Don Francisco y el Terremoto de Partaloa
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Hay años que se quedan grabados con una nitidez especial, como esas fotografías que salen perfectas sin pretenderlo. Para mí, ese año fue el curso 1993-1994, segundo de Bachillerato en el Instituto Valle del Almanzora. Un centro pequeño —uno de los más pequeños de España, si le hacemos caso a quien llevaba la cuenta— encajado entre las sierras de los Filabres y de las Estancias, en ese rincón del mundo donde el tiempo parece ir a otra velocidad y la gente todavía se conoce por el mote del abuelo del abuelo.
Éramos pocos. Tan pocos que todos nos conocíamos demasiado bien: sabíamos quiénes eran los repetidores, quién había suspendido matemáticas por tercera vez y quién tenía novia en otro pueblo. Pero esa escasez de número generaba algo que ningún colegio grande puede fabricar artificialmente: un compañerismo de verdad, sin fisuras, de esos que resisten el paso de los años y la distancia. Éramos variopintos, procedíamos de una media docena de pueblos distintos de los alrededores y, sin embargo, funcionábamos como una tribu.
Mi aula era pequeña. Las mesas, de madera contrachapada verde con las iniciales de generaciones anteriores grabadas en los bordes, se distribuían en filas que obedecían a una lógica social tan precisa como cualquier norma escrita. En la primera fila, los empollones. Buenas personas, que conste. Gente que no solo hacía los ejercicios de inglés, sino que los dejaba circular por el aula con una generosidad que rozaba el altruismo, y que en los exámenes miraban para otro lado con una discreción que les honraba. Detrás de ellos, el resto del mundo. Es decir, nosotros.
Emilio ocupaba una de las mesas centrales, justo delante de María del Mar y de Elvira. Emilio era un repetidor, pero no de los que repiten porque no pueden: era de los que repiten porque el calendario escolar coincidía felizmente con la temporada de fútbol del instituto, y ese era un argumento de peso suficiente.
Detrás de él, María Dolores llevaba el pelo largo y castaño claro; Elena, negro como el azabache y cortado a la altura del cuello. Las dos, sin saberlo, protagonizaron uno de los episodios más célebres del curso, cortesía de Nicasio, hermano de María del Mar, que se sentaba justo detrás de su hermana.
Nicasio tenía una habilidad particular para sobrevivir a las clases aburridas. Su método consistía en coger un pelo suelto de su hermana y colocárselo disimuladamente a la compañera y viceversa. Era una actividad de una absurdidad tan perfecta que resultaba hipnótica: lenta, meticulosa, silenciosa. Se le pasaban así las horas muertas, con la concentración de un cirujano y la cara de póquer de un jugador de naipes. Juan Luis, que compartía pupitre con él, había llegado a normalizar aquella manía hasta el punto de no prestarle la menor atención.
Hasta que un día Nicasio se equivocó. Cogió el pelo que no estaba suelto.
La reacción de María del Mar fue inmediata y contundente: se giró en décimas de segundo y el guantazo que le soltó resonó en todo el aula. Juraría que también en el pasillo, y puede que llegara hasta la sala de profesores. Nicasio se quedó petrificado. Juan Luis se quedó con los ojos como platos. Y el resto de la clase, que hasta ese momento fingía atender a lo que fuera que estuvieran explicando, estalló en una carcajada colectiva que tardó varios minutos en apagarse. Fue uno de esos momentos que uno no olvida aunque quiera, de esos que años después siguen haciéndote reír cuando los recuerdas en esos momentos de soledad donde los recuerdos afloran con más facilidad.
En las últimas filas reinaban Pedro Miguel —al que todos llamábamos Peter sin que nadie recordara ya por qué— y Pedro Ll.. Estos dos guardaban siempre una baraja de cartas entre los libros de texto, lista para desplegarse en cuanto el profesor se acomodaba en su silla sin intención de moverse. Eran jugadores discretos y eficientes: sabían cuándo parar, cuándo esconder la baraja y cuándo fingir que estaban tomando apuntes. Una habilidad que, pensándolo bien, tiene más utilidad en la vida adulta de lo que parece.
Pedro Ll., sin embargo, tenía otro recurso cuando las clases de Lengua y Literatura se le hacían especialmente cuesta arriba. Ciertas desavenencias con Cristóbal —el profesor, hombre de carácter— derivaban a veces en una solución radical: la fuga. No una fuga dramática ni violenta, sino serena, casi poética. Pedro Ll. se escabullía y se quedaba bajo los árboles que había junto a la ventana del aula, en el patio. Y desde allí, con una naturalidad pasmosa, cantaba serenatas al Peter como si la ventana fuera un balcón de Verona y él llevara calzas y jubón. El Peter, dentro, hacía lo posible por no reírse. Cristóbal, supongo, hacía lo posible por no verlo.
El Carrillo y el Chirris —apodo este último que ha sobrevivido hasta hoy con más tenacidad que su portador— tenían su propio sistema de evasión. Aprovechaban la clase de Religión y la de Física y Química para desplegar un tablero de ajedrez de aquellos de "juegos reunidos", pequeño y plegable, discreto como un libro de bolsillo. Jugaban con parsimonia, con una seriedad que contrastaba con el contexto. Basta decir que el Chirris siempre le ganaba al Carrillo con la misma jugada, el mismo movimiento de fichas.
El profesor de Física, hay que decirlo, tampoco ponía demasiados obstáculos. Era hombre de múltiples talentos, entre los cuales la guitarra ocupaba un lugar preferente y la enseñanza de la física, uno más bien secundario. Cuando no tenía ganas de dar clase —que era con una frecuencia que habría alarmado a cualquier inspector de educación— sacaba el instrumento, ponía los pies encima de la mesa y se ponía a tocar. Los acordes melancólicos se mezclaban con el murmullo de las conversaciones y el suave clic de las piezas de ajedrez sobre el tablero de plástico. De química no supimos prácticamente nada ese año, aunque corría el rumor de que el hombre había encontrado motivaciones extracurriculares en forma de noviazgo con una chica del pueblo que, según se decía en los corrillos, contribuía generosamente a su economía doméstica, ya que este se lo gastaba todo en otros menesteres. Todo un personaje, también.
Ese mismo año llegaron al instituto dos alumnos de intercambio venidos de Estados Unidos, que se alojaban en casa de Antonio Mata. Del español aprendieron lo justo y necesario para sobrevivir en un pueblo del sureste español: un puñado de palabrotas seleccionadas con criterio y la técnica completa para tirar petardos. Esto último lo dominaban con una maestría que superaba con creces a la de cualquier local. Si alguien quería encontrar al Mata —que también había adquirido pronto el vicio— no tenía más que salir a la calle y dejarse guiar por el sonido de las explosiones. Como un GPS prehistórico, pero más fiable.
Segundo de Bachillerato trajo también las primeras asignaturas optativas, novedad del sistema educativo que a nosotros nos llegó con la misma sensación de que algo importante estaba cambiando. Una de esas optativas era Informática, impartida por Manolo, natural de Granada, que había llegado al pueblo unos años antes y había echado raíces con una muchacha mayor que nosotros de una familia muy querida del pueblo.
El primer día de clase nos plantamos ante los ordenadores con el entusiasmo de quienes se enfrentan a algo desconocido y poderoso, sabedores de que aquello era el futuro. Aquellos armatostes sin disco duro tenían un protocolo de arranque que hoy parece salido de las mismas cuevas de Altamira, pero que entonces resultaba por lo menos llamativo: había que introducir un disquete en la unidad A, esperar a que el cacharro rugiera y procesara, sacarlo una vez encendido e introducir otro con los programas, mientras en la unidad B colocabas el disquete donde ibas a guardar el trabajo. La mayoría de los programas no reconocían la tilde ni la ñ, por lo que hacía necesario que, a la hora de imprimir, tocaba repasar las carencias a mano con un lápiz para evitar malentendidos en los textos, porque no es lo mismo mono que moño, ni el bebé bebe leche con ansia.
Un puñado de alumnos vimos que aquello no era lo que esperábamos y que esos ordenadores eran más cacharros que otra cosa, por eso decidimos presentamos ante el jefe de estudios para pedir el cambio de asignatura. No nos dio opción y nos envió de cabeza a Hogar, con Mari Carmen, la profesora de Ciencias, una mujer de una bondad tan natural y tan sincera que imponía cariño en lugar de autoridad. Las clases eran, en resumen, un espectáculo difícil de resumir sin que se te escape la risa por el camino. Y en primera fila —aunque fuera repetidora— brillaba ella: carismática, graciosa, con un talento natural para contar historias que convertía cualquier anécdota en función de prime time.
Un día nos tuvo a todos enganchados con el último culebrón familiar. Su hermano, al parecer, había desarrollado una fijación inquietante con sus muñecas de la infancia. Las cambiaba de sitio, desaparecían por días, parecía que de repente tenían vida propia. Al principio era solo raro, pero pronto el asunto empezó a oler… mal. Literal y metafóricamente. Aparecieron lamparones en los vestiditos, algún ojo salido de sus órbitas. Silencio incómodo en clase. Miradas cruzadas. Risitas cómplices.
El clímax llegó el día en que lo sorprendió en la cama in fraganti con Wendolin (Wendi para las amigas), la joya de la corona de su colección. Y cómo lo contaba… con un nivel de detalle que parecía que lo estábamos viendo. La pobre Wendolin, mártir involuntaria de aquella historia, terminó sus días en la basura, con más dignidad que muchos personajes trágicos.
Y Mari Carmen, mientras tanto, escuchaba con una media sonrisa tranquila, como quien ya ha decidido que hay realidades que es mejor no remover demasiado… no vaya a ser que cobren vida también.
Pero si había un personaje que sobrevolaba todo aquel año con una presencia diferente, una gravedad distinta, ese era don Francisco el cura.
Llamarlo simplemente “el profesor de Religión” se quedaba corto, casi era hacerle un flaco favor. Don Francisco no era un profesor cualquiera: era toda una institución. Tal vez por su edad, o justamente gracias a ella, bastaba con verlo aparecer en la puerta del aula para que el murmullo se desvaneciera por sí solo, sin una sola palabra. No imponía miedo; imponía algo mucho más poderoso: respeto.
Había llegado a aquel pueblo mucho antes de que ninguno de nosotros naciera, y había visto nacer el instituto con sus propios ojos. Más que verlo nacer: había peleado por él. En sus primeros años de vida, el centro estuvo permanentemente amenazado de cierre por falta de alumnado. Don Francisco se tomó aquella amenaza como un asunto personal. Llegó a matricular a las monjas que aún quedaban en el convento de la Divina Infantita —imaginen la escena— y con su inseparable coche de dos caballos recorrió todos los pueblos de la comarca hablando con alcaldes, curas y cualquiera que pudiera sumar un alumno más a los registros. Hizo publicidad del instituto con la tenacidad de quien sabe que lo que está en juego es algo que no se puede recuperar si se pierde. Y lo consiguió.
En clase era un orador nato. Sabía cuándo bajar la voz para que todos aguantaran la respiración, cuándo hacer una pausa lo suficientemente larga para que la atención se tensara como una cuerda. Lo mejor, sin embargo, venía cuando alguien —por accidente o por cálculo— rozaba alguno de sus temas predilectos. Entonces don Francisco cerraba el libro de Religión, se encendía un pitillo y se lanzaba a territorios infinitamente más interesantes.
Cuando salía el nombre de Franco, don Francisco se venía arriba. En aquellos años, el Caudillo seguía siendo en su clase una figura de peso enorme, casi venerada. No era extraño que en más de un examen algún alumno sagaz desviara hábilmente una pregunta sobre los Evangelios hacia la cruzada contra los rojos en una comparativa llena de similitudes. El aprobado, en esos casos, estaba prácticamente garantizado. “Pedro, no te creas que porque me has nombrado a Franco en el examen vas a aprobar, pero bueno, que sepas que tienes un cinco...”. Era un truco que se transmitía de curso en curso con la misma fidelidad que las recetas de cocina.
Pero hubo un día en que de los labios de don Francisco salió una historia que ninguno de los que estábamos en aquella aula pudo olvidar y mantuvo nuestra atención casi sin pestañear en aquella hora de clase.
Fue más o menos al mediodía, después del recreo. Estábamos en clase cuando un temblor sacudió el edificio. Las mesas comenzaron a vibrar levemente; los cristales de las ventanas tintinearon. En el aula se hizo el silencio de golpe, a la vez que con cara de preocupación mirábamos a don Francisco para que nos dijera qué hacer a continuación.
Don Francisco no dudó. Con una voz que no era ni alta ni alarmante, sino simplemente firme como una pared bien construida, ordenó desalojar el aula de inmediato. Calmados, en orden, sin carreras. En cuestión de un minuto, el pasillo estaba lleno y el aula, vacía.
Una vez fuera, en el patio, comprobamos que la causa de aquel temblor había sido una retroexcavadora de Concasa —la empresa local de construcción— que estaba abriendo zanjas para una plantación de árboles en la parte trasera. Nada más. Un buen susto y nada más.
Regresamos al aula con esas risas que provocan el alivio de un miedo infundado,evitando un poco el ridículo que se siente cuando uno descubre que el peligro no existía y que fue la única clase que salió al patio. Don Francisco entró el último. Se sentó despacio en la silla del profesor. Sacó un cigarrillo, lo encendió, y durante unos segundos no dijo nada. Solo miraba, con esa mirada suya que parecía venir de muy lejos.
Luego empezó a hablar.
—Chicos, hoy no vamos a abrir el libro. Quiero contaros algo que viví yo mismo hace ya algunos años, unos cuantos antes de que hubierais nacido.
Hizo una pausa.
—El terremoto de Partaloa del 16 de marzo de 1972.
Sé que en esta clase hay alumnos de Partaloa, de Cantoria, de Oria, de Arboleas, Albanchez, Líjar... Que algunos de vuestros abuelos estuvieron allí esa noche. Este relato no os resultará indiferente.
Nadie dijo nada. Ni el Chirris ni Carrillo se atrevieron a sacar el tablero de ajedrez de la mochila. Pedro Miguel le dio un codazo a Pedro Ll. Para que atendiera. Hasta Nicasio mantuvo las manos quietas sobre la mesa.
—Era jueves —continuó don Francisco—. Una tarde lluviosa, aunque hacía la hora de los oficios, la lluvia ya había cesado. La iglesia estaba abarrotada; era como si el pueblo entero se hubiera concentrado allí dentro. El olor a incienso llenaba el aire, y solo se escuchaba el murmullo de las oraciones y el crujido de algún banco de madera.
Entonces ocurrió.
Primero, un temblor sordo, como un rugido que venía de las entrañas de la tierra. Después, el suelo comenzó a ondularse bajo nuestros pies, como si fuera un flan que acabamos de sacar del horno. Las cristaleras se rajaron con un estruendo agudo; la torre crujió como un árbol viejo a punto de partirse. Los feligreses me miraban aterrados. Vi niños agarrados de la mano de sus madres, ancianos persignándose a toda prisa, jóvenes con la boca abierta sin entender qué estaba pasando.
No lo dudé. Aceleré los rezos, di la bendición final y grité: "¡Todos fuera, rápido!" En cuestión de minutos, la iglesia quedó vacía.
—¿Y no murió nadie, padre? —interrumpió uno de los alumnos, con la boca entreabierta.
—Ni una sola víctima —respondió don Francisco—. Ni siquiera un herido grave. Y creedme: eso fue un milagro. Porque horas después la torre y el techo de la iglesia terminaron viniéndose abajo. Si hubiésemos permanecido dentro unos minutos más, habría sido una tragedia sin nombre.
Nos quedamos en la plaza del Ayuntamiento. El aire olía todavía a lluvia. Y entonces llegó el segundo temblor. Las nueve y media de la noche. El suelo se agitó con violencia, las paredes de las casas retumbaban, las farolas se apagaron y todo quedó a oscuras. El pueblo entero sin luz, sin agua, sin teléfonos.
Lo recuerdo como si fuera ahora: gritos por todas partes, llantos de niños, mujeres abrazándose, hombres mirando al cielo con el rostro desencajado. El polvo de los derrumbes formaba una nube que se mezclaba con el olor de la tierra mojada. Se oía el crujido de las tejas al caer, de las tapias que se abrían en grietas.
La voz de don Francisco era completamente distinta a la de siempre. No era la voz del orador, ni la del profesor. Era la voz de alguien que está viendo algo mientras habla.
—Un bebé —continuó— salvó su vida de manera que nadie supo explicar: su cuna quedó atrapada entre ladrillos caídos, pero ninguno había tocado al pequeño. Lo encontraron intacto, dormido casi. Aquello nos dio esperanza en medio de todo.
—¿Y dónde durmió la gente esa noche? —preguntó una alumna de Albanchez, con los ojos brillantes.
—Al principio, al raso. Las casas estaban tan dañadas que nadie quiso regresar a dormir bajo techo esa noche. Se encendieron hogueras en la carretera, en las eras, en la plaza. Algunos se envolvían en mantas, otros compartían un trozo de pan o un café caliente. Las réplicas no daban tregua: otra sacudida a medianoche, otra a las cinco de la mañana, otra al día siguiente por la tarde. El miedo se metía en los huesos y el silencio de la madrugada solo lo rompía el llanto de los niños o el chisporroteo de las hogueras.
Luego llegaron las ayudas. Los jóvenes de la OJE de Albox fueron los primeros en instalar tiendas de campaña de lona gruesa, diecisiete en total que se pusieron en varias eras y en el campo de fútbol. La Diputación de Almería mandó semanas después casas móviles que se colocaron en Retamar, un paraje cercano que apenas había sufrido daños. Allí nació un pequeño poblado provisional. Y Cáritas Parroquial de Cantoria se ofreció a hacerse cargo del coste de todos los medicamentos que se necesitaran, horas después de la catástrofe.
Llegaron coches y autocares de pueblos vecinos para evacuar a las personas mas vulnerables, muchos se fueron a casas de familiares, los enfermos a Cantoria y los niños al colegio de Olula del Río. Casi 100 personas salieron de Partaloa en los días siguientes.
La prensa se hacía eco diariamente de lo sucedido y en Almería no se hablaba de otra cosa, se seguían las noticias con verdadera expectación.
El centro del pueblo presentaba una imagen desoladora: bancos de iglesia rotos, confesionarios amontonados, retablos caídos. Solo una casa frente al templo, recién construida y muy sólida, quedó intacta. Sus dueños permitieron instalar allí el sagrario y levantar una pequeña capilla improvisada, donde durante meses se celebraron todos los sacramentos: bautizos, bodas, comuniones, funerales.
—¿Y la iglesia? —preguntó un alumno de Oria.
—La iglesia antigua no tenía remedio. La techumbre y la torre se desplomaron, llevándose incluso la única cabina de teléfonos del pueblo. Hubo que demolerla entera.
Don Francisco hizo una pausa larga.
—Quizá eso fue lo que más dolió al pueblo. Ver cómo demolían su iglesia, el lugar donde se habían casado, donde los habían bautizado, donde habían despedido a sus muertos. Antes de que ocurriera, un grupo de jóvenes valientes se metió dentro, entre los escombros, para salvar los cálices, la cruz parroquial, la imagen del patrón San Antonio. Un templo que se había levantado con dinero de todos, mediante rifas y funciones de teatro. No podían dejarlo morir sin salvarlo.
Un alumno, de los más callados de la clase, levantó la mano casi con timidez.
—Padre, ¿usted tuvo miedo?
Don Francisco se quedó en silencio unos segundos. El cigarrillo se había consumido entre sus dedos.
—Sí —dijo finalmente—. Claro que tuve miedo. Miedo de verdad. El suelo temblaba bajo mis pies, las paredes se resquebrajaban, y durante un momento pensé que todo se venía abajo. Pero ese miedo no me paralizó. Me recordó mi responsabilidad. La gente buscaba en mí consuelo y seguridad, y eso no era algo que pudiera negarles.
Hizo otra pausa.
—El Domingo de Ramos, diez días después, celebré la primera misa tras el terremoto. Fue en un salón que los maestros ofrecieron generosamente. Se quedó pequeño enseguida: más de la mitad del pueblo siguió la celebración desde la calle, a través de los ventanales. Caía una llovizna ligera, pero nadie se movió. Cuando llegó el momento de la Consagración, muchos se arrodillaron directamente sobre el barro, sin importarles el frío ni la humedad.
Les dije que lo que estaba viviendo Partaloa se parecía a la Semana Santa: un pueblo que había conocido tiempos de bienestar y que ahora atravesaba su propio Viernes Santo. Pero que, como en la Pasión, tras el sufrimiento llega la Resurrección.
Fue entonces cuando vi brotar lágrimas de ojos que jamás había visto llorar.
Silencio en el aula.
—¿Sabe lo que nunca olvidaré? —continuó don Francisco, mirando a ningún punto concreto—. La solidaridad. El alcalde, Fermín Moreno, un hombre ya mayor, partió patas de jamón y encargó pan para que nadie se quedara sin comer. Los vecinos se ayudaban unos a otros a sacar enseres, a limpiar escombros. La Guardia Civil coordinó la evacuación de los enfermos y de los ancianos a los pueblos vecinos. Nadie se quedó solo. Ni uno.
Las autoridades, tanto provinciales como estatales, pusieron sobre la mesa una solución que, sobre el papel, parecía ideal: repartir a la población entre los nuevos pueblos de colonización que estaban surgiendo en el poniente y en el Saltador de Huércal Overa. Ofrecían casas nuevas, con todas las comodidades, y tierras para trabajar.
Pero la propuesta no convenció a casi nadie.
La gente del pueblo vivía de lo suyo, de la agricultura, y sus tierras —las de siempre— seguían intactas, en plena producción. El terremoto no las había tocado. Marcharse significaba renunciar a todo eso para empezar desde cero: plantar de nuevo, cuidar terrenos que llevaban años baldíos y esperar, quién sabe cuánto tiempo, a que volvieran a dar fruto.
Y eso, por muchas ventajas que prometieran, era un precio demasiado alto.
Y ocurrió además algo que jamás he entendido del todo, pero que nunca he olvidado: a pesar de haberlo perdido casi todo, Partaloa siguió siendo con los demás, como si ellos no tuvieran ya bastante, siendo ese año el pueblo que más aceite donó a la recolecta que organizaban anualmente las monjas de la Divina Infantita para los más necesitados. Los que menos tenían seguían siendo los que más daban. —Hizo una pausa pequeña—. Ahí hay algo, chicos. Ahí hay algo que los libros no enseñan.
Yo subía todos los días para ayudar, ver si había algún enfermo que necesitara mi ayuda, y todos me preguntaban lo mismo: cuándo iban a llegar las casas nuevas. Yo procuraba animarles diciendo que yo he dormido muchas veces bajo esas tiendas en los campamentos juveniles y que la primera noche me resultaba duro, pero a la tercera se me antojaba la cama de un hotel de primera. Sin embargo, ellos me contestaban que eso era de joven, porque ellos ya eran viejos y no entraban en calor de ninguna manera.
Con el tiempo llegaron las cincuenta casas prefabricadas para los damnificados, y el pueblo fue una fiesta el día que llegaron, olvidando por unas horas que un mes antes habían estado a punto de quedarse sin nada. Poco a poco se reconstruyeron las casas, se restablecieron los servicios, se levantó la iglesia nueva. La vida volvió poco a poco a parecerse a lo que había sido.
En ese momento sonó el timbre.
Pero nadie se movió. Nadie empezó a recoger los libros ni a guardar los estuches. Nos quedamos donde estábamos, en silencio, como si levantarnos fuera interrumpir algo.
Fue una alumna, finalmente, quien habló:
—Entonces, padre, ¿qué deberíamos aprender nosotros de lo que usted vivió?
Don Francisco la miró despacio. Luego nos miró a todos, uno por uno, con esa mirada que venía de lejos.
—Que somos pequeños —dijo—. Pero juntos somos fuertes. Y que incluso en medio del miedo y de la ruina, siempre hay lugar para la esperanza. Esa fue la verdadera enseñanza de Partaloa.
Han pasado más de treinta años desde aquella tarde. Algunos de los que estábamos en aquella aula nos hemos dispersado por el mundo y otros nos hemos quedado cerca; algunos se han hecho mayores de una manera u otra, y a alguno la vida le ha sacudido con una fuerza que no esperaba.
Pero cuando el suelo tiembla —aunque sea solo un camión que pasa demasiado cerca, o una puerta que se cierra de golpe— a veces me viene la imagen de don Francisco sentado en aquella silla, con el cigarrillo apagado entre los dedos y la voz de quien ha visto cosas que no se olvidan. Y me acuerdo de Partaloa. De las hogueras en la carretera. Del bebé dormido entre los escombros. De la gente arrodillada en el barro bajo la llovizna del Domingo de Ramos.
Y pienso que quizá la educación más importante que recibimos aquel año no estaba en ningún libro de texto. Estaba en esa tarde en que un hombre mayor nos contó, sin dramatismos ni adornos, lo que significa sostenerse cuando todo tiembla.