Los fantasmas del Camino Alto
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Era la última hora de una tarde de julio, cuando el calor aflojaba lo justo para poder estar en la calle sin que fuera un suplicio. La tía Amalia había sacado su silla al umbral, como hacía siempre después de cenar, y sus nietas, que vivían a pocos pasos, en cuanto veían a su abuela ya sentada en el fresco con su matamoscas, se iban con ella porque sabían que la diversión estaba asegurada. Luego se iban añadiendo al corrillo más vecinas, y así pasaban el rato y evitaban el calor sofocante que desprendían las casas por dentro. La tía Amalia era un pozo de sabiduría y atesoraba anécdotas para escribir una enciclopedia, y las nietas ya tenían edad para entender ciertas cosas, aunque no todas. Se fueron acomodando a sus pies en el escalón de piedra, porque cuando la abuela tomaba esa postura —espalda recta, manos sobre el regazo, ojos entornados hacia la calle— era señal de que iba a hablar. Y cuando la tía Amalia hablaba, merecía la pena escuchar.
—¿Nenicas, os acordáis de la novia del hermano del abuelo, la tía Matamoños? —Empezó, sin que nadie le hubiera preguntado nada.
Las nietas se miraron entre sí.
—Claro abuela, no hace tanto que falleció.
—Pues bueno, no sé si sabíais que ella, antes de estar con el tío, era ya viuda. Viuda y con sus cosas, que una viuda también tiene derecho a tenerlas, aunque en aquel entonces no todo el mundo opinaba lo mismo. El caso es que andaba de amores con vuestro tío cuando todavía vivía la tía Elisa. Y como los dos tenían algo que perder, se las ingeniaban para verse sin que nadie los viera. O eso creían ellos.
Una de las nietas arqueó las cejas con un punto de picardía.
—¿Y cómo lo hacían?
La tía Amalia sonrió de lado, con esa sonrisa que guarda el comentario más gordo para el final.
—Pues él iba con su burra, cargada con un serón grande. Quedaban en algún recodo del camino hacia Almanzora, la subía dentro del serón, la tapaba bien —unas veces con perfollas del maíz, otras con una colcha— y así entraban al pueblo. Por la calle Orán, que los corrales tenían salida por allí. La burra entraba, y dentro del corral, la buena mujer salía del serón tan campante y bueno, ya después, pues... —Se detuvo.— Aquí lo que no sé es si la burra era cómplice o simplemente una bestia de carga con mala suerte.
Las nietas se rieron. La tía Amalia continuó, imperturbable.
—Al final la tía Elisa se murió, él quedó viudo y vía libre, y entonces ya no hubo serón ni perfollas ni nada. Se juntaron y punto. Que el pueblo ya lo sabía todo de todas formas. Siempre lo sabe.
Hubo un momento de silencio. Un gato cruzó la calle despacio, como si también estuviera escuchando.
—Y eso no es lo más que se cuenta de la tía Matamoños —añadió, bajando un poco la voz. —Ella, como ya tenía sus años, había ido sacando canas. Y a ella eso no le hacía ninguna gracia. Así que tenía por costumbre coger un tizón de la lumbre, bien negro, y tintarse las raíces. Lo hacía con mucho cuidado, la pobrecilla. Con mucho cuidado y mucha ilusión.
Pausa.
—Un martes de mercado en Albox le cayó un aguacero de los buenos. Y el tizne, que es lo que es, empezó a correrle por la cara delante de todo el mundo. Churretes negros de la frente para abajo. Ella, muerta de vergüenza. El resto, intentando no reírse. Que algunos lo intentaron más que otros.
Las nietas ya no disimulaban la risa. La tía Amalia las dejó reírse un momento.
En ese momento pasó un muchacho por la calle y dio las buenas noches. Como la tía Amalia no veía bien de lejos, les preguntó a las nietas quién era, y ellas le respondieron el nombre y el de sus padres y abuelos.
—¡Hay niñicas, no me digáis que es nieto de don Fulano! —Y empezó a reír para sus adentros.— No sé si sabrá el muchacho lo de los fantasmas del camino alto.
Las nietas se miraron intrigadas.
—Corrían los años cincuenta, y había cundido la creencia de que en el camino alto había fantasmas. Almas en pena que vagaban de noche buscando no se sabía bien qué. Y no era un rumor cualquiera: la gente lo creía de verdad. Intentaban evitar pasar por allí de noche, y si había que hacerlo, se santiguaban al pasar. Los más valientes lo intentaban rezando entre dientes, y aun así apretaban el paso sin mirar atrás. Hubo madres que prohibieron a sus hijos acercarse por allí después del anochecer, y maridos que daban un rodeo de media hora antes que pasar por ese trecho. El miedo, cuando prende en un pueblo, no necesita mucha leña.
La tía Amalia hizo una pausa y las miró con expresión de quien está a punto de desvelar algo.
—Pero la explicación era más sencilla y bastante menos sobrenatural: eran amantes —casados, la mayoría— que se tapaban con una sábana para no ser reconocidos mientras esperaban al otro. Fantasmas del deshonor, podría decirse. Se movían despacio, en silencio, con la sábana por encima, igual que cualquier alma en pena que se precie. El efecto, de noche y con la imaginación calentita, era convincente.
—¿Y nadie los descubrió? —preguntó la más pequeña.
—Uno sí. Un ebanista del taller de ataúdes de la familia Castellanos que volvía con su mula y su cargo de Arboleas de llevar una carga de ataúdes en un almacén de allí, se le hizo de noche. La mula se le pusieron las orejas tiesas al notar presencias extrañas, a punto de espantarse, y el hombre gritó: ¿Quién anda? Y el fantasma, muy digno, le respondió: Contigo no va nada. Sigue tu camino.
—El buen hombre reconoció la voz. Y claro, en un pueblo esto no se guarda. Al tiempo, todo el mundo sabía quién era el fantasma y con quién andaba. El camino alto dejó de dar miedo de golpe, que es lo que pasa cuando los misterios tienen nombre y apellidos. —La tía Amalia bajó los ojos un momento, con algo que podría haber sido pena.— La amante tenía una hija. De la vergüenza, cayó enferma y ya no se levantó más. O eso dicen, que yo no lo puedo jurar.
Las nietas callaron. El relato había dado un giro que no esperaban.
—La vida en los pueblos era así —dijo la tía Amalia, sin dramatismo—. Muy pequeña para los secretos y muy grande para el escarmiento.
Estaban así, en el silencio que dejan las historias con mal final, cuando por la calle apareció una mujer de mediana edad que saludó al pasar con una sonrisa. La tía Amalia entornó los ojos intentando reconocerla.
—¿Quién es esa? —preguntó a las nietas.
—La hija de la tía Pelucas, abuela.
La tía Amalia asintió despacio, con esa risilla que significaba que acababa de abrirse un cajón lleno de cosas.
—Hija de la tía Pelucas—. Repitió el nombre como quien paladea algo. —Pues hay que ver lo que le tocó pasar a esa mujer con esta. Que era muy buena persona la tía Pelucas, muy trabajadora, pero más beata que una piedra de iglesia. Vivían en los cortijos del puente de hierro, y la chica, que entonces era joven y tenía su corazón, andaba de amores con el Pardín. Un buen mozo, sin más tacha que ser pobre, que en aquellos tiempos era tacha suficiente.
Hizo una pausa, tragó saliva y continuó con la historia.
—Y se quedó embarazada antes de casarse.
Las nietas no dijeron nada. Sabían que cuando la tía Amalia paraba así, era para que el peso de las palabras cayera solo.
—Para la tía Pelucas aquello fue una catástrofe del tamaño del mundo. No tanto por el embarazo en sí, que la naturaleza es la naturaleza, sino por lo que venía después: que don Francisco, el cura, los casaría en la sacristía o en el sagrario, casi a escondidas, como quien entierra algo de noche. Porque así se hacía entonces con los que llegaban con el bombo puesto al matrimonio. Sin altar mayor, sin flores, sin que el pueblo entero los viera pasar. Una boda de vergüenza, vamos.
—¿Y qué hizo?— preguntó una de las nietas.
—Pues lo que hacía siempre que necesitaba algo: recurrir al cura. Que la tía Pelucas tenía con don Francisco una deuda de favores acumulada durante años. Cuando mataban el cerdo, lo mejor del jamón y las tripas del mejor embutido eran para el cura. Cuando recogían las patatas, las más grandes y lustrosas eran para el cura. Cuando venían los tomates, los primeros y más rojos eran para el cura. Don Francisco comía bien en aquella casa, bien y sin pedirlo, que es la mejor manera de comer.
La tía Amalia hizo una pausa y algo en su expresión mezcló la compasión con la ironía.
—Pues con todo ese crédito acumulado, la tía Pelucas decidió ir a pedirle el favor. Y fue del cortijo a la casa del cura de rodillas. Arrodillada, por el camino, para demostrar su arrepentimiento y su fe. Que si la hija había pecado, la madre haría la penitencia. Llegó con las rodillas en carne viva a pedirle perdón por lo que había hecho su hija y a suplicarle que los casara en el altar mayor, como Dios manda y como ella se merecía después de tantos años de jamones y embutidos.
—¿Y el cura?— preguntó la más pequeña, casi sin respirar.
—El cura ni se inmutó. La escuchó, la dejó terminar y los casó en la sacristía. Como estaba mandado. Sin altar mayor, sin concesiones, sin que los jamones de años anteriores pesaran lo más mínimo en la balanza—. La tía Amalia abrió las manos en un gesto de conclusión inevitable. —Que el perdón de Dios es infinito, pero el del cura del pueblo, al parecer, tenía sus límites.
Las nietas se rieron, con esa risa que sale cuando una historia duele un poco, pero también tiene su gracia.
—Y lo más hermoso del asunto— añadió la tía Amalia, con tono casi admirativo —es que la tía Pelucas siguió llevándole regalos al cura después de la boda. Para expiar las culpas, decía ella. Que hay personas que nacen para dar y no saben hacerlo de otro modo, aunque el que recibe no se lo merezca.
Se quedaron un momento calladas, digiriendo eso. Entonces la tía Amalia, sin que viniera a cuento de nada aparente, dijo:
—¿Sabéis lo que le pasó a vuestra tía Juana con Luis el electricista?
Las nietas negaron con la cabeza.
—Pues fue cuando estaban tendiendo la luz por las calles de las afueras. Luis era uno de los trabajadores, buen hombre, de los que hacen su faena sin dar guerra. Un día estaba encaramado arriba uniendo unos cables, y un compañero suyo, que pensaba que ya había acabado, fue y pulsó el interruptor para dar corriente al nuevo tendido desde la central—. La tía Amalia hizo una pausa breve, sin dramatismo pero sin restarle peso a lo que venía. —La descarga lo mató en el acto. Se cayó y ya no se levantó.
Silencio.
—Lo velaron en su casa esa misma noche. Y vuestra tía Juana, que entonces era una muchacha, decidió ir al velatorio con sus amigas. Ninguna había visto un muerto en su vida, y menos uno electrocutado, lo que tenía un morbo especial para unas chiquillas de su edad. Llegaron a la casa y les dijeron que el difunto estaba en la planta de arriba. Los amigos y vecinos que lo velaban estaban abajo, y el muerto, arriba, solo con sus velas y sus flores.
Subieron las cuatro sin hacer ruido, se acercaron al ataúd y se quedaron mirándolo. Embobadas, como quien estudia algo que nunca ha visto. Lo analizaban en silencio, con esa mezcla de respeto y curiosidad que da la muerte cuando es la primera vez. Pasaron los minutos. Y entonces, una de las manos del difunto se levantó despacio.
La tía Amalia dejó reposar eso un instante.
—Las chicas salieron de allí como alma que lleva el diablo. Escaleras abajo, gritando que el muerto resucitaba. El escándalo fue de los que se oyen desde la calle. Los familiares subieron corriendo, y para cuando llegaron arriba, el otro brazo también se movía, los dedos abriéndose solos. Los que habían subido valientes bajaron casi tan rápido como las muchachas.
Llamaron a don Adolfo, el médico, con carácter de urgencia. El hombre llegó en plena noche, con cara de pocos amigos y el sueño encima. Examinó al difunto con calma, lo miró de un lado y de otro, y anunció que estaba muerto de verdad, que no había resurrección ninguna. Lo que quedaba de corriente eléctrica en el cuerpo seguía provocando espasmos musculares. Cosa de la física, no del más allá.
—¿Y la familia?— preguntó una nieta.
—La viuda, al oír los gritos y ver el revuelo, le entró un soponcio y se desmayó. —La tía Amalia suspiró con una mezcla de compasión y resignación.— Que bastante tenía ya con lo suyo, la pobrecilla, sin que encima el marido muerto le diera el último susto.
Las nietas se rieron, aunque con cierta incomodidad, que la historia tenía demasiado muerto de fondo para reírse del todo. La tía Amalia las dejó y continuó.
—Es que vuestra tía Juana era mucha tía Juana. Vosotras la habéis conocido ya casada y formal, pero de joven, ahí Dios, no salía de una cuando ya estaba metida en otra.
Las nietas se miraron con curiosidad.
—¿Qué más hizo?
—Pues mira. Un día Juan Tijeras anunció en el periódico que en el Teatro Saavedra iban a proyectar una película de miedo. La primera vez que en Cantoria se veía una película de terror, lo anunció como si fuera el acontecimiento del siglo, que para él lo era. Vuestra tía y sus amigas, claro, no podían perdérselo.
Una película de terror, hostias, esto se ponía interesante, pensaban las nietas de la tia Amalia.
—La película era de esas de asesino en una residencia de estudiantes, que va liquidando a los pobres muchachos uno detrás de otro. Ya os podéis imaginar cómo estaba el patio de butacas: gritos, saltos, alguna que se tapaba los ojos y luego los abría para no perderse nada. Cuando acabó y salieron a la calle, estaba cayendo una lluvia fina de esa que cala hasta los huesos y pone todo negro y desierto.
—Venían andando hacia casa, todavía con el susto en el cuerpo, cuando al doblar la esquina vieron la calle completamente vacía. Y en medio de ella, parado, un hombre. Botas de agua, chubasquero, gorra de ala ancha. Y al hombro, una azada.
La tía Amalia hizo una pausa y las miró.
—El asesino de la residencia, vamos.
—¡El asesino! ¡El asesino!. Empezaron a gritar como locas. Yo, que estaba en casa, oí las voces y abrí la puerta corriendo. Entraron como posesas, todas a la vez, empujándose, gritando que cerrara con llave, que venía un asesino detrás de ellas. Yo, claro, asustada también, cerré la puerta, echamos la llave, apagamos las luces y nos fuimos a la ventana a ver si pasaba.
—Cuando vimos que el hombre torcía hacia nuestra puerta, aquello fue el acabose. Ellas escaleras arriba, cada una buscando dónde meterse: una debajo de la cama, otra dentro del arca, otra en el armario, y todas gritando que nos iban a matar. Y yo ahí, intentando callarlas, que el corazón también me latía más de la cuenta.
La tía Amalia se detuvo. En su cara había algo que no era exactamente pena ni exactamente risa, sino las dos cosas a la vez.
—De repente escucho meter una llave en la cerradura. Girarla. Y entrar. —Hizo una pausa.— Era vuestro abuelo, que venía de regar. Como la noche estaba tan fea, se había puesto el chubasquero ese que se trajo de Alemania cuando emigró, con su gorra y sus botas. Y la azada al hombro, como siempre.
Las nietas empezaban ya a reírse, viendo venir el final.
—Yo, que no soy muy miedosa y enseguida até cabos, quise aprovechar la ocasión. Le hice señas a vuestro abuelo para que bajara la voz, le conté al oído lo que había pasado y le dije que subiera por la escalera y las buscara. El hombre, que tenía su gracia cuando quería, subió despacio, sin hacer ruido. Y empezó a abrir puertas.
Pausa larga.
—Salieron de los escondites gritando como si el mundo se acabara hasta que fueron viendo que era el abuelo, con su chubasquero y su cara de no entender nada, y los gritos se fueron convirtiendo en lloros, y los lloros en risas, y las risas en el cachondeo más grande que se ha vivido en esa casa. Nos costó un buen rato apaciguarlas y hacerles ver que el asesino era su abuelo que venía de regar.
Las nietas se reían ya sin disimulo.
—¡Joder, abuela, eso no nos lo habías contado!— soltó una de ellas, sin poder contenerse.
La tía Amalia las miró con esa expresión de quien ha guardado lo mejor para el final y lo sabe.
—Pues ya lo sabéis— Y luego, como quien añade la última palabra sin necesidad de levantarla: —Que vuestra tía Juana era mucha tía Juana. Pero de aquella noche, al chubasquero de vuestro abuelo le tuvo miedo mucho tiempo.
—¿Os cuento lo de los vestidos?
Las nietas asintieron y la tía Amalia soltó una risa breve. —Eran las fiestas de la Virgen de Almanzora y vuestras tías no tenían ropa de fiesta. Yo tampoco tenía con qué comprársela. Pero en la cámara guardaba tela recia para hacer los colchones de perfollas, de esa a cuadros de dos colores que se usaban en todas las casas y cortijos. Y pensé: con imaginación y con zumo de granada, esto se arregla.
—¿Con granada?— Repitió una de las nietas.
—Con el zumo. Lo hervía con la tela para teñirla. Le disimulaba los cuadros, o eso pensaba yo. Les tomé medidas, hice los patrones, corté aquella recia tela y cosí los vestidos. Llegó el día de las fiestas y nos los pusimos y nos fuimos tan contentas. Bueno, tan contentas y más tiesas que un ajo. Porque la tela, claro, seguía siendo tela de colchón, y la tela de colchón no se viste, se aguanta. Pero allí estuvimos, con nuestra dignidad intacta. Nuestros cuerpos bastante incómodos y sudando a mares.
Ya era casi de noche. Desde alguna casa llegaba olor a guiso. La tía Amalia se acomodó en la silla y cruzó los brazos, señal de que aún le quedaba cuerda.
—Y hablando de ingenio mal empleado— continuó, —me acuerdo de una historia que le pasó a vuestra prima Pilar cuando le celebramos su cumpleaños, como siempre hacíamos. Ya sabéis que cuando venían de vacaciones venían cargados de regalos para medio pueblo. Y mi Pilar, pobrecilla, sin poder moverse en esa silla de ruedas maldita, pero con esa dulzura que nunca le hacía perder la sonrisa.
—Anda que no nos lo pasábamos bien— dijo una de las nietas en voz baja.
—Pues la tía Matamoños, que siempre les traería algún detalle, ese año quería corresponder, pero por lo que se vé le pilló sin un duro, aunque con mucho ingenio. Tenía un frasco de perfume casi vacío, con cuatro gotas en el fondo. No se le ocurrió otra cosa que llenarlo de agua, echarle colorante de ese para las comidas para que disimulara el color, envolverlo con un lazo bonito y dárselo como regalo. Con toda la ilusión del mundo, eso hay que reconocérselo.
La tía Amalia hizo una pausa breve, saboreando lo que venía.
—El engaño duró lo que tardó la Pilar en estrenarlo. Que fue en ese mismo momento, ya que su madre le echó unas gotas por el cuello y la blusa, y no tardaron mucho en aparecer unos lamparones amarillos, descubriendo el pastel. Extendió las manos, como ilustrando la escena. —La tía Matamoños, sin saber dónde meterse. La niña, sin entender muy bien qué había pasado. Y el resto, partiéndose de risa, que es lo que tocaba. Después lo contaron en todas las reuniones durante años. Que a veces el ridículo, bien llevado, dura más que el mejor perfume.
Las nietas se rieron con ganas. La tía Amalia asintió, satisfecha.
—Y para terminar— dijo, con el tono de quien guarda el mejor golpe para el final, —os voy a contar algo del mercado del martes en Albox. Que era donde íbamos a vender el excedente. Los tomates, las hortalizas, lo que hubiera. Tiempos duros. Tanto que cuando los tomates no habían madurado a tiempo y había que cogerlos el lunes para el martes...
—Nos meábamos encima, para que el amoniaco del meao los pusiera rojos y lustrosos.
Las nietas abrieron los ojos.
—¿El meao? ¿Abuela, en serio hacíais eso?
—Sí, el meao. —La tía Amalia las miró con serenidad absoluta. —Así que cuando compréis tomates en el mercado, ya sabéis. Lávadlos bien.
Se hizo el silencio. La calle seguía igual que antes, tranquila y ajena. La tía Amalia cerró los ojos un momento, como quien da por concluida una buena tarde de trabajo.
—¿Veis?— dijo al fin, sin abrirlos. —El pueblo parece muy quieto. Pero tiene mucha historia.
Maribel Rodríguez
Sonia Pardo
Conchi García