Por mis reaños que la niña se opera
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
La carnicería la llevábamos entre mi marido Berardo y yo, en la calle Romero. Él mataba y yo despachaba, que ya es bastante decir, porque despachar carne en aquellos años era despachar también las quejas, los fiaos que no se pagaban y las medias palabras de la gente cuando pasaba algo en el pueblo que no se podía decir alto.
De vecinos, en la casa que había sido del servicio de don Pedro Cubillas Mesas, teníamos a una familia que había llegado de Huércal-Overa a montar una pescadería. El padre de familia se llamaba Diego y todos le llamábamos el Pipa, y su mujer Amparo. Al Pipa nunca le oí levantar la voz, aunque tuviera motivos de sobra. Tenía el despacho montado en una habitación en la misma casa donde vivían. Abría antes de las seis de la mañana, que era cuando venían los repartidores de Garrucha, y luego a las once tenía que bajar a la estación donde recogía el género que le mandaban desde Águilas un amigo pescador suyo. Luego sobre las una del mediodía, salía a repartir. Trabajaban todo el día y parte de la noche y lo que tenía se lo habían ganado con su propio esfuerzo y no le debían nada a nadie.
Con Amparo me llevaba bien, más que bien. Teníamos los comercios a pocos metros, y ella me compraba a mí la carne y yo le compraba a ella el pescado, así que nos veíamos casi a diario, en su tienda o en la mía. Cuando nos pillaba solas, sin nadie más delante, hablábamos de nuestras cosas, de los hijos, de los males del pueblo, de lo que a cada una le pesaba esa semana. Yo tendré mucho carácter, eso lo reconozco, y que para muchos seré un caballo percherón, también, pero las injusticias nunca las he sabido tragar, porque se me revuelve algo por dentro, como si se me retorcieran las tripas, que no se me quita ni trabajando, y hasta se me olvida despachar bien la balanza. Y las que le estaban haciendo a aquella familia, eso no tenía nombre.
De sus hijos, Maruja, que sería entonces una cría de pocos años, delgadita, con una tos que no la dejaba en paz y un bulto en el costado que a mí, la primera vez que se lo vi con la ropa levantada, me dejó revuelto el estómago todo el día. Tenía una costilla mala, tuberculosa decían, y el médico había explicado que había que sacársela y puede que alguna más, limpiar bien la zona, o la cría no llegaba al año siguiente. Eso no lo podía hacer el médico de Cantoria porque no era cirujano. Había que sacarla del pueblo, llevarla a un médico que supiera, o si la cosa se ponía muy fea, al Provincial de Almería si no quedaba otra. Y lo de Almería tampoco parecía la mejor opción. Mi Bernardo regresaba cada tarde del casino con las últimas noticias del periódico. Mientras echaba la partida, leía que la capital llevaba semanas apagándose al caer la noche y que las sirenas antiaéreas no dejaban de sonar. Los aviones de Franco ya habían bombardeado las afueras y el miedo se había instalado en la ciudad. Al llegar la noche, muchas familias cerraban sus casas y buscaban refugio en los pueblos cercanos, con la esperanza de alejarse, aunque solo fuera unas horas, de la guerra.
Y ahí empezó el calvario, porque en aquellos primeros meses de la guerra, para poder salir del pueblo había que pedir permiso al Comité, y el Comité de Cantoria le denegó la salida a la familia del Pipa. Los habían apuntado de derechas, así, sin más explicación, y una vez que a uno lo apuntaban de una manera ya no había quien lo borrara de la dichosa lista.
Yo lo sé bien por qué me lo dijo la mujer del Pipa. Que cuando el Comité empezó a requisar las tierras de los ricos para repartirlas entre los que no tenían nada, al Pipa le ofrecieron un bancal que rechazó, no por soberbia ni por significarse, sino porque la tierra hay que atenderla todos los días y él ya tenía sus días llenos con su negocio que le echaba mas horas que un reloj. Un hombre no puede estar en dos sitios a la vez, y él eligió rechazar la propuesta. Eso chocó con la soberbia de algunos milicianos del comité. A los pocos días le prohibieron vender pescado. La medida apenas duró una semana. Alguien del Comité cayó en la cuenta de que en Cantoria no había nadie más que abasteciera al pueblo y, si seguían adelante con aquel castigo, todos se quedarían sin pescadero. No tuvieron más remedio que dar marcha atrás y levantarle la prohibición. No fue por justicia, sino por pura necesidad. La del médico parecía ser que no era importante.
Amparo vino a verme una tarde a la carnicería, con la cría de la mano, sin decirme apenas nada, pero con los ojos inyectados de sangre de tanto llorar. Cuando se fue la última clienta que quedaba, me lo contó todo, con pelos y señales y quien fue el que le dijo a la cara del Pipa que su hija se operaría por encima de su cadáver.
Y yo pensé que si había que hacerlo por encima de su cadáver, habría que afilar uno de mis cuchillos para estar preparada porque la niña se operaba, si o si, por mis reaños que se operaba. Y yo, Josefa Carreño la Judas no iba a permitir que ningún cobarde malnacido decidiera de esa manera sobre la vida de una criatura indefensa.
Le dije que se fuera tranquila, que ya me encargaba yo. Se fue casi sin despedirse, incrédula, mirando hacia atrás dos veces antes de doblar la esquina, como si todavía no se creyera lo que le había dicho.
Me puse manos a la obra esa misma tarde. Llamé por teléfono a un amigo, el doctor Juan Ortega de Albox, que tenía fama de buena mano con el bisturí, y no dudó en ningún momento en darme una respuesta afirmativa. Luego pedí al médico de Cantoria, don Juan López que fuera su ayudante, que conocía el problema de la niña y que tampoco se anduvo con remilgos cuando se lo pedí.
Lo más importante ya lo tenía, ahora faltaba el lugar para realizar la operación. Y como yo tenía una habitación sin muchos enreos en la cámara de mi casa, la vacié entera y la desinfecté a conciencia con cal viva de arriba abajo, paredes, suelo, hasta las vigas. Como camilla de operaciones, subimos entre mi marido y yo una mesa con un tablero de mármol que teníamos en la trastienda, y la fregué y desinfecté hasta sacarle brillo.
Cuando lo tenía todo listo y los médicos avisados, fui yo misma a la casa de Diego y les dije que esa misma noche, a las once, me trajeran a Maruja, que todo estaba dispuesto. No hizo falta decir más.
Llegaron puntuales, pegados a las paredes, sin apenas hacer ruido con los pies. El Pipa traía a la niña en brazos, tan liviana que apenas había que hacer esfuerzo al cargarla, y la madre detrás con un hatillo de trapos hervidos. Subimos a la cámara sin encender más que un candil y una lámpara de las que usábamos para las matanzas, que daban una luz amarilla y temblona pero suficiente para lo que hacía falta ver.
Mientras el doctor Ortega se lavaba las manos y don Juan preparaba los paños, mandé a Diego y a Amparo a esperar en la salita junto a la cocina. Cerré la puerta tras ellos, bajé a la carnicería y descolgué la faca más grande de la casa, la que mi Bernardo reservaba para las reses. Luego saqué una silla a la calle, la planté junto a la entrada y me senté con la hoja apoyada sobre el arda. Ya estaba todo preparado. Ahora solo faltaba ver quién era el valiente que se atrevía a cruzar aquella puerta.
Estuve así, sentada, toda la noche, mientras arriba se oía muy de cuando en cuando algún ruido apagado, un crujido de hueso, una orden en voz baja del doctor, el chirrido de la mesa cuando alguien se apoyaba en ella. Yo no subí. No quería ni saber, en el momento, lo que se estaba viendo allí arriba, aunque luego, con los años, don Juan López me lo contara todo con pelos y señales, que si las costillas que sacaron, que si la limpieza que le hicieron a la herida, que si la niña aguantó mejor de lo que ellos mismos esperaban.
Aquella noche anduvieron los milicianos dando vueltas por la calle Romero, más de una vez controlando lo que estaba pasando en mi casa. Pero ninguno se atrevió a pararse a mi puerta. Yo tenía fama de genio vivo en el pueblo, y sabía que me temían. Los vi pasar mirando disimuladamente hacia la ventana, que tenía luz a esas horas cuando en todo el pueblo estaba todo a oscuras, y quedarse un rato parados en la esquina de la Guardabujas, hablando entre ellos en voz baja, sin decidirse a nada.
Entonces vi llegar al Menúo a la plaza de la iglesia y pegar un silbido. Al momento llegaron todos y lo rodearon y no sé lo que les diría, porque de donde yo estaba no podía escuchar, que desaparecieron todos y no volví a verlos en lo que quedaba de noche. El Menúo era un hombre de baja estatura, con mucho peso en el comité aunque no fuera de los dirigentes por su buena cabeza y raciocinio. Era un hombre culto, de mucho leer, no como los otros que se dejaban llevar por la ocasión. Y me consta, porque todo el pueblo lo decía, que quiso parar la sinrazón de los bestias liderados por el sinvergüenza del Manduca del comité que entraron a la iglesia, la saquearon y se llevaron las imágenes para quemarlas en la plazoleta del convento. Como si las imágenes no fueran trozos de madera y la devoción a ellas fuera cosa que viene con nosotros. Eso es no tener respeto por nada, y ya lo de llevarse a su casa el manto de la Virgen de los Dolores, eso ya es ser de ladrones aunque se vista de republicanos.
A la niña le costó estar semanas con una inmovilidad absoluta en la cama para que curara y curó, vaya si curó. Creció, se casó y crió después a hijos y nietos, y cada vez que me la cruzaba por la calle, me buscaba los ojos y me lanzaba esa sonrisa cómplice.
De aquella noche no hablé mucho, ni entonces ni después. En el pueblo se supo, como se sabe todo, pero nadie vino nunca a pedirme cuentas por ello, ni el Comité ni nadie. Puede que fuera por mi carácter, que ya me precedía antes de que yo llegara a los sitios. Puede que fuera, sencillamente, porque hasta en la peor de las épocas hay cosas que hasta los más torcidos entienden que es mejor dejar pasar.
Casto Uribe
Amparo Uribe
Ramón Peña