el fuego alcanzaba ya una buena altura, iban arrojando las tallas una a una. Al llegarle el turno a la de san Antón, algunos paisanos de entre el gentío que asistía a aquella barbarie, comenzaron a proferir gritos y a mostrar su oposición a que el santo carretillero quedara destruido. La cosa estuvo a punto de venir a las manos, pero, antes de que fuera a mayores, el propio Manduca, ayudado por un segundo individuo no identificado, zanjó la cuestión arrojando a san Antón a la hoguera con sus propios brazos.   

Un día se presentó en casa de Paco Cerrillo a buscar imágenes religiosas para requisarlas y destruirlas, como había ordenado el Comité. La madre escondía un Niño Jesús en un arca, envuelto entre colchas y sábanas para dificultar su localización. Registró precisamente ese mueble, pero al revolver la ropa, amontonó en uno de los lados el fardo donde estaba la pequeña escultura, y al registrar la otra parte, echó de golpe a un lado el montón anterior, en medio del cual iba envuelta la imagen, con lo que no la vio y pudo salvarse de la destrucción. Y la familia Cerrillo de una multa… 

Satanás vivía en la calle de San Juan, estaba casado y era padre de cinco hijos. Tenía el pelo negro, los ojos castaños y medía un metro con sesenta y seis centímetros. Había nacido en Cantoria en mayo de1899 y no sabía leer ni escribir. En los documentos oficiales revisados por el autor de esta serie, en lugar de su firma, aparece la huella del dedo pulgar de su mano derecha y se hace constar expresamente que era analfabeto.

1, a.- La guardia republicana detiene a Manduca

A comienzos de 1938, los tiempos caóticos del dominio del Comité habían pasado a la historia, y ahora el flamante alcalde, Juan Lamarca,  -o Presidente del Consejo Municipal, que tal era la nueva denominación oficial de los corregidores en la zona republicana-, mantenía cierto orden y tranquilidad de retaguardia en la localidad, aun en medio de las adversas y atroces circunstancias de una guerra civil…

Tras su colaboración al servicio del Comité, Segovia Jiménez había sido movilizado y sabemos que estuvo en el frente de Madrid durante el año 37. Luego, volvió a Cantoria…

Seguía el toque de queda por el que a partir de las ocho de la noche no se podía circular por las calles sin el preceptivo salvoconducto. El día 11 de marzo de 1938, sobre las ocho y media, el cabo Gregorio Esteban, comandante de Puesto de la villa, y los guardias Francisco Gómez y Juan García Cantudo, mientras hacían la ronda, sorprendieron en la vía pública a Anselmo Segovia Jiménez, por lo cual procedieron a su identificación y cacheo. En el bolsillo interior de la chaqueta le encontraron una faca con hoja de catorce centímetros de longitud y empuñadura de hueso. Previamente, al acercarse, los guardias habían observado cómo Manduca dejaba caer algo a una de sus piernas. Al registrarle allí, encontraron también un revólver, marca Smith, con las cachas de madera. Preguntado, dijo no tener licencia para portar tales armas, por lo cual quedó detenido.

A continuación, los guardias, sospechando que podría ocultar más armamento, solicitaron mandamiento judicial para inspeccionar su domicilio, y esa misma noche se personaron en la vivienda, en la calle San Juan, donde al efectuar el registro, ocultos en un baúl grande y en un arca, encontraron diversos y variados objetos, “de dudosa procedencia”, que se relacionan detalladamente en el atestado y que resumo por no hacer prolija la relación: un buen número de piezas de cubertería, muchas de ellas de plata; once platos pequeños y tazas de China; treinta y siete monedas de plata, de diverso tamaño, y doce de cobre, todas ellas extranjeras. Además, se le encontró una navaja pequeña, un recipiente de cristal, un cacillo con cintas de seda, nueve bombillas eléctricas de varios tamaños y abundante material eléctrico; un farolillo pequeño de adorno, una caja con estampas, dos bandejas de aluminio y un vaso de metal, cuatro cintas y varios adornos más para uso del clero…

Cuando la policía republicana le preguntó por la procedencia de aquellos objetos, Manduca confesó que las monedas eran propiedad de Encarnación Jiménez. Según dijo, las había encontrado tiradas en la bodega de la vivienda de dicha señora (recordemos que esa casa fue saqueada al comienzo de la guerra…). Y que las bombillas, tubos, adornos y cacillo procedían de la iglesia…

Además de lo anterior, encontraron también nueve cajas de inyecciones, seis agujas inyectables, ocho frascos de comprimidos, cinco irrigadores de los llamados peras, y material similar, que dijo haber recogido en varias casas siniestradas en el frente de Madrid, en la carretera de Extremadura, que estaban abandonadas…

Finalmente, se le encontraron guardados en el arca, dentro de una caja de lata, treinta y ocho detonadores, que manifestó procedían de cuando estuvo sacando piedra por cuenta del Ayuntamiento de Cantoria, que sobraron ésos y se los llevó a su casa para guardarlos, y que luego se le olvidó devolverlos al consistorio…

La policía republicana entregó al juez tanto el revólver y las navajas como el resto del material reseñado, e instruyó el atestado por tenencia ilícita de armas y de objetos de dudosa procedencia... Dos días después, el 13 de marzo de 1938, en plena guerra civil, nuestro particular Satanás, por orden del señor juez republicano, era encarcelado en la prisión de partido de Huércal-Overa.

Desde esta ciudad su señoría mandó providencia a Cantoria para que se tomara declaración a doña Encarnación Jiménez sobre si las monedas encontradas en casa de Manduca eran de su propiedad. Pero esta gestión no pudo efectuarse: ella era la esposa de un notario destinado en Baza y el comienzo de la guerra les sorprendió en esta última localidad. Desde allí se vieron obligados a huir hasta la provincia de Murcia, a Molina de Segura, en que al parecer encontraron refugio y donde permanecieron escondidos el resto de la guerra o buena parte de ella.

El 4 de abril, Manduca fue conducido hasta la cárcel provincial de Almería, donde ingresó y quedó a disposición del Tribunal Popular de esa capital… Dos días antes, a petición del juzgado huercalense, el alcalde Juan Lamarca, desde nuestro pueblo, había remitido el siguiente Certificado de Conducta:

 “Don Juan Lamarca Martos, Presidente del Consejo Municipal de esta Villa de Cantoria

CERTIFICO: Que según los antecedentes que me han suministrado los agentes de mi autoridad, Anselmo Segovia Jiménez, natural y vecino de esta Villa, hijo de Pedro y de Isabel, de profesión albañil, es persona afecta al Gobierno de la República en sentido muy izquierdista, habiendo observado en ese sentido buena conducta, si bien en lo moral ha podido cometer algún acto impropio de persona comedida debido sin duda a su falta de cultura, pero siempre fue persona de buenos sentimientos, según se informa.

Y para que así conste y remitir al Juzgado Municipal de esta villa que la tiene interesada, expide la presente que firma y sella en Cantoria, a dos de abril de mil novecientos treinta y ocho”.

Sello del Consejo Municipal (Ayuntamiento) y firma de Juan Lamarca.

1, b.- Manduca procesado, encarcelado e indultado en la Posguerra

Al terminar la guerra civil, Segovia Jiménez fue detenido y encarcelado de nuevo, ahora por las autoridades del régimen franquista, los vencedores del conflicto. Se le encausó en el procedimiento Sumarísimo de Urgencia 17624, que compartió con Francisco Guerra Tripiana, alias el Polvorista, y con Pedro Sánchez Rojas, alias Cojo de la Pacorra.

En el proceso que se le siguió, fueron numerosos los testigos que le señalaron como el principal artífice de la quema de los santos. Igualmente le identificaron como uno de los más significados autores de requisas y saqueos en las casas de las personas de derechas. El cura don Luis Papis declaró que el encartado era uno de los mandados por los componentes del Comité Rojo de Cantoria para las requisas, tanto en las casas particulares como en la iglesia. Y quiso hacer constar expresamente, el buen sacerdote, que, al igual que Tripiana, Satanás le guardó siempre toda clase de consideraciones, y fue uno de los varios que, tras el asesinato por forasteros del párroco don Juan Antonio, le aconsejó se marchara al campo con la seguridad de que allí nada le pasaría…

Pedro Balazote Liria declaró ante el juez militar de Huércal-Overa que tanto Segovia como Tripiana y Rojas, en varias ocasiones, cuando los tiempos del Comité, le habían exigido bajo amenazas la entrega de cantidades en metálico, pagarés y escrituras de su propiedad…

En el mismo sentido, el comerciante Tinidad Jiménez, de 56 años, viudo, testificó que Anselmo Segovia Jiménez, alias Manduca y alias Satanás, “actuó como escopetero, siendo uno de los autores de la quema de los santos; fue varias veces a la casa del declarante a llevarse accesorios de escribir, carne y demás artículos”.

La Vista para ver y fallar la Causa instruida contra los tres encausados, se celebró en Almería el 17 de enero de 1941. Curiosamente, el día de san Antón... En lo que respecta a Manduca, los actos cometidos por él fueron calificados como de Adhesión a la Rebelión, por lo que el fiscal militar solicitaba la pena de Reclusión Perpetua. El abogado defensor manifestó, conjuntamente para los tres, que “los procesados son personas incultas y si cometieron hechos delictivos fue debido a las circunstancias”. Por ello pedía para Segovia la pena de seis meses y un día de prisión.

La Sentencia se dictó ese mismo día de san Antón del 41. A nuestro Satanás se le rebajó la petición fiscal a Auxilio a la Rebelión y finalmente fue condenado “a la pena de Doce Años y un Día de Reclusión Temporal, con las accesorias de suspensión de todo cargo público, profesión u oficio durante el tiempo de condena”.

Cumplió en la prisión de Almería, donde en mayo de ese año se le realiza el cómputo de liquidación de condena. Sin embargo, no estuvo mucho tiempo encarcelado, porque se le concedió la libertad condicional en una fecha indeterminada, pero casi con toda seguridad a finales de 1941, o bien en los primeros meses de 1942, y pasó a residir al pueblo de Utrillas, en la provincia de Teruel. Desde esta localidad solicitó le fuera concedido el indulto total que el gobierno de Franco había decretado en octubre de 1945 para los presos republicanos que no estuvieran implicados en delitos de sangre o violaciones.  

Llama la atención del articulista el hecho de que Manduca tardara más de un año en solicitar el indulto, puesto que su escrito de petición del mismo lleva la fecha de 26 de diciembre de 1946. Lo habitual es que los condenados por hechos de guerra, tanto los que aún permanecían encarcelados, que eran ya los menos, como los que disfrutaban de libertad condicional, la inmensa mayoría, se aprestaran a pedirlo… Desconocemos los motivos de esta tardanza.

El caso es que en la antedicha fecha, desde el citado pueblo turolense, escrita a máquina, nuestro Manduca o Satanás hace la petición de indulto:

 “Anselmo Segovia Gimeno (por evidente errata), de 47 años de edad, casado, albañil, natural de Cantoria (Almería) y con residencia en esta villa de Utrillas (Teruel), ante V.E. acude y con los mayores respetos tiene el honor de exponer:

Que fue juzgado por el Tribunal Militar de la Plaza de Almería con fecha 17 de enero de 1941 por el delito de Auxilio a la Rebelión, siendo condenado a la pena de 12 años y un día de reclusión temporal, en virtud del expediente 17624.

Que actualmente se halla en libertad condicional, sujeto a vigilancia de la Junta Local, y deseando acogerse a los beneficios del Decreto de indulto total de 9 de octubre de 1945 y Orden complementaria de 27 del mismo mes, es por lo que a V.E.

SUPLICA: Que previos los informes y antecedentes que estime necesarios, tenga a bien otorgar al solicitante los beneficios de indulto total a que se refiere el mencionado Decreto.

Gracia que no duda alcanzar de la rectitud de V.E. cuya vida guarde Dios muchos años.

Utrillas (Teruel), 26 de diciembre de 1946. Firma: Anselmo Segovia”.

Como detalle curioso, nuestro paisano firma ahora de su puño y letra, por lo cual deducimos que en estos años, casi con toda seguridad durante su estancia en la cárcel, aprendió a leer y a escribir.     

Pues bien. El dictamen del fiscal fue favorable a la aplicación de la gracia solicitada. Y a Anselmo Segovia Jiménez, alias Manduca y alias Satanás, se le concedió el indulto total en febrero de 1947. Aunque, como queda dicho, llevaba ya un mínimo de cinco años en libertad condicional.

2.- Pedro Sánchez Rojas, “Cojo de la Pacorra”

En los años anteriores a la guerra civil el problema de la usura llegó a revestir cierta gravedad. La fuerte crisis económica que a partir de 1929 afectó con dureza a las economías occidentales, y por supuesto a España, con sus tristísimas secuelas de pobreza y desempleo, dificultó o imposibilitó a millones de personas el acceso a los créditos bancarios. Muchísimas de ellas, al pasar por situaciones angustiosas, se veían abocadas a recurrir a prestamistas sin escrúpulos, a usureros, que les imponían condiciones leoninas, con intereses muy superiores a los que marcaba la ley, lo cual hacía enormemente difícil, o imposible, la devolución del préstamo, y quedaban completamente a merced de esos indeseables.

La usura estaba prohibida en España desde 1908, fecha en que se promulgó la llamada Ley de Represión de la Usura, o ley Azcárate (por ser  Gumersindo de Azcárate su promotor), norma que en buena parte sigue vigente en la actualidad, y que, al iniciarse la guerra, por tanto, era la que valía. Pero los usureros burlaban dicha prohibición, engañando y estafando a sus víctimas con mil triquiñuelas…  

Mes y medio después de comenzada la guerra, el 1 de septiembre de 1936, la Generalitat catalana promulgó un nuevo Decreto contra la Usura, que declaraba nulo todo contrato de préstamo en el que concurrieran  pactos o actos usurarios. La exposición de motivos del Decreto es verdaderamente estremecedora: “La miseria, derivada casi siempre del paro forzoso por falta de trabajo o por enfermedad, la inexperiencia en muchas ocasiones y hasta la prodigalidad, ha puesto bajo la esfera de acción de gente sin escrúpulos a personas moralmente indefensas que han aceptado, a cambio de la solución de un problema inmediato, la violenta imposición de un yugo que ha gravitado y gravita en la esfera económico-familiar hasta hacerla, en muchos casos, francamente desesperada”…

Tras este decreto del gobierno regional catalán, a partir de septiembre del 36, en numerosas localidades de la zona roja, respaldados y amparados por los Comités, de los que dependían directamente, se formaron los llamados Tribunales de la Usura. Su cometido era recoger y revisar los documentos, pagarés, etc., que ellos estimaban abusivos o de intereses usurarios, e invalidarlos y destruirlos directamente.

De manera que, los comiteros, en su afán revolucionario, no contemplaban la posibilidad de revisión de esos papeles bajo las democráticas y constitucionales leyes republicanas, sino que tomaron por el camino de en medio decidiendo arbitrariamente la destrucción de los que, a su parecer, contenían excesos o abusos.

En Cantoria se formó uno de esos Tribunales de la Usura, que se instaló en el Casino de Labradores (el Casino). El Comité Revolucionario nombró como su presidente a un hombre llamado Pedro Sánchez Rojas, que consideraba de su confianza.

Era éste un jornalero ugetista, de cuarenta y dos años. Había nacido en Águilas, pero estaba afincado en Cantoria desde mucho antes de la guerra, en la calle de San Juan. Casado. Sabía leer y escribir. Lucía pelo canoso sobre sus 1,79 centímetros de altura. Padecía de cojera en el pie derecho, por lo cual se le conocía entre nuestros paisanos con el apelativo de “Cojo de la Pacorra”.

Algún tiempo atrás, en plena República, por el año 33, se había visto obligado a recoger esparto que no era de su propiedad para poder sostener a su familia, lo cual admitió durante el proceso que se le siguió al terminar el conflicto.

Ya en la guerra, como presidente del Tribunal de la Usura no ejerció más allá de dos semanas, hacia septiembre – octubre, tiempo en que se destruyeron un total de siete pagarés, que fueron rotos por Manduca, quien figuraba como vocal en dicho organismo. En su función de presidente, Pacorra se prestó a recoger, retirar y someter a revisión numerosos pagarés. Pero llegado el momento, se negó a romper la mayoría de ellos, seguramente por considerarlos en regla. Ello provocó que el Comité le exigiera la dimisión, como así ocurrió,  y le sustituyó en ese cometido Juan Fernández Sánchez.

Al margen de esto, también reconoció abiertamente en el proceso que durante su presidencia se exigieron cantidades en metálico a varias personas de derechas. Entre ellas, cita expresamente a Pedro Balazote Liria, de quien asegura le retiraron ochenta pesetas. Ochenta pesetas de la época no eran ninguna nimiedad…

Al terminar la contienda , a Sánchez Rojas se le encausó en el procedimiento Sumarísimo de Urgencia 17.624, que, como queda dicho, compartió con Francisco Guerra Tripiana, el Polvorista, y Anselmo Segovia Jiménez, el Manduca. A mediados de junio del 39, Pacorra estaba ya detenido y encarcelado en la prisión de Huércal Overa, acusado en un primer momento del delito de Rebelión Militar, que luego se rebajó al de Auxilio a la Rebelión.

Todos los testigos, como el labrador Juan Marín Ruiz; el secretario del juzgado, Antonio de Mata García; o el escribiente Nicasio López Martínez, declararon a su favor, manifestando le creían incapaz de cometer hecho delictivo alguno…

Durante el conflicto bélico, Sánchez Rojas había ayudado a salvar la vida del derechista Joaquín Martínez Reina, quien, detenido por los rojos en Cehegín, provincia de Murcia, corría alto riesgo de ser fusilado. Tras la contienda, Reina fue teniente de alcalde y alcalde provisional de Cantoria. Tenía 44 años, era tenedor de libros y estaba soltero cuando el ocho de abril de 1940 declaró ante el juez militar que, en la guerra, poseía en su casa un aparato de radio, a través del cual, él y otras personas de orden de la localidad, oían clandestinamente las noticias de Radio Nacional de España. Afirmó que mientras las escuchaban, en distintos momentos, Cojo hizo guardia para impedir que fueran molestados. De la misma manera, en diferentes ocasiones, Cojo guardó la radio en su propio domicilio para evitar su incautación por las autoridades marxistas.

No fueron estas declaraciones el único cable que Martínez Reina echó a Cojo de la Pacorra. Casi un año antes, pocos días después de ser detenido éste, en el preceptivo informe que como alcalde tenía que dar al respecto, Reina escribió lo siguiente:

Según informes facilitados por personas de reconocida solvencia de este pueblo, dicho sujeto perteneció como directivo al Comité de Usura que se formó en este pueblo para depurar los casos de intereses abusivos, ordenando por tal motivo el rompimiento de algunos documentos que consideraban abusivos. Es lo único que las expresadas personas le achacan a este sujeto. Nadie sabe nada de que haya cometido otra clase de delitos. Lo que participo a V. para constancia en el expediente de su razón. Dios guarde a V.I. muchos años. Cantoria, 2 de julio de 1939. Año de la Victoria. El alcalde”.

Documento en donde queda patente su intención de ayudarle. Sobre todo si lo contrastamos con el informe que unos días antes había emitido el Delegado de Información e Investigación de Falange, y que sin duda Reina conocía:

 “Pedro Sánchez Rojas, alias Cojo de la Pacorra, perteneció a UGT con anterioridad al Glorioso Movimiento Nacional. Figuró como presidente del Comité de Usura, firmaba recibos pidiendo dinero y género a las personas de orden. Parece ser que el Comité de Salud Pública lo tenía a jornal”.  

El Fiscal Jurídico Militar consideró y calificó la actuación de Pacorra durante la guerra como de delito de Auxilio a la Rebelión, y solicitó para él la pena de Seis años de Reclusión. Llevaba encarcelado en Almería poco más de quince meses, cuando el 15 de octubre de 1940 se le concedió la libertad provisional.

Y estando en libertad acudió al juicio que se celebró en Almería el 17 de enero de 1941, día de san Antón, contra los tres encausados en el mismo sumario: Polvorista, Manduca y Cojo. Los dos primeros seguían presos.

Finalmente, la Sentencia, emitida ese mismo día, dejó la condena para Pedro Sánchez Rojas, como autor responsable de un delito de Auxilio a la Rebelión, en Seis meses y un día de Prisión Correccional, con la accesoria de suspensión de todo cargo público durante el tiempo de la condena.

Es decir, resultó que el bueno de Cojo estuvo encarcelado varios meses más de los que luego, en la sentencia, le impuso el tribunal militar que le juzgó.

3.- Miguel García Carreño, “Algarrobo”   

Al iniciarse el Alzamiento militar que dio origen a la contienda civil entre españoles, García Carreño era un hombre de veintiocho años, soltero, natural y vecino de Cantoria, donde vivía en la calle Romero. Trabajaba como auxiliar de carreteras y militaba desde tiempo atrás en la UGT.

Conforme a algunos testimonios, antes del 18 de Julio estaba considerado como persona honrada y trabajadora. Al estallar la guerra, actuó como miliciano de retaguardia poniéndose incondicionalmente a las órdenes del Comité para el que prestó cuantos servicios de armas le encomendaron, e intervino en el cobro de cuotas a las personas de derechas.

Algarrobo, con arreglo a las declaraciones de numerosos testigos, entre ellos la propia hija del guardia civil, Melchora Martínez, fue uno de los que más se destacó en la detención del benemérito Antonio Martínez, quien pocas horas después sería asesinado en las inmediaciones de Sorbas.

Recordemos los hechos, que la encantadora lectora, el amable lector, también pueden leer, desde otro ángulo, en el apartado 5a de la segunda entrega de esta serie:

El 28 de agosto de 1936 tres milicianos procedentes de Almería, los hermanos Requena y un tal Del Pino, llegan a Cantoria en busca del guardia civil retirado Antonio Martínez. Pasan por la sede del Comité y ahí son informados de que en esos momentos el agente se encuentra en el café de Pedro Miguel Berbel, participando en una partida de dominó. A ese local se dirigen los asesinos, acompañados de varios cantorianos y seguidos por un nutrido grupo de personas. Comunican a Martínez que queda arrestado y que debe acompañarlos. Éste les pide pasar por su domicilio para cambiarse y hasta allí le conducen en calidad de detenido. Una vez en su casa, el guardia aprovecha el momento oportuno para esconderse e intentar escapar después por los corrales vecinos. Los milicianos dejan a algunos allí, haciendo guardia, y vuelven entonces a la sede del Comité para pedir refuerzos que ayuden en la localización y captura del evadido.

En efecto, el Comité asigna ese cometido a varios de sus incondicionales que, junto a los asesinos, se dirigen otra vez a la calle Romero, donde residía el guardia con su mujer y su hija, para capturarlo. Uno de aquellos incondicionales que, como refuerzo, acompañó a los forasteros, era García Carreño, el Algarrobo.

Se inició ahora la batida y cacería de Antonio Martínez. Éste trató de evadirse saltando a los corrales contiguos y luego trepó hasta los tejados por donde gateó durante un buen rato. Se oyeron varios tiros. Finalmente, el hombre perdió el equilibrio o tropezó, y cayó a un corral donde quedó herido a consecuencia de la caída. Así le capturaron. Sus asesinos lo subieron al coche en que habían venido, se detuvieron unos minutos en la Plaza, frente al Casino, y lo llevaron hasta la venta de Sorbas donde, como sabemos, lo remataron.

Uno de aquellos disparos que se oyeron durante la persecución, había salido del arma que portaba García Carreño.

Al terminar la guerra, fue encausado por estos hechos en el procedimiento Sumarísimo de Urgencia número 17.810, instruido por el consabido juez militar alférez Ruescas Fernández. La denuncia contra él la presentó la hija del guardia civil asesinado, Melchora Martínez, en Cantoria, el 15 de mayo de 1939.

El informe que dio la Guardia Civil sobre Algarrobo en el mes de junio dice así:

El individuo Miguel García Carreño perteneció a la UGT con anterioridad al Glorioso Movimiento Nacional; fue miliciano de retaguardia y como tal prestó servicios a las órdenes del Comité local, interviniendo en cobro de cuotas contra las derechas; contribuyó a la captura del guardia civil retirado Antonio Martínez Fernández, que posteriormente fue asesinado por hordas marxistas de fuera de esta localidad; en la persecución hizo un disparo sobre el mismo, ignorándose si fue escapado o voluntariamente; se le considera como individuo peligroso”.

Y el que dio el Delegado de Investigación e Información de Falange:

 “Individuo de pésimos antecedentes; actuó desde un principio al lado del Comité Revolucionario. Fue partícipe en la detención del guardia civil Antonio Martínez, que después fue asesinado en Sorbas, pues cuando éste intentaba huir de su casa a la de otros vecinos por los corrales de las mismas, el citado Miguel García Carreño, que iba en su persecución le hizo un disparo contribuyendo de esta forma a la detención del mismo”.

Por su parte, el encausado reconoció en su declaración tanto haber hecho servicios de armas nombrado por el Comité, como haber participado en la búsqueda y posterior persecución del señor Martínez, pero que el tiro se le escapó debido al nerviosismo que tenía…

Sin embargo, todos los testigos que declaran, se inclinan a favor de que el tiro lo dio de forma voluntaria. Uno de ellos asegura que “al intentar el referido Martínez huir, disparó el arma que llevaba para amedrentarlo y fuera más fácil su captura”.

Estuvo encarcelado en la prisión que se habilitó en Cantoria, en el viejo y desaparecido convento, y resultó uno de los primeros paisanos en ser juzgado: el 13 de julio. El Fiscal solicitó para Algarrobo la pena de Veinte años de Reclusión. El Defensor expuso que era un mero acompañante de los forasteros que efectuaron la detención, y pidió su absolución.

3, a.- Sentencia contra Algarrobo

Dictada en Huércal Overa, el mismo 13 de julio del 39, la Sentencia consideró hechos probados que García Carreño, tras producirse el Glorioso Alzamiento Nacional, formó parte de las milicias rojas de retaguardia y que intervino en la detención del guardia civil retirado Antonio Martínez, en cuya persecución llegó a disparar un tiro con ánimo de amedrentarle. Por estos hechos se le condena a Veinte años de Reclusión, coincidente con la petición del Fiscal.

Cumplió en la cárcel de Almería, donde se encontraba ingresado en septiembre de 1940. Su estancia en prisión no llegó a tres años: en abril de1942 le fue concedida la libertad condicional, y ese mismo año la Comisión Nacional de Examen de Penas de Almería propone la conmutación de la pena impuesta a Algarrobo por la de Doce años y un día, que, finalmente, quedará rebajada a Seis años y un día, concediéndosele la libertad definitiva, por extinción de su pena, en mayo de 1945. Pero, como queda dicho, estaba en libertad condicional desde el 42.

4.- Rafael Jiménez Gea, “Pepino

La tarde del 21 de septiembre de 1936, procedente de Albanchez, entró en Cantoria un automóvil grande, negro, en el que venían tres hombres: Benito del Águila y José Torres, milicianos almerienses, y José López Linares, conocido como “Pepe el de la Flora”, presidente del Comité albanchelero. Hay quien habla también de un tal Valentín, pero éste no consta ni en los documentos de la Causa General ni en los sumarios estudiados por el autor de esta serie.

Traían la intención de detener y matar a los dos sacerdotes de nuestro pueblo: don Juan Antonio López y don Luis Papis. Al llegar aquí, pasaron por la sede del Comité donde se les indicó que recogieran al paisano Rafael Jiménez Gea, conocido como “Pepino”, para que les acompañara y guiara hasta la casas de los dos curas.

Pepino se subió al estribo del coche, y de pie en él, fue señalándoles la ruta. Una vez en la Plaza, se detuvieron unos instantes, y, casi de inmediato, el automóvil, marcha atrás, comenzó a ascender por la calle de la Plaza, nombrada hoy como Juan Carlos I, hasta detenerse unos metros antes del actual número 21, que era entonces la vivienda de don Juan Antonio, el párroco.

Como sabemos, los milicianos penetraron en la casa del cura y lo sacaron entre los gritos y la desesperación de una sobrina que vivía con él. Lo metieron en el coche y, con don Juan Antonio a bordo, siempre con Pepino haciendo de guía, se dirigieron a la calle Larga en busca de don Luis, el otro sacerdote.

Al llegar a su domicilio, la casa parroquial, llamaron y les abrió la hermana del eclesiástico, Rosa Papis, quien en el zaguán les dijo que él no se encontraba allí por estar de paseo. Sin hacer comentarios ni pretender registrar la vivienda, ya que llevaban cobrada la otra pieza, los forasteros se marcharon en el automóvil, calle Larga adelante, lo que hizo creer a algunos testigos que se habían llevado a don Juan Antonio por el camino del Caño.

Pero no fue así. Dieron la vuelta por la calle Romero y, ya en la carretera, se dirigieron hacia Albox. A unos tres o cuatro kilómetros del pueblo vecino, cerca de la venta del Guarducha, en el paraje conocido como Tardiguera, hicieron salir del coche al sacerdote. Le conminaron a que avanzara unos pasos. Lo pusieron de frente. Intentaron que blasfemara a cambio de su vida, sin conseguirlo. Y, disparándole con armas de fuego, lo asesinaron. Las últimas palabras de nuestro paisano fueron: “Os perdono”. Y esto lo sabemos porque uno de los milicianos lo contó en Albox, adonde se dirigieron los asesinos para dar aviso del lugar en que había quedado el cadáver. Y por gente de Albox, que lo oyó, se supo después en Cantoria.

Antes de marcharse de nuestro pueblo, con don Juan Antonio cazado, los criminales habían dejado dicho que volverían a por don Luis sobre las dos o las tres de la madrugada. Y por ello encargaron al propio Pepino y a otro miliciano de retaguardia al servicio del Comité, llamado Teodoro Martínez López, alias “Cornialto”, que quedaran haciendo guardia en las cercanías de su casa para apresarlo cuando volviera de su paseo. Una vez detenido, el joven cura fue llevado a la sede del Comité, donde para su seguridad quedó custodiado por una semana aproximadamente. Los asesinos de don Juan Antonio no regresaron a buscar a don Luis, como dijeron, esa misma noche. Pero sí a los tres días. Sin embargo, en esta ocasión no lograron cobrar la pieza. No pudieron llevárselo debido a la firme negativa de Polvorista, de Rudesindo y de los demás miembros del ente revolucionario, que protegieron al señor Papis, salvándole la vida.

4, a.- Pepino a las órdenes del Comité

Al igual que Manduca, García Carreño y algunos otros,  también Jiménez Gea, Pepino, actuó como incondicional servidor de los dictados del organismo revolucionario. Además de lo que queda reseñado en el punto anterior, fue él quien se encargó de ir notificando a los elementos de derechas que sus fincas quedaban incautadas. Participó en la parcelación de esas tierras. Intervino en registros domiciliarios, tanto en el núcleo de la población como en los cortijos limítrofes, buscando armas e imágenes y cuadros de religión, que rompió en varias ocasiones. Escopetero. Con frecuencia iba armado.  

Uno de los primeros mandatos del Comité Revolucionario fue vigilar en sus propios domicilios, de los cuales no pudieron salir en los primeros días, a los elementos más destacados de las derechas cantorianas. Les montaron guardias a su puerta y, cosa rocambolesca, les obligaban a pagar la cantidad de diez pesetas diarias a sus guardianes… Quien ejerció de cabo de esas guardias, haciendo rondas de control de las mismas, fue Jiménez Gea.

4, b.- Testimonios sobre Jiménez Gea   

Una vez más, quiere aclarar el articulista que se sentiría dolido si alguien pensara que se ensaña con alguno de estos personajes que fueron historia de nuestro pueblo. Mucho menos con Pepino, que, como se verá más adelante, en una ocasión dio aviso a mi abuelo, mandándole recado con su yerno el farmacéutico Bartolomé Alarcón, de que se quitara de en medio unos días porque venían a por él.

El autor de esta serie se limita a exponer unos hechos demostrados por la documentación y corroborados por la memoria colectiva, y que ocurrieron en las circunstancias tan lamentables como anómalas de una guerra civil, donde todo se desmadra y donde las personas actúan al límite, en ocasiones de forma contradictoria, sacadas de madre, y muchas veces empujadas por la propia situación de locura colectiva y por la presión insufrible que genera todo conflicto bélico, más aún si la contienda es civil.  

Queda muy lejos de mi intención molestar a persona o familia alguna. Todo lo contrario. Trato de exponer los hechos de la manera más aséptica posible. Sin embargo, entiendo que es deber y hasta obligación del escritor y del historiador, sacar a la luz y divulgar los acontecimientos ocurridos en otra época, porque el pasado no puede quedar enterrado entre brumas, debe ser conocido, y que luego cada cual interprete a su manera lo acaecido. Pero tratando de extraer enseñanzas positivas que nos ayuden a mejorar la convivencia social y a construir, siempre, una sociedad que sea mejor y más agradable para todos. Para todos.

Rafael Jiménez Gea fue, quizá junto al miembro del Comité Juan Fernández Sánchez, la persona que, ya en la Posguerra,  concitó mayor número de testimonios en su contra, así como duras críticas por su actuación durante la contienda civil.

Él mismo, uno de los días de la guerra, le dijo al paisano  Juan Agustín Galera que “si venían los fascistas, él se tendría que pegar un tiro”.

El 18 de julio, al comenzar aquella locura, era un jornalero de treinta y siete años, de ideas anarquistas, casado y padre de tres hijos, natural de Cantoria, donde vivía en la calle Tosquilla. Alto de estatura, castaño de pelo y cicatriz en la barba. Tras la victoria de los nacionales, fue detenido en Purchena, en mayo del 39, y en un primer momento estuvo encarcelado en esa misma localidad.

El informe del Delegado de Falange lo tilda de “Destacado extremista. Peligrosísimo. Miembro de la CNT. Intervino en saqueos y requisas. Ayudó a detener al sacerdote don Juan Antonio López, que después fue asesinado”.

Y en el del alcalde leemos: “Elemento muy destacado y gran propagandista de la CNT. Ha figurado en los comités de incautaciones, en registros y saqueos. Fue escopetero y uno de los que acompañaron a los asesinos del sacerdote don Juan Antonio López para indicarles el domicilio de éste. Ha cultivado los mejores lotes de viñas y tierras de labor de las fincas incautadas. Ha sido en este pueblo observador de la DECA”.

DECA son las siglas de un organismo creado por el gobierno de la República para organizar en su territorio la defensa contra los ataques aéreos. Significa: Defensa Especial Contra Aeronaves.

Además de los informes oficiales, fueron numerosos los testigos que le acusaron de participar en registros, requisas, incautaciones de fincas y en el apresamiento de don Juan Antonio, esto último reconocido por él mismo, si bien lo justifica declarando que lo hizo porque obedecía órdenes del Comité...

Uno de los deponentes afirma que es “de los que más se ha distinguido en todos los desmanes cometidos, entre ellos saqueos, registros domiciliarios, detenciones, etc., constándole que intervino directamente en la detención del sacerdote asesinado”.

Otro asegura que “durante la dominación roja era el que hacía de cabo en las Guardias que montó el Comité a varios elementos de derechas que fueron detenidos por orden del Comité”. Y un tercero que “ha efectuado varios registros en casa del que habla, y sabe fue el que parceló una finca del que habla”.

Un día del invierno del 37 se presentaron en Cantoria tres milicianos que venían buscando, para matarlo, al médico Juan López Cuesta, abuelo del autor de estas líneas. Pepino localizó al yerno del doctor, el boticario Bartolomé Alarcón, y le comunicó que avisara a su suegro de que se escondiera porque habían venido a por él.

Declaración efectuada el 24 de junio de 1939 por Juan López Cuesta, de 50 años, casado, natural de Cantoria, médico:

 “Que es cierto que uno de los días rojos del mes de febrero de 1937 le notificó su hijo político que le había dicho el encartado, Rafael Jiménez Gea, que se quitara de en medio pues habían venido a las dos de la mañana del día anterior tres sujetos forasteros para darle el paseo (…). Que quiere hacer constar que en varias ocasiones en que el que declara tuvo que desplazarse al campo a visitar algunos enfermos, le acompañó el encartado para protegerlo, yendo armado de pistola”.

4, c.- Pepino condenado a Cadena Perpetua e indultado

La vista contra Jiménez Gea se celebró en Huércal Overa, en julio del 39. El fiscal militar mantuvo que los hechos imputados al procesado eran constitutivos del delito de Rebelión Militar y solicitó para él la Pena de Muerte. Por su parte, la defensa planteó su no responsabilidad en concepto de autor, porque mantuvo que acompañó a los forasteros que asesinaron al sacerdote por orden del Comité del pueblo. Pidió la libre absolución.  

LA SENTENCIA:

 “Huércal Overa, a 13 de julio de 1939 (…) Resultando que pertenecía antes del Glorioso Alzamiento a la CNT, y al estallar éste se puso a las órdenes del Comité de Cantoria. Actuó como destacado y peligrosísimo extremista, tomando parte en saqueos e incautaciones, así como en la detención del sacerdote Juan Antonio López.

Considerando que los hechos relatados son constitutivos de un delito de Rebelión Militar, FALLAMOS: Que debemos condenar y condenamos a Rafael Jiménez Gea, como autor de un delito de Rebelión, a la pena de Reclusión Perpetua, con las accesorias legales de interdicción civil e inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena”.

Llegaron, pues, los nacionales, y Pepino no tuvo que pegarse ningún tiro, como temía y había vaticinado. Estuvo en la cárcel de Almería hasta el verano del 40 en que fue conducido a la prisión de San Sebastián. Permanecía preso en la capital donostiarra, cuando en octubre del 42 le notificaron que su condena a cadena perpetua quedaba conmutada por la de Veinte años y un Día. En 1943 salió en libertad condicional. Es decir, su cadena perpetua duró cuatro años. Si bien fue confinado al pueblo de Albegas (Lérida).

LA PETICIÓN DE INDULTO:

En su situación de libertad condicional, el 21 de noviembre de 1946, pidió el indulto total en unas hojas, que resumo, escritas de su puño y letra, a las que actualmente, por estar rotas en algunas partes, le faltan pequeños trozos:

Rafael Jiménez Gea, de cuarenta y seis años de edad, casado, natural y vecino de la villa de Cantoria (Almería), con domicilio en la calle Tosquilla nº 25, a V.E., con la debida consideración recurre y respetuosamente Expone: Que como encartado en la Causa 18123 por el delito de Rebelión Militar, fui condenado a Reclusión Perpetua, reducida después a la de Veinte años y un Día, en la actualidad gozando de los beneficios de libertad condicional en virtud de los indultos concedidos por el Gobierno, habiendo llegado a su conocimiento el Decreto de indulto de 9 de octubre de 1945, amparándose en él, Solicita de V.E. el indulto total con el fin de recobrar la plenitud de sus derechos civiles y fijar su residencia en la localidad de (trozo de papel roto: se deduce que en Cantoria…) mejores medios de vida para alimentar (roto) a su familia lo más decorosamente (roto).

Suplica a V.E. sea tenido por recibido esta instancia por conducto (roto) y a la vista de su justo contenido, se digne resolver de acuerdo con lo solicitado por ser de necesidad y justicia que no dudo alcanzar de V.E. cuya vida Dios, que salvó a España, guarde muchos años”. Viene fechado en Albegas y firmado.

La petición de gracia fue considerada Procedente, y a nuestro Pepino le fue concedido el indulto total en enero de 1947.  

y 5.- Antonio Piñero Ortega

Nombre: Antonio.

Apellidos: Piñero Ortega.

Naturaleza: Cantoria.

Provincia: Almería.

Edad: 33 años.

Estado civil: casado.

Profesión: albañil.

Domicilio: pedanía del Machar (Cantoria).

Filiación sindical: Unión General de Trabajadores (UGT).

Cargo: Tesorero.

Filiación política: Partido Comunista de España (PCE).

Cargo: Secretario de Masas.

Tras estallar la fratricida contienda, se puso incondicionalmente a las órdenes del Comité Revolucionario, en Almanzora, donde mitineó exhortando a los marxistas de la aldea y se le vio armado de escopeta en varias ocasiones.

Con anterioridad al Alzamiento estaba afiliado a la UGT, pero no entró en el partido comunista hasta diciembre de 1937, ya en plena guerra, y en la formación prosoviética asumió el cargo de secretario de masas, también en Almanzora. Durante este tiempo no se le conoció a Piñero intervención alguna en desmanes ni atropellos de ningún tipo.

En 1938 ingresó forzoso en el ejército rojo y se le destinó como cabo a un Batallón Disciplinario. Estos batallones, dependiendo de la calaña de los guardianes o mandos, solían ser sitios terribles, donde el maltrato, la escasez de comida, las vejaciones y las palizas a los detenidos eran habituales, además de ser obligados los allí metidos a realizar trabajos forzados.

Por los datos que tenemos y sabemos con seguridad, el comportamiento de Piñero para con los detenidos bajo su mando fue excelente.

Pedro Sánchez Martínez era un labrador cantoriano de 49 años, poseedor de tierras por la parte del Machar. Tenía un hijo perseguido por el Frente Popular que se ocultó un tiempo en la casa paterna y finalmente logró evadirse a la zona Nacional. Ello le costó a Pedro Sánchez ser detenido e ingresado, como castigo, en un batallón disciplinario, donde, por fortuna para él, Piñero Ortega estaba de cabo.

Al llegar, fue sometido por un teniente rojo a interrogatorio (que en aquellas circunstancias, se deduce fácilmente, conllevaba maltrato). Enterado el cabo Piñero de donde estaba el paisano, se personó en el interrogatorio y salió en defensa del detenido, haciéndole ver al teniente que Sánchez no era culpable de que su hijo se hubiera evadido.

Así lo contó el protagonista de estos hechos en la Posguerra, ante el juez que instruía la causa contra Antonio Piñero, y añadió que “siempre lo ha considerado buena persona”.

Declaración del testigo Pedro Balazote Jiménez, de 57 años, hecha en Cantoria el 1 de julio de 1939:

 “Manifiesta que Antonio Piñero Ortega era cabo de la compañía del Batallón Disciplinario donde se encontraba el declarante en calidad de castigado. Que se portó con él formidablemente bien, dándole comida y tabaco, y evitando que fuera a trabajar en algunas ocasiones. Lo considera buena persona

Antonio Masegosa Rubí declara, asimismo, que “con anterioridad al Glorioso Movimiento Nacional era persona honrada y trabajadora”.

No opinaba lo mismo el Delegado de Investigación e Información de Falange, quien en su preceptivo informe escribe sobre Piñero: “Elemento rojo destacado de Almanzora, afiliado al partido comunista. Al principio de la Revolución excitaba a los rojos a cometer desmanes y atropellos en las personas de orden. Secretario de Propaganda de su partido, gozando de gran confianza en el Comité. Intervino en el reparto de tierras. Peligroso”.

El 27 de junio de 1939 Antonio Piñero fue ingresado en la cárcel habilitada en Cantoria, de donde debió salir en libertad condicional a los pocos meses de su ingreso, me inclino a pensar que a finales de ese mismo año o como máximo a comienzos del 40. No hay en su sumario documento alguno que lo concrete, pero la carencia de papeles posteriores referentes a su encarcelamiento, nos hace deducir que estaba en libertad.

Sí contiene el sumario las conclusiones provisionales del Fiscal Jurídico Militar, establecidas en octubre del último año citado. Se trata de un largo escrito en que concluye que Piñero “afiliado a la UGT, fue tesorero. No obstante buen trabajador y observaba buena conducta privada. Al iniciarse el Movimiento se hallaba en la aldea de Almanzora, poniéndose desde el primer momento a las órdenes del Comité Revolucionario local, actuando como miliciano armado de escopeta. Más tarde se afilió al PC, siendo nombrado secretario de masas o mejor dicho de agitación y propaganda, sin que conste haya intervenido en desmanes o actos semejantes. Ingresó en el ejército rojo, habiendo sido cabo de un Batallón Disciplinario en el que estaban los condenados a trabajos forzados, constando que favoreció a Pedro Sánchez Martínez y Pedro Balazote Jiménez, sujetos a dicha unidad.

Estos hechos constituyen delito de Auxilio a la Rebelión. Debe tenerse en cuenta como atenuante la buena conducta del encartado antes del Movimiento Nacional y la compensación de haber favorecido a personas afectas al Movimiento Nacional y la escasa trascendencia de sus actos.

Este Ministerio Fiscal renuncia a ulteriores diligencias de prueba…”.

Como puede comprobar la encantadora lectora, el paciente lector que haya llegado hasta aquí, este Fiscal Militar franquista resultó para Piñero todo un abogado defensor… Además, por lo que leemos en su sumario, merecidamente.

Pero antes del juicio, aún se unió al expediente de este encausado una nueva declaración, favorable a él, que tiene la peculiaridad o curiosidad de estar firmada, además de por otras dos personas, por el notable poeta Juan Berbel, que por aquellos años ejercía de maestro en Almanzora:

“Los abajo firmantes, vecinos de Cantoria, domiciliados en la aldea de Almanzora,

Declaramos: Que conocemos a Antonio Piñero Ortega, de 38 años, casado, natural y vecino de ésta, el cual es persona que tanto antes como después del 18 de julio de 1936 ha observado conducta intachable, no habiendo colaborado con la horda roja en ninguno de los desmanes cometidos en esta aldea, antes al contrario, ha favorecido a muchas personas que estaban mal vistas por los dirigentes rojos por ser de ideas contrarias a la barbarie marxista.

Y para que conste y surta efectos donde fuere necesario, firmamos la presente en Almanzora (Cantoria), a 1º de diciembre de 1940”.

La rubrican, como queda dicho, tres personas: el poeta Juan Berbel, Casto Sánchez y una tercera firma ilegible.

La Sentencia se dictó en Almería en abril del 41. El Tribunal que le juzgó, consideró constitutiva de delito de Auxilio a la Rebelión la participación de Piñero como miliciano de retaguardia a las órdenes del Comité. Y le sentenció a Catorce años de Reclusión, proponiendo a la vez la conmutación de la pena impuesta por la de un año de prisión correccional.

La conmutación se aprobó tres semanas después, y Antonio Piñero Ortega fue condenado definitivamente a un año de cárcel, de la que sólo cumplió unos meses.

Imagen de D. Juan López Cuesta a lomos de su caballería a la salida de Cantoria en dirección a las Mateas. En 1937 vinieron a por él tres forasteros para darle el "paseillo". El encargado de avisarle fue el Pepino, además de compañarlo armado en sus visitas a los enfermos para proteger su vida. En la posguerra tectificó esto mismo a su favor y así se vio reflejado en el sumario. Colección: Familia López López

Juan Berbel, maestro y poeta, que firmó mucho de los testimonios que luego se utilizaron en los sumarios de los encausados.

Informe de la Guardia Civil sobre Miguel García Carreño. Colección: Juan José López Chirveches

Informe de Rafael Giménez Gea. Colección: Juan José López Chirveches

Documento del Sumario de Anselmo Segovia el Manduca. Colección Juan José Chirveches

Documento del Sumario de Antonio Piñero Ortega. Colección Juan José Chirveches

Documento del Sumario de Rafael Gea el Pepino. Colección Juan José Chirveches

Documento del Sumario de Rafael Gea el Pepino. Colección Juan José Chirveches

Declaración del médico Juan López Cuesta a favor del Pepino, que fue quien le avisó de que tres forasteros habían venido a por él, acompañándole a partir de ese momento a sus visitas a enfermos para proteger su vida. Colección Juan José Chirveches

Las seis mujeres encausadas

Introducción.-

La guerra es el más terrible trance a que una colectividad humana puede enfrentarse, con sus secuelas de destrucción, de sufrimiento, de odios, de hambre, de heridos, de muerte… Y de entre las guerras, la guerra civil es la modalidad más cruel porque no viene de fuera, sino que se engendra y nace dentro, en el interior mismo de la comunidad que vive y convive junta, y entremezclada. En las guerras civiles el enemigo no llega del exterior, sino que es el paisano, el vecino, el conocido, el amigo, el pariente y hasta, en ocasiones, el hermano quien se convierte en el enemigo, en la amenaza que hay que liquidar. El enfrentamiento brota bajo y entre nuestros pies…, y eso es la cosa más lamentable que pueda ocurrir en el mundo.

Nosotros los españoles, tradicionalmente, hemos tendido a apasionarnos en exceso con los temas de la política. Nos exaltamos con facilidad. En un siglo justo, entre los años que van de 1833 a 1939, hemos padecido nada menos que cuatro guerras civiles: las tres carlistas del siglo XIX, y, ya en el XX, la de 1936. Además de innumerables asonadas y pronunciamientos militares. Esto no se ha dado en ningún país de nuestro entorno; en ningún país de los llamados “civilizados”, como, en teoría, es el nuestro. Y ello nada dice favorable a nosotros, no solo como nación o pueblo, sino, incluso, como personas, como individuos.

Los españoles hemos protagonizado a lo largo de la Historia grandes hazañas, grandes descubrimientos que han sido la admiración del mundo; hemos dado brillantísimos hombres, asombro de los siglos: Cervantes, Velázquez, Ramón y Cajal, Isaac Peral, Picasso… Pero, lamentablemente, somos también muy aficionados a enredarnos en internas disputas. Tenemos la soberbia alta, la codicia abierta, la palabra abrupta y el puñetazo fácil. Y todos, tanto colectiva como individualmente, debiéramos esforzarnos y luchar por moderar y corregir, y modificar, esos aspectos negativos de nuestro carácter mediante la concienciación, la educación y el respeto. Porque tras la soberbia alta, la codicia insana, la palabra abrupta y el puñetazo fácil, anida, agazapado y maligno, el espíritu negro y venenoso de la guerra civil.

Al iniciar esta serie de artículos sobre los cantorianos -naturales o residentes- que fueron llevados a juicio al finalizar la Guerra nuestra de 1936-39, soy plenamente consciente de lo delicado del tema, ya que, todavía, habiendo transcurrido más de setenta años de los hechos -casi tres cuartos de siglo-, hay heridas que permanecen abiertas; hay protagonistas directos de los acontecimientos que aún viven; y hay hijos, nietos, familiares, amigos… que mantienen fresco en su memoria el dolor provocado por aquel cruel enfrentamiento entre españoles.

Voy a tratar de exponer los acontecimientos con la máxima asepsia que me sea posible. Nada más lejos de mi intención que familiares de las personas que van a ser nombradas en esta serie puedan sentirse molestos. Intentaré reflejar, objetivamente, lo más relevante de aquello que consta en los expedientes conservados. Y añadiré, en algún caso, los testimonios que haya podido recabar de personas que me merecen toda credibilidad por su seriedad y solvencia. Así, cada amable lector, a la vista de lo expuesto, podrá reflexionar para extraer sus propias conclusiones.

La Historia es la memoria común, la memoria colectiva de todos nosotros, y sirve, entre otras cosas, para enseñarnos, aleccionarnos y aconsejarnos. Y, desde luego, para conocer el pasado. Necesitamos saber qué ocurrió en el pasado. Queremos saberlo. Y queremos saberlo con seriedad y rigor. No deseamos que nos manipulen rencorosos “historiadores” poco serios, meros propagandistas de lo suyo, que falsean los acontecimientos o dan relieve solo a un parte, y no al conjunto, en aras de sus mezquinos intereses políticos actuales o de sus pretéritos rencores.

La Historia no se puede escribir desde el resentimiento ni desde el apasionamiento. Resulta inevitable que el historiador, como humano, tenga sus simpatías ideológicas, y a todos se les suele notar su tendencia. Pero, por encima de sus simpatías, tiene el deber de acercarse y exponer los hechos con imparcialidad, exponiendo las actitudes, los motivos y los porqués que estén en el origen de los acontecimientos.

Juicios en la Posguerra.-

La Guerra Civil Española termina el 1 de abril de 1939, con el famoso parte firmado en Burgos por el Generalísimo Franco: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.

Con la victoria de los llamados “nacionales” se instaura en nuestro país un nuevo régimen político de corte autoritario. Una dictadura de derechas que iba a durar treinta y seis años, hasta 1975, dirigida por Francisco Franco, quien, con los títulos de Caudillo de España y de Generalísimo, aunó en su persona la jefatura del Estado, la del Gobierno, la de los tres Ejércitos y la de la única agrupación política permitida: el Movimiento Nacional, que integró a falangistas, tradicionalistas y demás fuerzas políticas del bando victorioso.

En cada ciudad, en cada pueblo de España, los vencedores del conflicto depuran responsabilidades, toman denuncias, inician investigaciones, recaban testimonios sobre el comportamiento individual de los llamados “rojos” o republicanos, los derrotados, durante el tiempo en que dominaron su zona. Y, tras ello, llevan a juicio a quienes pudieran haber tenido algún tipo de conducta considerada como delictiva desde el punto de vista de los triunfadores.

Los instrumentos legales que se aplicaron, y que regularon y enmarcaron estas actuaciones, fueron, básicamente, la Ley de Responsabilidades Políticas y el Código de Justicia Militar.

La Ley de Responsabilidades Políticas-

Fue promulgada el 9 de febrero de 1939 (BOE del 13-2-39). En su Introducción leemos lo siguiente: “Próxima la total liberación de España, el Gobierno considera llegado el momento de dictar una Ley que sirva para liquidar las culpas contraídas por quienes contribuyeron por actos u omisiones graves a forjar la sublevación roja”…

Esta ley daba cobertura legal a las incautaciones y sanciones económicas que el nuevo Régimen impuso a “las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde primero de octubre de 1934 contribuyeron a crear o agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España, y de aquellas otras que desde el 18 de julio de 1936 se opongan al Movimiento Nacional”.

La norma, además, declaraba ilegales a todos los partidos políticos que integraron el Frente Popular (la coalición de partidos izquierdistas que gobernó la zona republicana), o asimilados, e incautaba todos sus bienes que pasaban al Estado. Regulaba, también, la inhabilitación para determinados cargos, y el alejamiento de sus lugares de residencia a aquellos que fueran considerados culpables. Fijaba la composición de los tribunales encargados de depurar responsabilidades, que estarían formados por representantes del Ejército, de la Magistratura y de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Se creaba un Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas, y Tribunales Regionales de lo mismo en, por lo menos, todas las capitales de provincia que tuvieran Audiencia Territorial, así como en Bilbao, Ceuta y Melilla. Entre las funciones de estos tribunales se señalaban las de vigilar la rápida tramitación de los expedientes, dictar sentencia y ejecutar los fallos tan pronto como fueran firmes…

Los expedientes sancionadores se iniciaban bien mediante denuncia escrita y firmada por cualquier persona natural o jurídica, bien por iniciativa del Tribunal Regional, o a propuesta de cualquier autoridad militar o civil.

Pero, como queda dicho, fue, principalmente, una norma de sanciones económicas. En la declaración de intenciones se expone que esta Ley “no quiere ni penar con crueldad, ni llevar la miseria a los hogares. Y por ello, atenúa por una parte el rigor sancionador, y, por otra, busca, dentro de la equidad, fórmulas que permitan armonizar los intereses sagrados de la Patria con el deseo de no quebrar la vida económica de los particulares. Las sanciones económicas se regulan con humana moderación”… A los considerados culpables se les podía castigar con la pérdida total de los bienes; con el pago de una cantidad fija o con la pérdida de determinados bienes.

Sin embargo, la realidad fue que, aunque en un primer momento se impusieron severas sanciones en casos muy concretos, después, la aplicación de estas medidas quedó en nada. A partir de 1942 se fueron archivando las causas que se habían abierto, y la Ley, finalmente, fue derogada en 1945.

El Código de Justicia Militar.-

El otro marco legal que el franquismo aplicó en la represión de los republicanos fue el Código de Justicia Militar. Se había promulgado en 1890, y era el que estaba en vigor. Lo estuvo hasta 1945. Aun cuando, como se ve por su propio nombre, era un código militar, fue aplicado a la población civil, a los republicanos cuya conducta fue considerada delictiva por las nuevas autoridades. Pero téngase en cuenta que el Estado de Guerra se mantuvo vigente, según algunos estudiosos del tema, hasta 1947; o, según otros, hasta 1948, ya que no hubo comunicado oficial de finalización de dicho Estado.

Contemplaba este Código dos tipos de procedimientos: el previo y el criminal. Dentro del procedimiento criminal había, a su vez, tres tipos: el ordinario, el sumarísimo y el sumarísimo de urgencia. Estos dos últimos fueron los que se aplicaron masivamente a los cientos de miles de izquierdistas juzgados por el nuevo Régimen.

Los procedimientos sumarísimos se iniciaban con la denuncia que podía poner cualquier particular, o autoridad militar o civil. Se abría el expediente, que continuaba con el atestado; con los informes de conducta emitidos por el alcalde, el cura párroco, la guardia civil y la Falange, que tenía, en cada localidad, su propio delegado de Información e Investigación; con las declaraciones de los testigos; con la declaración indagatoria del acusado, y con el Auto Resumen, que era la conclusión de la fase del sumario. Después, se señalaba la vista ante el Consejo de Guerra o Tribunal Militar.

Los tipos más graves contemplados por este Código, y las condenas que correspondían eran:

Rebelión Militar: De cadena perpetua a muerte.

Adhesión a la Rebelión: De veinte años y un día a perpetua.

Auxilio a la Rebelión: De seis años y un día a veinte años.

Breves datos estadísticos de encarcelados.-

Aunque varían los números que dan los diferentes investigadores de la materia, se calcula, basándose en datos oficiales, que en 1939 llegó a haber 270.000 encarcelados en toda España, sumando a los presos comunes los detenidos “como consecuencia de la guerra”; pero la inmensa mayoría correspondía a este último motivo.

Desde 1940 se fue excarcelando de forma masiva a los republicanos que no estaban manchados de sangre. En abril de 1941 se concedió la libertad definitiva a todos los condenados a penas inferiores a doce años y un día (previamente, se había concedido la libertad condicional a miles de ellos). Y en marzo de 1943, a los condenados hasta veinte años (igualmente, un número bastante elevado ya estaba en la calle, en libertad condicional). A comienzos de 1945, según la estadística del Ministerio de Justicia, permanecían presos por motivos políticos, 33.000 personas. En octubre de ese año el gobierno de Franco otorgó un indulto general por el que salieron en libertad prácticamente todos los condenados, a excepción de los implicados en delitos de sangre, violaciones o profanaciones.

Cantoria. Las seis mujeres procesadas.-

En su libro La represión franquista en Almería, Eusebio Rodríguez Padilla da la cifra de cincuenta y nueve cantorianos procesados como consecuencia de la guerra, entre ellos cinco mujeres. Posteriormente, el citado investigador me comunica que, tras la publicación de su libro, aparecieron dieciséis nuevos expedientes de cantorianos (incluida otra mujer, Francisca Rubí) que eleva la cifra a setenta y cinco. A ellos habría que sumar otros veintidós cuyos casos no llegaron a juicio al ser sobreseídos.

Por tanto, serían seis las mujeres de nuestro pueblo, o residentes en él, que fueron encartadas: María Asunción Petra, María Torrente Sánchez, Patrocinio Fernández Bernabé, Luisa Molina Mañas, María Granero Quiles y Francisca Rubí Fernández. Las cinco primeras fueron absueltas, y el caso de la Rubí, sobreseído.

Petra, Torrente, Fernández Bernabé y Molina Mañas fueron sumariadas en el mismo expediente, el 17.615/39, acusadas de Auxilio a la Rebelión. Se les imputaba ser las cabecillas en Cantoria del Socorro Rojo Internacional; de cobrar cuotas a las personas de derechas, así como de haber participado en el reparto de bienes procedentes de los saqueos perpetrados en las casas de los derechistas.

Pero veamos sus casos uno a uno.

María Asunción Petra.-

Conocida como la Petra. Al finalizar la guerra tenía cincuenta y siete años de edad. Había nacido en Almería y era vecina de Cantoria, donde vivía en la calle de la Ermita. Estaba casada con Guillermo Carreño y era madre de cuatro hijos. Se dedicaba a sus labores. Tenía el pelo castaño, la color tostada, los ojos pequeños y la estatura baja.

El 24 de abril de 1939 se le instruye atestado “por su actuación durante la dominación marxista, como elemento destacado”.

Esa misma fecha, ante el representante del Servicio de Inteligencia de la Policía Militar en nuestro pueblo, la Petra declaró que “efectivamente fue nombrada por todo el vecindario como Presidenta de la Organización Socorro Rojo Internacional, y que cobraba mensualmente a los vecinos la cuota de cincuenta céntimos. Que la Tesorera era María Torrente; la Secretaria, Patrocinio Fernández, y la Vocal, Luisa Mañas”.

El instructor, al final del atestado, la acusa también de hacer “durante el dominio rojo de esta Villa el reparto de muebles y utensilios entre el vecindario, procedente de los saqueos y despojos que habían efectuado los elementos marxistas de la localidad”.

El 12 de junio, desde Huércal Overa, el juez Ruescas Fernández ordena al comandante Militar de Cantoria la detención y puesta en prisión preventiva de María Torrente, Luisa Mañas y Patrocinio Fernández (Petra ya estaba encarcelada en el pueblo), así como el envío de informes sobre las cuatro encartadas.

El de la Guardia Civil, dice, textualmente, que “la individua María Asunción Petra, alias la Petra, perteneció al partido comunista con posterioridad al Glorioso Movimiento Nacional. Presidenta del Socorro Rojo Internacional, cobrando cuotas a las personas de orden. Se puso de luto como sentimiento por la liberación de Barcelona. Nunca demostró malos sentimientos ni inclinación hacia el crimen, pero sí es peligrosa para el Régimen por ser muy activa en la propaganda y fanática en los ideales marxistas. Dios guarde a V.S. muchos años. Cantoria, 14 junio 1939. Año de la Victoria.” Firma del sargento y sello de la Guardia Civil.

Sin embargo, el 19 de junio, seguramente bien aconsejada por alguien, que le hizo comprender lo peligroso de reconocer su pertenencia al Socorro Rojo, la encartada, ante el juzgado del pueblo, cambia su declaración anterior, y manifiesta ahora “que ella no fue presidenta del Socorro Rojo, y sí de una Organización femenina afecta a la UGT (Unión General de Trabajadores) que la componían un grupo de trabajadoras. Que a ella la nombraron presidenta por ser la de más edad. Que cierto día, yendo por la calle, le dijeron que se afiliara al partido comunista, contestando que hicieran lo que quisieran, pero que cree que la apuntaron. Que no tuvo intervención en los hechos vandálicos cometidos en este pueblo. Que lo dicho es la verdad en la que se afirma y ratifica, y firma”.

El informe que emite el 23 de junio el nuevo alcalde, Joaquín Giménez del Olmo, sobre las cuatro sumariadas, señala que estaban consideradas buenas personas. Que, según le informan los agentes de su autoridad, las que más destacaban eran Petra y Mañas, consideradas autoras del reparto de los objetos y ropas que existían en las casas propiedad de Manuel Giménez del Olmo y de su prima Encarnación, las cuales las distribuyeron entre varias personas necesitadas del pueblo. Y que, aunque con carácter voluntario, se dedicaban a recoger por las casas del pueblo, aves, conejos y cosas de comer para enviar a los frentes…

Una constante que vamos a ver en muchos de los testigos que son llamados a declarar -no, por supuesto, en todos; pero sí en la mayoría-, es el deseo de ayudar a los encausados, o, al menos, de no agravar la acusación, bien declarando directamente a su favor, bien diciendo desconocer los hechos de que eran acusados, o bien que los conocían “por rumor público”, pero que no les constaba. Lo cual tiene mayor valor si tenemos en cuenta que los testigos eran, por lo común, derechistas que habían sido detenidos, acosados, multados, expropiados o perseguidos durantes los años de la guerra.

Así lo vemos, por ejemplo, en el caso de José Pérez Bernabé. Fue movilizado por el ejército rojo, y, una vez, estando de campaña por la provincia de Córdoba, coincidió con un miliciano cantoriano. Éste se dirigió a los mandos para acusarlo de señorito monárquico y de antimarxista. Según supo posteriormente, el miliciano les había dicho: “no me explico cómo no habéis fusilado todavía a ese fascista de mi pueblo”.

Llamado a testificar sobre la Petra, Pérez Bernabé declaró tener veintiocho años, casado, propietario, natural y vecino de Cantoria, en la calle San Juan. Manifestó que “conoce a Petra, a la que considera persona izquierdista, aunque ha sido una infeliz que se ha guiado de lo que le decían los del Comité”. Igualmente, dijo que ignoraba si la Petra había intervenido en desmanes y hechos vandálicos ocurridos en la población.

Al poco de comenzar la guerra, Manuel Giménez del Olmo y su prima Encarnación Giménez López, perseguidos por el Frente Popular, tuvieron que huir de Cantoria. Sus viviendas fueron saqueadas. Les robaron muebles, ropas, alhajas… Al parecer, los objetos del comedor y la cubertería de plata fueron llevados a la Casa de Milicias, ubicada donde estuvo el antiguo cuartel de la Guardia Civil. Allí desparecieron… Del reparto de las ropas y enseres entre los necesitados, se acusó directamente a Petra y a Molina Mañas. En su declaración, Manuel Giménez señala como instigadores del expolio a tres hombres, uno de ellos, por su cargo, muy significado en el pueblo. Aunque esa acusación en absoluto pudo demostrarse, ni nadie más se manifiesta en ese sentido.

Otro testigo, Vicente García Reche, en su declaración de 27 de junio, dice tener sesenta y un años, casado, Maestro Nacional. Y que “en cierta ocasión, haciéndole falta al que declara una certificación de que era buena persona, y habiéndose negado a dársela las diferentes organizaciones de esta localidad, Petra no tuvo inconveniente en hacérsela”.

Joaquín Martínez Reina, de cuarenta y un años, propietario, natural y vecino de Cantoria, manifestó que “cuando estaba detenido, la Petra organizó una recogida de firmas entre los miembros del Frente Popular para conseguir su libertad”.

El Auto Resumen concluye que Asunción Petra pertenecía al partido comunista, que era presidenta de una organización de Mujeres afecta a la UGT, y que postulaba en los domicilios de las personas de orden. Pero que las declaraciones de los testigos dicen que no lo hacía por su propia iniciativa, sino inducida por los individuos del Comité.

María Torrente Sánchez.-

Vivía en el número 1 de la calle José Antonio. Natural de Vélez Rubio. De 27 años. Casada. Sus labores. Sabía leer y escribir. Estatura regular. Pelo castaño. Color sano. Ojos grandes.

Informe de la Guardia Civil: “La individua María Torrente Sánchez perteneció a la UGT con anterioridad al Glorioso Movimiento Nacional, actuando como propagandista y en la recaudación de cuotas para el Socorro Rojo Internacional, en unión de la dirigente “la Petra”. No obstante lo expuesto, el que informa no le considera grado alguno de peligrosidad y atribuye su actuación pasada a su amistad con la dirigente mencionada. Dios guarde a V.S. muchos años. Cantoria 14 junio 1939. Año de la Victoria. El sargento”. Firma, rúbrica y, en el encabezamiento, sello de la Guardia Civil.  

El 6 de julio declara la encausada ante el juez instructor y reconoce haber sido tesorera de una organización de mujeres “cuyo nombre no sabe”, pero que, dice, no era el Socorro Rojo. Niega, igualmente, que saliera a postular por las calles, y justifica su afiliación a esa sociedad de mujeres, afecta a la UGT, para evitar las persecuciones que sufría su padre por ser de derechas. Y que, en efecto, tras su afiliación, a su padre “no volvieron a molestarlo”. Finalmente, afirma no haber intervenido en desmán alguno, y que “ninguna de las que asistían a las reuniones se distinguía por hacer propaganda extremista”.

Otra persona que, en todas sus declaraciones como testigo, ayuda a los encausados, es el sacerdote don Luis Papis. Don Luis, en las fechas de que hablamos, tenía treinta y tres años. Había nacido en La Cañada, cerca de Almería. Desde años atrás servía en la parroquia de nuestro pueblo. Milicianos procedentes de otras localidades vinieron en su busca, en más de una ocasión, con la intención de matarlo. La tarde que sacaron y asesinaron al párroco don Juan Antonio, fueron también a por él, a su casa. No lo encontraron porque tenía la costumbre de salir a pasear todas las tardes por el campo. Eso le salvó la vida.

Sus declaraciones trascienden piedad hacia los procesados, y deseo de ayudarles. Respecto de María Torrente, llamado a testificar, don Luis declara que “quiere hacer constar que era persona bastante cristiana, cumpliendo en todos los actos que se realizaron tanto en el interior como en el exterior de esta iglesia”.

Isidoro Alés Sánchez, de veintiséis años, natural y vecino de Cantoria, ebanista, testifica que “conoce a Torrente, a la que considera buena persona”. Dice, también, que desconoce si ha intervenido en requisas ni saqueos, y que antes del Movimiento la veía con frecuencia en la Iglesia.

Auto Resumen. 1 de septiembre de 1939: “la citada procesada, de ideas ugetistas, tesorera de la sociedad de mujeres afecta a la UGT, postulaba por las calles. Los testigos la consideran persona de buenas costumbres y religiosa”.

Patrocinio Fernández Bernabé.-

Recuerdo a Patrocinio como mujer cariñosa, sonriente, vivaz. Siempre al cuidado de sus sobrinos, los afectuosos Quique y Diana, para los que fue una segunda madre.

Cuando las fechas de que trata este artículo ella tenía veintinueve años. Pelo castaño. Ojos pardos. Color sano. Había nacido en Fines, pero residía en nuestro pueblo desde su niñez.

Los informes, tanto de la Guardia Civil como del Delegado local de Información e Investigación de Falange, emitidos en junio del 39, exponen que en los primeros momentos de la revolución actuó en organizaciones marxistas, pero que reaccionó  en seguida y se ausentó del pueblo, leemos, “para evitar compromisos”. “No se le considera grado alguno de peligrosidad”.

Según su propia declaración, reconoce haber sido Secretaria de la Organización de mujeres de la UGT, en la que creyó conveniente ingresar “debido a la situación en que se encontraba esta población (Cantoria). Y que de no haberlo hecho, hubiera sido objeto de persecuciones, tanto ella como sus familiares”.

Patrocinio estuvo en el pueblo poco tiempo durante la guerra, ya que, muy pronto, marchó a Barcelona. Allí, tras un tiempo sin encontrar empleo, se colocó en la Comisión Territorial de Electricistas, afecta al sindicato anarquista CNT (Confederación Nacional del Trabajo). En 1938 fue a vivir a Gerona, donde estuvo trabajando de mecanógrafa con el abogado Cánovas Cervantes, quien había sido fundador y director del periódico La Tierra, publicación que mantenía posiciones cercanas a la ideología anarquista. Cánovas había sido diputado del partido comunista cuando las Cortes Constituyentes, y, al terminar la guerra, se exilió a Francia y después a Venezuela. De Fernández Bernabé llegó a sospecharse que pudiera estar manteniendo correspondencia secreta, de tipo político, con el ex diputado, lo cual nunca se pudo demostrar.

El 30 de abril del 39 pasó a prestar servicios como mecanógrafa en la Jefatura Provincial de Gerona de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.  

Numerosos testimonios coinciden en resaltar el carácter bondadoso de Patrocinio, su actividad religiosa, así como su generosa disposición para ayudar a los perseguidos.

Don Luis Papis, el sacerdote, certifica lo que sigue: “observó, hasta que la guerra lo permitió, una conducta intachable tanto en materia religiosa como político-social… Fue miembro de la Directiva de las Hijas de María, actuando en esta iglesia en todas las solemnidades, unas veces de organista, otras cooperando en los cánticos, donde demostró su gran habilidad y buen gusto para la música. Y para que conste, lo firmo en Cantoria, a veintidós de mayo de mil novecientos treinta y nueve. Año de la Victoria. NOTA: No pongo sello de la Parroquia por haber desaparecido con motivo de la destructora guerra”.

Desde Gerona llega hasta el juez otro importante aval: una certificación firmada por el Delegado Local de Falange, y por Joaquín Bonet Bosch, ex Secretario Provincial de FET de las JONS: “Certificamos que su conducta, tanto en lo moral como en su actitud política, en una ciudad sometida a la tiranía roja, ha sido completamente satisfactoria, favoreciendo en cuanto pudo a personas dignísimas vejadas por sus ideas favorables a nuestro Glorioso Movimiento. Todas sus manifestaciones fueron siempre de censura para las hordas que usurparon el poder, y de afecto hacia las víctimas que por sus ideas de derechas sufrían las más crueles y diversas persecuciones. Gerona, 26, junio, 1939. Año de la Victoria. Saludo a Franco. Arriba España. Viva España”.

De la bondad y altura moral de Patrocinio, nos dan idea estos dos testimonios:

Manuel Roquet Villar, cabo de la Guardia Civil, DECLARO: Que durante el tiempo que lleva viviendo en Gerona, la señorita Patrocinio Fernández Bernabé, ha sido una excelente amiga de mi esposa, la cual, durante el periodo rojo, fue muy perseguida por haberme pasado yo a las filas Nacionales al principio del Movimiento. Se encontraba sola con dos niños, y ésta le prestó su ayuda moral y material en lo que pudo, proporcionándole una colocación, cosa que ella no habría podido conseguir. Puedo afirmar que favoreció a familias que, en iguales condiciones que la mía, se hallaban perseguidas por los rojos. Todo lo expuesto lo ratificaré cuantas veces lo necesite la interesada para hacerle justicia y cumpliendo un deber de gratitud.  Gerona, 26 de junio 1939”.

Igualmente, desde la Estación de Fines-Olula, el industrial Miguel Nebot Orta, declara que habiendo sido encarcelado por los marxistas, “tanto ella como sus familiares más allegados se pusieron incondicionalmente a nuestra disposición contribuyendo de un modo muy importante con sus gestiones a mi final liberamiento, después de tantas penalidades sufridas”. Y que, ya en Barcelona, ayudó materialmente, con todos los medios a su alcance, a su hijo Miguel, que, igualmente, se encontraba preso de los rojos en la Ciudad Condal.

Luisa Molina Mañas.-

Leemos en el informe de la Guardia Civil, del día 14 de junio del 39, referido a Mañas: “Compañera inseparable de la Petra en sus propagandas marxistas y cobro de cuotas para el Socorro Rojo Internacional. Quizá debido a esta amistad, se distinguió la expresada durante la dominación roja, considerándose, no obstante, poco peligrosa para el Régimen”.

Informe del Delegado local de Información e Investigación de Falange (15 de junio): “Destacada izquierdista, lugarteniente incondicional de la Petra. Pertenecía a la UGT, Sección Femenina, repartía ropas de las requisadas, y salía pidiendo aves y comestibles para los frentes”.

Molina Mañas tenía 32 años. Casada. Madre de dos hijos. De estatura alta. Pelo negro. Ojos castaños. Era natural de Sorbas y vivía en la calle Orán. Trabajaba como asistenta de hogar.

En su declaración del 22 de junio, de manera similar a las demás, reconoce como cierto que fue Vocal de la Organización afecta a la UGT, pero que no era el Socorro Rojo. Niega haber postulado por las calles, ni haber intervenido en registros ni saqueos. Que de su comportamiento pueden informar el Médico don Juan López Cuesta y el Farmacéutico don Bartolomé Alarcón.

Declaración del testigo Bartolomé Alarcón Albarracín, de 34 años, casado, farmacéutico, natural de Cuevas y vecino de Cantoria, en la calle General Mola. Manifiesta “que conoce a la encartada a la que considera izquierdista, pero que no la cree capaz de que haya intervenido en ningún desmán de los cometidos en esta población. Que ignora haya repartido ropa de las requisadas como igualmente de que haya postulado por las calles para los frentes”.

Declaración del testigo Juan López Cuesta, de 50 años, casado, médico, natural de Cantoria, con domicilio en avenida José Antonio: “Que conoce a Luisa Molina Mañas, de la que sabe que no pertenecía a ninguna sociedad extremista, pero que después tuvo que hacerlo ante las amenazas de la UGT a los dueños de las casas donde prestaba sus servicios como asistenta. Que le consta que no ha prestado su ayuda ni apoyo a incautaciones ni asaltos a casas, y que la conceptúa como persona católica y de buenas costumbres. Que no tiene más que manifestar”.

La Sentencia.-

En la plaza de Almería, a veintidós de enero de mil novecientos cuarenta. Reunido el Consejo de Guerra Sumarísimo Permanente de la Plaza para ver y fallar la Causa seguida con el número 17.615 de 1939 por el supuesto delito de AUXILIO A LA REBELIÓN contra María Asunción Petra, María Torrente Sánchez, Patrocinio Fernández Bernabé y Luisa Molina Mañas

RESULTANDO: Que las procesadas organizaron una Sociedad de Mujeres afectas a la UGT, donde desempeñaron el cargo de directivos, desde los que tuvieron una buena actuación con relación a las personas adheridas a la Causa Nacional, al no participar en hechos considerados delictivos. Que Patrocinio Fernández Bernabé marchó a Barcelona y posteriormente a Gerona para vivir en unión de un hermano de la procesada. Que al encontrarse sin recursos económicos se colocó de mecanógrafa del diputado a Cortes extremista y director del periódico La Tierra con quien prestó servicios meramente mecánicos. Hechos probados.

CONSIDERANDO: Que los hechos de anterior resultancia no son constitutivos de delito alguno por lo que procede la absolución de las procesadas.

FALLAMOS: Que debemos absolver y absolvemos a las procesadas a las cuales se pondrá inmediatamente en libertad por esta Causa.

Francisca Rubí Fernández.-

Esta procesada era natural y vecina de Cantoria. Vivía en el número 3 de la calle Alamico. De 44 años, soltera, sus labores, estatura corriente, pelo castaño, ojos pardos. Militante del partido comunista. Conocida en el pueblo como gran propagandista del marxismo. Viajaba con cierta frecuencia a Almería para asistir a las reuniones del partido.

Fue encausada en el procedimiento sumario 18.628/39, acusada de Auxilio a la Rebelión por el siguiente motivo: Al día siguiente de la entrada de las tropas Nacionales en Cantoria, a finales de marzo de 1939, una manifestación de júbilo recorrió las calles del pueblo. Al pasar el gentío frente a su casa, la Rubí se asomó a la ventana y permaneció inmóvil, sin saludar a la bandera Nacional. Por ser muy conocidas su ideología y militancia políticas, el gesto fue interpretado, por varios de los manifestantes que iban en cabeza, como de desprecio o provocación. Entonces, la requirieron para que hiciera el saludo al estilo romano. Ella contestó que no sabía, lo cual caldeó más los ánimos. Y como la temperatura anímica fuera subiendo de grados, ante la actitud del numeroso público, la Rubí alzó el brazo al modo fascista, y, a continuación, se adentró en la casa.

Como queda dicho, se le abrió causa, y fue detenida y encarcelada.

Según se decía, durante la guerra había intervenido en registros domiciliarios. Un comerciante del pueblo testificó que cierto día se presentó en su comercio “en compañía de varios elementos haciéndole que hiciera un inventario, y obligándole a vender todos los artículos al precio que regía en el treinta y seis”. Y un determinado testigo declaró, el 1 de julio, que habiendo pedido las autoridades marxistas informes sobre él, la Rubí los dio desfavorables.

En su declaración reconoció ser afiliada al partido comunista, sin haber ostentado cargo alguno. Dijo que no saludó a la bandera “por no saber que era obligación hacerlo”. Que es cierto que visitó comercios para obligarles a hacer inventario y a vender los artículos al precio que tuvieran en el treinta y seis, pero que eso lo hizo “por orden del alcalde y del juez municipal”.

Debió estar muy poco tiempo en la cárcel, porque las actuaciones contra ella no siguieron adelante. A su sumario no se añadieron nuevas diligencias ni informes, y su caso, finalmente, fue sobreseído.

María Granero Quiles.-

El 17 de octubre de 1939, la joven de diecinueve años María Granero Quiles, desde Cantoria, escribe una carta dirigida a su novio, José Montilla, que estaba preso en la cárcel de Granada.

Por aquellas fechas, el papel para cartas que se vendía en los estancos llevaba impreso, en el encabezamiento, arriba a la izquierda, una imagen del Caudillo con un ¡Viva Franco!, en letras mayúsculas, debajo.

María Granero adornó esa efigie con unas protuberancias óseas (es decir, con cuernos) que salían de la cabeza del Generalísimo. Y bajo las airosas astas que le había dibujado, puso dos palabras: “banderas burguesas” (lo que ella escribió, literalmente, fue “banderas bulgesas”).

Dicha carta, adorno incluido, cayó en manos de la censura ese mismo día, y fue de inmediato remitida al Comandante Militar de esta Plaza.

Su acción fue considerada delito penado por los artículos 237 y 238 del Código de Justicia Militar. También era sancionable según el Bando declarativo del Estado de Guerra, que, como he señalado más arriba, seguía vigente.

Se abrió Procedimiento sumarísimo de urgencia a esta muchacha, que fue detenida y estuvo encarcelada unos meses en Cuevas del Almanzora.

Granero Quiles, como queda dicho, tenía diecinueve años. Había nacido en Cantoria y residía en Cortijos Altos, diputación de la Hoya. Bajita de estatura, pelo castaño y ojos negros.

Durante mucho tiempo trabajó como empleada de hogar en casa de Juana Rodríguez Peregrín, una viuda de treinta y siete años, la cual testificó no haberle conocido actividad política alguna, ni oírla nunca hablar de temas políticos.

Los informes de la Guardia Civil y de Falange la acreditaron como persona de buena conducta, y de ninguna actividad política o sindical durante el dominio rojo.

También fue avalada por el alcalde, Pedro Llamas Martínez, en oficio dirigido al juez, fechado el 21 de febrero de 1940, con su firma y sello del Ayuntamiento: “por los antecedentes facilitados por los Agentes de la Autoridad a mis órdenes y personas de reconocida solvencia política…, se trata de una muchacha que, al igual que sus padres, ha observado desde antes del año 1934 una conducta intachable tanto pública como privada y política, ya que los expresados padres siempre han figurado y ayudado a la política de derechas…”.

En su declaración ante el juez, en Cuevas, el 28 de abril del 40, la chica, preguntada por qué había adornado el busto del caudillo “con esos dibujos grotescos”, dijo que “no lo hizo con ánimo de malicia alguna”. Y respecto del letrero “banderas burguesas”, contestó que no sabía muy bien qué querían decir esas palabras.

Algún testigo había señalado que la joven no parecía andar muy bien de la cabeza. Estaba ya, desde tiempo atrás, en libertad condicional, cuando el juez de Huércal Overa que instruía el caso, ordenó que fuera examinada por dos médicos de la localidad, quienes, ya en diciembre, manifiestan que no era posible hacer una conclusión definitiva, y que procedía someterla a observación.

Su señoría, entonces, dispone que el alcalde de Cantoria, donde residía la chica, designe a dos médicos de nuestro pueblo para que le hagan  un seguimiento y envíen diagnóstico al juzgado. Los facultativos, tras un tiempo prudencial, en febrero del 41, remiten informe al juzgado militar: María Granero “presenta signos que concuerdan con un estado de debilidad mental caracterizados… por falta de sentido crítico que la hace cometer tonterías de las que no tiene conciencia… Se aprecia, además, actitud confusa de timidez y atontamiento”.

El informe de los médicos de Cantoria debió ser determinante, ya que, a continuación, el fiscal Jurídico Militar renuncia, oficialmente, a ulteriores diligencias.

María Granero Quiles, el 2 de junio de 1941, quedó absuelta del delito que se le imputaba.

1936, proclamación del nuevo régimen y del fin de la guerra en Burgos.

El gobierno del General Franco en el acto  de firma de la Ley de Responsabilidades Políticas

María Asunción Petra. Colección: Petra Carreño

El 17 de octubre de 1939, la joven de 19 años María Granero Quiles escribe una carta desde Cantoria dirigida a su novio que estaba preso en la cárcel de Granada. Por aquellas fechas, el papel para cartas que se vendía en los estancos llevaba impreso en el encabezamiento una imagen del Caudillo con un ¡Viva Franco! en letras mayúsculas. María no tuvo otra ocurrencia que adornar esa efigie con unos cuernos que salían de la cabeza del Generalísimo. Y bajo las airosas astas que le había dibujado, puso dos palabras: “banderas burguesas” (lo que ella escribió, literalmente, fue “banderas bulgesas”). Dicha carta cayó en manos de la censura ese mismo día y fue remitida al Comandante Militar de esta Plaza. Se abrió procedimiento sumarísimo de urgencia a esta muchacha, que fue detenida y estuvo encarcelada unos meses en Cuevas del Almanzora.

María Granero Quiles. Colección Familia Quiles

Sentencia Absolutoria de Petra, Torrente, Fernández Berbané y Molina Mañas. Colección: J. López Chirveches

Informe del Juzgado Municipal de Cantoria sobre Petra, Torrente, Fernández Bernabé y Molina Mañas. Colección: J. López Chirveches

Auto Resumen de la procesada Francisca Rubí. Colección: J. López Chirveches

Visita del gobernador civil justo al acabar la guerra. Los balcones de la plaza se adecentaron con las mejores colchas de cada casa y el ayuntamiento ofreció bandejas de boniatos a los presentes . Colección: Piedra Yllora

Bibliografía

Juan Chirveches es la firma literaria de Juan José Antonio López-Chirveches Giménez, cantoriano