Amores que matan
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Hay crímenes que sacuden a un pueblo entero y luego se hunden en el olvido, sepultados bajo el polvo de los años y el silencio de quienes los vivieron. Este es uno de ellos. Ocurrió en Cantoria, una villa de la sierra de los Filabres, en el otoño de 1921, cuando España era todavía un país de campos yermos, tabernas con humo y honras que se medían a cuchillo.
No era un mundo en el que las pasiones se disimularan con elegancia. Se vivía de cara al sol y al vecino, y lo que uno hacía por la mañana lo sabía el pueblo entero antes del mediodía. En ese caldo de habladurías y miradas, Atanasia Fernández, mujer casada y de carácter recio, mantenía amores furtivos con un hombre al que todos conocían por el Forrogas. Nada que no hubiera ocurrido antes en cualquier otro lugar e incluso en este. Nada que no fuera, en el fondo, tan viejo como el deseo y tan frágil como el secreto.
Pero los secretos, en los pueblos pequeños, tienen las patas muy cortas. Y cuando este salió a la luz, Atanasia no se miró a sí misma: miró a otro. Buscó un culpable con nombre y apellidos, y lo encontró en el hombre más inocente de toda la historia. Pedro García Gea pagó con su vida el haber pasado por el lugar equivocado en el momento equivocado.
El romancero llegó a Cantoria aquel mismo año, como venía haciendo desde hacía ya más de una década. La Feria de Ganado era una cita fija en su calendario de andariego: montaba su pequeño espectáculo, desplegaba los pliegos, afinaba la voz y durante unos días vivía del asombro ajeno, que es el oficio más antiguo del mundo después del de labrar la tierra. Conocía el pueblo como la palma de su mano, y el pueblo lo conocía a él. En especial los dueños de la pensión de la plaza, con quienes le unía ya esa amistad callada y sólida que solo dan los años y las posadas compartidas.
Fue precisamente el dueño de la pensión, la primera noche, mientras cenaban juntos en la cocina, quien le puso al tanto de lo ocurrido. Lo hizo con esa mezcla de espanto y fascinación con que la gente de los pueblos habla de sus propias desgracias: bajando la voz, mirando de reojo la puerta, eligiendo las palabras como quien camina sobre terreno mojado. El crimen había ocurrido unos meses atrás, en octubre, y Cantoria seguía sin reponerse del todo. Había familias que no se hablaban, vecinos que cambiaban de acera, y un silencio raro que se posaba sobre las conversaciones cada vez que alguien mentaba el nombre de Pedro García.
El cantor escuchó sin interrumpir. Pidió más detalles. Preguntó por los lugares, por las personas, por el orden en que habían sucedido las cosas. Cuando el dueño terminó, ya sabía que aquella historia no podía quedarse entre las cuatro paredes de una pensión. De todo aquello hizo lo que los de su oficio llevan siglos haciendo: un romance. Uno de esos que se cantan en las ferias para que la gente se detenga, escuche, y recuerde que la vida, a veces, es más atroz que cualquier cuento.
Señores, señoras, vayan acercándose, que lo que tengo que contarles esta tarde bien merece que se paren un momento.
Soy cantor de romances, de los que van de feria en feria con la voz por todo caudal y los pies por toda hacienda. Llevo más años recorriendo esta tierra de Dios que algunos de ustedes tienen de vida. He estado en Vélez, en Huéscar, en Lorca, en Guadix, y cada año, cuando llega la Feria de Ganado de Cantoria, allá me planto yo también con mi atril y mis pliegos.
Este año fui como siempre. Llegué con el polvo del camino en los zapatos y las ganas de un buen puchero, y me fui derecho a la pensión de la plaza, que los dueños ya me conocen de tanto año, y yo a ellos, y allí me tienen como si fuera de la familia.
Pues bien, señores. Esa primera noche, mientras cenábamos los dos en la cocina, el dueño se quedó callado un momento, me miró y me dijo: ¿Sabes lo que ha pasado aquí este año? Y yo le dije que no, que venía de lejos y no sabía nada. Y él, bajando la voz como si las paredes pudieran oír, me fue contando.
Me contó lo de Atanasia. Lo del Forrogas. Lo del pobre Pedro García, que estaba en la puerta de su casa como cualquier otro día y se encontró con la muerte vestida de mujer y con un puñal escondido entre las faldas. Me lo contó todo: los amores por el camino del Faz, la amenaza, el chisme que corrió por el pueblo, el marido que se enteró y el crimen a plena luz, delante de los vecinos, con la esposa del muerto adentro acunando al niño.
Me dijo que Cantoria todavía no había levantado la cabeza. Que había familias que no se hablaban. Que el nombre de Pedro García pesaba en el aire como una piedra.
Yo lo escuché todo sin decir esta boca es mía. Y cuando terminó, le pregunté por los lugares, por las personas, por cómo fue una cosa y cómo fue la otra. Y aquella noche, antes de dormirme, ya tenía el romance en la cabeza.
Porque eso es lo que hacemos los de mi oficio, señores: para que las cosas no se pierdan. Para que lo que le pasó a ese hombre no quede enterrado en el olvido. Para que ustedes, que no estaban allí, sepan lo que pasó y saquen sus propias conclusiones.
Y ahora, si se arriman un poco más y dejan de mirar el ganado un momento, se lo voy a contar. Que la historia lo merece y el muerto también.
¡Aquí, aquí, lleguen, lleguen!
¡Que no les cuesta más que un momento y una perra chica!
¡Acérquense, señoras, no se aparten, caballeros,
que lo que voy a contarles esta tarde
no lo van a escuchar en ningún otro sitio!
¡Un crimen, un crimen verdadero!
¡De esos que ponen los pelos de punta
y que le hacen a uno pensar en lo que es capaz el corazón humano
cuando el amor se tuerce y el orgullo se envalentona!
¡Ocurrió en Cantoria, que no está lejos,
que hay quien aquí lo conoce y quien aquí tiene familia allá!
¡Una mujer, un puñal, y un hombre muerto en la puerta de su casa,
delante de su vecinos, a plena luz del día!
¡Y todo por unos amores que no debían ser,
por una honra que ella decía defender
y que tenía abandonada entre los ribazos del río!
¡Lleguen, lleguen, que empiezo ya!
¡El que quiera escuchar, que se arrime.
El que no quiera, que se aparte,
que para cobardes no es esta historia!
Óiganme, buenas personas,
lo que voy a relatar,
que es un caso de los que hacen
a cualquiera reflexionar.
En Cantoria ocurrió,
pueblo de la sierra honrada,
un crimen de esos que quedan
grabados en la memoria.
Escúchenme, caballeros,
señoras, pongan atención,
que traigo en la punta lengua
una triste relación.
Atanasia la llamaban,
treinta y cuatro años cumplidos,
mujer de sangre caliente
aunque casada y con marido.
Tenía los ojos de fuego,
la palabra muy contada,
pero el corazón inquieto
y el alma mal sosegada.
Andaba con el Forrogas,
hombre de mala ralea,
casado también el hombre,
que en esto la vida es fea.
Por el camino del Faz
los amantes se encontraban,
entre bancales y ribazos
sus amores se entregaban.
Escúchenme, caballeros,
señoras, pongan atención,
que traigo en la punta lengua
una triste relación.
Un día de otoño claro,
cuando el cielo estaba en calma,
pasó por allí un buen hombre,
Pedro García del alma.
Pedro García se llamaba,
hombre honrado y trabajador,
y vio lo que no debía:
aquel lance de deshonor.
El Forrogas, muy resuelto,
se encaró con Pedro entonces:
—Si hablas lo que has visto aquí
te juro que te lo cobro.
Pedro calló como un muerto,
que no era hombre de pendencias,
se fue por donde había venido
guardando bien sus prudencias.
Escúchenme, caballeros,
señoras, pongan atención,
que traigo en la punta lengua
una triste relación.
Mas los amantes, confiados,
siguieron con sus devaneos,
sin mirar quién los miraba
ni calcular sus andanzas.
Y el chisme, como el viento corre,
voló de boca en boca,
lo dijeron en la taberna,
lo rezaron toca a toca.
Las vecinas en el río,
las viejas por los portales,
lo murmuraron despacio
con su falsa y triste piedad.
Y el marido de Atanasia
supo al fin la amarga historia,
y la llamó con palabras
que manchaban su memoria.
Escúchenme, caballeros,
señoras, pongan atención,
que traigo en la punta lengua
una triste relación.
—¡Infiel! ¡Infame! —le gritaba—
¡Has puesto en el suelo mi honra!
Y ella, que no se humillaba,
buscó al culpable su cólera.
—Ha sido Pedro —pensaba—,
ese que juró callar,
ese traidor a su palabra
que me ha puesto a señalar.
Cogió un puñal reluciente,
lo escondió entre sus ropones,
y caminó hacia la plaza
con el pecho en brasas vivas.
En la calle de San Antón
halló a Pedro en su portal,
que la saludó tranquilo
sin ver venir tanto mal.
Escúchenme, caballeros,
señoras, pongan atención,
que traigo en la punta lengua
una triste relación.
—¡Tú me has perdido! —le dijo—,
¡tú que juraste callar!
¡Retráctate aquí en la calle
o te vas a arrepentir!
Pedro quiso defenderse,
Pedro quiso razonar,
pero el puñal de Atanasia
no le dio tiempo a explicar.
—¡Toma, pa que no hables más!
—gritó con voz de tronada,
y el acero entró en el pecho
como cuchillo en el agua.
Pedro cayó sin un grito,
Pedro murió en el momento,
ante los ojos de los vecinos,
que miraba con tormento.
Escúchenme, caballeros,
señoras, pongan atención,
que traigo en la punta lengua
una triste relación.
Vino el médico don Antonio,
llegó tarde, ya sin prisa,
que cuando el alma se ha ido
no hay remedio que la traiga.
Y en la casa de la víctima,
la esposa, sin saber nada,
acunaba al niño tierno
con voz quedita y pausada.
Cuando le dieron la nueva
se le cayó la criatura,
que la impresión fue tan grande
como la desgracia oscura.
Veintisiete de octubre,
año de mil novecientos
veintiuno corría el tiempo
bajo aquellos firmamentos.
Escúchenme, caballeros,
señoras, pongan atención,
que traigo en la punta lengua
una triste relación.
Al principio la gente dijo:
—Defendía su honra, es claro.
Mas luego supieron todos
que ese honor le salió caro.
Porque el honor que ella alegaba
entre los ribazos quedó,
retozando con el Forrogas
mientras Pedro se murió.
Señoras y caballeros,
esto es lo que aconteció
en Cantoria la serrana
donde el crimen se firmó.
Aprended de Atanasia,
de su puñal y su amor,
que los amores prohibidos
acaban siempre en dolor.
Y aquí termino el romance,
que la voz ya se me gasta,
el que quiera más historias
que eche una moneda en la cesta.
Señoras, señores, aquí termina por hoy el romancero. Han sido ustedes un público de los buenos, de los que escuchan con el alma y no solo con los oídos, y eso un hombre como yo lo agradece más de lo que sabe decir.
Me voy mañana, que el camino llama y los pies no entienden de descanso. Tengo aún Albox por delante, y luego Dios dirá. Pero el año que viene, si Dios quiere y el cuerpo aguanta, aquí estaré otra vez. Busquen este rincón, que yo procuraré encontrarlo. Y traeré historias nuevas, que la vida, desgraciadamente, no deja de darlas.
Y si entre tanto les ocurre algo que merezca contarse, ya saben dónde encontrarme. Que para eso estamos los cantores: para que lo que pasa no se pierda, y para que los que ya no están sigan teniendo voz aunque sea la nuestra.
Que les vaya bien. Que el año venga con salud y con pan. Y que cuando vuelva a Baza, me encuentre a todos ustedes con más años y mejores ganas de escuchar.
Hasta la próxima feria.
Cien años largos han pasado desde aquella mañana de octubre en que Pedro García cayó en la puerta de su casa sin haber hecho nada. Y sin embargo, la historia de Atanasia y el Forrogas no ha envejecido tanto como cabría esperar. Cambian los nombres, cambian los pueblos, cambia la ropa que se lleva. Lo que no cambia es la condición humana cuando el deseo choca con el orgullo y el orgullo busca una salida que no pasa por mirarse al espejo.
Porque eso es, en el fondo, lo que esta historia tiene de universal: la verdadera víctima no fue quien tenía algo que esconder, sino quien no tenía nada que ver. Pedro no habló, no juzgó, no traicionó. Pasó por el lugar equivocado en el momento equivocado, calló por prudencia y aun así fue quien pagó el precio más alto. Atanasia necesitaba un culpable para no verse a sí misma, y lo encontró en el más inocente de todos.
La honra que ella dijo defender a cuchillo era una honra que llevaba tiempo abandonada entre los ribazos del río. La violencia no fue un acto de justicia, sino el gesto desesperado de quien no soporta verse expuesta y busca en el daño ajeno una salida que no existe. Y el pueblo, con sus lavaderos y sus tabernas y sus portales, no mató a nadie, pero puso en marcha, con cada cuchicheo, la cadena que llevó a la tragedia.
Los amores construidos sobre el engaño, la amenaza y el secreto no liberan a nadie. Atrapan. Y cuando se desmoronan, rara vez se llevan solo a quienes los protagonizaron.
De todo esto nos habla este romance. De la hipocresía disfrazada de honra, de la violencia disfrazada de justicia y de un hombre sencillo y trabajador cuyo único error fue pasar por un camino un día de otoño claro. Para que no se olvide su nombre: Pedro García Gea, Cantoria, 27 de octubre de 1921.