Mi hermano me ha dicho que la cabra no la venda
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Tú, Encarnación. Tú, la Sordilla. La que nunca oyó el mundo con los oídos y sin embargo lo entendió mejor que nadie.
Naciste por 1910 en Los Cerricos, una cortijada de Oria donde la tierra era tan dura como las manos que la trabajaban y los silencios tan hondos que casi se podían tocar. El sonido no te tocó a ti, ni a tu padre antes que a ti. Pero eso, que a otros les hubiera pesado como una losa, en ti fue casi una elección: escogiste escuchar lo que los demás no sabían oír.
Cuando la guerra lo rompió todo, tus padres fueron a parar a la cárcel de El Ingenio, en Almería, por no delatar al hijo que tenían escondido en una cueva para evitar que se lo llevaran al frente. No lo entregaron. Y en El Ingenio apenas les daban de comer. Si los familiares no les llevaban comida, se morían de hambre. Así de simple y así de cruel. Y tú, que eras joven y que no tenías por qué hacerlo, cogiste el miedo, lo apretaste bien apretado, lo metiste en el zurrón junto con lo que encontraste para llevarles de comer, y echaste a andar. A pie. Sola. Ciento veinte kilómetros de ida por caminos que olían a pólvora y a hambre. Noche en alguna fonda de confianza o al raso entre piedras y lentiscos. A veces, algún alma caritativa te subía a su vehículo y te ahorraba un trecho; pero solo a veces. Y tú, vuelta a empezar. Una vez y otra. Sin queja. Sin ruido.
En el cortijo te quedaste tú al cargo de todo: los hermanos pequeños, los bancales, los animales, tu silencio. La guerra se fue comiendo los años, tú ibas y venías entre soldados y controles con la serenidad de quien sabe que no tiene tiempo que perder en el miedo.
Después de la guerra, cuando tus padres salieron de la cárcel, cansados y marcados, tu hermano ya había salido de su escondite y se había marchado a Cantoria con su mujer. Decidisteis dejar Los Cerricos y os instalasteis también en este pueblo, para que toda la familia estuviese unida. Cambiaste el silencio del monte por el rumor del tren que pasaba frente a la cortijada de Tomácar, donde elegiste quedarte. Y allí echaste raíces, tú y tus cabras, tú y tus novelas de amor y del Oeste, tú y esas galletas de coco que olían a gloria bendita.
Sabías leer y escribir con una letra redondica, muy clara, como si las palabras quisieran portarse bien contigo. Y cuando llegó la tele a Tomácar, antes que la electricidad, los vecinos se las apañaron para conectarla a baterías de coche, y funcionaba, vaya si funcionaba. Te emocionabas con las series igual que si oyeras cada suspiro, cada portazo, cada declaración de amor. Leías los labios, interpretabas los gestos, y lo juro, Encarnación, parecía que escuchabas con los ojos. Tenías esa manera tuya de quedarte mirando a alguien y saber lo que no decía. Eso no se aprende. Eso se trae puesto desde el principio.
Te sentabas a veces en los raíles a leer, con el libro abierto en las rodillas y las cabras pastando a tu alrededor, tan tranquilas como tú. Un día salí corriendo hacia ti con el alma en un puño: "¡Encarnación, que viene el tren!". Y tú, sin inmutarte, con los ojos todavía en la página, me miraste y dijiste, tan serena: "Espérate, niñico, que se están casando." Sabías exactamente cuándo llegaba el tren por la vibración de las vías. Más lista que el hambre, decía mi tía. Y tenía razón.
Hubo un tiempo en que unos obreros de cantera vinieron de Almería a trabajar en la cantera que había junto al cementerio. Tú te encargabas de ponerles la comida, y ellos se hospedaban en las fondas de Cantoria. Todos menos uno. Ese se quedó en tu cortijo, en un dormitorio que le alquilaste, y cuando los demás volvían a la capital los fines de semana, él se quedaba.
No sabemos qué pasó entre vosotros, ni hace falta saberlo. Lo que sí sabemos es que llegaste a consultarlo con tus hermanos, que te animaron a que siguieras adelante. Algo hubo, Encarnación. Algo que mereció la pena consultar, algo que te hizo dudar de la misma manera que te hizo ilusionarte. Y sin embargo no prosperó. Quizás porque él era de otra tierra y seguir con él hubiera significado alejarte de la tuya, de tu familia, de Tomácar, de tus cabras, de ese bancalillo donde tomabas el sol. Quizás porque hay raíces que pesan más que los deseos, y tú lo sabías mejor que nadie. O quizás hubo otra razón que se quedó entre los dos y que nadie supo nunca. El caso es que aquel hombre se fue y tú te quedaste. Y no dijiste nada.
Por eso, cuando años después aquel viudo del pueblo vino a proponerte relaciones, ya sabías muy bien lo que querías y lo que no. Buscaba una mujer que le criara los hijos, claro está, que eso era lo que buscaban entonces. Te soltó todo el discurso: que me acabo de quedar viudo, que si tú estás soltera, que si estamos solos, que si tú eres una buena mujer, que si podríamos empezar una vida juntos. Tú lo dejaste hablar. Lo dejaste vaciarse entero. Y cuando ya terminó, cuando ya no le quedaba argumento alguno, sin mirarlo apenas, le dijiste: "Mi hermano me ha dicho que la cabra no la venda." El pobre se dio media vuelta y se fue con el rabo entre las piernas. Que te hagas la sorda cuando te conviene, Encarnación, eso sí que es un arte.
Pero hay otra historia que no puedo dejar sin contar, porque en ella estuviste tú y porque dice mucho de cómo era la vida en aquellos pagos. Una noche le robaron a tu hermano José unas ovejas. Así, sin más. Amanecieron menos en el rebaño y nadie había visto ni oído nada. Un conocido le dijo que en Vera había una mujer, María la Venena, vidente y sanadora, de esas que saben lo que los demás no pueden saber. Y José, que no tenía coche ni manera fácil de llegar, cuando buscó combinación y la encontró, te llevó a ti. Porque José iba a muchos sitios contigo, Encarnación, y tú a muchos con él.
Llegasteis a casa de María. Ella puso una sartén con agua y unas sales, y os pidió que os acercarais, porque ella no conocía Cantoria ni sus cortijos ni sus gentes. Los dos os inclinasteis sobre la sartén. Y entonces, en el agua, empezó a formarse una imagen: un cortijo. José lo reconoció de inmediato. La explanada de un cortijo del Marchal, a unos veinte minutos de Tomácar. Supo de inmediato quién vivía allí. Supo quién le había robado. De aquella sartén con agua salió la respuesta que la guardia civil no le había dado.
Al día siguiente, José fue al pago del Marchal y se hizo el encontradizo con el pastor. Lo saludó con naturalidad, como si pasara por allí de casualidad, y los dos se pusieron a hablar de lo que se habla cuando no se quiere hablar de nada: el tiempo, los animales, las cuatro cosas de siempre. Y en un momento dado, sin cambiar el tono ni el gesto, José emitió su silbido. Ese silbido suyo que sus animales conocían tan bien, que habían aprendido desde crías, que reconocerían entre mil. Y entonces vio cómo unas ovejas se separaban del rebaño del otro y se fueron acercando a él, paso a paso, como si volvieran a casa. Porque volvían a casa. El pastor no dijo nada. No había nada que decir. Su cara de vergüenza lo decía todo. Y José recogió lo suyo y se fue sin más.
Tú estabas en aquel viaje, Encarnación. Y me pregunto qué verías tú en esa sartén, qué leerías en la cara de María la Venena, qué entendiste de todo aquello sin que nadie te lo explicara. Seguramente más que ninguno.
Y luego está la tarde aquella de verano que no me canso de agradecer. Decidiste hacer limpieza de libros en el cortijo, como quien decide hacer limpieza de cualquier otra cosa, sin darle más vueltas. Hiciste una pila en el bancalillo que había entre tu cortijo y el de tu cuñada Concha, y te dispusiste a quemarlos. Cuando vi lo que ibas a hacer, salí corriendo y te pedí que no los quemaras, que yo me quedaba con ellos. Me miraste un momento, te encogiste de hombros con esa generosidad tuya tan de andar por casa, y me los diste todos.
Así empecé yo a construir mi biblioteca.
Entre aquellos libros había uno que tardé en entender lo que tenía entre las manos. Se llamaba Luchana, y era de Benito Pérez Galdós. Una primera edición. Con un sello del propio autor. Un libro con más de ciento veinte años encima que había llegado no sé cómo hasta un cortijo de Tomácar, hasta tu estantería, hasta esa pila que ibas a prender fuego una tarde de verano. Tú no lo quemaste porque yo te lo pedí. Y yo te lo pedí porque tuve la suerte de llegar a tiempo. Cuántas cosas se habrán perdido sin que nadie llegara a tiempo.
Desayunabas un vasico de vino con sopas de pan. Cada mañana, sin faltar una. Y viviste más de noventa años con el cuerpo firme, la mente clara y el corazón grande. Noventa años en los que cargaste con la guerra ajena, con el miedo ajeno, sin perder nunca la calma ni esa media sonrisa tuya que era a la vez un escudo y una bienvenida.
Yo era un crío, sobrino de tu cuñada Concha y de tu hermano José, cuyo cortijo estaba pegado al tuyo. Cada vez que pasaba unos días allí, tú aparecías con una sonrisa de oreja a oreja y un paquete de galletas de coco en la mano. Todavía las huelo, Encarnación. Todavía las huelo cuando paso por la puerta de tu cortijo.
Nunca oí tu voz en tono alto. Pero eras capaz de leerte el corazón a cualquiera. Y el mío, cada vez que te veía llegar, se ponía contento.
Tú, Encarnación. La Sordilla. La que escuchó todo lo que importaba sin necesitar el sonido. La que anduvo ciento veinte kilómetros para llevarles un pedazo de pan a sus padres en la cárcel. La que se quedó sola al cargo de todo sin quejarse jamás. La que supo cuándo venía el tren por las vibraciones de la tierra. La que se hizo la sorda de verdad cuando le vino en gana y entendió todo lo demás sin que nadie se lo dijera. La que fue a Vera a buscar lo que la justicia no encontró. La que salvó sin saberlo un libro de más de cien años.
Mujer de otro tiempo, sí. Pero también de todos los tiempos.
Y ¿por qué no?, de los tiempos que vienen.
Isabel Quiles
Josefina Quiles
Juan Pedro Carrillo