La Campana de don Eduardo
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Me llamo Eduardo Giménez Molina y en esta vida he sido muchas cosas, algunas reales y otras que la gente ha ido añadiendo a mi biografía con el tiempo y la imaginación, como que hice un pacto con el diablo para hacer fortuna, que fui amante de la reina Isabel II y que por eso triunfé en Madrid. No voy a negar mi amistad con la reina ni los beneficios que saqué de ello, pero de ahí a lo otro… Bueno, digamos que Su Majestad era una mujer de espíritu ardiente y que su marido, el primo Francisco de Asís, no era precisamente el tipo de hombre que podía apagar ese fuego. Y claro, esto desatan los rumores como un huracán. Pero eso es asunto suyo y mío, y los dos nos lo llevaremos a la tumba. Lo que sí puedo decirles es que si algo he aprendido en esta vida, es que es bueno que hablen de uno, para bien o para mal, porque eso significa que estás vivo y que le importas a la gente.
Nací en Cantoria, hijo de un hombre que lo fue todo en ese pueblo: abogado, político, alcalde, y constructor del edificio del Ayuntamiento que todavía hoy da la cara por la plaza. Mi padre era un hombre de carácter, con una idea muy clara de lo que significaba el apellido. Jiménez, me decía, lo lleva cualquiera. Jiménez con J suena a pobreza, a polvo de camino, a nadie. Y así fue como decidió cambiarlo. Una G mayúscula al principio, y ya éramos Giménez. Con G, como los caballeros. Yo heredé de él la carrera, el apellido ennoblecido, y esa convicción de que en esta vida los detalles importan más de lo que parece.
Estudié Derecho en Granada, como correspondía, y cuando terminé supe que Cantoria se me había quedado pequeña. Madrid era la única respuesta posible para un hombre con ambición y fortuna mas bien modesta insuficiente para vivir de las rentas. Llegué sin más patrimonio que unas cartas de presentación firmadas por la familia Cañabate, naturales de la zona y muy bien posicionados en el gobierno, amigos de mi abuelo materno, el Señor de Somontín. A través de ellos entré a trabajar en un bufete de abogados que, entre otros asuntos, llevaba los intereses del V Marqués de la Romana. Nada importante al principio. Papeles menores, trámites que cualquiera podría haber resuelto. Pero yo los resolvía rápido y bien, y mis jefes se fueron dando cuenta.
El caso que me cambió la vida fue un pleito del Marqués contra el XV Duque de Alba, don Jacobo Fitz-James Stuart. Asunto de lindes de tierras, que suele parecer cosa menor hasta que uno se da cuenta de que en España las tierras nunca son cosa menor. El abogado del Duque era Juan de la Cierva y Soto, un peso pesado del foro, un hueso que nadie en Madrid se atrevía a roer por su fuerza y su carácter. Me lo pusieron a mí delante, quizá porque pensaron que si lo perdía, la culpa recaería sobre el más joven. Lo gané. Y cuando llegó el momento de cobrar mis honorarios, los rechacé. Le dije al Marqués que haberle ganado al mismísimo Duque de Alba era ya recompensa suficiente. Y no mentía. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo: ese gesto valía más que cualquier factura. En una semana, Madrid entera sabía quién era Eduardo Giménez Molina.
De Madrid a los salones, y de los salones a palacio, hay menos distancia de lo que la gente cree. La reina Isabel II era una mujer que no pasaba por alto nada de lo que ocurría en su capital, especialmente si tenía que ver con alguien que había puesto en evidencia al Duque de Alba, al que no le profesaba especiales simpatías. Quiso conocerme, y yo acudí. Me recibió con esa mezcla de majestad y cercanía que desplegaba cuando quería cautivar, y lo consiguió. No voy a hablar de más. Sí diré que era una mujer profundamente contradictoria: ardiente como pocas, y al mismo tiempo torturada por una religiosidad que la llevaba a redimirse de cada pecado con generosidad desbordante hacia la Iglesia. En los bajos del palacio mantenía un taller de bordado con más de cuarenta mujeres que cosían mantos para regalar a las vírgenes patronas de las principales ciudades de España cuando por razón de estado visitaba sus ciudades. También mandó fundir dos grandes campanas en Valencia: una para la catedral de Burgos y otra para la de Toledo. Y yo era quien se encargaba de hacer entrega de esos presentes a sus destinatarios. Era, si se me permite la expresión, su testaferro de la redención.
Menos la campana de Toledo. Ésa me la quedé yo, aunque no por voluntad propia. Sucedió que cuando terminó de fundirse, la reina ya estaba en el exilio, derrocada y olvidada a causa de su mal gobierno y la corrupción galopante. Su fama era tan funesta que la catedral de Toledo rechazó el regalo sin contemplaciones. No querían nada que viniese de ella. La campana estaba pagada y yo era el responsable. Así que hice lo único sensato: la llevé a la iglesia de mi pueblo, en Cantoria, que en aquellos años estaba en su fase final de construcción y que buena falta le hacía una voz de bronce que se oyera desde los cerros. Allí sigue, llamando a misa, marcando las horas, sin que nadie sepa muy bien de dónde vino ni a cuántos pecados reales sirvió de penitencia.
El partido la Unión Liberal con el duque de la Torre a la cabeza, no paró hasta que consiguió mi afiliación al partido. Supongo que un hombre que gana pleitos imposibles y sabe moverse en palacio resulta útil a cualquier causa. De 1869 a 1871 fui Diputado en Cortes por la circunscripción de Huércal-Overa, que desde entonces lleva a Cantoria bajo su partido judicial, cuando antes pertenecía a Purchena. En esa etapa luché por la construcción de la carretera de Cantoria a Almería y que sirviera que los pueblos de la sierra salieran definitivamente del aislamiento y que por lo menos, me dio tiempo a ver puesta la primera piedra. Ejercí también como Director General de lo Contencioso Administrativo en el Ministerio de Hacienda. Cargos que suenan áridos pero que en la práctica significan poder real: el poder de quien conoce los mecanismos del Estado por dentro y sabe exactamente dónde están las palancas.
Fue durante aquellos años, en concreto en 1872, cuando recibí el encargo que terminaría de hacer mi fortuna. Antonio Abellán, el rico minero de Cuevas del Almanzora, supo que el Marqués de la Romana y sus hermanos querían desprenderse de más de noventa propiedades de naturaleza rústica y urbana que habían heredado de su madre, la Duquesa de Montalto —hija del Duque de Medina Sidonia y Marqués de los Vélez— repartidas por el Almanzora, y entre ellas, como joya de la corona, una gran finca llamada Almanzora, con su caserón de administración, su ermita y su almazara. Don Antonio, sabiendo que yo llevaba asuntos al de la Romana, se mostró vivamente interesado en adquirir todas esas propiedades, pues andaba empleando en bienes raíces las cuantiosas ganancias que le dejaban sus minas en las Herrerías de Cuevas. Yo conocía a ambos, ellos me conocían a mí, y la operación se hizo con la fluidez que tienen los negocios cuando la confianza y la palabra entre caballeros es ley. Dos años después, el rey Amadeo de Saboya le otorgó el título de nobleza que tanto merecía, y don Antonio eligió que Almanzora fuera el nombre de su marquesado. Nadie lo habría escogido mejor.
Las comisiones de aquella transacción me cambiaron la vida para siempre. El Marqués de la Romana me cedió el precioso Huerto del Administrador, antigua residencia veraniega del administrador del Marquesado de los Vélez, a orillas de la rambla Pedro Egea, conocida popularmente como de las Mateas. Y Abellán, en pago por mis gestiones, me transfirió el caserón de administración del Marquesado de los Vélez en la calle San Juan, que había ido incluido en el lote de Almanzora. Luego negociamos por un precio justo el traspaso de la Almazara del Marquesado y otros terrenos cercanos a donde después se construiría la estación de ferrocarril.
Adquirí también una amplia casa en la calle de los Álamos, la que había empezado a levantar el cura don Juan José García Utrera, natural de Albanchez donde tenía muchas propiedades y que dejó inconclusa cuando lo trasladaron a Bédar. Sumado todo a la herencia de mi padre, me convertí en el segundo mayor terrateniente de Cantoria, sólo por detrás del propio don Antonio. No está mal para un muchacho que llegó a Madrid sin más equipaje que un apellido con G mayúscula, unas cartas de recomendación y las ganas de comerse el mundo.
Me casé con Soledad Sánchez, mi novia de toda la vida, que era exactamente lo que su nombre prometía: una mujer de carácter sereno y firme que puso orden en mi vida sin que yo llegara a darme cuenta de cuándo había ocurrido. Tuvimos tres hijos. A Alejandro le dejé el caserón de la calle San Juan. A Maravillas, el Huerto del Administrador, que con el tiempo llamaron Villa-Smara. A Dolores, otras propiedades repartidas entre Cantoria y Somontín, entre ellas la casa que le compré al cura de Albanchez, donde vivió con su marido, el médico don Trinidad. Dividí lo que había construido y procuré que ninguno se sintiese olvidado.
Mientras yo me labraba un nombre y un porvenir en Madrid, mi familia permanecía en Cantoria. Era Soledad quien con mano sabia administraba el patrimonio que yo iba acumulando, y quien se aseguraba de que nuestros hijos echaran raíces en aquella bendita tierra. Quería que, de adultos, eligieran su destino con la libertad que da el pertenecer a un lugar. Y bien que se criaron con ese apego, porque todos hicieron su vida en el pueblo.
Hay algo de lo que me siento tan orgulloso —o incluso más— que de cualquier pleito ganado: el ferrocarril. Aquello no fue sencillo. Durante meses, en los despachos del Congreso en Madrid, se vivió un auténtico pulso entre negociaciones encendidas, intereses cruzados y voluntades difíciles de doblar. El primer trazado apuntaba hacia la comarca de los Vélez, pero dejaba fuera un factor que no podíamos ignorar: la zona minera del Almanzora, con Serón despuntando en pleno auge.
Insistimos, argumentamos, presionamos. Al fin, el peso de los intereses mineros inclinó la balanza, y el ferrocarril encontró su camino hacia el Almanzora. Pero aún quedaba otra batalla: el proyecto pasaba por Albox y dejaba a Cantoria y Almanzora al margen, condenadas al olvido que da no tener estación. Abellán y yo no lo permitimos. Cedimos tierras, hablamos con los propietarios, empleamos cada hilo de influencia que teníamos para torcer ese trazado. Y lo conseguimos. El ferrocarril entró por Cantoria y por Almanzora, con estación en ambas y con las vías a escasos metros de su palacio y de mi huerto. Los trenes no sólo mueven mercancías: mueven el tiempo de los pueblos hacia adelante y llevan consigo el aire del progreso.
Por eso, cuando la vejez me llamó y llegó la hora de una jubilación más que merecida, quise que mi casa —la que fue del administrador del Marquesado— y el huerto, se convirtieran en un centro de la vida cultural de la comarca. Todos los artistas, concertistas y compañías de teatro que pasaban camino de Baza o Murcia hacían su parada en Cantoria para deleitarnos con su arte. Obras de teatro, zarzuelas, conciertos de piano y flauta: todo tenía cabida entre aquellas paredes, donde se reunía la flor y nata de la zona. Mis hijas Dolores y Maravillas actuaban en algunas obras y ejercían a la perfección su papel de anfitrionas, con esa gracia natural que heredaron, no sé si de su madre o de sus años de escuchar buena música.
Así que ya saben quién soy. Un abogado de pueblo con G en el apellido, un hombre que ganó a De la Cierva y se hizo amigo de una reina, que trajo una campana de Toledo a Cantoria y que dobló el trazado de un ferrocarril. Si en todo eso quieren ver también un romance real, allá ustedes. Yo no niego nada que no pueda probar, y no confirmo nada que no me convenga. En eso, al menos, sigo siendo abogado hasta el final.
https://www.piedrayllora.com/biograf%C3%ADas/saga-1-los-alejandros
https://www.piedrayllora.com/biograf%C3%ADas/fern%C3%A1ndez-s%C3%A1nchez-trinidad
https://www.piedrayllora.com/biograf%C3%ADas/casanova-navarro-catalina
https://www.piedrayllora.com/biograf%C3%ADas/abell%C3%A1n-pe%C3%B1uela-antonio
https://www.piedrayllora.com/biograf%C3%ADas/fern%C3%A1ndez-mu%C3%B1oz-eduardo