Doce cohetes en la puerta de mi velatorio
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Todavía huele a pólvora en la calle. Doce cohetes frente a la casa, luego sesenta más hasta el cementerio, uno detrás de otro, como si mi padre hubiera querido que ni un solo vecino de Cantoria se quedara sin enterarse de que él, por fin, se había muerto. Yo los he contado desde la ventana. No he bajado. No pensaba bajar.
Dicen que fue idea suya, lo de los cohetes. Que lo dejó escrito de su puño y letra, con la misma serenidad con la que firmaba una letra de cambio. A mí no me sorprende. Mi padre organizaba las cosas. Organizó su entierro con más cuidado del que puso nunca en organizarnos a nosotras.
Voy a contar esto desde el principio, o desde el principio que a mí me toca, que no es el mismo que le tocaría a mi hermana Isabel, ni el que contaría la criada Rosa Gómez Ramírez si alguna vez alguien tuviera el valor de preguntárselo. Cada una tiene su versión. Esta es la mía, y la cuento sin ganas de arreglar nada, porque ya no tengo paciencia para eso. Teníamos ya todas más de veinte años cuando pasó lo que voy a contar. No éramos niñas asustadas. Éramos mujeres hechas y derechas viendo cómo se desmoronaba la casa en la que habíamos crecido.
Los Sánchez no eran de Cantoria, aunque a estas alturas nadie se acuerde. Venían de Olula del Río, y fue mi abuelo quien trajo hasta aquí el apellido, atraído como tantos otros por la vega, que en aquellos años daba de comer a quien supiera trabajarla y a quien supiera comprarla. Se hicieron un patrimonio a base de tierra y de paciencia, y mi padre heredó las tierras y algo más: esa costumbre de mirar cada cosa, cada persona, como una propiedad que se administra.
De mi madre Caridad Cubillas Mesas se podría hablar mucho, y con razón. Era hija de don José Cubillas Gavilán, que tuvo tratos con el Banco Hispano Americano y con el de Barcelona, y de verlo trabajar a él aprendió lo que casi ninguna mujer de su tiempo llegaba a saber: leer un préstamo, calcular un interés, no fiarse de la palabra de nadie sin verla escrita. Administraba lo suyo ella sola. Prestaba dinero con garantía, como hacían los hombres, y lo hacía bien, mejor que bien. Y aquí viene lo que nunca he entendido del todo: la ley obligaba a que fuera mi padre quien firmara por ella, quien diera el visto bueno a lo que ella ya sabía hacer sin ayuda de nadie. Él lo firmaba sin mirar apenas, porque sabía de sobra que ella entendía de números más que él en toda su vida. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta soportar que se note.
Rosa era criada de nuestra propia casa. Eso es lo que casi nadie se atreve a decir en voz alta ahora que es la señora, y yo lo digo aquí sin bajar la voz: entraba y salía de nuestras habitaciones, servía la mesa donde comíamos todos, dormía bajo nuestro mismo techo. Durante años guardó las formas, o mi padre las guardó por ella, lo justo para que el pueblo no sospechara demasiado. Un pueblo donde todos se conocen aprende pronto a fingir que no ve lo que ve, y mi madre, que no era tonta ni mucho menos ciega, aprendió también, al principio, a callar por mantener las apariencias. Una casa como la nuestra no podía permitirse un escándalo. Pero todo tiene un límite.
Y mi padre lo fue perdiendo, el disimulo, poco a poco. Empezó a no esconderse. Se sentaba junto a ella algunas noches de verano al fresco, la trataba delante de las visitas con un cariño que ya no cabía en ningún disimulo, la miraba en la calle de una manera que cualquiera con ojos en la cara sabía interpretar. Cantoria fue testigo, poco a poco, de un hombre que dejaba de fingir. Y mi madre, que había aguantado con la espalda recta lo que hiciera falta por el qué dirán, llegó a un punto en que ya no había apariencia que salvar, porque la vergüenza ya la había puesto él mismo en la calle, sin que hiciera falta que nadie más la sacara.
Aquel domingo no fue el principio. Fue el final de algo que llevaba mucho tiempo pudriéndose por dentro.
No recuerdo qué mes, pero recuerdo el sol de mediodía cayendo sobre los sacos que alguien —no sé quién, no fue él, él no se ensuciaba las manos para esas cosas— había dejado en la puerta con nuestra ropa dentro. Mi padre nos echó de la casa de la calle del Romero cuando ya no pudo, o no quiso, seguir sosteniendo la mentira de puertas para adentro. Puede que se cansara de fingir discreción. Puede que Rosa, cansada a su vez de vivir a media luz, le pidiera sitio propio en aquella casa. No lo sé. Lo que sé es que un día decidió que sobrábamos nosotras, y no paró hasta hacérselo ver a mi padre.
Mi madre no lloró ni una sola lágrima delante de los vecinos. Eso hay que reconocérselo. Salió de su propia casa con la espalda tan derecha como si fuera ella la que se marchaba por gusto, y a nosotras cuatro nos hizo caminar detrás con la misma espalda derecha, aunque a Encarnación le temblaban las piernas y a mí me hervía la sangre. Fuimos nosotras mismas quienes cargamos con nuestras cosas, sin ayuda de nadie de aquella casa, como si hasta eso fuera parte del castigo: que cada una llevara sus bultos por la plaza arriba, delante de quien quisiera mirar.
Tuvimos, al menos, adónde ir. Mi madre tenía su propia casa en la calle Larga, número treinta y dos, heredada de su padre, igual que había heredado de él la cabeza para los números. Allí nos instalamos las cinco, y allí empezó, de verdad, la otra guerra: la de los tribunales.
Sé que hay quien todavía repite en el pueblo que la culpa fue de mi madre, que era mujer de mucho carácter, que llevaba sus propios negocios y prestaba dinero como un hombre y que eso no lo soportaba mi padre. Puede ser que aquel carácter suyo, que a él tanto le convenía cuando necesitaba que ella administrara sin pedirle cuentas, se le hiciera de pronto insoportable en cuanto dejó de convenirle. Lo cierto es que mi madre, instalada ya en la calle Larga con la cabeza bien alta, decidió que si la habían echado como a una cualquiera, el pueblo entero se iba a enterar de por qué, y con nombres y apellidos. Que el escarmiento que le daría a mi padre resonaría más por todos los contornos que la campana gorda de la iglesia. Mi madre ya era temida en Cantoria por esos años, y no le tembló la mano ni el ánimo.
Después de la expulsión vino lo peor: una querella criminal contra mi padre y contra su amante. Los meses siguientes fueron un ir y venir a Almería para prepararlo todo con el abogado. Cuando llegó el juicio, se presentaron cincuenta y dos testigos solo de nuestra parte. Yo no sé si mi madre buscaba justicia o buscaba que todo el mundo en la comarca supiera, con pelos y señales, lo que había pasado en aquella casa. Puede que buscara las dos cosas a la vez. Y puede que buscara además que mi padre entendiera, aunque fuera tarde, que a una Cubillas no se la echaba de su casa sin que le costara muy caro.
El nombre de Rosa Gómez Ramírez empezó a sonar en nuestra cocina de la calle Larga como una maldición, con calificativos que no me atrevo a repetir aquí. Trece años, se supo entonces con precisión de fechas, llevaba mi padre con ella. Trece años sirviendo la mesa y calentando la cama, mientras nosotras crecíamos en la calle del Romero pensando que aquello era nuestro santuario.
No la culpo a ella tanto como se cree que debería. Una criada no manda en la casa donde sirve, y menos cuando el dueño decide que la quiere cerca. Pero tampoco voy a fingir que sentí compasión cuando su nombre empezó a aparecer en las querellas de mi madre, en los papeles del abogado, en la boca de la gente del pueblo que bajaba la voz al decirlo delante de nosotras, como si bajar la voz evitara que lo oyéramos igual.
Y mi madre ganó. Se le concedió el divorcio pocos meses después de que la República lo legalizara, en 1932, y fue la primera mujer de todo el Almanzora en divorciarse. Con aquello no solo recuperó su libertad. Recuperó también el gobierno de lo que ya era suyo con su propio nombre y no detrás de la firma de mi padre. Ya no tuvo que pedir permiso a nadie para nada.
Y cuando la cosa se tranquilizó, mi padre tuvo a bien morirse. No estaba el cadáver frío cuando el abogado de mi madre nos avisó de que nos esperaban en la notaría de Albox. Aquel hombre, pausado hasta la exasperación, empezó a leer, y a mí me pareció que cada frase estaba pensada para que doliera exactamente donde más dolía.
A Rosa Gómez Ramírez le dejó el usufructo del tercio de libre disposición: las casas de la calle de las Eras, los muebles, la ropa, hasta el huerto de la calle de los Parrales. Trece años de buenos servicios, escribió, con esa manera suya de nombrar las cosas como si redactara un contrato de alquiler y no se despidiera de la mujer con la que compartió alcoba sus últimos años.
Y luego Isabel. A Isabel le dejó el tercio de mejora entero, y toda la propiedad de de lo que le había dejado en usufructo a Rosa mientras viviera. Isabel fue la única de nosotras que siguió yendo a verlo en aquellos últimos años, la única que se sentaba con él, que le llevaba noticias de la familia como quien lleva un recado sin tomar partido. Nunca renunció a mi madre, hay que decirlo en su favor. Pero tampoco renunció a la puerta de mi padre. Supo bailar a dos aguas mejor que nadie, y en el testamento le pagó exactamente esa habilidad: se convirtió, de golpe, en la hija predilecta, la que heredaría de verdad cuando Rosa muriera.
A Francisca, a Encarnación y a mí nos tocó la legítima estricta. Lo que la ley obliga a dejar y ni un real más. Así de exacto fue mi padre calculando el cariño: hasta el último céntimo, hasta la última fanega.
Porque hasta a los hombres que le llevarían el ataúd dejó estipulado pagarles con una fanega de trigo a cada uno, elegidos por Rosa, que además nombró albacea de toda su herencia. A los ocho hombres que lo cargarían hasta la fosa los recompensó mejor de lo que recompensó nunca a sus propias hijas, a las que jamás les dio ni un abrazo.
Hoy lo hemos enterrado como él quiso. Sin cura, sin misa, sin responsos, qué buena falta le hubieran hecho a algunos. Una fosa de tres metros, cavada según sus instrucciones, como si hasta la tierra tuviera que obedecerle una última vez. Y el ataúd —esto sí me hizo torcer la boca cuando lo supe— llevaba años esperándolo guardado en su propia fábrica. Fabricaba ataúdes para medio pueblo y se guardó el suyo, como quien se guarda el traje bueno para el domingo.
Rosa iba detrás del féretro, en el lugar que le hubiera correspondido a mi madre si las cosas hubieran sido de otra manera, con la cara compuesta y el paso lento de quien lleva trece años ensayando ese luto. Nadie la apartó de allí. Nadie se atrevió, o nadie quiso. Caminaba como la viuda verdadera, y en cierto modo lo era, aunque ningún papel de la Iglesia ni del juzgado lo dijera así. Isabel iba a su lado, como si representara las dos vidas del difunto a la vez.
Los cohetes los ha organizado Rosa, imagino, cumpliendo la voluntad del testamento con la misma diligencia con que cumplió trece años de servicios. Doce frente a la casa, sesenta hasta el cementerio. El pueblo entero se ha enterado de que Antonio Sánchez Jiménez se moría igual que se enteró, años atrás, de que tenía una amante bajo su propio techo y de que había echado a su mujer y a sus hijas a la calle un domingo de sol.
Mi madre no ha ido al entierro. No hacía falta que fuera, ese ya no era su lugar. Ya dijo todo lo que tenía que decir delante de la justicia, con cincuenta y dos testigos y un abogado que le cobró hasta el último céntimo de las 2.055,50 pesetas de aquella minuta, y lo dijo desde su casa propia, la de la calle Larga, que a nadie le debía y que nadie pudo quitarle. Yo sí he ido. Me he quedado detrás, lejos de Rosa y de Isabel y del resto de los vecinos, viendo cómo bajaban la caja que mi padre se había hecho a medida a aquel hoyo de tres metros. Que la tierra le sea leve.
No he llorado. Llevo tanto tiempo sin esperar nada de él que no me quedaban lágrimas guardadas para hoy. Solo me queda esta rabia seca, la misma que llevo desde aquel domingo en la calle del Romero, cuando entendí, ya con casi treinta años y ninguna inocencia que perder, que mi padre sabía organizar un entierro, una fábrica, una fortuna entera, y sin embargo nunca supo, o nunca quiso, hacernos un sitio a nosotras dentro de su cariño.
Guardo, eso sí, mi única verdad: que el día que me entierren a mí, nadie tendrá que preguntarse a quién quise de verdad.
Este relato se ha construido en los documentos que se han podido recuperar de la antigua Casa de Antonio Sánchez Giménez después de su venta, donde se guardaban de manera minuciosa, testamentos, resguardo de la querella criminal, documentos que avalaban préstamos, etc.