Candela y el último cowboy
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Mi nombre es Candela y soy de Cantoria. Hay veces que la vida te da sorpresas: unas buenas, otras no tan buenas, y otras que te dejan con ese gusanillo de la curiosidad que no te deja dormir. Son las que tienen la fuerza suficiente para sacarte de tu zona de confort y lanzarte a la calle en busca de respuestas.
Pero antes de empezar a contar esta historia, me gustaría que me conocierais un poco.
Como ya he dicho, nací en este pueblo del Almanzora, en el seno de una familia que podríamos llamar “normal”. Mi infancia transcurrió sin grandes sobresaltos. Los únicos venían provocados por nuestras madres, que en su afán desmedido por protegernos se entrometían hasta en el último rincón de nuestras vidas para intentar controlarlo todo.
—Queremos daros lo que nosotras no tuvimos —decían.
—El mundo está lleno de peligros.
Y quizá tenían razón. O quizá no tanto.
A eso se sumó el divorcio tormentoso de mis padres. Fue entonces cuando empecé a encerrarme en mí misma. Mi timidez se hizo más fuerte, más visible, y terminó afectando a mis relaciones con los chicos y chicas de mi entorno.
Poco a poco fui desapareciendo.
De las pandillas, de los planes y de las risas cómplices.
Y llegó un momento en que me quedé sola, sin amigos.
Y fue cuanto tuve que reaccionar. Siempre me había gustado todo lo relacionado con la salud. Desde pequeña me fascinaba ver cómo unas manos podían aliviar un dolor, cómo una palabra a tiempo podía calmar un miedo. Soñaba con estudiar Enfermería, ponerme ese uniforme blanco que para mí simbolizaba no sólo una profesión, sino una una forma de cuidar, de estar presente en esos momentos de debilidad.
Pero los sueños, a veces, se topan con números. Esta maldita nota de Selectividad que por décimas no me dio para entrar en la carrera.
Recuerdo perfectamente el día que vi el resultado. Sentí como si alguien me hubiera estampado esa puerta justo delante de mis narices. Lloré, claro que lloré. En mi habitación, cuando no había nadie en casa, como casi siempre hacía. Sin hacer ruido, sin molestar. Y cuando me harté, cuando mis mejillas las tenía rojas como en sangre viva, respiré hondo...Y empecé a buscar otras opciones.
Así fue como terminé matriculándome en un Grado Medio de Auxiliar de Enfermería en un instituto de Almería. No era exactamente lo que había imaginado, pero se parecía lo suficiente como para no rendirme.
Además, lo reconozco: un poco de distancia de casa no me iba a venir mal. Eso significaba salir del control materno, respirar otros aires, intentar hacer amigos y aprender a depender solo de mí misma.
Alquilar una habitación, hacer la compra, organizar mis horarios, salir sin mirar el reloj, equivocarme sin que nadie me corrigiera antes… Todo eso formaba parte del trato. Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí dueña de mi vida.
No fue fácil. Hubo días en los que me sentí sola, pequeñita en una ciudad que parecía ir demasiado rápido para mí. Pero también hubo momentos en los que descubrí que era más fuerte de lo que pensaba y eso me llenaba de una felicidad que no había conocido antes.
Y entonces llegó segundo curso y con el, las prácticas.
Nos repartieron entre hospitales, centros de salud y residencias. A mí me tocó la de ancianos Santa Teresa de Jornet, en La Cañada. Un edificio grande, luminoso por fuera, silencioso por dentro. De esos lugares donde el tiempo parece ir más despacio.
El primer día entré con los nervios agarrados al estómago. Tenía miedo de no estar a la altura, de equivocarme, de no saber qué decir ni cómo mirar.
Quién me iba a decir que allí, entre pasillos largos con olor a desinfectante y televisiones siempre encendidas, iba a encontrar una historia que me marcaría para siempre. La de un hombre al que todos llamaban el Habichuela, pero al que casi nadie conocía de verdad.
Lo conocí una de aquellas primeras mañanas que empiezan demasiado pronto, cuando el uniforme aún conserva las marcas de la plancha y el café apenas despierta. Me habían asignado el ala derecha, la de los residentes con mayor dependencia: personas que necesitaban ayuda para todo. Para levantarse, asearse, comer, incluso para algo tan simple y tan esencial como cambiar de postura en la cama.
Y allí estaba, sentado en su silla de ruedas, junto a la ventana.
Era un hombre bajo, encogido por los años y por una vida dura. Delgado, con la espalda ligeramente vencida. Y, aun así, había algo en él que rompía la monotonía del lugar. Mientras los demás vestían pijamas, batas o ropa cómoda, él parecía llegado de otro tiempo.
Llevaba un sombrero tejano. Un chaleco de cowboy, gastado y curtido, le caía sobre los hombros como una vieja armadura. En el pecho, una placa de sheriff aún brillaba, apagada pero orgullosa. Y en el cinturón, dos pistolas de juguete colgaban como si fueran reales. Para él, al menos, lo eran.
Me quedé paralizada unos segundos, sin saber qué hacer, hasta que Laura, mi compañera y tutora, me sacó de mi ensimismamiento.
—Ese es Pepe el Habichuela. Y ten cuidado, es todo un personaje —me dijo.
Asentí sin entender muy bien a qué se refería. Me acerqué despacio.
—Buenos días, don Pepe —dije, intentando sonar profesional.
Él levantó la mirada. Tenía unos ojos castaños, vivos todavía, llenos de anécdotas sin contar.
—No me llames don —respondió—. Llámame Pepe. O sheriff, si quieres hacerlo como está mandado.
Me sonrió. Y en ese momento supe que aquel hombre tenía algo especial.
Después, mi compañera me contó por encima su historia. Había sido uno de los extras más conocidos de los wéstern rodados en Almería. Participó en decenas de películas. A veces aparecía solo unos segundos. Otras, un poco más. Pero siempre estaba allí, en segundo plano, sosteniendo el decorado de una época que ya solo vivía en la memoria de unos pocos.
Ahora, sin embargo, estaba confinado a una silla de ruedas.
—¿Qué le pasó para estar así? —le pregunté a Laura—. No parece tan mayor…
—Un atropello —me respondió en voz baja—. Iba en bicicleta por la Avenida Cabo de Gata cuando unos imbéciles, por gastarle una broma, lo rozaron con el coche sin medir la distancia. Lo tiraron al suelo y le destrozaron una pierna.
Me quedé en silencio.
—Desde entonces no volvió a andar igual —continuó—. La libertad que antes encontraba en los poblados de Tabernas se quedó reducida a estos pasillos.
Miré de nuevo a Pepe.
Seguía allí, erguido en su silla, mirando por la ventana, como si esperara que en cualquier momento llegaran los indios a atacar su poblado.
—Y ya lo ves —añadió Laura, con una sonrisa—. Genio y figura. Nunca ha salido del personaje. Ya lo comprobarás.
Y lo comprobé.
Al principio, nuestras conversaciones eran breves. Como decimos en mi pueblo, eran “lo justo”.
Un “buenos días”, “¿cómo está hoy, Pepe?”, “¿quiere ir al aseo?” o “¿le ayudo con algo?”.
Él solía responder con frases cortas, como si estuviera tanteando el terreno.
—Hoy estoy regular, vaquera —me decía a veces, señalando su placa—. Pero seguimos en pie.
Otras, simplemente me guiñaba un ojo.
Con el paso de los días empecé a ocuparme más de él. Le llevaba el desayuno, lo ayudaba a acomodarse, le acercaba la televisión o empujaba su silla hasta la ventana para que le diera el sol.
Y fue allí donde empezó todo. Una tarde, mientras le colocaba bien el cojín, me miró con los ojos vidriosos y me dijo:
—¿Tú sabes quién soy yo de verdad, muchacha?
Me encogí de hombros.
—Pues Pepe el Habichuela —respondí—. El sheriff que manda en esta residencia.
—Eso es ahora… Pero antes fui muchas cosas.
Y empezó a hablar, como si llevara años esperando esa pregunta.
Me contó que de joven vivía en la calle. Que no tuvo una familia que lo arropase. Que iba de un sitio a otro con una maleta vieja y cuatro trapos, buscándose la vida como podía.
—Fui chico de los recados, pregonero, mozo de mudanzas, descargador en el mercado… De todo un poco y de nada mucho.
Me explicó que trabajó en la alhóndiga del Mercado Central cargando sacos enormes de hortalizas.
—Pesaban más que yo— decía, señalándose el pecho—. A veces no se me veía ni la cabeza. Por eso el apodo. Parecía que el saco iba andando solo.
Luego se inclinaba hacia mí, bajaba la voz y añadía:
—Aunque yo siempre he dicho que fueron unos valencianos que me veían descargar judías del Poniente. Esa versión queda mejor, ¿no?
Yo asentía para que siguiera. Nunca sabía cuándo hablaba en serio y cuándo estaba bromeando. También me contó que una vez intentaron cambiarle el nombre, pero que lo defendió con uñas y dientes.
—Fue en una película de romanos. Me caracterizaron de senador, con una toga enorme. Me arrastraba, me tropezaba… y empezaron a llamarme Marcus Alubia. Aquello fue un disgusto. Un atentado contra mi identidad. Menos mal que no prosperó. Yo nací para el Oeste.
En mi cabeza, todo sonaba como una vieja radionovela. De esas que te atrapan sin darte cuenta. Capítulo a capítulo. Me iba metiendo en su mundo poco a poco.
Aparecían lugares y nombres como escenas encadenadas: la pensión La Giralda, en Obispo Orberá, donde siempre tenía una cama y un plato caliente; Isabel y Manuel, que lo quisieron como a un hijo.
Luego venían las mañanas esperando trabajo entre el Teatro Apolo y la Puerta de Purchena. Las horas de pie, saltando entre los figurantes, intentando hacerse ver, buscando que algún ojeador lo mirara, aunque solo fuera un segundo.
—Me dejé barba aposta —me confesó—. Para parecer más malo. Y ensayaba miradas delante del espejo.
Fruncía el ceño.
—Así. Cara de “te voy a robar el caballo”.
Yo me reía. Y él también.
Me hablaba de Tabernas como si fuera su casa.
—Donde había desierto y polvo, había cine. Y donde había cine, estaba yo. Fui extra, repartidor de agua, vigilante, paseante de estrellas por las tascas, figurante con frase, muerto número tres por la derecha… lo que hiciera falta. A mí me daba igual el papel. Con estar allí, ya era feliz.
Una mañana, cuando fui a levantarlo, me esperaba con un pequeño tesoro sobre el regazo, dentro de una bolsa del Pryca. Eran fotos arrugadas.
—Para que veas que no te he mentido.
Y lo vi. Con Terence Hill. Con Giuliano Gemma. Con Anthony Quinn. Con Yul Brynner.
No me lo podía creer. Eran los actores que veía mi padre en las películas.
—¿Todos estos… contigo?
—Conmigo —respondió, orgulloso—. Y faltan muchos.
Me contó que Anthony Quinn lo llevaba de bares, que su favorito era el Quiosco Amalia, en la Puerta de Purchena. Que Brigitte Bardot era un encanto. Que Sergio Leone una vez le dio la mano.
—No me la he vuelto a lavar —bromeó.
Me habló de su bicicleta rosa BH, de cómo bajaba el Paseo como si fuera un forajido huyendo.
—La gente me gritaba: “¡Pepe, ¿cómo se llama la película?!”
—¿Y tú qué decías?
—“La perseguí hasta el catre”
Y se reía como un niño.
También me habló de Bud Spencer. De una escena en la que tenían que lanzarlo por los aires una y otra vez. El director quería la toma perfecta y la repitieron hasta el cansancio. Acabó lleno de moratones, dolorido entero. Hubo un momento en que el miedo pudo más que la ilusión. En un descanso, se escapó y se escondió como un chiquillo. Cuando lo encontraron les costó lo suyo convencerlo para que volviera.
Pero volvió. Su amor por el cine superaba cualquier contratiempo.
—Me llevé una buena paliza… pero mereció la pena.
Con él entendí que no hablaba solo de películas. Hablaba de una vida. De ilusión. De resistencia. De no rendirse.
Y, sin darme cuenta, cada mañana iba primero a verlo a él. Y, sin buscarlo, su historia empezó a formar parte de la mía.
Un día, mientras le colocaba una manta sobre las piernas, se quedó mirando al techo durante un buen rato. Callado, pensativo. Como si estuviera viendo una película solo para él.
—¿Sabes cuándo me bajé del caballo, Candela? —me preguntó de repente.
Negué con la cabeza.
—Cuando se acabó el cine.
Lo dijo sin dramatismo, sin rencor. Como quien habla de algo asumido hace tiempo. Me explicó que todo empezó a venirse abajo a finales de los setenta. Que los rodajes fueron desapareciendo poco a poco. Que los políticos solo veían dinero rápido, no futuro. Y que nadie pensó en cuidar aquello que había puesto a Almería en el mapa.
—Primero se fueron las películas… y luego se fue la magia —dijo, espantando el aire con la mano—. Quedó un aeropuerto, unos cuantos hoteles… y poco más. Para mí fue como perder mi casa, mi mundo.
Aun así, nunca dejó de ser cowboy. En su cabeza seguía cabalgando. Solo que cambió el caballo por una bicicleta BH rosa, de niña, de piñón fijo, con la que recorría Pescadería haciendo recados o limpiando los aseos de la lonja.
—Chirribaba más que una diligencia —recordó sonriendo—, pero era fiel.
Por entonces vivía en los apartamentos Brasilia, en el Zapillo, gracias a un amigo, Paco Martínez, que le tendió la mano cuando más lo necesitaba.
—Si no llega a ser por Paco… no sé dónde habría acabado.
A veces volvía muy tarde, incluso de madrugada. Regresaba agotado, con las calles vacías, arrastrando el cuerpo. Y en una de esas noches ocurrió lo que marcaría el principio del final.
Me lo contó bajando la voz, como si todavía doliera.
—Volvía por la Avenida Cabo de Gata… y noté que un coche me seguía. Bajaron la ventanilla y empezaron a gritar mi nombre. Irían tres tipos. Seguro que venían de fiesta, llenos de alcohol y tonterías. Empecé a pedalear más fuerte, sin contestar, pensando que se cansarían… pero no pararon. Aquella noche me convertí en su broma. No midieron las distancias, ni la velocidad y de pronto, me dieron por detrás.
Calló por un momento. Tenía la boca seca. Le acerqué el vaso de la mesita y lo vació de un trago.
—Salí volando, Candela. Como en las películas, pero sin doble ni colchón para amortiguar. Al caer, oí crujir la pierna. Un sonido seco. El dolor no me dejaba ni respirar. Otros coches pararon, llamaron a la ambulancia y vieron quiénes habían sido. Y no solo me rompieron la pierna. Me rompieron entero. El cuerpo y hasta el alma. Desde entonces, mi salud nunca volvió a ser la misma… y ya ves dónde estoy.
—¿Y supiste quién fue al final? —le pregunté.
—Sí. En el hospital. Unos amigos investigaron y vinieron con la policía.
—¿Y no denunciaste?
Negó despacio, encogiéndose de hombros.
—El conductor tenía cuatro criaturas. Ya había bastante desgracia.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿No te dio rabia?
—Claro que sí —respondió—. Pero pensaba en esos niños. Y, además, la vida ya me había dado muchas hostias. Una más no iba a cambiar gran cosa.
Entonces entendí que, bajo aquel cuerpo pequeño y aquella forma casi infantil de estar en el mundo, había un hombre enorme. Y que todo ese personaje del sheriff y del pistolero era, en el fondo, un refugio. Una manera de protegerse de una vida que nunca se lo había puesto fácil.
Después de aquella conversación algo cambió entre nosotros. O quizá cambié yo. Dejé de ver a Pepe como a un interno más y empecé a mirarlo como a alguien importante, como a alguien a quien no quería fallar. Sin darme cuenta, empecé a preocuparme por todo lo suyo: si había comido bien, si había dormido tranquilo, si le dolían más las piernas, si estaba triste o preocupado por algo que no sabía decir.
Laura lo notó enseguida.
—Candela, no te encariñes —me dijo un día mientras preparábamos el carro—. Aquí eso es peligroso.
La miré sin entenderla del todo.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque luego se van —respondió—. Porque enferman, porque empeoran, porque se mueren… y tú te lo llevas a casa. Y recuerda que solo estás aquí de paso.
Tenía razón. Lo sabía. Pero no sé cómo explicarlo: con Pepe era distinto. Me salía solo, sin pensarlo. Era algo del corazón. De esas cosas que se sienten, pero no se saben explicar.
Siempre que podía me sentaba a su lado. Le leía el periódico, le enseñaba fotos antiguas de revistas, le preguntaba por actores y rodajes que ya me había contado mil veces. Y aun así lo escuchaba como si fuera la primera, porque en su voz siempre había algo nuevo. Una emoción distinta. Un recuerdo que seguía vivo.
Cuando terminaba el turno me despedía con un “hasta mañana, sheriff”, y él me respondía llevándose dos dedos a la sien:
—Que descanses, vaquera.
Como si estuviéramos dentro de una película.
Con el tiempo me convertí en su persona de confianza. La primera a la que llamaba si algo le dolía, si estaba inquieto, si tenía miedo o si solo necesitaba compañía. Y yo siempre iba.
Su salud empezó a empeorar poco a poco, casi sin avisar. Primero fue un cansancio que no se le iba. Luego, infecciones. Después, pequeños ingresos en el hospital. Cada vez que volvía estaba más débil, más frágil, más pequeño. Pero nunca renunció a su identidad: ni al chaleco, ni a la placa, ni a las pistolas. Ni siquiera cuando apenas tenía fuerzas para incorporarse.
—Un sheriff no se rinde —me decía, con esa sonrisa pícara suya.
En febrero de 2005 empezó a encontrarse especialmente mal. Yo ya había terminado las prácticas, pero seguía yendo a verlo siempre que podía. No por obligación, sino porque lo necesitaba. Porque ya formaba parte de mi vida.
Una tarde lo encontré más callado de lo normal. Tenía los ojos cerrados y respiraba despacio. Me senté a su lado.
—Pepe, soy yo.
Abrió los ojos lentamente.
—Lo sé, vaquera… lo sé— susurró.
Le cogí la mano. Estaba fría.
—¿Te duele algo?
—No —respondió—. Hoy no duele. Hoy estoy tranquilo.
Me miró fijamente.
—Creo que me llaman para otro rodaje.
Sentí que se me encogía el corazón, pero solo pude decir:
—¿Ah, sí?
—Sí —sonrió—. Este va a ser de los buenos.
Fue la última vez que hablamos.
Murió pocos días después, en marzo, sin llegar a cumplir los setenta. Su cuerpo, tan castigado por la vida, ya no pudo más y se rindió sin hacer ruido, como se rinden los grandes personajes cuando cae el telón.
Pepe había vivido su historia con tanta intensidad que, con el tiempo, realidad y ficción se mezclaron. Ya no supo, ni quiso saber, dónde acababa el hombre y dónde empezaba el pistolero. Vivió su papel las veinticuatro horas del día, hasta el final.
El día que Laura me llamó, al ver su nombre en el teléfono, antes de descolgar, ya lo supe.
Fui corriendo a la residencia. Lo vi tumbado en la cama, con los ojos cerrados. Me encerré en el baño y lloré como hacía tiempo que no lo hacía. Hasta que Laura me encontró y me abrazó sin decir nada.
Entonces entendí que tenía razón: encariñarse dolía. Pero también comprendí que no haberlo hecho me habría perdido muchas cosas.
Porque Pepe el Habichuela no fue solo un residente. Fue una lección de vida, de dignidad y de memoria que me acompañará siempre.
Por muy duros que sean algunos momentos, la vida no se detiene. Sigue avanzando, incluso cuando todavía escuece. Yo también seguí adelante. Continué mis estudios, terminé el grado, hice otros cursos, conocí a más gente, construí nuevas amistades… y, casi sin darme cuenta, fui dejando atrás a aquella chica tímida que llegó por primera vez a Almería con una maleta y más miedos que seguridades.
Laura siguió formando parte de mi vida. Nuestra amistad no terminó con las prácticas. Al contrario, se hizo más fuerte. Habíamos compartido demasiado como para separarnos sin más. Con el tiempo se convirtió en mi mejor amiga, en mi refugio, en esa persona a la que llamas cuando necesitas hablar… o cuando no hace falta decir nada.
A veces hablábamos de Pepe, pero poco. Casi siempre de pasada. Como quien roza una herida que aún no termina de cerrar.
Hasta que, un par de años después, Laura me llamó con una voz rara, a medio camino entre el misterio y la emoción. Me dijo que tenía que llevarme a un sitio que, estaba segura, me iba a gustar mucho. No quiso darme más detalles. Tenía que ser una sorpresa, insistió. Y en su tono había algo que me dejó intrigada… y también un poco inquieta.
Protesté al principio, porque nunca me han gustado las sorpresas. Pero Laura insistió con esa mezcla suya de terquedad y entusiasmo, y acabé cediendo.
Una tarde quedamos para ir en coche. Yo no tenía ni idea de adónde me llevaba. Ella no dejaba de sonreír y cambiaba de tema cada vez que intentaba sacarle una pista, como si guardara un secreto demasiado bueno para estropearlo con palabras.
Cuando llegamos al Cortijo Romero y vi el cartel del Museo del Cine, algo dentro de mí dio un pequeño vuelco. Empecé a intuir que aquello tenía que ver con Pepe, aunque aún no sabía cómo.
Entramos despacio. Recorrimos salas llenas de fotos antiguas, carteles, objetos de rodaje, trajes, recuerdos de una época que dejó huella en esta tierra.
Caminábamos sin prisa. Nos deteníamos en las vitrinas, leíamos paneles, comentábamos anécdotas. Y yo notaba cómo el nerviosismo me crecía por dentro, como una corriente invisible. Tenía la sensación de que algo importante estaba a punto de mostrarse, aunque no supiera cuándo ni de qué forma.
Y entonces lo vi.
Al fondo de la sala, su fotografía ocupaba un panel iluminado con una luz suave. Debajo, en una vitrina, en la que había más imágenes. Algunas las reconocí al instante. Otras no las había visto nunca. Junto a ellas estaban su chaleco gastado, su placa de sheriff, sus dos pistolas colocadas con cuidado y un libro, escrito por un autor almeriense, que contaba su historia.
—No puede ser… —murmuré.
Laura se colocó a mi lado y sonrió.
—Sí puede —me dijo—. Es él.
Bajé la mirada y leí la leyenda del panel: su nombre, su apodo, un resumen de su trayectoria. Y sentí cómo se me llenaban los ojos al comprender que aquel hombre al que muchos habían visto durante años como un personaje más de la calle tenía, por fin, su lugar en la historia del cine de Almería.
Me acerqué al cristal y apoyé la mano sin darme cuenta, como si pudiera tocarlo a través de él.
—Te lo merecías, sheriff. Por fin se te ha hecho justicia —susurré.
Laura me rodeó con el brazo y me apretó contra ella.
—Por eso quería traerte —me dijo—. Para que lo vieras con tus propios ojos.
No podía apartar la mirada de la vitrina. Entonces me fijé en un libro colocado con cuidado en una esquina, medio escondido bajo el chaleco. La portada, de un naranja intenso, mostraba una fotografía preciosa de Pepe ya mayor, con su atuendo inconfundible y esa calma que siempre tenía delante de la cámara. El título, El Habichuela. Una vida de cine en Almería, de Juan Gabriel García, hablaba de aquellos años dorados del cine en esta tierra.
—¿Has visto esto? —le dije a Laura, señalándolo—. ¡Hablan de Pepe!
No lo dudamos. Nos fuimos directas a la librería Picasso, en el centro de Almería. Sabíamos que allí tenían una sección dedicada a temas almerienses y que, casi seguro, lo encontraríamos.
Entramos y fuimos directas al mostrador. Cuando preguntamos por libros sobre la historia del cine en Almería, y en especial sobre el Habichuela, la dependienta miró en el ordenador y sonrió.
—No hay uno, sino dos.
Nos explicó que eran de autores distintos, que estaban bien documentados y que cada uno ofrecía una mirada diferente sobre aquella época. No me lo pensé. Me llevé los dos. Sentía, con una certeza difícil de explicar, que al leerlos volvería a encontrarme con Pepe, como si siguiera esperándome entre sus páginas.
Durante los días siguientes me sumergí en su lectura como si fuera una continuación de nuestras conversaciones. Reconocía nombres, lugares, rodajes, anécdotas que él me había contado. Y sonreía cada vez que encontraba algo que me lo recordaba.
Hasta que llegué a un capítulo que me dejó sin aliento.
En el segundo de los libros, el de Francisco Pérez Baldó, titulado “Buscando a Pepe el Habichuela, de la historia a la leyenda”, afirmaba que era natural de Cantoria. Que allí había pasado su infancia y parte de su juventud antes de marcharse a Almería.
Lo volví a leer. Una vez. Y otra. Y otra más.
Cantoria. Mi pueblo. Mi casa. Mi familia. Mi infancia. No podía creerlo. Me pellizqué varias veces, casi con urgencia, para asegurarme de que no estaba soñando. Me emocionó pensar que habíamos nacido en el mismo lugar, que habíamos caminado por las mismas calles, respirado el mismo aire, visto los mismos atardeceres caer sobre las montañas.
Entonces recordé a una familia de apellido Balazote. En especial a Mundy, la monitora de la ludoteca. Era un apellido poco común. El mismo de Pepe. ¿Podrían ser parientes?
La idea empezó a darme vueltas en la cabeza. Y, sin saber muy bien cómo, pensé en mi abuela Josefa, que ya había pasado de los ochenta y había pasado toda su vida detrás del mostrador de su tienda.
Y, sin embargo, Pepe nunca me había contado nada de eso. Sabía que yo era de Cantoria. Y aun así, nunca lo mencionó.
No lograba entenderlo.
Una vez más, el destino parecía jugar conmigo. Como si quisiera recordarme que algunas historias no terminan cuando creemos, sino que siguen esperando su momento.
Y aquella revelación fue, sin duda, una de las más hermosas… y también de las más desconcertantes.
Al principio no se lo conté a nadie. Ni siquiera a Laura. Necesitaba asimilarlo sola. Pero al final no pude más y, una tarde, sentadas en la terraza del París, le enseñé el libro abierto por aquella página.
—Mira esto —le dije.
Lo leyó despacio. Luego me miró, sorprendida.
—¿Cantoria? ¿En serio?
Asentí.
—Nunca me habló de eso —respondí—. Jamás.
—A lo mejor su vida allí fue tan dura que le dolía recordarla —aventuró.
Y podía ser. Pepe siempre hablaba del cine, de Almería, de Tabernas, de los rodajes, de los actores. Pero nunca de su infancia, ni de su familia, ni de sus primeros años. Como si todo eso lo tuviera enterrado.
Fue entonces cuando decidí investigar por mi cuenta. Sentía que se lo debía.
Empecé por mi propio pueblo.
Un fin de semana volví a Cantoria y, durante una comida familiar, saqué el tema con mi abuela. Le pregunté si recordaba a alguien apodado el Habichuela o a algún Pepe que hubiera terminado trabajando en el cine.
Al principio se quedó pensativa.
—¿Pepe el Habichuela? —repitió, entornando los ojos, como rebuscando en un cajón de recuerdos—. Claro que me acuerdo… pero aquí le decían Pepillo, el de Amor la Loca. Lo de Habichuela vino después, cuando ya andaba por Almería.
Hizo una pausa, como si las imágenes fueran regresando, y continuó:
—Tu abuelo Juan coincidió muchas veces con él, cuando Isidro lo mandaba al Mercado Central con los cargamentos de naranjas. Alguna vez hasta se lo llevaba a almorzar a Los Claveles, que era su sitio favorito. Allí se sentaban, comían sin prisa y, entre chato y chato de vino, se ponían al día, como hacen los viejos amigos cuando el tiempo no ha borrado lo que compartieron.
Sentí un vuelco.
—¿De verdad el abuelo era amigo suyo?
—Sí. De pequeños vivían cerca. Aunque en este pueblo, ya sabes, nada está realmente lejos.
Se quedó callada un momento. Luego añadió:
—Yo lo recuerdo como un muchacho desaliñado, flaco, poca cosa… casi un crío eterno. Siempre con ropa vieja, rota, como si la vida se le hubiera quedado grande desde el principio. Anduvo viviendo en varios sitios con su madre, que enfermó… una de esas enfermedades malas que te nublan la cabeza hasta que terminas perdiéndote dentro de ti misma.
Suspire.
—Y si quieres —continuó—, mañana vamos a ver a mi amiga Amalia, la madre de Maravillas, la que trabaja en el Ayuntamiento. Ella seguro que te cuenta más cosas. Tiene una memoria prodigiosa, pese a los años, y es de las pocas que todavía recuerda bien las historias antiguas del pueblo.
Claro que quería verla. Y cuanto antes, mejor. Así que a la mañana siguiente fuimos a visitarla.
Maria del Amor
Amalia vivía en la parte baja de la calle de la Ermita. Cuando llegamos, nos abrió, nos hizo pasar a una sala a la derecha de la entrada, nos ofreció asiento y escuchó con atención mientras mi abuela le explicaba el motivo de nuestra visita.
—Claro que me acuerdo —dijo—. Como si fuera ayer. ¿Y eso qué queréis saber sobre Pepe?
Entonces le conté todo: que coincidimos en la residencia, lo del atropello, que había fallecido. Amalia solo pudo murmurar que qué pena, que hay personas que nacen con su sino y parece que la vida se ensaña con ellas.
Después empezó a hablar, con esa forma pausada y dulce de quien sabe que su memoria es un tesoro.
Nos contó que su madre, María del Amor, nunca estuvo del todo segura de haber nacido en Cantoria, aunque siempre lo creyó. De joven había pasado una temporada en Almería, donde trabajó y vivió un tiempo. Poco antes de la guerra civil regresó al pueblo con un niño en brazos, un bebé al que presentó como su hijo.
En el pueblo, explicó Amalia, muchos pensaban que era madre soltera, porque el niño llevaba sus mismos apellidos. María del Amor, sin embargo, decía que su marido había sido un soldado destinado en las guerrillas de África y que había muerto allí, dejándola sola.
Al volver, se instalaron en la casa donde hoy viven los padres de Juan Pedro y Patrocinio, cerca de la antigua tienda de los Fuentes. Durante un tiempo llevaron una vida más o menos estable.
Amalia recordó que María del Amor era una mujer corpulenta, de carácter fuerte, con cierta cultura para la época. Siempre iba bien vestida, lo que hacía pensar que procedía de una familia con recursos venida a menos. Le gustaba leer, contar historias, conversar largo rato. Hasta que, poco a poco, una enfermedad terrible empezó a nublarle la cabeza.
Fue la esquizofrenia. En aquellos años apenas había medicación para controlar los brotes, acallar las voces o devolver algo de calma. Fueron los Fuentes quienes dieron la voz de alarma el día en que María del Amor apareció completamente alterada, gritando que había tenido que matar a los animales del corral porque le susurraban cosas horribles.
A partir de ahí, la enfermedad avanzó sin freno.
Llegó un momento en que empezó a creerse un hombre. Se cortó el pelo, comenzó a vestirse como tal, siempre con sombrero y botas, y adoptó el nombre de don Diego. Así se hacía llamar por el pueblo. Orinaba de pie con un canutillo de caña en cualquier esquina, sobre todo cuando había gente cerca, como si necesitara demostrar aquella identidad que su mente había construido.
Le gustaba fumar, recordó Amalia. Se liaba los cigarrillos con antiguos billetes de cinco pesetas de la República, mezclando tabaco con hojas secas de parra. Una imagen tan triste como grotesca.
Durante años apenas tuvo un solo traje. Al principio era gris claro, pero con el tiempo se fue oscureciendo hasta volverse marrón, brillante de humo. Lo había conseguido un día en la explanada de la estación, donde acudía cada tarde a ver llegar los trenes.
Aquel traje había pertenecido al jefe de estación. Al terminar la guerra, tres de sus hijos regresaron enfermos de tuberculosis. Murieron primero ellos y poco después el padre. En pocos meses, los cuatro habían fallecido.
La viuda, segunda esposa y madrastra de los chicos, decidió quemar toda la ropa, como si así pudiera borrar la desgracia. Antes de que prendiera el fuego, María del Amor se lanzó sobre el montón, agarró aquel traje y echó a correr. Detrás quedaron los gritos de los viajeros, advirtiéndole que era de mal augurio vestir ropa de difuntos, que podía estar infectada. Pero no se detuvo.
Después vino el hambre. El hambre más cruel.
La casa de María del Amor y Pepe se fue vaciando poco a poco. Vendieron muebles, enseres, recuerdos. Amalia nos contó que ella misma acompañó un día a su abuela a comprarles unos butacones, que aún se conservaban en casa de un familiar.
Al final tuvieron que abandonar su vivienda. Primero se mudaron a una casa más humilde en la parte alta de la calle de la Plaza, en las Terrerillas. Más tarde, a una cueva cerca de la ermita. Allí, la pobreza y la enfermedad terminaron de marcar la infancia de aquel niño que huía, sobre todo por las noches, de su madre y de sus demonios.
Se hizo famosa en el pueblo una canción que ella cantaba, mezcla de castellano, catalán y camelo:
“Era una maca
na pica no nanbigüe…
Era una maca
na pica no nanvigüe…
Que non potingue nanticar
y pasa una, do, tre, cuatre
chinco, sei, siete seman…
Que si teres, que si teres,
volveremos a empezar.
Era una maca…”
Fue tan popular que una compañía de teatro la incorporó a su espectáculo poco después de la guerra.
De niño, Pepe acompañaba siempre a su madre. Hasta que dejó de hacerlo. No soportaba las burlas ni que le pidieran que cantara. Aquello acababa casi siempre en peleas entre madre e hijo. Y Pepe siempre perdía.
Más tarde se mudaron a Almería, cuando su madre fue internada en un psiquiátrico. Él quedó al cuidado de unos tíos sin hijos. Mi Baltasar, que viajaba a menudo llevando gente al médico, aprovechaba para pasar por su piso y llevarles los paquetes que enviaban desde Cantoria, sobre todo en época de matanzas.
—Y si no recuerdo mal —añadió Amalia—, Paco Cuéllar, el dueño de la fábrica de mármol de debajo de la estación, fue amigo suyo de chico. A lo mejor él puede contarte más. Hoy, que es domingo, estará en la plazoleta de la iglesia con Casto, esperando la misa.
Le dimos las gracias. Nos había ayudado mucho. Nos despedimos en la puerta, con la promesa de que, si recordaba algo más, se lo haría saber a mi abuela.
Mi abuela y yo llegamos a la plaza de la iglesia cuando el sol estaba en todo lo alto, y tal como nos había dicho Amalia, allí estaba Paco, sentado en el banco de siempre mirando distraído el ir y venir de la gente.
Nos acercamos despacio, lo saludamos con cariño y, después de intercambiar unas palabras de cortesía, mi abuela le preguntó si podíamos hacerle una consulta.
Paco levantó la vista, sonrió con amabilidad y asintió sin dudarlo.
—Claro, hija, lo que queráis.
Cuando mencionamos el nombre del Habichuela, su expresión cambió ligeramente, como si acabara de abrir una puerta oxidada dentro de su memoria.
—Pepe… claro que sí —murmuró—. De críos eramos muy amigos.
Nos invitó a sentarnos con el y cuando lo hubimos hecho, respiró hondo y comenzó a contarnos.
Nos explicó que, durante su infancia, hubo muchas noches en las que Pepe no podía soportar el ambiente de su casa, porque los demonios de la enfermedad de su madre se hacían más fuertes al caer la oscuridad, llenando las habitaciones de gritos, reproches y fantasmas invisibles, y entonces el muchacho salía huyendo, sin decir nada a nadie, y se iba a dormir a los bancos de la plaza.
Allí se tumbaba como podía, a veces sin siquiera una chaqueta con la que taparse, buscando simplemente un poco de calma.
—Cuando llegaba tarde a la plaza, sabíamos que algo había pasado —nos dijo—. Buscaba un banco libre y se acostaba sin decir palabra. Y muchas veces, antes de que pudiera dormirse, aparecían los zangones de siempre, esos muchachos sin alma que solo sabían divertirse haciendo daño.
Nos contó, con voz apagada, que en más de una ocasión le gastaron bromas crueles, como aquella en la que le metieron hojas de papel de fumar entre los dedos de los pies y les prendieron fuego mientras dormía, provocándole quemaduras y sobresaltos que todavía recordaba con rabia.
A finales de los años cuarenta, continuó Paco, la enfermedad de María del Amor empeoró de manera alarmante, hasta el punto de que el entonces alcalde que también era uno de los médicos del pueblo, don Juan López Cuesta, tuvo que solicitar con urgencia una plaza en el manicomio de Almería.
Fue su hermana, junto con su marido, quien se encargó de llevarlos a la capital. A ella la ingresaron directamente en el centro, y a Pepe lo acogieron en su casa.
Vivían cerca de los antiguos Depósitos de Agua, en lo que entonces se conocía como el Camino de los Depósitos y hoy es la avenida de Santa Isabel, porque el tío de Pepe trabajaba allí como encargado, y en aquel momento el muchacho tendría apenas diez u once años.
Durante un tiempo, sus tíos intentaron darle estabilidad, educación y un oficio digno, poniendo en ello todo su cariño, sobre todo porque no tenían hijos y veían en él una oportunidad de formar una familia, pero pronto comprendieron que Pepe ya era, desde niño, un alma demasiado libre para cualquier encierro.
Se escapaba siempre que podía, aprovechando cualquier descuido, sobre todo cuando iba al baño comunitario del pasillo, desde donde encontraba la manera de salir a la calle, hasta que un día, sin despedirse, se marchó definitivamente.
Paco hizo una pausa antes de continuar.
—Lo peor vino después —añadió.
Nos contó que, mientras tanto, su madre, cada vez más hundida en la enfermedad, había dejado de reconocerlo.
—A veces preguntaba: “¿No viene hoy ese hombre que me trae dulces?” —recordó—. Y ese hombre era su propio hijo.
Aquella frase, dijo Paco, destrozó a Pepe por dentro, pero aun así nunca dejó de visitarla, y todos los fines de semana le llevaba los bollos de crema de la confitería "La Colmena" que tanto le gustaban, sentándose a su lado aunque ella no supiera quién era.
Pero esa agonía no duró mucho ya que María del Amor murió poco después, dejando a Pepe en la más absoluta orfandad, sin hogar, sin familia y sin raíces.
A partir de entonces, empezó a dar tumbos de un sitio a otro, ganándose la vida como podía, o más bien malviviendo, haciendo recados, repartiendo publicidad vestido de cowboy por las calles, trabajando como mozo de carga en mudanzas, o acarreando sacos de hortalizas en la alhóndiga del Mercado Central, donde, según Paco, seguramente fue donde sus compañeros le pusieron el apodo de el Habichuela, porque apenas se le veía bajo aquellos enormes fardos que cargaba sobre los hombros.
Mientras lo escuchaba, comprendí que antes de convertirse en el personaje que todos conocieron, Pepe había aprendido a sobrevivir solo desde niño, sin nadie que le enseñara a quedarse en ningún sitio, y que quizá por eso pasó toda su vida buscando un escenario donde sentirse, por fin, en casa.
Durante los días siguientes no pude dejar de pensar en todo lo que había escuchado. Las palabras de Amalia, los recuerdos de Paco, los datos de los libros, las confidencias de Pepe en la residencia y las imágenes que conservaba de él, sentado en su silla de ruedas con el chaleco puesto y las pistolas al cinto, comenzaron a entrelazarse en mi cabeza como las escenas de una película que, por fin, empezaba a tener sentido.
Comprendí entonces que Pepe no había sido solo un extra famoso, ni un personaje pintoresco de las calles de Almería, ni un viejo excéntrico aferrado a un pasado glorioso, sino un niño marcado por la locura de su madre, por la pobreza, por el abandono y por la necesidad constante de inventarse una identidad que lo protegiera del dolor.
Aquel cowboy no era un disfraz. Era su refugio. Era la única casa que había tenido siempre consigo.
Una tarde quedé con Laura en la cafetería La India del paseo marítimo, y mientras nos comíamos un helado le fui contando, sin prisas, todo lo que había ido descubriendo en Cantoria, desde la visita a Amalia, pasando por la conversación con Paco y los datos de los libros.
Laura me escuchaba con los codos apoyados en la mesa y la mirada atenta, sin interrumpirme, como si estuviera escuchando una novela de esas del Neflix
Cuando terminé, suspiró despacio.
—Ahora lo entiendo todo —dijo al fin—. Siempre pensé que era un hombre raro, entrañable, sí, pero raro… como si no estuviera bien de la chotea, y resulta que era un superviviente.
Asentí.
—Vivió actuando porque, si dejaba de hacerlo, no sabía quién era.
—Y tú fuiste la última persona que lo vio de verdad —añadió—. No como personaje. Como persona.
Aquellas palabras me emocionaron más de lo que esperaba. Y gracias a Pepe y porque no, a Laura, había aprendido a mirar con más paciencia, a escuchar con más respeto, a no juzgar por las apariencias y a entender que todos, de una forma u otra, estamos interpretando nuestro papel en esta vida, tratando de que el guion no nos venza.
A veces vuelvo sola al cortijo Romero.
No siempre entro.
En ocasiones me basta con sentarme un rato fuera, dejar que el viento mueva los matorrales secos y escuchar ese silencio tan parecido al de los antiguos rodajes, cuando todos esperaban la orden de “acción”.
Cierro los ojos y lo imagino allí, de pie entre decorados de cartón piedra, ajustándose el sombrero, comprobando que las pistolas siguen en su sitio, preparado para salir en escena aunque solo fuera unos segundos.
Como si aún tuviera algo que demostrarle al mundo.
O a sí mismo.
He comprendido con los años que Pepe nunca quiso ser famoso.
Quiso ser alguien.
Quiso importar.
Quiso que su existencia tuviera sentido después de una infancia rota, de una madre perdida en su propia mente, de noches en bancos fríos y de caminos recorridos sin rumbo.
Y lo consiguió.
No con grandes titulares.
No con estatuas.
Lo consiguió viviendo con una fidelidad absoluta a su sueño.
Yo, que llegué a su vida por casualidad, aprendí con él que cuidar también es escuchar, que acompañar también es recordar, y que las historias no mueren mientras alguien esté dispuesto a contarlas.
Por eso escribo estas líneas.
Por eso vuelvo a nombrarlo.
Por eso lo llevo conmigo.
Porque, en el fondo, todos somos un poco como Pepe: figurantes en una película inmensa, esperando nuestro turno, intentando que, cuando llegue el fundido en negro, alguien pueda decir que mereció la pena mirarnos.
Y cuando la vida se me hace cuesta arriba, cuando dudo, cuando tengo miedo, me acuerdo de aquel hombre pequeño que nunca dejó de cabalgar, aunque le quitaran el caballo, el escenario y la fuerza de las piernas.
Entonces sonrío.
Respiro hondo.
Y sigo adelante como él.
Porque sé que, mientras alguien siga contando su historia, Pepe seguirá cabalgando, libre, por los paisajes infinitos de su propia película.