Trece inviernos entre la aguja y el fusil
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Yo nací entre serrín y me crié entre forros de raso. Eso lo decía mi padre, pero lo decía como quien escupe, no como quien cuenta una gracia.
Nadie tuvo que contarme nunca que de pequeño dormía en un ataúd cuando mis padres trabajaban, porque algo normal entre los que trabajaban en ese oficio. En Cantoria, en aquellos años, había varios talleres de fabricación de ataúdes —el de Juan Tijeras, el de Pedro Gómez, el de Isidoro Alex, el de Antonio Sánchez, el nuestro, y algún otro— y en todos ellos era corriente que las mujeres, cuando parían, siguieran trabajando a los pocos días, y que el crío recién nacido durmiera al lado del banco de coser dentro de un ataúd pequeño, de los que salían con algún defecto de fábrica y no se podían vender.
El taller estaba en la calle Romero, y desde niño me acuerdo del olor: la cola de carpintero hirviendo en la olla, el barniz que se te metía en la garganta si estabas mucho rato cerca del secadero, y el pino recién cortado, que huele a resina y a algo dulce, casi a fruta, antes de que lo claven. Mi padre y mi hermano Antonio trabajaban la madera. Yo, desde los ocho años, trabajaba el interior.
Porque un ataúd, esto poca gente lo sabe si no lo ha visto hacer, no es solo cuatro tablas. Hay que forrarlo por dentro, coser el raso o la puntilla al cartón, rellenar el cabezal, rematar los bordes para que no se vea la grapa. Eso lo hacían las mujeres de la familia, mi madre y mi tía Encarna, y yo me sentaba con ellas desde muy crío, primero mirando, luego pasándoles el hilo, y luego, sin que nadie me lo enseñara, cosiendo yo mismo. Tenía mano. Eso también lo decía mi padre, pero como una desgracia.
—Este me ha salido modistilla— le oí decir una vez a un cliente, delante de mí, como si yo fuera sordo o como si fuera un mueble más del taller.
A los doce años yo forraba mejor que mi tía Encarna, que llevaba treinta y cinco años cosiéndolos. Le daba la vuelta al raso sin que se le notara la costura, remataba las esquinas del cabezal con una puntada que parecía de máquina y no lo era, porque máquina no había. Mi padre nunca me lo dijo, pero yo sabía que los ataúdes que yo forraba se vendían antes, porque las viudas los tocaban por dentro, pasaban la mano, y notaban que estaban mejor hechos.
Con Antonio no había ese problema. Antonio manejaba el serrucho como un hombre de veinte a los catorce años, levantaba las tablas grandes sin quejarse, y cuando había que llevar los ataúdes terminados hasta la estación, para mandarlos en tren a otras provincias, era él quien ayudaba a mi padre a cargarlos en el carro tirado por una mula. A mí no me llevaban. A mí me dejaban en el taller, con las mujeres, cosiendo, y eso, para mi padre, era la vergüenza de la casa, aunque la casa comiera de lo que yo cosía tanto como de lo que él serraba.
No hace falta que cuente todas las palizas. Fueron muchas, y todas se parecen. La correa, o la mano abierta, o una vez el codo en la cara sin querer, o queriendo, nunca lo supe bien. Lo que sí me acuerdo, y eso no se me olvida ni de viejo, es de las palabras delante de la gente. En la puerta del taller, con el cliente delante, con el cura una vez, con el alcalde otra:
—Este parece hembra hasta para andar y sin embargo mira a su hermano, todo un hombre, fuerte y con la cabeza bien amueblada. No parece que los dos hayan salido por el mismo sitio.
Antonio nunca se rió de mí. Eso hay que decirlo. Antonio me defendía a veces, cuando podía, pero Antonio también era hijo de su padre, y también había cosas que no entendía de mí, y a veces me miraba como se mira algo que no se sabe bien qué es.
Durante la guerra hubo un tiempo, no muy largo, en que escaseó la madera, y el taller pasó apuros por falta de material más que por falta de encargos, que de eso, por desgracia, nunca faltaron y menos en un guerra. Mi padre tuvo que despedir a algunos obreros y mas de uno se alistó en el ejército buscando una salida a la penosa situación que tuvimos que vivir. Y fue por ese tiempo que tomé una decisión de que me marcharía de Cantoria, lejos de ese hombre que me hacía sentir miserable. Sólo tendría que esperar el momento apropiado.
“Camaradas: No es hora de discursos, pero sí de que la Falange dicte en estos momentos su sentencia condenatoria: ¡Rusia es culpable!, ¡culpable de nuestra Guerra Civil!, ¡El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa!»
Estas fueron las palabras que se escuchaban en todas las radios del pueblo una y otra vez, en la que el cuñadísimo de Franco alentaba a los jóvenes a que se alistaran voluntarios en la División Azul, que era una división de voluntarios que se integraría en el ejército alemán con la finalidad de conquistar Rusia y así, dar un golpe de muerte al comunismo. De aquello yo entendía más bien poco, y la verdad que me daba lo mismo. Pero lo que si entendí muy bien, fue que era mi momento.
Dos cosas pensé, y las dos las pensé muchas noches, cosiendo a la luz del candil cuando ya todos dormían, porque cosiendo pensaba mejor. La primera, que alistándome me iba de aquella casa, de aquel taller, de aquella calle donde todo el mundo sabía ya cómo era yo y eso era motivo de burla constante, a cada momento. La segunda, y esta me costaba más reconocerla, incluso a mí mismo, era que quería que mi padre supiera que el hijo modistilla, el que forraba ataúdes con mano de mujer, también podía irse a una guerra de hombres. Que el valor no se cose ni se sierra, que está en otro sitio, y que yo, si hacía falta, lo tenía igual que Antonio, o más.
Se lo dije a toda la familia mientras comíamos un domingo.
—Me voy voluntario a Rusia, con la División Azul.
Mi padre no dijo nada durante un rato largo. Me miró como se mira algo que no se termina de creer. Y luego dijo solo esto:
—A ver si allí te hacen hombre de una vez.
Yo no contesté. Me fui a mi cuarto y cogí la aguja que tenía al lado, y bordando puntada a puntada mi nombre en toda la ropa que me llevaría conmigo.
Me alisté en los primeros días de julio del 41, en cuanto se abrió el plazo en la Jefatura Provincial de Falange, en Almería. A los pocos días ya estaba en el tren rumbo a Madrid, el punto de partida. El día 13 de ese mismo mes, salía de la Estación del Norte la primera expedición hacia Rusia. Yo iba dentro, con un saco de lona con mis pocas pertenencias, un pequeño estuche de costura y nada más.
Por la ventanilla no me cansaba de ver los áridos paisajes de Castilla después del verano. Hicimos paradas en Medina del Campo, Burgos, Miranda de Ebro. La gente se acercaba a las vías en cada parada, unos gritando vivas, otros solo mirando con miradas que parecían decir “¿Criaturas, es que no sabéis que vais directos al matadero?”, y yo pensaba que aquella era la primera vez en mi vida que un tren entero de gente me miraba sin saber quién era yo. Sin saber nada de mi vida. Sin conocer a mi padre. Por eso solo ya valía el viaje.
En Irún cambiamos de tren, porque la vía francesa es más ancha que la nuestra, cosa que a mí me pareció mentira hasta que lo vi con mis propios ojos: un tren entero parado esperando a que le cambiaran las ruedas de sitio. Allí nos dimos cuenta que los vagones de tercera franceses eran mucho mejor que los trenes españoles.
Cruzamos Francia de punta a punta —Burdeos, Poitiers, Tours, Orleans, Troyes, Nancy, Lunéville— custodiados todo el rato por soldados alemanes que no soltaban el fusil ni para fumar. En una estación, no recuerdo cuál, nos tiraron piedras. Gente del pueblo, decían. Y en otras, gritaban insultos en español, con acento español, con rabia de los nuestros que lo habían perdido todo en nuestra guerra, y a mí aquello me revolvió más que las piedras, porque aquellas voces llena de furia eran la voz de los míos. Yo solo sabía que ya llevaba el uniforme puesto, y eso significaba que ya no se puede quitar solo porque uno empiece a dudar.
Entramos en Alemania por Alsacia. Estrasburgo, Karlsruhe, Stuttgart, Ulm, Augsburgo, Múnich, y de Múnich al norte, hasta Grafenwöhr, en Baviera. Allí nos esperaban ya formados, con esa disciplina suya que a nosotros, acostumbrados a otra manera de ser, con más a gritos y a golpes de pecho, nos cayó como un cubo de agua fría. La comida, patata y sopa y pan negro, sin gracia ninguna, y el trato, seco, exacto, sin una palabra de más. Nos entregaron el uniforme gris, el suyo, con un escudo de España cosido en la manga y otro en el casco, para que se supiera, entre tanto gris, quiénes éramos los que veníamos de tan lejos a pelear una guerra que, si he de ser sincero, no sabía yo bien de quién era. Mía, desde luego, no. Muchos guardaban debajo la camisa azul con la que habían salido de casa. Yo también guardé la mía.
Con el uniforme puesto, la mayoría de los compañeros ya se veían subidos a los tanques, corriendo por la estepa dentro de esas máquinas de acero que tanto se hablaba de ellas, dispuestos a batirse en el frente como una división acorazada de verdad. Pero cuando empezaron a descargar los trenes militares, lo que bajaba de los vagones no eran tanques ni carros de combate, sino carros militares con su lanza de tiro y su enganche para ser tirado por caballerizas. Íbamos a ir con mulos y caballos.
Pronto empezamos a oler a caballo y las chicas alemanas, cuando mis compañeros se acercaban a ellas, se reían y se marchaban rápidamente. Ahí cayó la primera decepción de la campaña, y todavía no habíamos disparado un solo tiro. Luego entendí el porqué: pocos de los nuestros sabíamos de mecánica, y menos aún llevaban un carné de conducir encima, así que nos tocó ir a la guerra moderna, la de las máquinas y el hierro, tirados por el mismo animal que había tirado del carro de mi padre camino de la estación.
Y fue allí, en el barracón, sentado en la litera con una aguja que había traído, remendando un jirón de mi propia manga, donde un compañero me vio las manos moviéndose y me preguntó de dónde había sacado esa maña. Le dije la verdad, sin darle vueltas: que en mi pueblo me ganaba la vida forrando ataúdes. Se quedó pensando un momento, se dio la vuelta y al momento llegó con una chaqueta para pedirme el favor de si le podía coser un botón que llevaba colgando desde Madrid. De momento se corrió la voz y al día siguiente fue otro. Y otro. Al mes ya me buscaban de otras compañías, que si un ojal, que si una manga descosida, y a mí me daba igual quién fuera con tal de que me trataran con respeto.
Y nadie me miró raro. Ni una sola vez. Descubrí en aquel barracón, con más sorpresa de la que puedo explicar, que las mismas manos que en Cantoria me habían costado tantos correazos de mi padre, allí, a miles de kilómetros de él, eran un alivio para los demás. Cosía delante de veinte hombres y ninguno bajaba la voz para hablar una mala palabra de mí. Todo lo contrario, solo escuchaba agradecimiento. Y a eso no estaba acostumbrado.
Cuando terminó la instrucción nos metieron en tren hasta Polonia, con la idea de seguir por el ferrocarril hasta el frente. Pero las vías rusas estaban saturadas, y entonces, de manera precipitada se tomó una decisión drástica: continuaríamos el resto del viaje a pie. Mil kilómetros. Cuarenta días, sin parar, algunas jornadas de cuarenta kilómetros con treinta kilos de mochila a la espalda, por ciudades destruidas por la guerra, por caminos que eran puro barro o estaban con placas de hielo de casi medio metro que teníamos que ir rompiendo para avanzar. Entre nosotros la llamábamos la Marcha del Este, y todavía hoy, cuando algo me exige un esfuerzo grande, me viene esa palabra sola a la cabeza, marcha, como si el cuerpo no hubiera olvidado nunca aquellos cuarenta días.
Y con las piernas destrozadas y la mochila abriéndonos surcos en los hombros, todavía nos quedaba ánimo para un miedo que hoy me parece casi de risa, aunque entonces era de lo más serio: el miedo a llegar tarde. A que la guerra se acabara sin nosotros. A que los rusos ya estuvieran vencidos cuando pisáramos el frente, y el honor, esa palabra tan grande, se lo llevaran otros que habían llegado antes. Sí, así como lo cuento: caminábamos con miedo de perdernos la guerra. Con los pies destrozados, deseando que aquello durara lo suficiente para poder demostrar algo. A esas alturas ya no sé si me daba más miedo la guerra o llegar y encontrármela terminada.
El pan llegaba mohoso cuando llegaba. El agua escaseaba y con ella vino la disentería, que se llevó a más de uno tan callado y tan seguro como una bala, pero más despacio, más sucio, más humillante para el que la sufría. Los caballos que tiraban de los carros de artillería caían muertos en las cunetas de puro agotamiento, y verlos allí, con la lengua fuera y las moscardas encima antes incluso de que el cuerpo se enfriara, era el preludio de lo que a cualquiera de nosotros nos podía tocar el día menos pensado. Yo caminaba y no pensaba en casi nada, porque en aquella marcha no había cabeza para pensar en otra cosa que no fuera el paso siguiente.
Cuarenta días después, llegamos a Nowgorod. Y aquello ya no era una ciudad. Era su triste esqueleto. Los alemanes y los italianos la habían bombardeado antes de que llegáramos, y lo poco que quedaba en pie se lo iban terminando de llevar los propios rusos al retirarse. Entré en una iglesia con la cúpula abierta al cielo como una cáscara rota, y entre los cascotes vi lo que había sido un altar. Pensé en mi iglesia de Cantoria, no sé por qué, y me pareció una tontería pensarlo allí, entre tanta ruina ajena, pero no pude evitarlo. Uno lleva su pueblo metido dentro aunque se vaya a la guerra más lejos del mundo.
En aquella misma carretera que unía Moscú con Leningrado me llevé una de las mayores sorpresas de toda la campaña. Un día me encontré con Segundo, el hijo de don Antonio el Artillero, uno de los médicos de Cantoria cuando yo era un chiquillo. Al principio no lo reconocí. El uniforme, la barba y el invierno nos habían cambiado la cara a todos. Fue él quien me llamó por mi nombre. De pronto, en mitad de aquella inmensidad helada, tenía delante un pedazo de mi pueblo.
Hablamos un buen rato. Recordamos la plaza, las calles, a los vecinos y a la gente que seguía o ya no seguía por allí. Eran conversaciones sin importancia para cualquiera, pero para nosotros lo eran todo. Durante unos minutos dejamos de estar en Rusia y volvimos a casa.
Unas semanas más tarde apareció buscándome su hermano Antonio, que llevaba el mismo nombre que su padre. Venía con una noticia que nadie quiere escuchar: Segundo había caído en combate.
Los dos fuimos a darle sepultura. Lo enterramos en un pequeño cementerio junto a la catedral, donde los alemanes habían reservado un rincón de los jardines para sus muertos y para los nuestros. No había nadie que hiciera aquel trabajo, así que cavamos la fosa entre los dos. Apenas hablamos y cuando terminamos, Antonio se quedó inmóvil, con la mirada clavada en la tumba recién cerrada. Yo permanecí a su lado, en silencio. No había consuelo posible. Mientras emprendíamos el camino de vuelta, no podía dejar de pensar que, desde aquel día, un pedazo de Cantoria descansaría para siempre bajo la tierra helada de Rusia.
Del frío no se puede contar nada que se entienda de verdad si no se ha pasado. Cuarenta grados bajo cero no es un número, es un animal que muerde por todos los lados a la vez y no suelta. El vino llegaba hecho un bloque de hielo dentro del barril, y había que partirlo a golpes y derretirlo en una lata puesta al fuego antes de poder bebérselo. La mantequilla, igual de dura, había que esperar junto a la lumbre a que se ablandara. Un compañero de Jaén cogió el paludismo aquel invierno y estuvo a punto de dejar allí la vida; lo atendió, en un hospital de campaña alemán, una enfermera brasileña con la que apenas se entendía de palabra, pero que le ponía la mano en la frente todas las noches hasta que la fiebre le bajó. Él contaba después que aquella mano fue el consuelo más grande que cualquier medicina que le dieran.
Y a mí esas palabras se me quedaron dentro más de lo que él pudo imaginar. Porque médicos había pocos, para qué vamos a negarlo, y las heridas, en cambio, no dejaban de llegar. Y yo tenía la maña de la aguja, la de toda la vida, la que en Cantoria me había costado tantas bofetadas. Solo hacía falta cambiar la tela por la piel. Así que un día, sin que nadie me lo mandara, cogí hilo y aguja y cosí una herida como quien cose un dobladillo, con el mismo pulso, la misma paciencia, la misma vuelta cuidada en cada punto para que no tirara al cerrar. Y funcionó.
Empezaron a llamarme el maestro de la aguja. Lo mismo te remendaba un bolsillo que te dejaba una ceja rota otra vez en su sitio, con la piel bien unida y la herida limpia. Y en aquellos ojos que me miraban coser, en aquellas manos que se dejaban curar por las mías, empecé a notar algo que no había sentido en toda mi vida: respeto. Admiración, incluso, la palabra me cuesta todavía escribirla porque nunca la había tenido dirigida a mí. Y no supe, al principio, qué hacer con aquello. Toda mi vida había aprendido a encogerme, a bajar la cabeza, a esperar un porrazo o la palabra que dolía más que el golpe. Y de pronto tenía delante lo contrario, hombres que me buscaban, que me necesitaban, que decían mi nombre con algo parecido al cariño, y yo no sabía sostener eso. Tuve que aprender, casi con la misma paciencia con que aprendí a coser, a dejar que me respetaran sin sentir que en cualquier momento me lo iban a quitar de un manotazo.
Y en esas estábamos cuando nos trasladaron a Kolpino, cerca de Leningrado, en el verano del cuarenta y dos, tras otro mes cruzando bosques y pantanos que si te descuidabas te tragaban entero. Allí empezaron las escaramuzas, y con ellas otra clase de miedo, uno que no tenía nada que ver con el miedo antiguo de la correa de mi padre levantada. Aquel miedo de siempre, de pronto, me pareció pequeño. Casi de juguete.
Pero lo del nueve de febrero del cuarenta y tres prefiero contarlo aparte. Aquel día no fue como los demás.
El nueve de febrero del cuarenta y tres empezó de la peor manera posible: de madrugada cuando todavía estábamos durmiendo, la artillería rusa cayó sobre nuestras posiciones con toda su fuerza, sin avisar, sin darnos tiempo ni a despertar. Estábamos a poca distancia de Leningrado, en la vía que llamábamos el paredón Moscú-Leningrado. Allí estaba mi compañía, y allí estaba el batallón al que todos conocíamos por el nombre de la Tía Bernarda, vaya usted a saber quién le puso ese nombre a aquello.
Nos atacaron tres divisiones enteras. Sé que suena exagerado contarlo así, y a mí mismo me lo parece cuando lo pienso ahora, pero lo vi con estos ojos: tártaros, mongoles, uzbecos, muchos de ellos borrachos, casi sin mando que los sujetara, viniendo hacia nosotros en oleadas que no tenían fin. Nosotros teníamos las ametralladoras más modernas, las que hacían mil disparos por minuto, y aquello dejó de ser una defensa para convertirse en algo parecido a segar un campo que a hacer la guerra.
Ahí estaba Ángel, un chico de Oviedo, con la máquina pegada al cuerpo, disparando sin parar hasta que cayó, y siguió disparando incluso cayendo. No sé cuántos hombres se llevó por delante antes de caer, pero fueron muchos. Eso no se me olvida. De su rostro ya no me acuerdo bien, los años van difuminando las caras, pero de sus manos agarradas a la ametralladora sí me acuerdo, y de que no las soltó ni cuando ya estaba cayendo al suelo.
No sé cuánto duró aquello. Un cuarto de hora, dos horas, no sabría decir. Tenía la boca seca y no me acuerdo de haber bebido agua en todo el día, ni de haberla echado en falta. Apretaba el fusil con las dos manos y en algún momento me di cuenta de que me dolían los dedos de apretarlo tanto, y no los solté. Disparaba cuando había que disparar, cargaba cuando había que cargar, y entre medias no pensaba, no rezaba, no me acordaba de nadie. Solo miraba hacia donde venían y hacía lo que tenía que hacer.
En medio de aquel infierno sentí un golpe seco en el hombro, como si alguien me hubiera embestido al pasar. Ni siquiera caí. Seguí disparando casi por instinto, sin pensar en lo que acababa de ocurrir. No fue hasta que el tiroteo dio un pequeño respiro cuando me llevé la mano al hombro. La saqué empapada de sangre. Entonces comprendí que me habían alcanzado.
La bala me había atravesado de parte a parte. Había entrado limpiamente por delante y salido por detrás, dejando una herida mayor al salir. Aquel disparo, que podía haberme dejado allí para siempre, solo fue un aviso. Nunca supe si me salvó la suerte o el frío de Rusia, que parecía detener hasta la sangre. Lo cierto es que me apreté la herida como pude, agarré de nuevo el fusil y seguí en mi puesto. Allí nadie podía permitirse el lujo de abandonar.
Después, cuando ya paró el cruce de disparos entre ambos bandos, me temblaban las manos y no podía pararlas, y el hombro, que hasta entonces había aguantado callado, empezó a arderme como si me lo hubieran abierto en ese mismo instante. No de miedo, o no solo de miedo. Un compañero me vio la sangre en el capote, me abrió la guerrera y me miró la herida sin decir gran cosa, solo que había tenido suerte, que unos centímetros más adentro y no lo contaba. Me la vendó él mismo, allí, sin médico, con lo que llevaba encima, y me pasó una petaca. Bebí sin preguntar qué era.
Al día siguiente, cuando el reloj rondaba las dos de la tarde, todo había terminado. De los ciento veinte hombres que habíamos defendido aquella posición solo quedábamos quince. Nunca he olvidado ese número. Hay heridas que cierran con el tiempo; esa no cerró jamás.
Sobrevivir no me hizo sentir afortunado. Todo lo contrario. Mientras miraba a mi alrededor solo podía preguntarme por qué seguía allí. ¿Por qué yo y no ellos? ¿Qué había hecho para merecerlo? Nada. Absolutamente nada. Compañeros como Ángel seguían donde habían caído, con las manos aferradas a la ametralladora, medio cubiertos por la nieve. Ellos habían cumplido igual que yo. La única diferencia fue que la muerte los eligió a ellos y a mí me dejó pasar.
Nos mezclaron con prisioneros alemanes y franceses y nos echaron a andar. Íbamos escoltados por soldados con el dedo siempre sobre el gatillo y por perros que parecían tan acostumbrados a la muerte como sus dueños. Quien podía seguir la marcha seguía; quien no, allí se quedaba.
A los heridos, a los que cojeaban o ya no tenían fuerzas para dar un paso más, los sacaban de la fila y los llevaban a la cuneta. Un simple disparo bastaba para acabar con ellos. Entre aquellos hombres iba un compañero de Tabernas. Llevaba una herida fea en el cuello. Su hermana había sido mi madrina de guerra; me escribía cartas al frente sin haberme visto nunca, solo porque había querido acompañar a un soldado español en la distancia. Cuando vi que se acercaban a él, supe lo que iba a pasar.
Lo apartaron de la fila. Yo seguí caminando. No tuve valor para volver la cabeza. Unos segundos después sonó el disparo. Ese sonido me ha acompañado toda la vida. No por su muerte, que ya nada podía evitar, sino porque no fui capaz de mirar a mi amigo por última vez. De todas las cosas que viví en Rusia, esa cobardía ha sido una de las que más me ha pesado con el paso de los años.
En la ciudad nos metieron en una casa cuartel. Nos desnudaron con quince o veinte grados bajo cero y nos hicieron bañarnos en agua que estaba casi helada. Luego, cuatro mujeres con navajas de afeitar nos raparon el cuerpo entero, axilas, pecho, todo, sin distinción. Yo, que de crío había aprendido a que me miraran y me juzgaran por mis maneras, allí, desnudo y afeitado igual que todos los demás, hombres que ni conocía, sentí por primera vez que éramos exactamente lo mismo, hombres asustados.
Nos dieron de cenar una especie de gachas que llamaban kass, y dormimos sobre las literas tapados con nuestra propia ropa. Una semana así, hasta que nos metieron en un tren de vagones de ganado, con literas de madera para cincuenta hombres y un agujero en el suelo para las necesidades. El viaje duró quince días. Una sardina para cinco hombres, doscientos gramos de pan negro con cáscara de patata. Me acordé entonces del dicho de mi pueblo, “aqui no hay miseria, un huevo para siete y la yema para el cura”. Cuando el tren paraba, nos sacaban al campo, rodeados de guardias y de perros, para que hiciéramos nuestras necesidades, y la gente del pueblo que había alrededor nos jaleaba, se reía, señalaba, como quien mira animales de feria. Eso me hizo pensar que quizá esa clase de crueldad, que yo todavía arrastraba de mi tierra, no vive en un solo sitio, que se muda de pueblo en pueblo y de guerra en guerra.
Llegamos al fin a un campo de prisioneros que llamaban Boborosqui, que decían que era de paso. Y ese paso fueron cinco años.
Puedo resumir nuestra estancia en Boborosqui con dos palabras, frío y hambre. Y casi nunca por separado. A las siete de la mañana, una sopa de remolacha con ortigas y harina, aguada, sin sustancia, y a las ocho, al trabajo. Estuvimos trabajando en el campo, en el ferrocarril, sacando troncos del agua congelada del rio en inverno para llevarlos a las fábricas, y finalmente estuvimos en la construcción haciendo viviendas para los rusos. A las siete terminada nuestra jornada laboral y volvíamos a la barraca con un palo al hombro para la calefacción. Tres mil hombres compartiendo aquel calor mínimo, sin ropa apenas, tapándonos con el propio abrigo, durmiendo con las botas de cabecera para que nadie te las robara, porque unas botas allí valían más que cualquier otra cosa que uno pudiera poseer.
De cena, otra vez el kass, y doscientos gramos de pan. Yo pensaba a veces, cuando el hambre no dejaba pensar en otra cosa, en el pan de mi madre, el que hacía los sábados, y me daba rabia pensarlo, porque el recuerdo del pan bueno hace más dura el hambre del pan malo. Hay recuerdos que hay que espantar como se espanta una mosca, no porque hagan daño en el pecho, sino porque hacen daño en el estómago.
No cosí apenas en esos meses. No había con qué, ni tiempo, ni fuerzas. Pero cuando alguna vez conseguíamos hilo, un trozo de tela, algo que remendar, me lo traían a mí. Un compañero de Toledo, que se le rompió la única muda que le quedaba, me dijo una noche, mientras yo le zurcía el codo del jersey a la luz de la lumbre de la barraca, algo que no he olvidado:
—Menos mal que naciste modisto, Rafael, que si no, aquí nos moríamos todos con la ropa echa jirones.
En el año cuarenta y ocho, un grupo de unos cuatrocientos compañeros, nos negamos a trabajar. Queríamos poder escribir a España, como hacían los demás prisioneros, y a nosotros no nos dejaban. Fue una huelga de hambre, ocho días. Los primeros tres aguantamos con algo de té, después nada. Y era una cosa terrible y hermosa a la vez, ver día tras día los cubos de comida puestos en la puerta de la barraca, el agua, el pan, esperando a que cediéramos. A los ocho días entraron los soldados, nos sacaron a rastras, y nos llevaron al hospital. Y a los que habíamos encabezado aquello nos separaron en grupos pequeños y nos repartieron por otros campos. A mí me tocó, con otros tres, ir a Odessa, a una fábrica de tractores y piezas de tanque. Y entonces, cuando ya pensábamos que nada podía cambiar, la vida dio un giro inesperado. Seguíamos siendo prisioneros, sí, pero aquel destino era muy distinto de todo lo que habíamos conocido hasta entonces. Solo nos vigilaban un teniente y tres soldados. El teniente era un hombre práctico: con unos cuantos rublos para comprar vodka, hacía la vista gorda y nos dejaba salir del campo.
Aquello nos parecía un sueño. Un día fuimos a ver un partido de fútbol por las calles de Odessa. Otra noche entramos en el Gran Teatro de la Ópera para asistir a una representación de Carmen, de Bizet. Nunca olvidaré aquella función. En la misma fila nos sentábamos prisioneros españoles, soldados soviéticos y vecinos de la ciudad. Durante unas horas desaparecieron los uniformes, el odio y la guerra. Solo existía la música.
Mientras la voz de la soprano llenaba el teatro, comprendí que todavía quedaba belleza en el mundo. Aquel instante, en una ciudad lejana y siendo aún prisionero, hizo más por devolverme la esperanza que cualquier otra cosa. Allí recuperé la fe, no solo en Dios, sino también en las personas.
En aquella fábrica conocimos a los que se le llamaban niños españoles, de los que se llevaron durante nuestra Guerra Civil, que ya estaban crecidos. Intentamos hablar con ellos, acercarnos, y nos rehuían porque les daba miedo, y con razón, porque a uno de Bilbao al que le llevamos ropa y algo de dinero, porque estaba muy mal, al día siguiente nos dijeron que había desaparecido o lo que es mas seguro, lo habían desaparecido. Uno en la guerra espera crueldad, pero aquello, que castiguen a un crio tan cruelmente con su vida por hablar con otros españoles, no se entiende, y no se olvida.
Después nos llevaron más lejos todavía, a Siberia, a las minas de carbón de Karaganda. Bajábamos dos mil doscientos metros, por montacargas o por las vías del tren, cinco kilómetros hasta la veta. Fueron años duros, pero en cierto modo también los más tranquilos porque apenas hubo sustos y empezaron a darnos mejor de comer.
En el cincuenta y dos tuvo a bien morirse Stalin, y el mundo entero se removió con la noticia. Para nosotros, presos suyos en su propia tierra, fue algo más, una alegría inmensa y la primera grieta real por donde se deslumbraba un poco de esperanza en trece años. Nos trasladaron de campo, nos dieron colchón, sábanas, dejaron de obligarnos a trabajar. De pronto había tiempo para el fútbol, para el ajedrez, para sentarse a que te diera el sol en la cara cuando había sol que diera. Y en enero del cincuenta y cuatro llegó, por fin, la palabra que llevábamos trece años masticando en silencio: España.
Y si aquel día llegó, no fue gracias a Franco. Me duele decirlo, pero sería aún peor marcharme de este mundo sin contar la verdad, porque si volvimos a tener una esperanza fue por la Cruz Roja Internacional. Fueron ellos quienes se preocuparon por nosotros y lucharon por nuestra liberación hasta el último aliento.
Mientras tanto, en España, nosotros nos convertimos un problema incómodo. Franco trataba de abrirse camino entre las potencias que habían ganado la guerra mundial, de borrar cuanto antes cualquier sombra de su cercanía con el bando derrotado. Y nosotros, después de trece años encerrados en los campos soviéticos, no encajábamos en esa nueva imagen. Éramos un asunto del que convenía hablar poco y, si era posible, no hablar.
Esa fue la verdad que entendimos con el paso del tiempo. Cada invierno que pasábamos allí nos dejaba más claro que nuestro país no iba a venir a sacarnos por iniciativa propia. Nos dejarían morir, uno detrás de otro.
No me lo creí hasta que estuve embarcado en el Semiramis, el barco de nuestra salvación que mandó Cruz Roja a recogernos, cruzando el estrecho del Bósforo. En un puerto donde atracamos durante unas horas, nos visitaron unos señores sefardíes, descendientes de los judíos que salieron de España siglos atrás, y que sin conocernos de nada, nos traían ropa y dulces, con un cariño que no me esperaba de gente que nunca había visto España más que en los relatos de sus abuelos.
Llegamos a Barcelona el tres de abril del cincuenta y cuatro. Nos esperaba el general Muñoz Grande, que nos saludó a todos uno por uno. A mí me esperaba unos primos que estaban allí emigrados, que me dieron la noticia que mi padre había muerto sin que yo estuviera allí para verlo, ni para que él me viera volver.
De Barcelona a Almería, y de Almería a Cantoria, el viaje se me hizo más largo que los trece años enteros, o eso me pareció entonces, sentado en el autobús mirando por la ventanilla una tierra que para mis ojos era el mejor de los regalos
Entramos en el pueblo por la carretera de Olula, y lo primero que vi fue las pancartas. No me lo esperaba, o no me lo esperaba así, con esa palabra tan grande, HÉROES, pintada con letras torcidas en una sábana vieja que sujetaban entre varios vecinos. Estaba también Pedro Teruel, que venía conmigo desde Odessa y los dos nos miramos sin decir nada cuando vimos la entrada por el limonero llena de gente, porque ninguno de los dos se sentía héroe de nada, ni sabíamos bien qué cara poner ante una palabra tan grande puesta sobre nosotros de golpe.
Mi madre estaba delante de todos. La reconocí antes de que el autocar parara, por el pañuelo, por cómo se llevaba la mano al pecho, y cuando bajé y la abracé noté que había envejecido más de lo que trece años deberían envejecer a una persona, y pensé en cuánto de esa vejez sela había ocasionado yo, por haberme ido, por los años sin cartas, por todo lo que ella había tenido que sostener sola. Antonio estaba a su lado, con su mujer y sus dos hijos, hecho ya un hombre entero, con esa cara suya de siempre, y cuando me abrazó lo hizo fuerte, más fuerte de lo que Antonio nunca me abrazó, y me dijo al oído, para que no lo oyera nadie más, que se alegraba de que hubiera vuelto, que lo había pasado mal pensando que no volvería, que tenía mucha culpa de no haber parados los pies a su padre cuando pudo. Nunca me había hablado así. Fue quizás, en todo lo que llevaba de vida, la primera vez que sentí que mi hermano me miraba sin medirme contra nadie.
Y entonces busqué, sin querer buscarlo, sin poder evitarlo, la cara que llevaba doce años imaginando encontrar en aquel lugar. La cara de mi padre, mirándome bajar del autocar, viendo a la gente aplaudir, viendo por fin, aunque fuera tarde, aunque fuera a la fuerza, que el hijo modistilla también había tenido el valor que él tanto le había exigido demostrar. Esa cara no estaba.
Se lo pregunté a mi madre allí mismo, en medio del abrazo, y ella no tuvo que decírmelo con palabras. Me lo dijo con los ojos, y luego, ya más tarde, en casa, con todas las palabras que hicieron falta: que había muerto un año antes, de una enfermedad del pecho, y que se había ido sin saber si yo volvería vivo o no.
Mi madre me dio, esa misma noche, una caja de latón que mi padre guardaba en el cajón de su mesilla, cerrada con una llave pequeña que él llevaba siempre encima. Dentro no había nada de valor: los tres recortes del periódico El Yugo de Almería que hablaban de la expedición de la División Azul, doblados y vueltos a doblar tantas veces que ya casi no aguantaban otro pliegue, y un mapa de Rusia arrancado de algún libro de texto, con un círculo hecho a lápiz alrededor de Leningrado.
No sabría explicar bien lo que sentí. No fue solo tristeza, aunque hubo tristeza, Pero por por encima de todo eso y esto me costó mucho reconocerlo, sentí mucho alivio. La persona que más daño me había hecho en toda mi vida ya no estaba en aquella plaza esperándome, ya no iba a estar nunca más en ninguna puerta de ningún taller diciendo delante de nadie lo que yo era o dejaba de ser.
Esa noche, en la cama que había sido mi cama de crío, no dormí. Pensé en el ataúd que me sirvió de cuna, en las manos de mi madre cosiendo, en el taller lleno de familias como la mía, y pensé que quizás mi padre, sin saberlo nunca, sin querer saberlo, me había fabricado sin darse cuenta las dos cosas que más falta me habían hecho para sobrevivir a todo lo que vino después: la aguja, que aprendí a pesar de él, y el valor a pesar del miedo.
A día siguiente me fui al taller como si no hubiesen pasado 14 años y seguí haciendo lo que hubiera hecho de no haberme ido. Seguí forrando los interiores hasta que las manos ya no me dieron para todo y tuve que enseñar a otros. Y ahora el mismo pueblo que venía a mi puerta a pedirme que enterrara a sus muertos, y lo pedían porque sabían que lo iba a hacer bien, con cuidado, con mano fina, la misma mano que antes les había parecido cosa de risa. Nunca me dijeron que se habían equivocado. La gente no suele decir esas cosas. Pero venían a mí, y en Cantoria, entonces, eso era decirlo sin decirlo.
A los seis o siete años de la vuelta el Gobernador Civil me propuso ser alcalde con los informes positivos que las fuerzas vivas del régimen le habían enviado. Acepte más animado por otros que por mí mismo, porque yo nunca me tuve por hombre de política. Y creo que no se me dio mal.
Fui también sacristán de la iglesia, y eso lo fui hasta el final, hasta que el cuerpo no me dio más. Cuidaba los ornamentos, los bordados de los manteles del altar, remendaba las casullas viejas que ya nadie más sabía coser como se debía, y el cura de entonces, que no era el mismo que había humillado a mi padre delante de mí de niño sino otro más joven, me decía que tenía manos de bendición para esas telas. Manos de bendición. Después de tantos años oyendo lo contrario de esas mismas manos, oír eso, en la sacristía, en voz baja, un día cualquiera, valió más que la medalla de plata que me dieron al volver de Rusia, más que el título de hijo predilecto, más que todo.
Nunca me casé. Eso también hay que decirlo, porque quien lea esto y sepa leer entre líneas ya se lo habrá figurado, y no quiero terminar esta historia con más silencios de los que ya tuve que guardar en vida. No hace falta que cuente más. Cada uno lleva su vida como puede y como el tiempo que le toca se lo permite, y a mí me tocó el tiempo que me tocó, y con ese hice lo que pude, que no fue poco.
Cuando pienso en todo esto, ahora que ya soy más viejo que mi padre cuando murió, vuelvo siempre a lo mismo: al ataúd de niño con la veta torcida, a mi madre cosiendo con un pie en la cuna y el otro en el trabajo, a todo un pueblo entero que vivía de la muerte de los demás para poder sostener la vida propia. Yo nací en esa contradicción y en ella he vivido siempre, cosiendo el interior de las cajas que guardan a los muertos de otros, y creo, si algo he entendido en todos estos años, es que ese fue mi verdadero oficio desde la primera cuna: no fabricar la muerte, sino hacerla, en lo posible, un poco menos fría para quien se queda.
Nota del autor:
La construcción de este relato y de su protagonista, Rafael, se ha basado en una cuidadosa labor de documentación histórica. Para dotar de autenticidad a su voz, sus vivencias y sus emociones, se han utilizado, entre otras fuentes, testimonios en primera persona de veteranos de Cantoria de la División Azul, como Pedro Teruel y Antonio Castro. Sus recuerdos, experiencias y reflexiones han servido de inspiración para recrear, desde la ficción, una historia profundamente arraigada en la realidad vivida por quienes formaron parte de aquella campaña.
Testimonio de Casto Uribe.
Testimonio de Alfonso Lozano.
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