Las manos que saben
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
La gente me pregunta a veces cómo es, si lo aprendí o heredé de alguien, si hay un libro o una manera de estudiarlo. Y yo les digo que no, que no hay nada que explicar, igual que no hay manera de explicarle a un pájaro cómo sabe dónde volar en octubre. Lo sabe y punto. Y a mí me pasa igual.
No lo busqué ni lo elegí. Siempre estuvo ahí. Lo recuerdo desde niña, en Oria, cuando aún llevaba trenzas y mi madre, Lorentina, me peinaba al amanecer antes de irse al campo. Entonces yo ya sentía cosas que no sabía nombrar, pero que estaban conmigo, como si formaran parte de mi manera de estar en el mundo.
Con los años entendí que no todo tiene explicación. Que hay cosas que no se pueden medir ni demostrar, pero que, aun así, existen. Y una aprende a vivir con eso. A aceptar la duda, a confiar en lo que siente y, sobre todo, a no perderse en el intento de entenderlo todo.
Dicen que es una gracia.
Yo, en cambio, lo siento de otra manera. Para mí es algo más sencillo, más íntimo. Es, simplemente, lo mío.
Esta mañana ha venido Remedios, la de la Era. La conocía de verla pasar, mujer de andar rápido y voz que llega antes que ella. Pero hoy venía despacio, con una carita de preocupación que las madres tienen cuando algo le pasa a un hijo y no saben qué es, que es la peor de las caras porque el miedo sin nombre pesa más que el miedo con nombre.
Traía en las manos una camiseta doblada. Pequeña, de niño, con un barco de colores dibujado delante. La sostenía como si fuera algo frágil, como si el miedo pudiera romperse si la apretaba demasiado.
—Tía Juana —me dijo nada más entrar—, el crío lleva tres días sin comer. No tiene fiebre, no le duele nada que él sepa decir. Pero está como... apagado. Mirando al techo con la mirada perdida.
La hice sentar. Le puse un vaso de agua delante, que las madres asustadas se olvidan de beber y luego les tiemblan las manos. Cogí la camiseta.
La tela estaba suave y todavía desprendía el calor del pequeño cuerpo que la llevaba, pero en cuanto la tuve entre los dedos noté lo que siempre noto: Como cuando metes la mano en un caño de agua en verano y el frío te sube por el brazo que te conmueve el alma y te dice algo que no son palabras. Algo así.
—¿Quién lo ha mirado últimamente? —pregunté.
Remedios frunció el ceño.
—Pues... el martes estuvimos en la feria de Albox. Había mucha gente. Mi cuñada lo cogió en brazos un buen rato, le decía que qué guapo, qué ojazos tiene el niño...
Asentí. No hacía falta más.
—Es el ojo —le dije—. No te preocupes.
Hay quien oye eso y se ríe. Médicos sobre todo, que para eso estudiaron muchos años y les cuesta aceptar que hay cosas que sus libros no recogen. Yo en el fondo lo entiendo. Cada uno entiende el mundo con las herramientas que tiene. Pero lo curioso es que muchas veces son ellos mismos los que me mandan a los enfermos, cuando ya han probado todo lo suyo y el enfermo sigue igual. Vienen a verme, eso sí, sin decirlo demasiado alto.
El maldeojo no es malicia. Eso es lo primero que hay que entender. La cuñada de Remedios no le quiso mal al niño, al contrario. Pero hay miradas que tienen demasiada fuerza, demasiada admiración dentro, y esa fuerza va a algún sitio. Se queda en el pequeño como una sombra que le pesa. Los niños no saben quitársela solos. Necesitan ayuda y para eso estoy yo.
Le pedí a la madre que se quedara sentada y callada, que no hacía falta más. El niño no tenía que estar. Con la prenda es suficiente, porque la ropa guarda algo del que la lleva, igual que la tierra guarda el frío del invierno aunque llegue abril. Eso tampoco lo aprendí. También lo supe siempre.
Me fui a mi rincón.
Tengo un rincón en la cocina, junto a la ventana pequeña que da al corral. No es un altar, no quiero que nadie piense que es un altar, porque no lo es. Es solo el sitio donde me concentro, donde el ruido del mundo se queda un poco más lejos. Hay una imagen de la Virgen del Carmen que me dio mi madre cuando me casé, pequeña, con las esquinas descascarilladas. Una vela. Un plato hondo de barro con agua limpia que cambio cada mañana. No necesito nada más.
Doblé la camiseta sobre mis manos, las dos palmas hacia arriba, la tela encima como si fuera una ofrenda. Cerré los ojos.
Las palabras no las voy a escribir aquí. No porque sean un secreto, sino porque escritas no son nada, son solo palabras, y su fuerza está en cómo salen y de quien salen, en el ritmo y en la respiración. Me las enseñó mi abuela, que las aprendió de la suya, que las recibió de Flora, mi bisabuela, que es donde todo esto empieza según lo que me contaron. Cinco veces se dicen. Siempre cinco. Porque tiene que ser impar. Y entre una y otra, un silencio que no es vacío sino todo lo contrario.
Mientras rezaba pasé los pulgares despacio por la tela, de arriba abajo, como si planchara algo invisible. Sentí el momento en que la sombra cedía, que también se siente, y es como cuando en una habitación cerrada alguien abre una ventana: no lo ves, pero el aire cambia y lo sabes.
Abrí los ojos. Le devolví la camiseta a Remedios.
—Vete que tu hijo te espera para que le des la merienda —le dije.
Ella me miró con esa mezcla de alivio y de no saber muy bien qué acaba de pasar. Me gusta esa mirada. Es honesta.
—¿Cuánto le debo, tía Juana?
—Nada. Ya lo sabes.
Nunca he cobrado. No se cobra por esto. Y ni lo intento. Es lo que es.
Se fue por la calle san Cayetano abajo con la camiseta apretada contra el pecho, el andar ya más rápido que el de la venida. En la puerta se volvió.
—Que Dios se lo pague y nos la guarde a usted por muchos años, que es tanta la falta que nos hace.
—Ya me lo paga —le dije—. Todos los días.
Me quedé sola en la cocina. La vela seguía encendida, moviéndose un poco aunque no hubiera aire. José andaba por ahí fuera, en el corral, picando el esparto que había dejado a remojo ayer. Le oía silbar. Siempre silbaba cuando trabajaba, siempre la misma tonadilla de la que nunca supe el nombre y creo que él tampoco.
Me senté. Me puse a pelar ajos y patatas para el almuerzo.
Eso es todo. Así es esto. No hay más misterio que ese: una mujer sola en una cocina, pelando ajos y papas mientras afuera su marido silba y en algún sitio del pueblo un niño va a empezar a tener hambre sin saber por qué.
Yo sí sé por qué. Pero no hace falta que lo sepa él.
Mi madre Lorentina tenía las manos grandes para ser mujer pequeña. Manos de trabajar, de amasar, de lavar en el río con el agua helada de enero sin decir una sola queja.
Mi padre, Pedro, se quedaba mirándolas a veces, como si en ellas viera algo más, y decía que eran las manos más bonitas que había visto nunca. Y mi madre, medio riéndose, medio regañándolo, le soltaba que qué tonterías decía, que como un día se le cruzaran los cables y le diera una guantá, no lo contaba.
Pero se le notaba… en el brillo de los ojos, en la forma de apartar la mirada. En el fondo, le gustaba que se lo dijera.
Yo nací en Oria. Para quien no lo conozca, Oria es un pueblo de la sierra de Almería con más cielo que tierra, donde el viento entra por todas partes y las casas se aprietan unas contra otras como para darse calor. Lo quiero, a ese pueblo. Pero la vida me tenía preparado otro sitio, y el sitio era Cantoria, y Cantoria llegué de la mano de mi José.
A José Tortosa lo vi por primera vez en una tarde de mayo, en casa de unos primos suyos que vivían cerca de nosotros. Había venido desde Cantoria a un asunto que ya no recuerdo, alguna cosa de familia seguramente. Era un hombre de brazos fuertes y manera tranquila, de los que no hablan mucho pero cuando hablan dicen algo. Me miró dos veces. La segunda vez no apartó los ojos, y yo tampoco.
Mi padre tardó un poco en dar su visto bueno. Los padres siempre tardan. Es su oficio.
Pero José era constante. Volvió tres domingos seguidos a Oria sin que nadie le obligara, caminando desde Cantoria rambla arriba porque ni una triste mula tenía. Cuando mi padre vio eso, que un hombre caminaba horas solo por venir a sentarse en nuestra puerta una hora, se le fue ablandando el ceño. Los hechos convencen más que las palabras. Eso también lo aprendí pronto.
Nos casamos en el cincuenta y dos. Yo tenía veintitrés años y llevaba un vestido azul que me prestó mi prima Encarnación porque el blanco era para las que podían pagarlo. Me quedó un poco largo, pero el día que te casas no miras el bajo del vestido. Miras al que tienes delante.
Llegué a Cantoria sin conocer a casi nadie. Una cosa es visitar un pueblo y otra es quedarte a vivir en él, que es cuando los pueblos te enseñan la cara de verdad: las envidias pequeñas, la gente buena que no lo parece al principio, los que te ayudan sin pedirte nada y los que te piden sin ayudarte nunca. Tardé un tiempo en encontrar mi sitio. Pero lo encontré.
José recogía esparto. Era su trabajo desde antes de conocerme, el que había aprendido de su padre, y lo hacía bien y sin avergonzarse. Salía de madrugada cuando el esparto estaba húmedo de rocío y se dejaba los dedos en ello, que la pleita araña y la espalda lo paga. Venía a casa con las manos marcadas y el olor a campo encima, y a mí ese olor nunca me molestó. Huele a trabajo honrado, el esparto. No hay perfume más digno.
El caso es que en Cantoria empezaron a llamarle el Espartero, y a mí, de rebote, la Esparterilla. Por el tamaño, también, que yo no he dado mucho de sí hacia arriba. Menuda me llaman, y es verdad, siempre lo fui. Pero menuda de cuerpo no quiere decir menuda de lo demás.
La Esparterilla. Al principio me sonaba raro, como un nombre que le pertenecía a otra. Luego dejó de sonar a nada, que es cuando un nombre de verdad se convierte en tuyo.
La casa donde vivimos toda la vida estaba en la calle San Cayetano, en la parte alta del pueblo, donde en verano corría una corriente que bajaba del cerro de la ermita y te daba un respiro del calor. Tenía un corral pequeño, una cocina grande, y una ventana en la fachada desde donde yo veía pasar al pueblo entero. Los pueblos pasan por las ventanas de sus casas y ni lo saben.
José arregló esa casa piedra a piedra a lo largo de los años. Le puso una pila nueva en la cocina, le cegó una grieta que tenía en la pared del patio, le hizo un cobertizo en el corral para guardar el esparto a remojo. Era de esos hombres que si ven algo roto lo arreglan sin que nadie se lo pida, por el puro gusto de que las cosas estén bien. Yo creo que si hubiera nacido en otro tiempo y en otro lugar habría sido arquitecto o carpintero de los buenos. Pero nació donde nació y fue lo que fue, y tampoco le oí quejarse nunca.
Por las noches, cuando ya no había luz para trabajar, se sentaba en la silla de anea junto a la puerta del corral y liaba un cigarro. Solo uno. Se lo fumaba despacio, mirando la oscuridad, y silbaba esa tonadilla suya que nunca tuvo nombre. Yo lo miraba desde la cocina y pensaba que hay formas de estar en paz necesitando muy poco.
La gracia, mientras tanto, seguía ahí.
Había llegado conmigo a Cantoria, claro. Las cosas que son tuyas no se quedan en el pueblo donde naciste. Y en Cantoria fui sintiendo, poco a poco, que me necesitaban. Primero una vecina, luego la hermana de un conocido, luego alguien que venía de más lejos porque se lo había dicho alguien. Así se fue corriendo la voz, sin que yo tuviera prisa.
José nunca me preguntó mucho sobre ello. No era hombre de preguntas innecesarias. Lo veía, lo aceptaba, y seguía a lo suyo. Una tarde, al principio, cuando todavía llevábamos poco tiempo casados, me dijo:
—Juana, ¿a ti no te cansa eso?
—¿El qué?
—Estar siempre disponible para la gente.
Lo pensé un momento.
—No —le dije—. Me cansaría más no estarlo.
Me miró un rato. Asintió. Y no volvió a preguntarlo nunca mas.
Eso era José. Un hombre que cuando entendía algo, lo entendía del todo y no hacía falta repetírselo. No sé si saben los hombres así lo que valen. Creo que no. Creo que los damos por hecho igual que el aire, y solo cuando faltan una se da cuenta de lo mucho que los necesita hasta para respirar.
Pero eso viene después. Ahora mismo José todavía silba en el corral, y todavía tenemos toda una vida por delante en este pueblo que al principio no era mío y que acabó siendo más mío que ninguno.
Cantoria me hizo. O yo la hice a ella. Ya no sé distinguirlo.
De Flora sé poco. Eso es lo primero que tengo que decir.
Sé que era una mujer de pelo negro hasta la cintura, que lo llevaba recogido de día y suelto solo cuando dormía, y que tenía una manera de mirar que la gente no olvidaba fácilmente. No una mirada de susto, no. Una mirada de las que te ven por dentro sin que tú lo hayas invitado. Mi abuela me la describió así, y no era mujer de exageraciones.
Sé que vivió en un cortijo entre Oria y Purchena, que enviudó joven y crió a sus hijos sola en tiempos en que eso era una hazaña sin nombre porque nadie lo llamaba hazaña, era simplemente lo que tocaba y se hacía. Sé que la gente del campo la buscaba cuando no había más remedio, cuando el médico estaba lejos o no tenía respuesta o las dos cosas a la vez, que en la sierras de Almería de aquellos años era lo más frecuente.
Y sé que la gracia la tenía ella, y que de ella pasó a su hija, y de su hija a mi abuela, y de mi abuela a mi madre Lorentina, aunque en mi madre fue más tenue, como una brasa que no llega a apagarse pero tampoco a arder del todo. Y de mi madre llegó a mí.
Salté una generación de intensidad, eso dicen. Como si la cosa necesitara descansar un turno antes de volver con fuerza.
Nunca le pregunté a mi madre por qué en ella fue distinto. Ella curaba lo que podía y lo que no podía lo derivaba a sus santas oraciones de siempre, que también sirven aunque no sean lo mismo.
Lo que sí me contó, una tarde de invierno junto al brasero, fue cómo supo ella que yo lo había heredado de verdad.
Yo tendría seis o siete años cuando Paquita, mi vecina y compañera de juegos algunos ratos, llevaba una semana con unas pintas en los ojos que no le dejaban ver bien, como si tuviera la vista empañada. La madre la había llevado al médico del pueblo y el médico había dicho que no veía nada raro, que ya se le pasaría, y no se le pasaba.
Un día yo estaba en el patio y Paquita se asomó por encima de las tapias que no eran muy altas y me llamó. La vi con esa cara de llevar demasiados días aguantando algo. Me acerqué y me la quedé mirando. Y sin que nadie me lo hubiera enseñado, sin pensarlo siquiera, empecé a murmurar algo. No sé qué. Palabras que no había aprendido y que sin embargo sabía. Las manos se me movieron solas hacia sus ojos, sin llegar a tocarlos, parados enfrente como si quisieran trasmitirles algo.
Mi madre me estaba viendo desde la puerta de la cocina.
Al día siguiente Paquita veía bien.
Mi madre no me dijo nada ese día. Ni al siguiente. Tardó años en contarme que lo había visto, y cuando me lo contó lo hizo sin aspavientos, con esa manera suya de dar las noticias importantes como si fueran cosas cotidianas, aunque pensándolo bien, en su familia lo eran. Me dijo que lo sabía desde antes, pero ese día lo supo de verdad. Y ya está. Sin más ceremonia.
Así somos en esta familia. Las cosas grandes las decimos pequeñas.
Hay una pregunta que me han hecho muchas veces y a la que nunca he sabido responder del todo bien: ¿es fe, o es otra cosa menos divina?
La pregunta me parece honesta y por eso no la esquivo. Pero tampoco sé contestarla.
Fe tengo, sí. Recé desde pequeña y rezo todavía, y cuando curo rezo también, y las oraciones que uso vienen de un sitio que tiene que ver con Dios aunque no sean las que recoge el catecismo. Pero si fuera solo fe, cualquier persona que rezara con suficiente convicción podría hacer lo mismo, y no es así. He visto rezar a gente con una devoción que a mí me daba envidia, gente buena y limpia de corazón, y no tenían la gracia. Y yo la tengo sin haber hecho nada especial para merecerla. Así que no es solo fe.
¿Es naturaleza entonces? ¿Algo en la sangre, algo que se hereda como el color de los ojos o la manera de andar? Puede ser. Pero la sangre de mis hijos también es la mía y la de Flora, y en ninguno de ellos lo he visto con la misma intensidad.
Lo que sí sé, lo que sé con la misma certeza con que sé que el sol sale por el este, es que cuando lo hago no soy solo yo.
Hay algo que pasa por mí, como el agua pasa por un caño. El caño no es el agua. El caño solo es el sitio por donde el agua encuentra el camino. Yo soy el caño. Flora era el caño antes que yo. Y antes de Flora había otra, y antes de ese otro había otra más, tirando del hilo hacia atrás hasta llegar a un sitio donde el hilo se pierde y ya no hay manera de saber.
Eso no me asusta. Al contrario. Me parece lo más natural del mundo, que yo forme parte de algo que viene de antes y que quizás vaya a después. Como todos, en realidad. Como todo el mundo. Solo que en mi caso se nota un poco más.
De Flora guardo una cosa. Solo una cosa material, quiero decir, porque lo demás que guardo de ella no tiene forma. Es un trozo de tela. Muy viejo ya, deshilachado por los bordes, de un azul que fue oscuro y ahora es el color del cielo cuando amanece. No sé qué fue: un pañuelo, un retazo de vestido, algo sin nombre ya. Me lo dio mi abuela diciéndome que había sido de Flora, que Flora lo había tenido entre las manos muchas veces y que por eso guardaba algo de ella.
Lo tengo en una esquina en el cajón de la mesilla, para tenerlo a mano aunque no lo uso para nada. No lo necesito para curar, la gracia no vive en la tela sino en mí. Pero a veces, cuando la noche se me hace larga o cuando llega el cansancio de esos días en que uno se pregunta para qué sirve todo, lo saco. Lo tengo un momento entre los dedos. Y noto algo que no voy a llamar presencia porque esa palabra me parece demasiado grande, pero que se le parece.
Es suficiente.
Gracias, Flora. Quienquiera que fueses, dondequiera que estés. Gracias por pasármelo.
No lo he desperdiciado.
Don Joaquín el doctor, tenía su consulta en un chalet del Paseo junto con don Adolfo, el otro médico, en una sala con olor a alcohol y a desinfectante que en invierno se quedaba fría por mucho que encendiera la estufa. Era un hombre serio, de bigote grueso y modales rústicos que había obtenido la plaza en Cantoria al fallecer su predecesor. El ya sabía que los pueblos tienen su propia manera de funcionar y que esa manera no siempre coincide con lo que enseñan en la facultad.
La primera vez que me mandó a un enfermo no me avisó. Apareció en mi puerta una mujer de Almanzora con la cara llena de aquellas ronchas rojas y brillantes que son la erisipela, que duelen y arden y que el médico le había dicho que no sabía qué más hacer. Que fuera a ver a la tía Esparterilla, le había dicho. A ver si ella tiene más suerte.
Más suerte. Así lo dijo.
Yo le entiendo. Cada uno defiende su territorio como puede, y reconocer que hay cosas fuera de tu alcance cuesta trabajo cuando llevas años estudiando para que tu conocimiento sea grande. Pero me hizo gracia lo de la suerte, sí. Como si yo tirara una moneda al aire y a veces salía cara.
La erisipela es un mal de la piel que se presenta como un fuego. La zona afectada se pone roja, tensa, caliente al tacto, y tiene unos bordes marcados como si alguien hubiera dibujado una frontera entre la piel sana y la enferma. Puede aparecer en la cara, en las piernas, en cualquier parte. Arde. Pica. Y si se extiende, asusta.
Para la erisipela el ritual es distinto al del maldeojo. Hay males que trabajan desde fuera hacia dentro, como el ojo, que es una energía ajena que entra en el cuerpo y se instala. Y hay males que trabajan desde dentro hacia fuera, que son los que el cuerpo expulsa a la piel porque no sabe dónde más ponerlos. La erisipela es de estos últimos. Hay que ayudar al cuerpo a terminar lo que empezó, no frenarlo.
La mujer de Almanzora se llamaba Virtudes y venía con el brazo derecho envuelto en un trapo húmedo que alguien le había puesto para aliviarle el ardor. Le pedí que se sentara y que se lo destapara despacio.
Era una erisipela grande, que le subía desde la muñeca hasta el codo por el lado de dentro. Roja como una brasa. Los bordes, bien marcados. Le pregunté cuántos días llevaba así y me dijo que cinco, que al principio pensó que era una picadura y luego ya vio que no.
—¿Ha dormido? —le pregunté.
—Poco. El ardor no me deja.
Asentí. Cinco días sin dormir bien encima del dolor hacen a cualquiera más frágil, y yo necesitaba que estuviera tranquila.
—Cierre los ojos —le dije—. No voy a tocarle, no se preocupe.
Puse las manos a dos dedos de su piel, sintiendo el calor que desprendía la zona enferma, que era mucho más del que corresponde a un brazo sano. Ese calor me habla. Me dice hasta dónde llega el mal y cómo está de asentado, si es reciente o lleva tiempo ahí dentro enroscado.
Las palabras para la erisipela son otras que las del maldeojo. Más largas. Hay en ellas algo que suena antiguo, que cuando las digo siento que no las inventó nadie de mi tiempo, sino que vienen de mucho antes, de cuando los remedios y las oraciones eran la misma cosa y nadie veía contradicción en ello. Las digo en voz muy baja, casi sin mover los labios, y mis manos se desplazan despacio siguiendo el borde de las ronchas, sin tocar, marcando en el aire el camino que el mal tiene que recorrer para salir.
Tres veces el recorrido. Tres veces las palabras. Siempre impar.
Cuando terminé, Virtudes abrió los ojos. Tenía la cara más relajada, aunque el brazo seguía igual de rojo.
—¿Ya está? —preguntó.
—Ya está —le dije—. Esta noche va a dormir mejor. Mañana el ardor empieza a bajar. En tres días estará bien.
Me miró con esa mezcla de querer creer y no saber si se puede. La conozco bien, esa mirada. No le pido que crea. Le pido que espere.
En tres días estaba bien. Me lo mandó a decir por una vecina, con un paquete de café, otro de azúcar y unas galletas de coco envueltas en papel de estraza. Nunca he tomado un café tan bueno como los que me han traído así, en papel de estraza, sin que nadie me lo debiera.
Luego está La culebrina, y eso es otra cosa. Se llama así porque avanza por la piel en forma de banda, como si una culebra invisible fuera dejando su huella de ampollas a su paso. Suele rodear el tronco, empezando por la espalda y buscando el pecho, y existe la creencia que si llega a cerrarse el círculo completo, el enfermo se va para Tomácar por el camino de los tristes. No sé si es verdad. Nunca lo he visto llegar a tanto porque siempre me han llegado antes de que cerrara. Y hay que actuar rápido porque es un mal con prisa propia, que no espera.
El hombre que vino con culebrina se llamaba Marcos y era un hombre grande, de campo, de esos que no se quejan de nada y que cuando se quejan es porque ya no pueden más. Venía doblado sobre sí mismo, con una mano apretada contra el costado derecho. Su mujer María y su hija Trini lo traían del brazo.
—No puede con el dolor —me dijeron—. Lleva tres días así.
Le hice entrar. Le pedí que se subiera la camisa. La banda de ampollas le salía por la espalda a la altura del riñón y le rodeaba el costado hacia el pecho. Había llegado hasta la mitad del camino. Todavía no cerraba el círculo, pero no andaba lejos. No perdí tiempo, no había que perderlo.
Para la culebrina las manos sí tocan, pero no las ampollas sino el borde sano que hay justo delante de ellas, el territorio al que el mal todavía no ha llegado. Como si uno pusiera una barrera. Como si le dijera: hasta aquí. No más.
Las palabras para la culebrina son cortas y se dicen rápido, que el mal no tiene que escucharlas, tiene que obedecerlas. Se repiten nueve veces. Tres series de tres. Siempre impar. Y entre cada serie uno sopla suavemente sobre la piel, que el aliento lleva también algo de la intención de quien lo da. Marcos no dijo nada mientras yo trabajaba. Aguantaba con entereza y la tranquilidad de saber que estaba en buenas manos. Cuando terminé se bajó despacio la camisa.
—¿Cómo se encuentra? —le pregunté.
Pensó un momento.
—Como si alguien hubiera quitado algo de peso —dijo.
Esa descripción me gustó. Como si alguien hubiera quitado algo de peso. Yo no lo habría explicarlo mejor.
El sol en la cabeza es el más silencioso de todos los males que trato. No duele de golpe, no arde, no se ve en la piel. Va entrando despacio, como el agua entra por las grietas de una pared, y cuando uno se da cuenta ya está dentro, instalado, haciéndose el dueño.
Los síntomas son una pesadez en la cabeza que no es dolor pero se le parece, un cansancio que no mejora con el sueño, una tristeza sin motivo concreto, y a veces un zumbido suave en los oídos como de agua lejana. Los médicos no le encontraban nombre. Algunos decían que era el calor, que bebiera más agua. Otros que era nervios. Y a veces era nervios, sí. Pero cuando no lo era, cuando era el sol de verdad asentado en la cabeza, el agua y el descanso no bastaban.
Para el sol en la cabeza trabajo con agua. Un cuenco de barro con agua fresca del cántaro, unas gotas de aceite de oliva que echo despacio en el centro, y las manos del enfermo apoyadas en el cuenco mientras yo pongo las mías sobre su cabeza sin tocarla. El aceite en el agua hace figuras. Yo las miro. Me dicen cosas que no voy a saber explicar con palabras pero que entiendo perfectamente cuando las veo.
Las oraciones para el sol son las más largas de todas las que sé. Se dicen al ritmo de la respiración del enfermo, siguiéndola, acompasándola. El que cura y el que es curado respiran juntos un rato. Eso solo ya hace algo, aunque no hubiera más.
Cólico Lactante. Una tarde una muchacha de Cantoria que estaba casada en Macael vino angustiada con una niña en brazos y acompañada de su marido. Este venía con cara de quien ha venido porque no le ha quedado más remedio. Se le notaba en todo: en cómo se quedó de pie junto a la puerta en lugar de sentarse, en cómo miraba alrededor sin saber dónde poner los ojos, en la manera de cruzar los brazos. Era un hombre de los que necesitan entender las cosas antes de fiarse de ellas. No lo digo como crítica, porque entiendo que es una manera honrada de estar en el mundo. Solo que hay cosas que no se entienden al principio, primero se ven y luego se asimilan, aunque hay gente que no logran entenderlas nunca, aunque da igual porque el resultado es el mismo.
La niña lloraba. Llevaba llorando, me contó la madre, más tiempo del que una criatura de cinco meses debería llorar. Los médicos habían dicho cólico del lactante, que es lo que dicen los médicos cuando el llanto no tiene explicación visible y hay que ponerle algún nombre. La abuela materna, que vivía en la calle San Juan, le había dicho a la hija: ve a donde la tía Esparterilla, que no pierdes nada. Y ella le hizo caso. Hay que hacer caso a las buenas abuelas.
Cogí a Irene en brazos. Era una niña pequeña y caliente, con esa tensión en el cuerpo que tienen los bebés cuando llevan mucho rato llorando, como si se hubieran enrollado sobre su propio malestar y no supieran cómo desenrollarse. Empecé por la barriga, que es donde los cólicos se asientan, donde el dolor se hace redondo y no encuentra salida. Mis manos en círculos lentos sobre su vientre, sin apretar, acompañando. Y las oraciones, en voz tan baja que solo se me movían los labios, que hay rezos que no necesitan ser oídos por nadie más que por quien corresponde.
Noté dónde estaba el nudo. Estaba ahí, tenso, cerrado sobre sí mismo.
Entonces hice lo que había que hacer, que a quien no lo ha visto puede parecerle una cosa extraña y hasta temeraria: la alcé. La sostuve en el aire, con mis dos manos bajo sus axilas, y empecé a girarla despacio, muy despacio, en círculos suaves, sin parar de rezar. Mis brazos ya no son los de antes y lo sé, tiemblan más de lo que me gustaría, pero las manos saben lo que hacen aunque el resto del cuerpo acuse los años. El movimiento hace algo que el reposo no puede hacer: desata. Mueve lo que se ha quedado quieto demasiado tiempo. Afloja.
La madre me ha contado después que se le pusieron los ojos como platos por el miedo a que se me cayera. Me lo imagino. Entiendo que desde fuera no es una imagen tranquilizadora, una señora vieja con los brazos temblando dando vueltas a su bebé en el aire. Pero Irene dejó de llorar.
Primero el llanto se fue haciendo más espaciado, como cuando una tormenta empieza a perder fuerza. Luego se quedó en un quejido suave. Luego en nada y se durmió en mis brazos antes de que yo terminara. Se la di con cuidado a su madre. La niña dormía y se notaba en su carita que estaba descansando de verdad.
Entonces miré de nuevo al padre que seguía de pie junto a la puerta y ya no tenía los brazos cruzados. No decía nada. Yo tampoco le pedí que dijera nada. Las palabras en esos momentos sobran, y además la expresividad de su cara lo decía todo.
En la puerta, la madre se volvió. Tenía los ojos brillantes. Yo le hice un gesto como diciendo que no era nada y que no me debía nada. Porque no lo era. Era lo de siempre. Una niña con un nudo dentro y unas manos que saben desatarlo. Nada más que eso.
Con don Joaquín el médico nunca hablamos directamente del asunto. Nos cruzábamos en la calle, nos saludábamos con educación, y cada uno seguía a lo suyo. Pero una tarde de otoño coincidimos en la puerta de la farmacia de don Antonio. Me miró un momento hasta que se atrevió a decir, en voz baja, casi para él:
—Usted hace algo que yo no sé hacer.
No dijo qué. No le dio nombre.
Yo le respondí que él también hacía cosas que yo no sabía hacer, que para eso había estudiado tantos años, y que los dos servíamos para algo y los dos teníamos nuestros límites y que el mundo era bastante más grande que cualquiera de los dos.
Se quedó pensando hasta que al final Asintió.
Otra de las cosas que aprendí muy pronto, casi sin darme cuenta, es que la forma en que alguien llama a tu puerta dice mucho de cómo lleva el alma por dentro.
Hay quien toca fuerte, con los nudillos, anunciándose. Hay quien llama dos veces justas y espera con paciencia. Hay quien llama y ya está empujando antes de que abran. Y hay quien llama como llamó aquel muchacho, una tarde de finales de verano, con un golpe solo, suave, casi pidiendo perdón por molestar. Un golpe que no espera que abran. Un golpe de los que ya han llamado en demasiadas puertas y en demasiadas puertas les han dicho que no.
Abrí y lo vi.
Era joven, veintipocos años, con la ropa de llevar varios días encima y una cara que mezclaba el hambre con algo peor que el hambre, que es la vergüenza de tener hambre. Alto, de tez clara, con un acento que no era de aquí ni de cerca de aquí. Se quitó la gorra nada más verme, que eso también dice cosas de una persona.
—Buenas tardes, señora —dijo—. Perdone que moleste.
—No molesta —le dije—. Entre.
Luego me contó, sentado a mi mesa con un plato de gazpacho delante que se fue bebiendo despacio como quien no quiere que se acabe, que venía de Navarra. Que había llegado al pueblo siguiendo a un hombre que le había prometido trabajo en el campo y que ese hombre, cuando llegaron, resultó no tener ni el trabajo ni la palabra que había dado. Que se había quedado sin un céntimo, sin conocer a nadie, en un pueblo que no era el suyo, a casi mil kilómetros de su familia.
Había ido pidiendo ayuda por las casas del pueblo. Me lo dijo sin dramatismo, contándolo como un hecho, que también eso habla bien de alguien, que cuente sus desgracias sin pedirle lástima al que escucha. En la mayoría de las casas le habían cerrado la puerta. No siempre con malos modos, que la gente del pueblo no era mala gente, pero sí con ese miedo que tienen las personas cuando aparece lo desconocido en el umbral y no saben qué hacer con ello. En alguna casa le habían dado algo de comer, de pie, en la puerta, sin hacerlo pasar. Que también es una forma de dar, no lo digo de menos, pero es una forma que deja al otro en el umbral.
Yo lo hice pasar.
José llegó a la hora de cenar y se lo encontró sentado en nuestra cocina, con el segundo plato ya delante, escuchando a la radio ese programa de coplas que tanto me gustaban.
José me miró. Yo le devolví la mirada. No hizo falta más.
Se sentó a la mesa como si el muchacho llevara años cenando con nosotros, le preguntó de dónde era, de qué familia, qué había venido a buscar por estos pagos. El chico, que se llamaba Fermín, se fue soltando poco a poco, que los hombres así, serios y tranquilos como era José, tienen ese efecto en la gente, los relajan con su sola presencia.
Esa noche Fermín durmió en nuestra casa. Y la siguiente. Y unos cuantos más.
Su problema era el dinero para poder volver a Navarra. Nosotros no lo teníamos. No éramos pobres de los de pasar hambre, pero tampoco éramos de los que tienen dinero de sobra guardado debajo de una losa. Lo que entraba salía, que así era la vida de casi todo el mundo en aquellos años.
Pensé en Baltasar.
Baltasar era el carpintero de la calle de la Plaza, un hombre de pocas palabras y muchos recursos, que además de hacer los mejores marcos de puerta del pueblo tenía la costumbre de guardar algo y prestarlo cuando hacía falta. No era un prestamista de los de cobrar muchos intereses y apretar, no. Era más bien alguien que entendía que el dinero parado no sirve de nada y que moviéndose hace bien. Tenía un loro en la carpintería que hablaba más que él, y por eso todo el mundo lo conocía como Baltasar el del loro.
Fui a verlo una mañana.
Le expliqué el asunto sin rodeos, que Baltasar no era de rodeos. Le dije que había un muchacho navarro en mi casa que necesitaba el dinero del billete para volver con su familia, que yo respondía por él, que se lo devolvería cuando pudiera.
Baltasar me escuchó con los brazos cruzados, apoyado en el umbral de la puerta de la carpintería, mientras el loro decía cosas sin sentido desde su percha. Cuando terminé de hablar se quedó un momento callado. Luego entró dentro sin decir nada. Volvió con un sobre.
—Que vuelva con los suyos —dijo sin mas ceremonia. Y ya está. Así era Baltasar.
El día que Fermín se fue le acompañamos hasta la estación. Iba con el sobre de Baltasar en el bolsillo interior de la chaqueta, apretado contra el pecho como si fuera lo más valioso del mundo, que para él en ese momento lo era. Se había lavado y peinado, se había remendado como pudo un descosido en el cuello de la camisa, y tenía una cara completamente distinta a la del muchacho que había llamado a mi puerta diez días antes. No era solo que estuviera descansado y alimentado. Era que había recuperado algo que no es físico, algo que se pierde cuando el mundo te cierra las puertas una detrás de otra y que vuelve cuando alguien te abre una de verdad.
En la puerta del vagón del tren se volvió hacia nosotros. Vi que le temblaba un poco la barbilla y que hacía lo posible para que no se notara, que los hombres jóvenes de aquella época no lloraban delante de nadie si podían evitarlo.
—No sé cómo pagárselo —dijo.
—Viviendo bien —le dije yo—. Y acordándose de abrir las puertas cuando le toque estar al otro lado.
Pasaron los años. Yo fui perdiendo la cuenta de las caras que habían cruzado mi puerta, de los males curados, de los platos puestos, de los favores hechos sin nombre. No los contaba. Llevar la cuenta de lo que uno da es una manera de darlo a medias.
Y entonces, un domingo de primavera, llamaron a mi puerta.
No reconocí el golpe. Era un golpe seguro, tranquilo, de alguien que espera que abran porque no tiene motivo para pensar que no van a abrir. Un golpe completamente distinto al de aquella tarde de finales de verano, hacía ya quince años.
Abrí.
Había un hombre en la puerta, de unos treinta y tantos, con una mujer joven del brazo. Los dos bien vestidos, los dos con una sonrisa que llegaba antes que las palabras. El hombre tenía la tez clara y un acento que no era de aquí.
Tardé un momento. Y luego lo vi.
Debajo de los años, debajo de la ropa nueva y del porte de hombre hecho, estaban los mismos ojos del muchacho que se había bebido el gazpacho despacio para que no se acabara.
—Fermín —dije.
—Tía Juana —dijo él.
Entraron. Les hice café. La mujer se llamaba Rosario y era de un pueblo de Navarra vecino al suyo, y se los veía recién casados, no porque lo dijeran sino por la manera en que se miraban, que los recién casados tienen una manera de mirarse que luego se va volviendo otra cosa, más tranquila y más profunda pero distinta, y en ese momento todavía era la primera manera.
Fermín puso sobre la mesa el sobre de Baltasar. Lo había guardado todos esos años, el sobre original, con el dinero dentro más lo que correspondía de vuelta. Se lo dije que no hacía falta, que aquello estaba más que pagado. Me dijo que para él no lo estaba. Que había pensado en ese sobre muchas veces, en los años malos y en los buenos, y que sabía que mientras lo tuviera pendiente había algo incompleto en su vida.
Lo cogí. No por el dinero. Por él, para que pudiera irse sin ese peso.
Estuvimos toda la tarde. Rosario era una mujer alegre y curiosa que preguntaba cosas y escuchaba de verdad las respuestas, que no es tan frecuente como debería. Fermín me fue contando los quince años transcurridos: había vuelto a Navarra, había encontrado trabajo en una fábrica, había conocido a Rosario, habían tardado en casarse porque las cosas tardan lo que tardan, y en cuanto se casaron él le había dicho que el primer viaje que hicieran juntos tenía que ser a Cantoria.
—¿Por qué? —le había preguntado ella.
—Porque hay una persona allí a quien le debo más de lo que se puede pagar con dinero —le había respondido.
Lo supe por ella, porque eso él no me lo habría contado. Los hombres así no dicen esas cosas de sí mismos. Pero se las dicen a sus mujeres, y a veces las mujeres las cuentan, y está bien que las cuenten.
Cuando se fueron, ya de noche, me quedé en la puerta viéndolos alejarse por la calle. José estaba a mi lado, que también José había estado toda la tarde con nosotros, escuchando y poniendo el café y siendo lo que siempre fue: el fondo tranquilo sobre el que todo lo demás podía apoyarse.
—Qué bien ha salido este —dijo José, mirando cómo se alejaban.
—Qué bien —dije yo.
Y entramos a la casa.
Esa noche dormí de un tirón, sin despertar una sola vez, que no siempre me pasaba. Hay días que se cierran solos, redondos, sin que les falte nada. Ese fue uno de esos días.
No hay riqueza mayor. Se lo digo yo, que nunca cobré por nada y que sin embargo me he sentido rica muchas veces. Rica de esa manera que no se guarda en ningún cajón y que nadie te puede quitar.
Hay cosas que uno no elige. El año en que nace, por ejemplo. El pueblo. La familia. La época.
A nosotros nos tocó una época dura. No voy a decir que fue la peor de todas, porque no lo sé y porque siempre hay alguien que lo pasó peor y que merece que no se exagere lo de uno. Pero fue dura. La posguerra lo fue para casi todo el mundo en estos pueblos, y quien diga lo contrario o no lo vivió o lo vivió de otro lado, que también había lados distintos y eso tampoco hay que olvidarlo.
El hambre no era una palabra. Era una presencia en las casas. Se sentaba a la mesa sin que nadie la invitara y se quedaba más de lo que debía. Los hombres salían antes de que amaneciera buscando un jornal, las mujeres estiraban lo que había hasta donde podían estirarlo, que las mujeres de aquellos años sabían hacer cosas con casi nada. Un puñado de harina, unas hierbas del campo, un hueso que había dado ya todo lo que tenía y al que se le pedía un poco más. Y salía algo. Siempre salía algo.
Nosotros no pasamos lo peor. José trabajaba y yo también, cada uno en lo suyo, y teníamos la huerta pequeña del corral que daba tomates en verano y algo de acelgas el resto del año. Pero conocíamos el sabor de la escasez, sí. Lo conocíamos bien.
Y en ese tiempo, en esos años de apretarse el cinturón y mirar al cielo esperando que la cosa mejorara, llegó a nuestra puerta María.
María era del pueblo de Nacimiento, por la zona de Gérgal, un pueblo que está a un buen trecho de Cantoria, y había llegado aquí siguiendo a su marido, Leandro, que había encontrado trabajo en las minas de Serón antes de que la mili se lo llevara. Cuando Leandro se fue al servicio, María se quedó sola en un pueblo que no era el suyo, sin familia cerca, con un niño de dos años llamado Isidoro y con las manos como única riqueza. Era una mujer grande, de las que llenan el sitio donde están, con una voz que se oía desde el final de la calle y una energía para el trabajo que daba respeto. Pero el trabajo que había en el pueblo no alcanzaba para vivir, y cuando le llegó la noticia de que en los campos de Huéscar necesitaban gente para la siega y no se lo pensó. Entonces vino a verme.
—Tía Juana —me dijo—, necesito pedirle una cosa grande.
—Dígame.
—Quince días. Solo quince días. Voy a la siega y vuelvo con algo de dinero que tanta falta me hace. Pero el niño no puede venir, que la siega no es lugar para un crío de dos años, y aquí no tengo a nadie.
Me miró. Yo la miré a ella. El niño estaba a su lado, agarrado a su falda, mirándome con esos ojos grandes que tienen los niños pequeños cuando están en un sitio que no conocen.
—Déjelo —le dije.
María cerró los ojos un momento. Los abrió. Tenía el brillo de quien estaba haciendo un esfuerzo muy grande por no derrumbarse delante de nadie.
—Se lo agradeceré toda la vida —dijo.
—No me lo agradezca todavía. Váyase y trabaje y vuelva cuando termine.
El problema que no habíamos pensado era la cuna.
Isidoro tenía dos años pero dormía todavía en cuna, que los niños a esa edad necesitan los bordes para no rodar fuera mientras duermen. Y nosotros no teníamos cuna, ya que mis hijos, aunque pequeños ya dormían en su camas y como la casa era pequeña, se la dimos hacía un tiempo a una familia que la necesitaba. Mis tres hijos dormían juntos en el otro dormitorio que era un poco mas chico que el nuestro, asique tuvieron que hacerle espacio. Recuerdo como mi hija Ana que tenía 4 años no le hizo ninguna gracia compartir su cuarto con el pequeño Isidoro, que al fin y al cabo, era un desconocido para ella.
Le expliqué que Isidoro iba a quedarse unos días con nosotros, que su madre se había tenido que ir a trabajar y que no tenía a nadie más y entonces me miró con esa cara que ponía cuando estaba procesando algo que no le gustaba, pero que sabía que no tenía vuelta.
—¿Cuántos días? —preguntó.
—Quince.
Contó en silencio, con los dedos, como hacía siempre que manejaba números.
—Muchos —dictaminó.
—Sí —le di la razón—. Muchos. Por eso necesito que me ayudes tú.
Eso la ablandó un poco. Ana siempre estuvo dispuesta a ayudar si se le pedía con respeto, desde muy pequeña. Era su manera.
José resolvió lo de la cuna esa misma tarde. Salió al campo con un peto y una hoz y volvió con un buen brazado de ramas de azabara, que es una planta de hoja perenne que crece por estos montes y cuyas ramas son largas y flexibles si se trabajan recién cortadas. Las puso a remojar en un barreño grande una hora, para que cedieran sin romperse. Luego se sentó en el corral con la guita y empezó. Trabajaba despacio y con cuidado, trenzando las ramas, doblándolas en los ángulos, atando los cruces con la guita bien apretada para que no cedieran. No decía nada. Silbaba su tonadilla de siempre. Dos horas bastaron para tenerla lista. Era robusta, no se zarandeaba y eso dio seguridad. Metimos dentro un colchoncillo que teníamos de sobra y una manta doblada, y se la enseñamos al niño.
Isidoro la miró desde los brazos de su madre, que todavía estaba allí despidiéndose, con esa curiosidad que tienen los niños pequeños hacia los objetos nuevos. María la tocó con una mano, la probó, y levantó los ojos hacia José agradeciéndole con la mirada ese detalle que tan grande era para ella.
Los primeros días, Isidoro lloró. Lloró de noche porque echaba de menos a su madre, y de día porque el sitio no era el suyo y los olores eran distintos y las caras eran distintas y él no tenía palabras todavía para decir que lo que le pasaba era exactamente eso, que todo era distinto.
Lo cogía. Lo paseaba. Le cantaba esas canciones que se saben sin saber de dónde vienen, que las madres las tienen dentro desde antes de tener hijos. Se iba calmando poco a poco, que los niños pequeños se calman con el calor del cuerpo de alguien y con el ritmo, que son las dos cosas más antiguas del mundo.
Ana lo observaba todo desde una distancia prudente. No se acercaba. Lo miraba con esa expresión suya de estar evaluando la situación antes de tomar ninguna decisión.
Hasta que un día, el tercero o el cuarto, Isidoro se salió de donde yo lo había dejado sentado en el suelo y fue a gatas hasta donde Ana tenía sus cosas puestas, que Ana era muy ordenada desde muy pequeña, y agarró algo suyo con las dos manitas.
Ana se levantó de un salto.
—¡Eso es mío!
Isidoro la miró. No entendía nada. Sonrió.
Y entonces Ana le tiró del pelo.
No fuerte. Fuerte lo suficiente para que él soltara lo que tenía y para que se echara a llorar, que Isidoro lloraba con facilidad, propio de los pequeños que todavía no saben gestionar los golpes del mundo.
Lo cogí. La miré a ella.
—¡Ana!.
—¡Ha cogido mis cosas!.
—Lo sé. Pero eso no se hace.
Ana se sentó de nuevo con los brazos cruzados, mirando hacia otro lado, que era su manera de decir que no estaba de acuerdo pero que tampoco iba a discutirlo más. Isidoro se fue calmando en mis brazos, entre hipos.
Yo los miraba a los dos y pensaba, sin saber muy bien por qué, que el mundo es muy pequeño y que las cosas se enredan de maneras que uno no puede imaginar cuando está en medio de ellas.
María volvió a los quince días, como había prometido. Llegó con el delantal lleno de tierra de la siega y con una cara de agotamiento que daba pena, pero también con ese brillo de quien ha cumplido lo que se propuso. Traía unas monedas en el bolsillo del mandil, que no eran muchas pero eran suyas y las había ganado con su trabajo y en aquellos tiempos eso valía más que el dinero mismo.
Isidoro la vio entrar y gritó una sola vez, un grito corto y agudo que solo hacen los niños cuando ven a quien aman después de mucho tiempo, y se fue hacia ella a gatas tan rápido como pudo, que a los dos años ir a gatas es más rápido que ir andando todavía.
María lo cogió y lo apretó contra su pecho y no dijo nada durante un buen rato.
Yo me fui a la cocina a darles un momento.
Antes de irse, María puso sobre la mesa lo que podía. No era mucho. Yo le dije que no hacía falta. Ella dijo que sí hacía falta, que para ella sí. Lo cogí, por lo mismo que cogí el sobre de Fermín años después, para que se fuera sin el peso de sentir que debía algo.
Se fue con Isidoro en brazos. El niño, desde el hombro de su madre, me miró mientras se alejaban por la calle. Me miró fijo, con esos ojos grandes. Y luego escondió la cara en el cuello de María.
La cuna de azabara se quedó en el cuarto de Ana. La usamos para guardar mantas un tiempo. Luego se fue deshaciendo sola, que las cosas hechas de ramas vivas tienen esa condición, que duran lo que tienen que durar y luego vuelven a ser lo que eran.
Ana no volvió a hablar de Isidoro. Los niños pequeños olvidan rápido, o eso parece desde fuera. A lo mejor no olvidan sino que guardan las cosas en un sitio donde no se buscan, y están ahí aunque no se sepa.
Años después, muchos años después, cuando Ana ya era una mujer hecha y derecha y Isidoro era un hombre, se encontraron de la manera en que se encuentran las personas que el destino ha decidido que se encuentren, que es sin avisar y en el momento menos pensado.
Y se casaron.
Cuando me lo dijo Ana, yo no dije nada durante un momento. Lo estaba viendo, ese cuarto pequeño, la cuna de ramas, Isidoro con sus ojos grandes mirando a Ana, Ana mirándolo con sus brazos cruzados y su expresión de evaluación.
—¿Qué pasa, madre? —me preguntó Ana, que conocía mis silencios.
—Nada —le dije—. Que a veces el mundo es muy pequeño.
Y que José lo había visto antes que nadie, aunque ninguno de los dos lo supiéramos entonces.
Ana no supo que Isidoro era Isidoro hasta mucho después. Quiero decir que cuando se lo presentaron, de adultos, en esa manera casual en que el destino presenta a las personas que ha decidido juntar, ella no hizo ninguna conexión. No recordaba al niño de la cuna de azabara. Tenía cuatro años cuando Isidoro estuvo en nuestra casa, y cuatro años es una edad en que los recuerdos todavía no se guardan del todo, se quedan a medias, como sueños que uno sabe que tuvo pero no sabe qué contenían.
Yo sí lo recordaba. Yo lo recordé en cuanto me lo dijo.
—Madre, he conocido a un chico.
Así me lo dijo, de pie en la puerta de la cocina, con esa manera suya de soltar las noticias importantes como si fueran ordinarias, que Ana heredó de mí sin saberlo.
—¿Y cómo se llama? —le pregunté, sin levantar los ojos del remiendo que tenía entre manos.
—Se llama Isidoro, pero le dicen el Rubio.
Levanté los ojos entonces.
—¿De dónde es?
—De Nacimiento. Bueno, sus padres son del Nacimiento. Él creció aquí en Cantoria, que su padre trabajó en las minas de Serón y luego se quedaron.
Dejé el remiendo en el regazo.
Ana me miraba con esa expresión de no entender por qué me había quedado quieta.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada —le dije. No le conté nada ese día. Ni ese día ni los siguientes. Quería verlo primero, quería estar segura antes de decir algo que podía parecer una cosa rara o una cosa inventada por una madre vieja con demasiada imaginación.
Lo vi un domingo, cuando Ana lo trajo a comer. Entró por la puerta de mi casa con veintitantos años y metro ochenta de estatura y esos ojos grandes que yo había visto por última vez mirándome desde el hombro de su madre mientras se alejaban por la calle. Los ojos no cambian. El resto de una persona cambia todo, pero los ojos guardan algo de lo que fueron desde el principio.
Era él. No tuve ninguna duda.
Me dio la mano al saludar, con educación, con esa timidez correcta de los hombres jóvenes cuando conocen a la madre de la chica que les gusta. Me miró a la cara. Y yo lo miré a él, buscando al niño de dos años dentro del hombre de veintitantos, encontrándolo.
—¿Es usted la tía Juana? —preguntó.
—La misma —dije.
Sonrió. No sabía nada. Su madre nunca le había contado los detalles de aquellos quince días, o si se los había contado él los había olvidado, que también tiene su lógica porque tenía dos años y los recuerdos a esa edad son todavía más frágiles que los de Ana.
Me senté a la mesa con ellos y los escuché hablar y los observé, que observar a dos personas jóvenes cuando se gustan de verdad es una de las cosas más hermosas que hay, si uno sabe mirar sin entrometerse.
Sí. Era él. Y era para ella. Eso también se ve, cuando se sabe mirar.
Le conté a Ana la historia una tarde, meses después, cuando ya eran novios formales y la cosa iba en serio. Nos sentamos las dos en la cocina, con el café delante, y le fui contando despacio: María la Gorda, la siega en Huéscar, Leandro en la mili, los quince días y la cuna de azabara que le hizo su padre.
Ana me escuchaba sin interrumpir, que cuando Ana callaba de verdad era porque algo le llegaba hondo. Cuando terminé se quedó un momento en silencio.
—¿Y yo le tiré del pelo? —preguntó.
—Le tiraste del pelo.
Se le escapó una carcajada, breve, de esas que salen solas ante los caprichos del destino. Luego se quedó seria otra vez.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque quería verlo primero. Para estar segura.
—¿Y estás segura?
—Completamente.
Ana asintió despacio. Miró el café. Lo pensó de esa manera suya de pensar las cosas, yendo al fondo sin rodeos.
—Es una cosa muy rara —dijo al fin.
—Sí —le dije—. Y muy bonita.
—Las dos cosas —reconoció.
Eso era Ana. No se le escapaba nada, pero tampoco exageraba nada. Las dos cosas a la vez, siempre. Isidoro lo supo por su madre.
María, cuando se enteró de que su hijo andaba con la hija de la tía Juana de Cantoria, ató los cabos de una sola vez y llamó a Isidoro y le contó lo que de niño había dormido en esa casa. Que la tía Juana lo había cuidado quince días mientras ella estaba en la siega. Que sin esa mujer ella no hubiera podido ir a ganarse el jornal que hacía tanta falta.
Isidoro vino a verme al día siguiente. Llegó solo, sin Ana, que eso también fue una decisión suya que me pareció bien. Llamó a la puerta con un golpe tranquilo. Abrí.
—Tía Juana —dijo—, mi madre me ha contado.
—Ya me imaginaba.
—Quería venir a decirle...
—No hace falta que digas nada —le dije—. Entra que te preparo un café.
Estuvimos hablando un rato de cosas tranquilas, del trabajo, del tiempo, de Cantoria. Antes de irse se levantó y me dio dos besos, que hasta entonces me había dado la mano al saludar.
Se casaron en la primavera. Una boda sencilla, de las de antes, con la familia justa y una mesa larga en el corral de casa de los padres de Isidoro. Yo fui con el vestido bueno que guardaba para las ocasiones, el azul oscuro que me había regalado José hacía ya muchos años, en un cumpleaños que no recuerdo cuál.
En la boda, en un momento en que la música paraba y la gente se arremolinaba alrededor de los novios, Isidoro se separó del grupo y vino hasta donde yo estaba sentada, sola en mi silla, con el vaso de vino en la mano.
Se agachó a mi altura.
—Tía Juana —me dijo, en voz baja para que solo yo lo oyera—, me alegro mucho de que aquella noche mi madre llamara a su puerta y no a otra.
Lo miré. Tenía los ojos brillantes, que las bodas ablandan a todo el mundo, hasta a los más serios.
—Yo también —le dije—. Aunque si hubiera llamado a otra puerta, yo creo que el destino os habría juntado igual. Que sois de los que se juntan.
Sonrió. Se incorporó. Volvió con Ana.
Yo me quedé con mi vaso de vino, mirando la mesa larga y la gente y la tarde que empezaba a ponerse contenta, y pensé en Flora, en mi madre, en los míos que no estaban por la ley de la vida.
Nadie construye nada solo.
Eso es lo que he aprendido en todos estos años. Nadie construye nada solo, y nadie sabe del todo lo que está construyendo mientras lo construye. Uno pone una cuna de ramas una tarde de posguerra pensando en que dos niños tengan donde dormir, y no sabe que está poniendo el principio de algo que tardará veinte años en mostrar su forma completa.
El destino no avisa. Pero si uno lleva los ojos abiertos, a veces van dejando pistas.
A mí me las dejó ver. Tuve esa suerte, o esa gracia, que a estas alturas ya no sé distinguir las dos cosas.
Tengo las manos viejas.
Lo digo sin pena, que la pena por las cosas que tienen que pasar es un gasto inútil. Tengo las manos viejas y las reconozco como mías igual que reconozco todo lo demás que ha ido cambiando despacio, tan despacio que uno no lo ve mientras pasa y un día se mira y dice, ah, conque así ha quedado todo. Las venas marcadas, los nudillos un poco más gruesos que antes, la piel con ese papel fino de los años encima. Son las mismas manos. Han hecho lo que han hecho y aquí están todavía, descansando sobre el regazo mientras el sol de la tarde entra por la ventana y calienta lo que alcanza.
Desde esta silla veo el corral. El corral está igual que siempre, más o menos, aunque sin José ya no hay quien le dé el mantenimiento que él le daba y se nota. Le falta su mano. Le falta su silbido. Le faltan muchas cosas que yo ya no puedo darle porque no sé y porque tampoco tengo fuerzas, que las fuerzas también se van yendo, poco a poco, sin despedirse.
Pero el sol entra igual. Eso no ha cambiado.
Me pregunto a veces, en estas tardes largas en que una tiene tiempo de preguntarse cosas, si hice bien. Si hice suficiente. Si hubo alguien al que no ayudé cuando podía haberlo hecho, alguna puerta que se me fue sin abrir, algún mal que podría haber curado y no curé.
Siempre encuentro alguno. La memoria, cuando uno le da vueltas, siempre encuentra el hueco, la grieta, el momento en que se pudo hacer más. Eso no se lo recomiendo a nadie como ejercicio, que no es sano y además no cambia nada de lo que ya pasó.
Pero tampoco voy a decir que no lo hago. Lo hago. Soy humana.
Lo que sí puedo decir es que no recuerdo haber cerrado una puerta a propósito. No recuerdo haber dicho que no cuando podía decir que sí. No recuerdo haber cobrado lo que no se cobra ni haber guardado lo que debía darse. Si hubo errores, y los hubo, no fueron de esos.
Con eso me quedo. Con eso duermo.
La gracia sigue ahí.
Eso es lo primero que me sorprende cuando me paro a pensarlo, que a mi edad todavía siga. Más cansada, más lenta, con menos fuerza que antes, pero ahí. Como un fuego que ya no es el de los primeros años pero que tampoco se ha apagado del todo.
Vienen menos que antes. La gente joven ya no cree tanto en estas cosas, o cree de otra manera, o tiene otros sitios a donde ir cuando algo no encaja. Eso está bien. Cada tiempo tiene sus remedios y sus creencias y no es mi lugar decir cuáles son mejores. Yo hago lo que sé hacer mientras pueda hacerlo. Cuando no pueda, dejaré de hacerlo. Sin drama.
Lo que no sé es qué pasará con la gracia cuando yo me vaya.
José. No puedo escribir este último capítulo sin nombrarlo de verdad, sin darle el sitio que le corresponde, que hasta ahora ha aparecido en los bordes, en las esquinas, en los silencios, y se merece algo más que los bordes.
José Tortosa fue un buen hombre. No de los que salen en los libros, no de los que hacen cosas grandes que todo el mundo recuerda. De los otros. De los que hacen cosas pequeñas todos los días durante toda una vida y construyen con eso algo que no tiene nombre pero que se nota, que se nota mucho, cuando ya no está.
Me quiso bien. Eso también merece decirse, que no siempre se dice y debería decirse más. Me quiso de esa manera tranquila y constante que no hace ruido pero que está siempre, como el agua del río que uno no oye cuando lleva tiempo viviendo cerca pero que el día que falta es lo primero que echa de menos.
Nunca me pidió que fuera distinta. Nunca le molestó la puerta abierta, la gente entrando y saliendo, los favores hechos a quien los necesitaba. Lo aceptó desde el principio como parte de lo que yo era, y eso, he ido entendiendo con los años, es una de las formas más altas de querer a alguien: aceptar lo que es sin intentar cambiarlo en lo que uno preferiría que fuera.
La última tarde que pasamos juntos, unos días antes del final, me cogió la mano. Estábamos sentados en el corral, al sol de octubre, callados. Me cogió la mano y se quedó así, con mis dedos entre los suyos, mirando el corral.
No dijo nada. Yo tampoco. No hacía falta.
Cantoria me ha dado más de lo que yo le he dado a ella. Eso lo tengo claro.
Me dio un sitio donde ser. Me dio a José. Me dio a mis hijos. Me dio la posibilidad de hacer lo que sé hacer rodeada de gente que me lo permitió, que no lo rechazó, que confió en mí cuando había razones para no hacerlo, que es la forma más generosa de confiar.
Me dio las caras. Todas las caras que han pasado por esta puerta a lo largo de los años. El miedo en los ojos de las madres, el alivio después, la gratitud que no siempre sabe cómo expresarse y que se convierte en un paquete de café o en unas galletas María envueltas en papel de estraza. Esas caras son mías. Las guardo todas. No hay archivo donde quepan pero las guardo igual, aquí dentro, en el sitio donde uno guarda las cosas que no tienen forma pero que pesan.
He sido rica toda mi vida. Solo que de una riqueza que no se cuenta.
Esta tarde, mientras escribo esto en mi cabeza porque a estas alturas escribirlo con la mano me cuesta más de lo que me costaba antes, ha llamado alguien a la puerta.
Un golpe solo. Tranquilo.
Me he levantado despacio, que despacio es como me levanto ahora, y he ido a abrir.
No voy a decir quién era. No importa quién era. Importa que estaba ahí, en el umbral, con esa cara que tiene la gente cuando necesita algo y no sabe muy bien cómo pedirlo.
He abierto la puerta.
—Pase —he dicho.
Y he hecho sitio.
Eso es todo lo que soy. Eso es todo lo que he sido siempre. Una mujer que abre la puerta y hace sitio.
Ana Flor Tortosa Aránega
Isabel Nieto Martos
Antonia María Nieto Martos
Susy Fernandez García
Pilar Miras Pedrosa