Patrocinio Cubillas y la casa del Pipa
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Granada, a … de … de 198…
Don Francisco Serrano
Párroco de Cantoria
Calle Alcalde Cristino María Sánchez
04850 Cantoria (Almería)
Estimado don Francisco:
Le escribo sin ira, que ya no me queda edad ni gana para la ira. Le escribo con la tristeza de quien confió y no debió, o quizás sí debió y lo que no debió fue esperar que otros estuvieran a la altura de lo que uno les daba.
La Casa del Pipa. Mi casa. Así la llamábamos desde que se la alquilamos a una familia que vino de Huércal Overa antes de la guerra a montar una pescadería y al cabeza de familia lo conocían por ese apodo. Cuando nos trasladamos a Granada mantuvimos todas las propiedades, y cuando murió mi padre y se repartió su patrimonio, esa casita me tocó a mí. Fue la última propiedad que la familia conservó en Cantoria. Lo demás lo fueron vendiendo mis hermanos con el tiempo. Mi padre nunca quiso desprenderse de nada del pueblo, decía que el terruño de uno tira aunque lleves media vida fuera. Tenía razón. Para mí esa casa era mucho más que paredes: era el olor de la cal en agosto, la sombra del portal de la calle San Cayetano, el eco de mis hermanos haciendo trastadas en el patio. Era lo último que nos quedaba de nuestro pueblo.
Se la di a usted, don Francisco. Con una condición que me pareció la más sencilla del mundo: que sirviera de centro social para el pueblo, de lugar donde los vecinos pudieran reunirse. No le pedí que pusiera mi nombre en la puerta. Le pedí solamente que la casa fuera útil, que la disfrutara la gente de Cantoria. Igual que yo había intentado que fuera útil la escuela que levanté en la Cuesta de las Cabras en Huétor Vega y que la burocracia de este país me impidió abrir cuando ya estaba terminada. Pensé que esta vez no habría expedientes ni instancias. Que entre un párroco y una señora que le entregaba algo valioso, la palabra bastaría.
No bastó. Usted la vendió al Ayuntamiento, y en su nombre, no en el del obispado. Un millón y medio de pesetas. La promesa quedó en nada, y la casa en nada también, porque la derribaron para hacer un campo de petanca. Un campo de petanca, don Francisco. Eso es lo que quedó del último rincón que la familia Cubillas tenía en el pueblo donde nacimos todos.
No voy a pedirle que deshaga lo hecho. Solo quería que supiera que yo lo sé, y que el peso de haberle fallado a una mujer que le dio lo que le quedaba tendrá que cargarlo usted. Para eso están las conciencias.
Que Dios le guarde, don Francisco, con más fidelidad de la que usted guardó su palabra.
Patrocinio Cubillas Giménez
No sé si esta carta la enviaré. La he escrito y eso ya es algo. Me he quedado con la pluma en la mano mirando el papel y de repente me ha venido Cantoria entera, como siempre: de golpe, sin avisar, con ese olor a tierra seca y a cal que ninguna ciudad del mundo tiene. Tengo ya muchos años y la memoria me juega sus trampas, pero hay cosas que no se borran. Quizás escribo todo esto ahora porque si la Casa del Pipa ya no existe, que exista en algún sitio lo que ella guardaba. Lo que guardábamos todos.
Nací en Cantoria en 1901, la primera de seis. Después de mí vinieron Lola, y luego los varones: Alejandro, Pedro, Ignacio y José. Seis bocas, seis caracteres, seis maneras distintas de querer y de pelearse, que en las familias numerosas el amor y la bronca van siempre de la mano.
Basta con que alguien nombre el pueblo para que la memoria empiece a caminar sola y me lleve hasta la calle Larga. Ya apenas recuerdo dónde dejé las gafas hace un momento, pero podría recorrer con los ojos cerrados cada rincón de aquella casa. Todavía veo la puerta de madera abriéndose a primera hora de la mañana, el patio recién regado para que el polvo no levantara, las macetas alineadas con un cuidado que solo mi madre sabía darles y el ir y venir de personas que entraban y salían como si aquella casa perteneciera un poco a todo el pueblo.
Era grande, con sótano, un altillo y una planta principal generosa, de esas hechas para familias numerosas. Hacía esquina entre la calle Larga y la de San Cayetano, a pocos pasos de la plaza, de manera que desde los ventanales se adivinaba cuándo el pueblo despertaba de verdad. El olor a pan de los hornos, las ruedas de los carros, el pregón de algún vendedor, el repique de las campanas.
Mi padre, Pedro Cubillas, tenía una forma de vivir que hoy resultaría difícil de explicar. Nunca lo vi quieto. Cuando no atendía los asuntos del banco —que había heredado de mi abuelo José— hablaba de las tierras; si terminaba con las tierras aparecía alguien con un encargo de lápidas de mármol o un ataúd para un familiar recién difunto; y cuando parecía que por fin iba a descansar, surgía algún vecino con un problema que solo él, al parecer, podía resolver. De niña pensé que todos los padres vivían así.
Mi madre solía sonreír cuando alguien decía que Pedro llevaba demasiados negocios al mismo tiempo.
—No le hagáis caso —respondía sin levantar los ojos de la costura—. Si un día no tuviera nada que hacer, sería capaz de inventarse otro trabajo antes de la hora de comer.
Y todos nos reíamos porque sabíamos que decía la verdad. Lo que mi padre perseguía no era el dinero por el dinero. Le gustaba emprender, resolver, abrir caminos donde otros solo veían dificultades. Mi madre lo resumía a su manera, con esa ironía tranquila que nunca hacía daño: decía que Pedro acompañaba a las personas desde que necesitaban un préstamo para empezar una vida hasta que hacía falta una caja para despedirlas, y remataba con una lápida para la eternidad. Y lo decía sin malicia, simplemente porque así era él.
Cuando fue alcalde de Cantoria yo era todavía demasiado pequeña para entender la política, aunque sí advertía que algo había cambiado. La gente lo detenía por la calle con más frecuencia, unos para darle las gracias y otros para pedirle una solución, y yo caminaba a su lado convencida de que mi padre conocía el nombre y la historia de todo el mundo. Muchos años después comprendí que no era exactamente así; lo que ocurría es que tenía una memoria extraordinaria y un interés sincero por las personas, dos cualidades que valen mucho más que cualquier cargo.
Mientras él vivía pendiente de cuanto sucedía fuera, mi madre sostenía todo lo que ocurría dentro con una naturalidad que entonces me parecía tan sencilla que apenas reparaba en ella. Hoy me pregunto cómo pudo sacar adelante seis hijos sin levantar nunca la voz, sin quejarse casi de nada, encontrando siempre un momento para cada uno. Yo fui la mayor y por eso pasé muchas horas observándola. Sin saberlo, la aprendía. La vida tiene esa extraña costumbre de enseñarnos primero las lecciones y explicarnos mucho después para qué iban a servirnos.
En aquella casa se discutía con la misma facilidad con que se hacían las paces. Los enfados duraban poco y siempre había alguna ocurrencia capaz de provocar una carcajada antes de que terminara el día. Si alguien contempla una fotografía nuestra, perfectamente colocados delante del objetivo con gesto formal, podría pensar que éramos una familia tranquila. Nada más lejos de la realidad.
Y cambió antes de lo que cualquiera habría imaginado. Una noche de cena, mi padre dejó los cubiertos y dijo, sin preámbulos:
—Nos vamos a Granada.
Ninguno respondió inmediatamente. Esa frase iba a dividir nuestra vida en dos mitades muy distintas: la que habíamos vivido en Cantoria y la que todavía estaba por escribirse.
Mi padre llevaba tiempo dándole vueltas a la idea. Explicó que en Granada mis hermanos podrían estudiar en una de las mejores universidades de España, que Cantoria, por mucho que la amáramos, empezaba a quedarse pequeña para una familia como la nuestra. Mi madre lo miró con esa mezcla de resignación y confianza que solo tienen las personas que llevan toda una vida caminando juntas. Sabía que cuando Pedro Cubillas hablaba de ese modo ya había recorrido en su cabeza todo el camino que los demás apenas empezábamos a imaginar. No hizo preguntas.
Los días siguientes fueron un continuo entrar y salir de personas. Unos venían a despedirse, otros a confirmar el rumor que ya corría por el pueblo, y no faltaba quien intentara convencer a mi padre de que estaba cometiendo una locura. Él escuchaba con respeto y, cuando terminaban, respondía tranquilamente que los hijos son la única herencia que merece verdaderamente la pena y que ningún padre debe conformarse con ofrecerles un futuro peor del que puede alcanzar. Esas palabras se me quedaron para siempre.
Embalamos lo imprescindible, dejando la casa con todos sus enseres para las temporadas que volviéramos, y la casita del Pipa la alquilamos a esa familia de Huércal Overa que con el tiempo daría nombre al sitio.
El viaje en tren me pareció interminable. Los campos del Almanzora iban quedando atrás y mis hermanos no paraban de hablar mientras mi padre ya pensaba en voz alta en negocios y locales comerciales como si llevara años viviendo allí. Tenía esa extraordinaria capacidad para convertir lo desconocido en una oportunidad, y aquella confianza terminaba contagiándonos a todos.
Granada nos impresionó desde el primer momento. Acostumbrada al ritmo pausado de Cantoria, la ciudad me pareció inmensa. Tranvías que cruzaban las calles haciendo sonar sus campanas, escaparates llenos de objetos que nunca había visto, una multitud que caminaba deprisa. Los primeros días me sentí completamente perdida. Echaba de menos que alguien me saludara por mi nombre al doblar una esquina.
Nos instalamos en un edificio entero de la plaza de Bib-Rambla, el número uno, sobre el mismo solar donde siglos atrás se había levantado la legendaria puerta árabe. Donde antes se abría paso la vieja Granada musulmana, ahora estaba nuestra nueva casa. Cada mañana, al asomarme al balcón, contemplaba un escenario en permanente movimiento: vendedores, floristas, comerciantes, viajeros. La plaza lo contaba todo. Mi madre decía que no hacía falta preguntar cómo había amanecido Granada; bastaba con abrir los balcones.
En los bajos de ese mismo edificio encontró mi padre lo que buscaba: una juguetería que se llamaba El Regalo. Empezó visitándola como cliente, luego como amigo de sus dueños, hasta que terminó entrando en el negocio con el entusiasmo que ponía en todo. Aquella tienda se convirtió poco a poco en el centro de nuestra nueva vida.
Nunca imaginamos que la felicidad iba a durar tan poco. Granada se guardaba un as en la manga. Las fiebres tifoideas se llevaron a mi madre. Murió en Granada, lejos de Cantoria, lejos de la calle Larga y de la plaza del pueblo donde había sido siempre Remedios Giménez, la mujer del alcalde, la señora de la casa grande. Aquí era una enferma más entre las muchas que caían.
No tengo palabras para lo que fue aquel tiempo. O sí las tengo, pero son palabras que he guardado mucho.
Hasta entonces yo había vivido con la despreocupación propia de mi edad. Nunca hubo un día concreto en que alguien me dijera que debía ocupar el lugar de mi madre; ocurrió solo, como el agua que encuentra su camino sin que nadie la empuje. A la mañana siguiente de que ella falleciera fui yo quien organizó el desayuno. Luego la comida. Luego la cena. Recibí a las visitas que venían a ver a mi padre. Empecé a ocuparme de mis hermanos menores y, cuando quise darme cuenta, llevaba semanas haciendo cosas que hasta entonces solo había hecho ella.
No lo viví como un sacrificio. Era lo que había que hacer. Recuerdo una conversación con mi madre pocos días antes de que nos dejara. Me pidió que me sentara a su lado y me tomó la mano con una fuerza que todavía hoy soy capaz de sentir.
—Patro, cuida de ellos.
No hizo falta añadir nada más.
Mi padre envejeció varios años en unos pocos días. Nunca dejó de ser el hombre fuerte que todos conocían, pero desde entonces hubo una sombra en su mirada que ya no desapareció. Continuó trabajando con la misma intensidad, porque esa era su manera de enfrentarse al dolor. Yo, en cambio, no tuve tiempo para pensar en mi propia tristeza. Tenía cinco hermanos que me necesitaban y un padre que, por primera vez en su vida, también necesitaba un pilar dentro de su propia casa.
No me casé. Muchas personas me preguntaron por qué nunca formé mi propia familia y siempre respondía que la vida tiene caminos muy distintos para cada uno. Algunos encuentran la felicidad levantando un hogar propio; yo la encontré procurando mantener unido el mío. Nunca sentí que hubiera renunciado a nada.
Después de la muerte de mi madre pensé muchas veces que el silencio terminaría instalándose entre aquellas paredes. Sucedió lo contrario. La casa volvió poco a poco a llenarse de voces, de visitas y de proyectos, como si la mejor manera de honrar la memoria de Remedios fuera seguir adelante con la misma determinación que ella había tenido en vida.
Mi padre compró la parte de su socio y El Regalo pasó a ser completamente nuestro. La tienda dejó de ser únicamente una juguetería para convertirse en un establecimiento conocido en toda Granada. La Navidad, madre mía, cuando llegaba la Navidad. El local se transformaba por completo: muñecas de porcelana con vestidos de encaje, trenes de cuerda que parecían auténticos, caballos de cartón, soldados de plomo perfectamente alineados, osos de peluche enormes. Más de una vez sorprendí a adultos tan fascinados como los niños que pegaban la nariz al cristal del escaparate. Pero lo que de verdad hizo famosa la tienda fue el buzón de cartas a los Reyes Magos. Mi padre mandó imprimir cuartillas elegantes con las efigies de Sus Majestades en rojo y los niños de Granada venían a buscarlas para escribir sus cartas y depositarlas allí mismo. Era algo que no costaba dinero y valía más que cualquier anuncio: una emoción, un rito, un recuerdo para toda la vida. Mi padre se quedaba observando desde dentro cómo los pequeños pegaban la nariz al cristal y sonreía con esa satisfacción del trabajo bien hecho. Decía que un comercio no consistía únicamente en vender cosas, sino también en regalar ilusiones.
Después vino Alejandro. Mi hermano había heredado de mi padre la inteligencia para los negocios y una facilidad enorme para tratar con las personas, aunque cada uno tenía un carácter muy distinto y se complementaban. Viajó a París, a Milán, a Barcelona y trajo los primeros abrigos de piel de calidad que se veían en Andalucía: visones, nutrias, astrakanes griegos, swakaras. La Peletería El Regalo se convirtió en algo único en todo el sureste español. Venían clientas de Murcia, de Málaga, de Almería. Los domingos había excursiones desde otras provincias solo para ver las pieles. Una piel de El Regalo era, en aquel tiempo, una declaración de posición, de gusto, de haber llegado a algún sitio en esta vida.
Yo estaba en el negocio, claro. Pero mi lugar no era el del escaparate. Era el de siempre: el que nadie ve, el que hace que todo lo demás funcione.
Aquellos fueron años de mucho trabajo y de una felicidad que no siempre supe reconocer en el momento. Los sobrinos empezaron a corretear por los pasillos devolviendo a la casa las risas infantiles que tanto le faltaban. Yo disfrutaba viéndolos igual que había disfrutado viendo crecer a mis hermanos. Siempre había un niño al que abrazar, una rodilla que curar, un cumpleaños que preparar. Si alguna vez existió una época en la que pensé que la vida nos devolvía todo lo que nos había quitado, fue aquella.
Cuando mi padre murió sentí que terminaba una época. Había procurado acompañarlo hasta el último momento, del mismo modo que años atrás había hecho con mi madre. Cuidar de quienes nos lo han dado todo es una forma de devolverles, aunque sea en pequeña parte, el inmenso cariño que uno ha recibido. Entre los bienes que pasaron a mis manos estaban la mitad de El Regalo, la Casa del Pipa en Cantoria y el cortijo de Huétor Vega, una finca de unos diez mil metros cuadrados junto al río Monachil, a las afueras de Granada.
En aquellos años el río marcaba el ritmo de quienes vivían a uno y otro lado de su cauce. Cuando las lluvias llegaban con fuerza, el agua se convertía en una barrera imposible. No había puente. Había días en que las familias se asomaban a la orilla sabiendo que tendrían que esperar a que bajara el caudal para continuar con su vida. Empecé a fijarme en los niños que llegaban hasta allí con las carteras en la mano y se quedaban parados delante del río. No faltaban a la escuela porque no quisieran estudiar; sencillamente había días en que llegar era imposible.
Decidí que tenía que darle solución. Nunca he sabido mirar hacia otro lado cuando he sentido que estaba en mi mano mejorar un poco la vida de los demás. Mi padre decía que las propiedades y el dinero solo tienen sentido cuando sirven para hacer algún bien, y no para engrosar un patrimonio que un día termina cambiando de dueño.
Construí el edificio en la Cuesta de las Cabras, junto a la vía pecuaria de la Cañada Real, en el límite entre Huétor Vega y Monachil. Desde el primer momento tuve claro que no bastaba con levantar cuatro paredes. Me ofrecí incluso a pagar de mi propio bolsillo el sueldo de los maestros. Creía, ingenuamente quizás, que cuando alguien ofrece su tiempo, su trabajo y su dinero para levantar una escuela, la única respuesta posible es facilitarle el camino.
Me equivoqué.
La Delegación de Educación empezó a exigir aulas separadas para niños y niñas, patios independientes, servicios distintos. No discutí nada. Si aquello era lo que pedían, lo haría. Mandé modificar los planos, introduje cambios, asumí gastos imprevistos. Construí incluso una pequeña capilla en los bajos. Recuerdo perfectamente el día en que un padre agustino celebró allí la primera misa. Fue una ceremonia sencilla, casi íntima, y aunque entonces nadie podía imaginarlo, también sería la última.
Cuando el edificio estuvo terminado pensé que lo más difícil había quedado atrás. Entonces empezaron los permisos. Después los informes. Luego los expedientes. Cada vez que parecía resolverse un trámite surgía otro. Los papeles iban de una mesa a otra, las respuestas tardaban meses y nadie parecía dispuesto a poner el sello que permitiera abrir aquellas puertas.
Para cabezona yo. Seguí insistiendo porque me resistía a creer que un proyecto tan hermoso terminara perdiéndose entre legajos. Pero llegó un momento en que comprendí que ya no luchaba contra dificultades materiales sino contra una maquinaria administrativa gestionada desde despachos ajenos a la realidad de los barrios. Aquello fue una de las pocas veces que sentí el amargo sabor de la derrota. Luché con todas mis fuerzas para levantar una escuela donde los hijos de aquellas familias pudieran recibir la educación que tanto merecían. No lo conseguí. Me obligaron a ceder. Pero rendirme nunca fue una opción. Si no podía acercar la escuela a los niños, acercaría los niños a la escuela. Por eso construí con mis propios recursos, una carretera que atravesara mis tierras y rompiera el aislamiento de aquella gente. A esa obra, nadie encontró motivos para oponerse.
Y como la escuela nunca llegó a ser escuela. Con el tiempo el edificio acabó convirtiéndose en el chalet de uno de mis sobrinos.
Aquel primer chalet fue el germen de otra cosa. Al verlo terminado pensé que aquella finca podía convertirse en un lugar donde la familia siguiera reuniéndose con el paso de los años. Fui imaginando una casa para cada sobrino, todas levantadas sobre el mismo terreno, todas lo bastante cerca para que los veranos siguieran pareciendo una prolongación de nuestra antigua vida familiar. Los albañiles trabajaron allí durante casi diez años. Algunas mañanas recorría las obras con ellos, comentaba dónde convenía abrir una ventana, cómo entraría mejor la luz. Nunca me gustó dirigir las cosas desde lejos.
Cuando llegó el momento de repartir advertí que faltaba una propiedad para cerrar el reparto. Bastaba hacer una cuenta sencilla para comprender que alguien tendría que quedarse sin ella y, como a esas alturas de mi vida ya tenía más recuerdos que necesidades, cedí el cortijo propio sin pensarlo. No recuerdo haber sentido que estuviera haciendo ningún sacrificio. Aquella finca nunca había representado para mí un patrimonio que conservar, sino un lugar pensado para que los demás encontraran un hogar.
Fueron mis sobrinos quienes no estuvieron dispuestos a aceptarlo sin decir una palabra. Se pusieron a insistir y terminaron obligándome —no encuentro un verbo mejor— a construir una casita pequeña donde pudiera pasar los veranos con ellos.
—Tía, ¿y dónde vas a estar tú? —me repetían.
Yo sonreía porque me hacía gracia verlos tan preocupados. Lo importante era verlos reunidos, escuchar las conversaciones de sobremesa, ver a los niños correr por el jardín. Aquella casita terminó siendo mi rincón favorito precisamente porque nunca la sentí mía; la sentía como una habitación más de la gran casa familiar que habíamos ido construyendo entre todos.
Más de una persona decía que yo vivía con austeridad. Siempre me hacía sonreír porque lo pronunciaban como si fuera una renuncia. Que nunca fui a una peluquería, pues es verdad, pero es que sabía apañármelas sola y me gustaba. Sencillamente descubrí muy pronto que las cosas cumplen mejor su función cuando pasan de unas manos a otras que cuando permanecen quietas esperando un futuro que quizás nunca llegue.
La muerte de mi hermano Ignacio el 4 de enero de 1961 fue uno de esos golpes que nunca terminan de olvidarse. Era Catedrático de Ciencias y director del Instituto de Enseñanza Media de Almería y cuando visitaba Granada se alojaba en mi casa, como siempre había hecho. Aquella tarde hablábamos de trabajo. Recuerdo que comentábamos el despido de una compañera, una decisión que él tendría que comunicar justo después de Reyes y que llevaba días robándole el sueño. Hablaba despacio, preocupado, dándole vueltas a cómo afrontarlo. De pronto, en mitad de una frase, se quedó en silencio. Las palabras se le apagaron en los labios y su corazón dejó de latir allí mismo, delante de mí.
Sus hijos quedaron huérfanos y a todos ayudé como pude. El menor, que se llamaba igual que su padre, entró en una etapa muy difícil y me lo traje conmigo. Le pagué el bachillerato y años después le doné un piso en Granada para que pudiera empezar su vida con algo de apoyo. Así pensaba yo: hacia delante, hacia los demás, hacia los que más lo necesitaban.
Años después otro sobrino tuvo un hijo con una parálisis cerebral severa. Pensé muchas veces en el futuro de aquel pequeño y en la incertidumbre que acompañaría siempre a sus padres. Decidí dejarle una huerta de más de mil metros cuadrados y un piso escriturado a su nombre, para que si sus padres ya no estaban, sus hermanas contaran con recursos suficientes para seguir cuidándolo.
Cuando los Seat 600 empezaron a llenar las calles compré uno para que mis sobrinos pudieran aprovecharlo. El único con carnet era Gerardo, que estudiaba Geológicas y necesitaba el coche para las salidas al campo. Aquel diminuto automóvil acabó recorriendo sierras y barrancos cargado de estudiantes, mochilas y martillos de geólogo. En la facultad ya era toda una expresión: «Hoy vamos en el coche de la tía Patro.» Cada vez que me lo contaban no podía evitar sonreír.
Jamás hablé de estas cosas mientras pude evitarlo. Tampoco me agradaba que alguien mencionara mi colaboración con Cáritas. Siempre pensé que el bien más valioso era el que pasaba desapercibido.
La costura era mi manera de ayudar en silencio. En El Regalo llegaban conjuntos preciosos para niños y niñas. Yo los observaba, estudiaba cada costura, sacaba los patrones y en cuanto tenía un momento libre me sentaba frente a la máquina. Entonces las horas desaparecían. Algunas semanas llegaba a confeccionar más de veinte trajecitos. Cuando terminaba los doblaba con cuidado y los llevaba a Cáritas. Nunca pregunté quién los recibiría.
De vez en cuando la vida me regalaba una recompensa que nadie más conocía. Caminando por Granada descubría a algún pequeño vestido con uno de aquellos trajecitos. Los reconocía al instante: un bolsillo, el dibujo de un cuello, la forma de una manga. Sonreía para mis adentros y seguía caminando como si nada. Aquel niño no sabía quién había cosido su ropa, ni falta que hacía.
La muerte de mi hermano Ignacio el 4 de enero de 1961 fue uno de esos golpes que nunca terminan de olvidarse. Era Catedrático de Ciencias y director del Instituto de Enseñanza Media de Almería y cuando visitaba Granada se alojaba en mi casa, como siempre había hecho. Aquella tarde hablábamos de trabajo. Recuerdo que comentábamos el despido de una compañera, una decisión que él tendría que comunicar justo después de Reyes y que llevaba días robándole el sueño. Hablaba despacio, preocupado, dándole vueltas a cómo afrontarlo. De pronto, en mitad de una frase, se quedó en silencio. Las palabras se le apagaron en los labios y su corazón dejó de latir allí mismo, delante de mí.
Sus hijos quedaron huérfanos y a todos ayudé como pude. El menor, que se llamaba igual que su padre, entró en una etapa muy difícil y me lo traje conmigo. Le pagué el bachillerato y años después le doné un piso en Granada para que pudiera empezar su vida con algo de apoyo. Así pensaba yo: hacia delante, hacia los demás, hacia los que más lo necesitaban.
Años después otro sobrino tuvo un hijo con una parálisis cerebral severa. Pensé muchas veces en el futuro de aquel pequeño y en la incertidumbre que acompañaría siempre a sus padres. Decidí dejarle una huerta de más de mil metros cuadrados y un piso escriturado a su nombre, para que si sus padres ya no estaban, sus hermanas contaran con recursos suficientes para seguir cuidándolo.
Cuando los Seat 600 empezaron a llenar las calles compré uno para que mis sobrinos pudieran aprovecharlo. El único con carnet era Gerardo, que estudiaba Geológicas y necesitaba el coche para las salidas al campo. Aquel diminuto automóvil acabó recorriendo sierras y barrancos cargado de estudiantes, mochilas y martillos de geólogo. En la facultad ya era toda una expresión: «Hoy vamos en el coche de la tía Patro.» Cada vez que me lo contaban no podía evitar sonreír.
Jamás hablé de estas cosas mientras pude evitarlo. Tampoco me agradaba que alguien mencionara mi colaboración con Cáritas. Siempre pensé que el bien más valioso era el que pasaba desapercibido.
La costura era mi manera de ayudar en silencio. En El Regalo llegaban conjuntos preciosos para niños y niñas. Yo los observaba, estudiaba cada costura, sacaba los patrones y en cuanto tenía un momento libre me sentaba frente a la máquina. Entonces las horas desaparecían. Algunas semanas llegaba a confeccionar más de veinte trajecitos. Cuando terminaba los doblaba con cuidado y los llevaba a Cáritas. Nunca pregunté quién los recibiría.
De vez en cuando la vida me regalaba una recompensa que nadie más conocía. Caminando por Granada descubría a algún pequeño vestido con uno de aquellos trajecitos. Los reconocía al instante: un bolsillo, el dibujo de un cuello, la forma de una manga. Sonreía para mis adentros y seguía caminando como si nada. Aquel niño no sabía quién había cosido su ropa, ni falta que hacía.
Hay recuerdos que permanecen intactos, con una claridad casi dolorosa, mientras otros mucho más recientes se desdibujan hasta el punto de que resulta imposible saber si ocurrieron hace un mes o hace diez años. Todavía soy capaz de recorrer cada rincón de la casa de la calle Larga, escuchar la voz de mi madre llamándonos para comer o ver a mi padre cruzando el patio con el paso decidido que siempre llevaba. Pero dónde dejé las gafas hace un rato, eso ya no lo sé.
Quizás por eso la Casa del Pipa nunca dejó de acompañarme. Era la última hebra que seguía uniendo mi vida con Cantoria. Con los años comprendí que ya no volvería al pueblo y empecé a preguntarme qué debía hacer con aquella casa. No quería venderla porque jamás había medido su valor en pesetas. Tampoco deseaba verla cerrada, envejeciendo poco a poco. Había pasado demasiada parte de mi vida intentando que las cosas fueran útiles para resignarme a contemplar cómo aquel último pedazo de nuestra historia terminaba en el suelo.
Fue entonces cuando pensé en el párroco. No lo conocía demasiado, pero su cargo debía de dar confianza. Me pareció que la Iglesia podía dar a aquella casa el destino que yo deseaba: que sirviera para reunir a los vecinos, para organizar actividades, para convertirse en ese centro social que tantas veces había soñado para mi pueblo y que de alguna manera continuaba el mismo espíritu con el que años atrás había querido levantar la escuela de Huétor Vega. Firmé la donación convencida de que la palabra de un sacerdote bastaba para sellar un compromiso.
Hasta que un día supe que la casa ya no pertenecía a la Iglesia ni estaba destinada al uso que habíamos acordado. Don Francisco la había vendido al Ayuntamiento por un millón y medio de pesetas, y donde yo había imaginado un lugar de encuentro para los vecinos levantaron un campo de petanca.
Aquella tarde me senté delante de la mesa, saqué un pliego de papel, mojé la pluma en el tintero y empecé a escribir despacio, procurando que la tristeza no se confundiera con el rencor. Solo necesitaba que quien había recibido mi confianza supiera que yo conocía la verdad.
No sé si aquella carta llegó alguna vez a su destinatario. Hay días en que estoy convencida de haberla enviado y otros en que me parece recordar que se quedó durante años dentro del cajón donde guardaba los documentos importantes. La memoria, a mi edad, tiene esas licencias que uno termina aceptando con una sonrisa.
De la Casa del Pipa hicieron un campo de petanca. Dicen que es muy bonito.
Que así sea.
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Cantoria · Granada, siglo XX
In memoriam: Patrocinio Cubillas Giménez
Llegó el día en que su corazón dijo basta. Nevó el día del entierro. El cementerio estaba todo blanco y el frío de las piedras llegaba al corazón. Su sobrino Ignacio siempre la tiene presente y, en su estudio, hay un portarretratos con una vela eléctrica delante. Dice que cuando oscila la luz parece que sonríe al verle.
Puede que sí. Puede que sí sonría.
Cantoria · Granada, siglo XX
In memoriam: Patrocinio Cubillas Giménez
Remedios Murillo Cubillas
Ignacio Cubillas Eguibar
Casto Uribe el Pipa