Mi Feria de Noviembre
Basado en los testimonios y experiencias de Antonio Berbel Fernández
Basado en los testimonios y experiencias de Antonio Berbel Fernández
El frío de las cinco de la mañana no perdona en Cantoria cuando noviembre ya lleva veintitrés días encima. Me levanté antes de que cantase el primer gallo, me até las botas con los dedos todavía torpes y salí a la calle con el aliento haciéndose vapor en la oscuridad. La feria llevaba ya varios días montada, pero cada mañana era igual: había que madrugar más que los Calzas, que eran tratantes venidos del norte, si uno quería hacer algo de provecho. Y los Calzas madrugaban mucho para buscar las mejores bestias.
Bajé por la calle San Cayetano con la vara de caña india bajo el brazo, esa vara que mi padre me dio el primer año que salí con él a trabajar y que ya llevaba más tratos encima que yo mismo. Pensaba en lo que le debía este pueblo a don Ignacio Ruiz Cañabate. Porque fue él, siendo alcalde, quien allá por 1875 tuvo la ocurrencia de montar una feria de ganado en Cantoria para hacerle la competencia a la de Albox, que andaba cobrando tributos por las bestias y llevando registros que ya habían desechado en el resto del país. Don Ignacio alegó que Cantoria tenía agua y pasto de sobra, que eso abarataría la estancia de los tratantes y repercutiría en el precio de los animales, haciendo más atractiva la nuestra que la del pueblo vecino. Y no le faltaba razón. Ese primer año, junto a las bestias y los tratantes, llegaron comerciantes de todo el sur peninsular montando puestos de ropa, platería, quincalla, bisutería y turrones. Lo que empezó como una respuesta a la rivalidad ancestral con Albox, acabó siendo la feria más importante del Valle del Almanzora. Cosas más raras se han visto, pero pocas.
El olor a estiércol, a paja húmeda y a leña recién quemada me golpea de pronto cuando me acerco a la calle Larga para torcer hacia la plaza. Es como si alguien me sacudiera por los hombros y me arrancara de mis pensamientos. Hace apenas un instante caminaba absorto, dándole vueltas a mis cosas, pero ahora vuelvo a la realidad de golpe.
Aspiro el aire y reconozco cada aroma. Está ahí, mezclado entre las cuadras, los corrales y las chimeneas encendidas. Es el olor de la calle, el olor de la vida cotidiana. Sin darme cuenta, aminoro el paso y miro a mi alrededor.
Desde las cuadras alquiladas a los vecinos llegaba el ruido sordo de los animales moviéndose, ese sonido de cascos y cadenas que a mí siempre me puso el cuerpo en marcha mejor que cualquier café.
Me paré en la esquina de enfrente del bar Galán a saludar a la castañera, una mujer muy mayor de la zona de Huércal-Overa que venía todos los años con sus castañas para asar, sus nueces, sus bellotas y sus níspolas. Estaba ya encendiendo el brasero cuando llegué yo, envolviéndose en el humo como si fuese parte de él. Dormía entre los sacos los días de feria. Nunca le pregunté si tenía dónde quedarse y ella nunca lo dijo. Le compré un puñado de castañas calientes que me quemaron los dedos y seguí andando.
El recinto ferial, frente a la iglesia, ya empezaba a llenarse. Los primeros animales salían de las cuadras, conducidos por sus dueños, campesinos llegados de todos los pueblos de la comarca: Serón, Oria, Albox, Partaloa... Gente de pocas palabras y mucha desconfianza, que había tardado meses en decidir si vendían o no vendían, y que ahora que estaban aquí tampoco lo tenían del todo claro. Pero para eso estaba yo.
Localicé enseguida a Ginés, un labrador de Purchena que traía un macho romo de tres años, negro como el carbón y con una planta que quitaba el hipo. Lo conocía de ferias anteriores: buen hombre, terco como sus propias mulas y con un precio en la cabeza que no bajaría fácilmente. Me acerqué despacio, como quien no va a ningún sitio.
—Vaya animal te ha salido este año, Ginés.
—No está mal —dijo él, que era de los que nunca dicen que algo está bien del todo.
—¿Cuánto pides?
Me dijo una cifra. Era alta pero no era disparatada. El macho lo valía y los dos lo sabíamos. Le dije que me dejase trabajar y él asintió con esa manera suya de asentir cuando sabía que su interlocutor era de confianza.
Los Calzas llegaron pasadas las ocho, en grupo, con sus blusas negras largas y sus pantalones a rayas y sus boinas de ala ancha. Venían de Segovia, de Cantalejo, de Turégano. Gente seria que conocía el precio de las cosas mejor que nadie y que no se dejaba enredar. A mí me gustaban precisamente por eso: tratar con alguien que sabe lo que vale algo es mucho más interesante que tratar con un ignorante. Con el ignorante ganas más fácil, pero te aburres.
Fui directo al que yo sabía que buscaba animales de carga de primera. Se llamaba Eusebio, llevaba una vara de avellano que usaba más para señalar que para golpear, y tenía los ojos más fríos que el aire de aquella mañana. Le hablé del macho de Ginés con la parsimonia justa, sin entusiasmo pero sin disimulo. Le dije que si no lo veía antes de las diez se iba a arrepentir. Me miró como quien mira a alguien que intenta venderle algo, que era exactamente lo que yo estaba haciendo, y luego dijo que vale.
Los tres fuimos hasta donde estaba el animal. Eusebio le dio la vuelta despacio, sin decir nada, con esa calma de los hombres del norte que a los del sur nos pone nerviosos. Le levantó las patas, le abrió la boca, lo hizo moverse con un toque de la vara. Ginés miraba sin pestañear. Yo me puse entre los dos.
—Le digo a usted, Eusebio, que este animal no lleva ni diez minutos en el recinto y ya hay dos interesados esperando. Si quiere negociar, hay que hacerlo ahora.
Era mentira. Y creo que él lo sabía, pero dejaba hacer.
Me volví hacia Ginés y le dije en voz baja que el comprador tenía una pequeña duda sobre la mano derecha del animal, que igual convenía cerrar antes de que se le pasase por la cabeza mandarlo ver al veterinario. También era mentira. El macho estaba perfectamente. Pero Ginés empezó a dudar y la incertidumbre es la mejor herramienta que tiene un corredor.
En veinte minutos el trato estaba cerrado. No al precio que pedía Ginés, pero tampoco al que quería pagar Eusebio. En el punto justo donde los dos salían con la sensación de haber ganado algo. Eso es el oficio.
Fuimos los tres a la fonda de Juan Miguel Martínez en la calle Romero, que era donde se hacían las guías que el veterinario tenía que firmar. Diez pesetas por unidad, imperativo legal. Mientras esperábamos los papeles, pedimos el alboroque: vino del país, oscuro y de dieciséis grados, cosechado en los bancales del Faz, con garbanzos torrados que crujían entre los dientes. El trato merecía celebrarlo con las sardinas arenques, pero Eusebio era del norte y las sardinas no le decían nada. Me conformé con los garbanzos y con mi dos por ciento, que era suficiente para tener una buena mañana.
De vuelta al recinto, la feria ya estaba en pleno hervor. Por entre los animales y los tratantes se movía todo un mundo. Pasaban mujeres con grandes bandejas de calabaza en dulce, las que las artesanas de Cantoria hacían durante todo el año porque si no, cuando llegaba la feria no había cantidad que alcanzase. Los forasteros se la llevaban para sus casas como quien se lleva un pedazo de la esencia de este pueblo. Un señor con una ruleta daba barquillos por una gorda. Más allá, las almendras garrapiñadas perfumaban el aire con ese olor dulce y tostado que todavía me entra por la nariz cuando cierro los ojos.
Las casetas estaban abiertas desde primera hora. Las de bisutería con sus planchas de serrín donde metías la mano y sacabas la alhaja pagando su precio. Las sombrererías, las tabasqueras para el repuje del cuero, las zapaterías. Y el puesto de la Cordobesa, que era el más esperado de todos: oro y plata traídos desde Córdoba, y una cola de mujeres mirando con unos ojos que no eran de este mundo. Junto a ellas, los guiñoles para los chiquillos, que corrían entre las patas de los animales comiendo golosinas con ese descaro que solo tienen ellos.
Este año ha vuelto una de las tómbolas más esperadas de la feria, especialmente por los niños y niñas, aunque más de un mozalbete también le tenía echado el ojo. ¿La razón? Los famosos muñecos Pepones, auténticas celebridades de las fiestas.
Tan codiciados eran, que meses antes de la feria ya había jóvenes practicando la puntería con más empeño que un cazador tras la perdiz. Todo fuera por llevarse un Pepón y regalárselo a la muchacha que les quitaba el sueño o, en su defecto, a la hermana pequeña para quedar como un caballero de provecho.
La fama de estos muñecos llega a tal extremo, que el año pasado inspiraron una comparsa de carnaval: “La comparsa de los Pepitos”. Aquello sí que dio que hablar. Entre copla y copla soltaron tanta picardía que algunas mujeres se sonrojaban, otras se persignaban y unas cuantas fingían escandalizarse mientras escuchaban con más atención que nadie.
Yo, que he oído aquella letra más veces de las que puedo contar ya me la sé de memoria, y puedo asegurar que tampoco es para tanto. Lo que pasa es que aquí siempre ha habido gente que, de puertas para fuera, luce la decencia muy a flor de piel y el sentido del humor bastante más escondido de lo que uno esperaría.
Esta feria que ha pasado
hubo globos y hasta pitos
y también hemos tenido
la tómbola de los Pepitos.
Hay mujer que por un pepe
Se ha gastado un dineral,
y después de haberlo gastado
no lo ha podido lograr.
el que quiera tener un Pepito
al momento lo puede decir
y verás que lindo y bonito
los tienen aquí.
Los hacemos chiquitines
regorditos y bonitos
también hacemos otros…
con buenos mofletitos.
El que quiera tener un Pepito
Al momento lo puede decir
Y verás que lindo y bonito
los tienen aquí.
Por toda la feria resuena la voz de una mujer coja que guía a un ciego entre la multitud.
—¡Al bonito romance del Tuzaní, el moro enamorado!
Su pregón se eleva por encima del bullicio y se mezcla con los relinchos de las caballerías, el repiqueteo de los cascos sobre el empedrado y las conversaciones que llenan cada rincón de la plaza. Ya forma parte de la feria, igual que los puestos, el polvo que levantan los animales y el olor de los turrones y los dulces de almendra.
Me acerco hasta donde se encuentra la pareja. Algunas personas les entregan unas monedas y, a cambio, reciben unas hojas impresas. El ciego comienza entonces a recitar romances mientras su acompañante sostiene un gran cartelón ilustrado. Con una vara va señalando una tras otra las viñetas dibujadas, ayudando a los curiosos a seguir la historia.
Tan pronto nos habla del Tuzaní como de algún crimen espantoso ocurrido en los pueblos de la comarca. La gente escucha con atención. Después cambia de asunto y cuenta el caso de una niña que no podía andar y que, tras visitar no sé qué santuario, regresó caminando por su propio pie. Todavía parece resonar entre la multitud el grito emocionado de su madre:
—¡Curada! ¡Mi hija está curada!
Los vecinos se santiguan, algunos asienten convencidos y otros sonríen con incredulidad. Pero nadie se marcha. Todos esperan la siguiente historia.
Y la última que escucho me deja clavado en el sitio: las hazañas de los maquis escondidos en la sierra. Mientras el romance continúa, veo cómo más gente se acerca. Algunos escuchan por curiosidad, otros porque conocen a alguien relacionado con aquellos sucesos. Yo también me quedo allí, entre el gentío, atrapado por aquellas historias que parecen cobrar vida delante de mis propios ojos.
En las barracas y los tiovivos sonaba Antonio Molina desde un gramófono. Todo junto formaba un ruido que era casi música.
A media mañana vi a Ramonet montando su teatro en medio de la plaza. Ramonet era natural de Orihuela y tenía la mejor labia que yo he conocido en mi vida, y eso que en mi oficio uno conoce mucha gente con labia. Armaba un lote con cinco o seis mantas dobladas en cuatro, puestas unas sobre otras hasta los dos metros, les añadía un frasco de perfume, un reloj de pulsera y un corte de tela que luego era un paño de cocina, y lo pregonaba como la oportunidad de sus vidas. Que todo aquello valía cinco mil pesetas en el mercado, que como sabía lo mal que estaban de dinero no les cobraba ni cinco ni cuatro ni tres ni dos, y que al primero que levantase la mano le daba el lote completo por mil pesetas, pero solo para el más pobre. Me quedé mirando un rato. La gente picaba. Siempre picaba. Cuando luego el comprador descubría que las sábanas del lote no cubrían ni una cama de niño y reclamaba engaño, Ramonet tenía la respuesta preparada: que las sábanas eran para matrimonios separados, que cada uno duerme en su cama pequeña. Con ese hombre no ganaba nadie. Yo lo admiraba sinceramente. Teníamos el mismo oficio, solo que él lo ejercía sin animal de por medio.
A eso del mediodía vi pasar a los gamberretes con sus pelotas de serrín y de cuero, tirándolas a las piernas de las mozuelas para provocarles el escozor y el grito. Las mozuelas fingían más escándalo del que sentían, y los gamberretes fingían más inocencia de la que tenían, y así andaba el mundo. Lo cierto es que las muchachas casaderas tenían sus propios motivos para pasearse por la feria. Los marchantes jóvenes andaban bien trajeados y con dinero en el bolsillo, y eso se notaba. Más de un trato de distinto tipo se cerró en aquellos días de noviembre.
Cerré dos tratos más por la tarde, uno con poco trabajo y otro con mucho. El de poco trabajo fue un burro viejo que nadie quería y del que conseguí sacar un precio decente para su dueño jugando con la compasión del comprador, que era un hombre blando. El de mucho trabajo fue un lote de dos yeguas con dueños distintos que querían venderlas juntas, pero se peleaban entre ellos sobre cómo repartirse el precio. Estuve más de una hora de árbitro entre los dos, lo que me costó más que cualquier negociación con un Calza. Al final cerró. Todo cierra si uno tiene paciencia y las sardinas arenques del alboroque las pagamos entre los cuatro, que era lo justo.
Al caer la tarde, el vino llevaba horas corriendo y empezaban a verse los efectos. Los visitantes de las cortijadas que habían venido para el reencuentro habían celebrado en los bares y cantinas con más generosidad de la conveniente. Vi al tío Gaspar y su cuñado, el tío Jeromo, dos hombres del Marchal que ya no daban el habla, sujetándose mutuamente para no caerse, bailando y canturreando de manera inteligible la canción “La cucaracha”. Sus compañeros, hartos de sus empujones, los subieron a sus mulas de cualquier manera, medio atravesados y sin mucha ceremonia. Las mulas, acostumbradas a este final de jornada, emprendieron solas el camino de regreso al cortijo. Estos animales son más listos de lo que parece y no necesitan de guías para llegar a lo suyo.
Me quedé un rato junto al aparato de la barra vertical, ese artilugio de cuatro metros con una escala del uno al diez donde el más bruto del pueblo se gastaba sus pesetas golpeando con el gran mazo para hacer sonar la campanada. Una o dos pesetas el golpe, según el ambiente. Como premio, un escudo de cera que al colocarlo en la solapa dejaba una mancha. Los burros de dos patas siempre los hubo y siempre les gustó gastar el dinero en demostrar que lo eran. Yo nunca lo intenté. En mi oficio la fuerza que cuenta no es la del brazo.
La noche llegó fría y despejada y la feria cambió de cara. Los animales estaban ya en las cuadras y el recinto olía a serrín mojado y a churros recién hechos. El Casino abrió sus puertas para el baile y los Paquitos, la única sala de fiestas con nombre propio en toda la comarca, estaba a reventar. Aquella noche tocaba un grupo que no había venido antes y que causó sensación: los Teddy Boys, que ya empezaban a sonar en la provincia. Para poder actuar en Cantoria tuvieron que cortarse el pelo, porque el alcalde amenazó con meterlos en la cárcel si pisaban el pueblo con esas greñas. Se lo cortaron y vinieron y la gente bailó como si no hubiera un mañana.
Me tomé el último vaso del día en la taberna de mi primo Alfonso, que regentaba con mano firme y vino generoso. Conté mentalmente lo que había hecho en el día: tres tratos cerrados, mi corretaje en el bolsillo, las botas llenas de barro y la espalda cargada de horas. Afuera, la feria seguía con sus luces y su ruido. Adentro, el vino del Faz calentaba lo que el frío había ido enfriando a lo largo del día.
No había mejor oficio en el mundo. Eso lo pensé aquella noche y lo sigo pensando ahora.
Apuré el último vaso, dejé unas monedas sobre el mostrador de Alfonso y salí a la calle. El frío de noviembre me dio en la cara como un aviso. Afuera la feria seguía con sus luces y su ruido, pero mis piernas ya habían dicho bastante por ese día. Subí hacia casa con la vara bajo el brazo y el cuerpo pidiendo la cama.
Pero no se hagan ilusiones de que aquello terminaba ahí. La feria de Cantoria duraba hasta San Andrés, el treinta de noviembre, y cada día era una jornada entera por delante y así hasta su final. Antes de que amaneciera yo ya estaría de nuevo en la calle, buscando al primer Calza que saliese de su cuadra antes de que el sol terminase de asomarse por los cerros. Que en este oficio el que madruga cobra, y el que se queda en la cama solo oye contar los tratos de los demás.
Mañana será otro día de feria. Y eso, en noviembre, en Cantoria, era lo mejor que le podía pasar a un hombre.
Blanca Espinar
Encarnita Jiménez
Antonio Berbel
Diego Piñero
Casto Uribe
Isabel García
Maribel Rodríguez