Cuando los Santos ardieron
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
El camino del Faz olía a tomillo seco y a tierra que llevaba meses sin ver lluvia. Antonio caminaba delante con ese paso largo del hombre que conoce cada piedra porque las ha pisado de niño, de mozo y de padre. Su hijo Juanjo iba detrás, saltando de piedra en piedra con la concentración absoluta de quien quiere comprender todo lo que ocurre a su alrededor pero no lo dice.
Fue al doblar el recodo, cerca de la zona de los Álamos, cuando lo vieron venir.
Un hombre pequeño avanzaba por el mismo sendero en dirección contraria. Llevaba en la mano un racimo de uvas del que comía despacio, sin prisa ninguna. Tenía la piel de quien ha pasado toda la vida a la intemperie, el rostro marcado por el sol como la corteza de un almendro viejo. Pero había algo en su manera de caminar, una calma que no era resignación, sino otra cosa más dura y más quieta, que hacía que pareciera más grande de lo que era.
Se detuvieron. Los hombres del campo siempre se detienen.
—Blas— dijo Antonio.
—Buenas tardes, don Antonio.
Hablaron de cosas sin importancia, como hacen los hombres cuando se cruzan en un camino y no tienen prisa o la disimulan bien. De la vendimia, del calor, de la lluvia que no llegaba y que tanta falta hacía. Juanjo, que tenía ocho o nueve años y los pies llenos de polvo de la caminata, miraba al hombre pequeño con esa curiosidad directa e inocente de los niños que todavía no han aprendido a disimularla. El hombre lo notó. Sonrió. Y sin decir nada extendió la mano y le ofreció un puñado de granos del racimo.
Juanjo los aceptó mirando primero a su padre, que asintió con un gesto. Los granos estaban calientes del sol, dulces, con ese punto de azúcar espeso que tienen las uvas que han madurado del todo y esperan resignados su recogida.
Se despidieron. El Menúo siguió su camino cuesta abajo. Juanjo miraba los granos en su palma abierta.
—¿Papá, quién era ese hombre?
Antonio tardó dos o tres pasos antes de responder.
—Blas Padilla, pero en el pueblo lo conocemos como el Menúo.
—¿Por qué el Menúo?
—Porque es bajito de estatura. —Hizo una pausa.— Aunque hay quien dice que le viene de menudo. De cosa pequeña que pesa mucho.
Caminaron un trecho. Las cigarras llenaban el aire caliente con su ruido constante, ese ruido que en verano uno termina por no oír porque siempre está ahí.
—¿Lo conoces de hace mucho? —preguntó Juanjo.
—De toda la vida. —Antonio miró el camino que tenían por delante. —Aunque hay personas a las que uno conoce de siempre y sin embargo no sabe lo que sabe de ellas hasta más tarde. Cuando ya ha pasado todo.
—¿Qué es lo que sabes tú de él?
Antonio no respondió enseguida. Le vino a la memoria una noche de agosto, el olor a madera vieja y a resina quemada, las caras de la gente iluminadas por las llamas con esa luz rojiza e inconstante que hace que los rostros conocidos parezcan los de otra persona. Le vino ese hombre pequeño abriéndose paso entre la multitud con los puños apretados a los costados. Tardó un momento en encontrar las palabras.
—Era agosto del 36— dijo al fin—. A los pocos días de comenzar la guerra. Hacía calor todavía cuando sacaron las imágenes de la iglesia. Yo era joven entonces, poco más que un muchacho. Vivíamos en la calle del Álamo, mis padres, mis hermanos y yo, a pocos metros del convento de la Divina Infantita. Y lo vi todo desde el balcón.
Juanjo lo miró. Era la primera vez que su padre se ponía a sí mismo dentro de una historia de aquellas.
—Lo vi desde arriba, digo. Vi pasar por debajo del balcón a los que llevaban las imágenes hacia la explanada. Y cuando la hoguera se estaba encendiendo, vi pasar también al Menúo, solo, con los ojos inyectados en sangre, con ese paso suyo que ya entonces tenía algo que te hacía mirarlo. Un hombre pequeño yendo a plantarse delante de una maquinaria que no iba a poder parar. —Antonio guardó silencio un momento. —Eso no se olvida.
—¿Y qué pasó?
Antonio miró el camino.
—Esa tarde, algunos del Comité Revolucionario liderados por un hombre al que llamaban el Manduca decidieron por su cuenta, sin contar con los demás, entrar en la iglesia y saquearla. Primero fueron a por lo que tenía valor: los ornamentos, los cálices, las ropas del altar. Se los llevaron despacio, como quien ejecuta una venganza y se regodea con ello. Y luego fueron a por las imágenes.
Antonio hablaba mirando al frente, al camino, como si lo estuviera viendo todo otra vez.
—Las sacaron en una especie de procesión al revés. Las esculturas de San Antón y San Cayetano, el Padre Jesús, la Virgen de los Dolores, la Virgen del Carmen. Tallas que los más viejos del pueblo decían que habían salido de la escuela de Salzillo, que eran piezas maestras de la imaginería. Cuadros que pertenecían al Museo del Prado. Los libros del Archivo Parroquial, los de bautismos, los de confirmaciones, los de las cofradías. Todo lo que encontraron. Lo sacaron a la explanada que había delante del convento, justo debajo de donde yo estaba, y lo apilaron allí para que todo el mundo lo viera. Con esa meticulosidad extraña que a veces tiene la destrucción cuando se organiza en grupo, como si el orden previo hiciera más definitivo el desorden que viene después.
—¿Y por qué hicieron eso?
Antonio eligió las palabras con cuidado, como siempre que hablaba de aquello.
—Decían que la iglesia había estado siempre del lado de los ricos. Que había sido cómplice de la opresión del obrero durante dos mil años y que había llegado la hora de saldar cuentas—. Hizo una pausa. —Y puede que algo de razón no les faltara en lo primero. Pero una cosa es tener razón en el agravio y otra muy distinta es lo que hicieron aquella noche.
Juanjo escuchaba sin moverse.
—Al frente de todo estaba Anselmo Segovia, el Manduca. Había sido él quien entró primero en la iglesia, quien metió las manos en los ornamentos y los cálices. Blasonaba de su ateísmo con la misma energía con que otros blasonaban de su fe, se lo decía a quien quisiera oírlo. Se había puesto él mismo el mote de Satanás como quien se cuelga una medalla. Y esa noche el mote le venía como un guante.
La multitud era grande. Exaltada. Había gente que vitoreaba y gente que miraba expectante sin saber muy bien qué cara poner, y gente que había venido arrastrada por la corriente de los que iban delante sin haberse preguntado todavía adónde.
—Fue entonces cuando llegó el Menúo. Se metió entre la gente. La gente al verlo llegar le abrió paso sin necesidad de decir nada. Y se plantó delante de la hoguera y dijo, en voz alta, para que todos lo oyeran: esto no hay que hacerlo.
—¿Eso dijo?
—Eso dijo. Que aunque no creyeran en nada, que aunque no les importara la religión ni los santos ni nada de eso, aquellas imágenes eran obra de las manos de los hombres, obras de arte que alguien había tallado, que alguien había pintado, que alguien se había pasado meses o años haciendo. Que era un delito destruir en un momento lo que tanto había costado hacer. Que se iban a arrepentir de inmediato.
—¿Y le hicieron caso?
—Le gritaron que se fuera. Lo empujaron para apartarlo del sitio. —Antonio movió la cabeza despacio.— Pero él no se movió.
Juanjo tenía una uva a medio masticar y se había olvidado de ella.
—Entonces el Manduca y sus hombres empezaron a arrojar las imágenes al fuego una a una. Los cuadros primero, las piezas más pequeñas, las cruces. Las llamas las recibían con un crujido sordo y luego se alzaban más altas y más voraces, con un humo negro que olía a pintura y a barniz y a siglos de cera, y la multitud respondía con un rugido que no era exactamente de alegría pero tampoco era otra cosa.
Antonio bajó un momento la voz, no porque hubiera alguien cerca sino porque aquello lo pedía. Luego continuó hablando.
—Cuando llegó el turno de San Antón, algo ocurrió entre la gente. El santo carretillero era el patrón del pueblo, el que presidía las fiestas de más arraigo, el que todo el mundo había visto desde niño en su hornacina. Más que un trozo de madera, era un miembro más de la mayoría de las familias del pueblo. Y entre esa multitud encendida, entre toda esa gente que aquella noche había decidido que el mundo viejo debía arder, hubo muchas voces que protestaron. La mayoría, diría yo. Gritos. Más gritos. Empujones. Gente que se echó hacia delante para impedirlo. Llegaron a las manos.
—¿Y el Menúo?
—Aprovechó ese momento. Intentó convencer a los hombres del Manduca, meter la voz en el hueco que se había abierto, aprovechar la duda que por un instante cruzó la explanada como una nube fina.
Antonio se detuvo un segundo. Juanjo esperó.
—Pero el Manduca no esperó. Se abrió paso entre los que discutían, junto con un hombre de su confianza agarró la talla de San Antón con sus propios brazos, y la arrojó a la hoguera. Todo ocurrió demasiado deprisa, sin tiempo para pararlos. Y mientras ardía, dijo, sin levantar la voz: ¡Señores, asunto zanjado!.
Juanjo miraba el suelo.
—Blas Padilla miró las llamas. Miró al Manduca. Miró a la multitud que cerraba filas de nuevo alrededor de la hoguera. Y se quedó donde estaba, quieto, con los puños apretados a los costados, viendo arder lo que no había podido salvar. —Antonio dejó que eso reposara un momento. —Que a veces es lo único que le queda a un hombre cuando ha hecho todo lo que podía hacer.
Caminaron un rato en silencio. El sol empujaba desde atrás y las sombras empezaban a alargarse hacia el este. A lo lejos, el pueblo blanco y quieto bajo el calor.
—¿Y después?—. Preguntó Juanjo. —Cuando acabó la guerra, ¿le pasó algo al Menúo?
Antonio pensó en una sala que olía a tabaco rancio y donde el miedo se pegaba a la piel como el sudor. Allí nadie sabía qué iba a pasar a la hora siguiente. Nadie sabía siquiera quién tendría un mañana. Sobre la mesa, un papel amarillento. Y en mitad de aquel ambiente pesado, un nombre escrito con tinta negra: el Menúo.
—Cuando acabó la guerra —dijo—, ese hombre tuvo que sentarse delante de un juez. El alférez Ruescas Fernández, juez instructor. Y el juez tenía delante un documento con todo lo que había hecho durante la contienda, todo lo que había dicho y todo lo que había dejado de decir. —Antonio miró a su hijo de reojo. —En esos momentos, Juanjo, lo que vale no es lo que tú dices de ti mismo. Lo que vale es lo que dicen los demás.
—¿Y qué dijeron?
—Tu abuelo Juan, que era el médico del pueblo, se presentó ante el juez y declaró que lo consideraba persona de izquierdas, sí, pero enemigo de desmanes. Que con él siempre se había portado correctísimamente, que le había facilitado cuanta documentación necesitó para moverse con libertad durante la guerra—. Antonio dejó que eso flotara un momento en el aire del camino. —El sastre del pueblo dijo que su actuación había sido siempre contraria a todo desmán, que procuraba apaciguar a los más levantiscos en beneficio de los que más perseguidos estábamos. Que lo consideraba buena persona.
—¿Y eso le salvó?
—Hubo también quien declaró en su contra. —Antonio no esquivó eso. —En aquellos tiempos nadie salía del todo limpio. Pero el abuelo y el sastre fueron. Se plantaron delante del juez y dijeron lo que dijeron sin tener ninguna obligación de hacerlo. —Hizo una pausa. —Eso no es poco. Eso, en aquellos años, podía sentenciarte a muerte o perdonarte la vida.
Juanjo pensó que en el abuelo, del que tanto había oído hablar y que no llegó a conocer porque murió antes de que él naciera, y en el sastre sentados delante del alférez. En el papel con el nombre. En el hombre pequeño esperando en algún lugar del edificio, o quizás ya en la calle, mientras los otros hablaban por él. Después estuvo un tiempo en la cárcel, pero salió pronto porque no había delito de sangre.
—¿Y el Manduca? ¿También tuvo que sentarse delante del juez?
—Claro, y fue a la cárcel también, aunque poco tiempo. Pero sus problemas empezaron antes de acabar la guerra, cuando se fue al frente a defender Madrid y un día la policía lo pilló por la calle en actitud sospechosa y decidió pararlo y registrarlo. Llevaba armas sin su correspondiente permiso y entendieron que podían ser robadas. Esto los puso en alerta y enviaron un comunicado a la comandancia de Almería para que registrara su casa aquí en el pueblo. En ella encontraron muchas cosas robadas durante los saqueos que habían hecho a la iglesia y a los ricos del pueblo. Pero lo que más llamó la atención fue lo que ocurrió cuando su mujer dio a luz a su quinto hijo.
—¿Y qué tiene que ver eso?
—Que cuando las vecinas fueron a visitar a la madre y al recién nacido, la cama estaba cubierta con el manto de la Virgen de los Dolores.
Juanjo abrió los ojos.
—¿El manto que lleva la Virgen el Jueves Santo?
—El mismo. De terciopelo bordado en oro. Había desaparecido en el saqueo del 36 y nadie había vuelto a saber de él. Todo el mundo daba por hecho que lo habían destruido, que había ardido en aquella hoguera. Y allí estaba: de colcha en la cama de los Manduca, extendido sobre el colchón para recibir a las visitas que venían a ver al recién nacido.
El niño no dijo nada. Pero Antonio vio en su cara que lo estaba viendo: el terciopelo negro y bordado en oro sobre la cama de sábanas blancas, el recién nacido, las mujeres que entraban y no sabían qué cara poner ni dónde meter los ojos.
—Una de las vecinas que fue a ver a la mujer se lo contó al presidente del Consejo Municipal, Juan Lamarca. Y Lamarca, con la cautela que exigían aquellos tiempos, fue con el alguacil con la excusa de ver a la mujer y al nuevo hijo de su antiguo compañero del Comité Revolucionario. Cuando lo vio, ordenó de inmediato que lo entregara ya que era un bien que debía custodiar el Consejo Municipal. Entonces lo guardó en un lugar seguro hasta que las armas se callaran y reinara la paz.
—¿Y el Menúo supo lo del manto?
Antonio lo miró.
—¿Tú qué crees?
Juanjo pensó un momento, con esa seriedad que ponen los niños cuando sienten que la respuesta importa.
—Que sí. Que lo sabía.
—En un pueblo todo se sabe. —Antonio puso la mano en el hombro del niño.— Y ahora piensa en esto. Los dos eran jornaleros. Los dos eran del mismo partido, vivían en el mismo pueblo y conocían a las mismas personas. Cuando estalló la guerra, los dos estuvieron en el mismo bando. Pero uno intentó parar lo que estaba pasando, y el otro fue a empezarlo. Uno se plantó delante de la multitud para decir que no, y el otro arrojó al patrón del pueblo a la hoguera y dijo «asunto zanjado». Uno procuró que las cosas no llegaran a más, y el otro llenó su arca de cubiertos de plata y monedas que no eran suyas y usó el manto de la Virgen de colcha.
—¿Y por qué —preguntó Juanjo, despacio, como si la pregunta le hubiera estado dando vueltas desde el principio— por qué uno hizo una cosa y el otro hizo la otra si eran del mismo bando?
Antonio miró a su hijo. Era exactamente la pregunta correcta. La que él mismo se había hecho durante años sin encontrar nunca una respuesta que le dejara del todo tranquilo.
—Porque el bando te dice contra quién estás —dijo al fin—. Pero no te dice quién eres.
Juanjo asintió, con esa seriedad de los niños cuando una frase les cae en un lugar que todavía no saben nombrar, pero notan que es hondo.
Siguieron andando. Detrás de ellos, cuesta abajo, el Menúo se alejaba por el camino del Faz hacia la rambla Torrobra con lo que quedaba del racimo, haciéndose más pequeño con cada paso, hasta que el recodo del camino se lo tragó y no quedó nada. Solo el polvo blanco y el olor a tomillo y el calor de la tarde cayendo mansamente sobre las piedras.
Juanjo tenía todavía algunos granos en la mano. Los apretó un momento sin saber muy bien por qué, como si quisiera retener algo que no tenía nombre. Luego se los metió todos en la boca de golpe, con esa glotonería feliz de los niños que no saben que acaban de vivir una de esas tardes que no se olvidan.
Este relato nace de hechos reales, aunque no pretende ser una reconstrucción histórica exacta. Es, ante todo, una historia inspirada en personas y acontecimientos que formaron parte de nuestro pasado.
Por ello, algunos hechos, nombres, lugares y situaciones han sido modificados, recreados o imaginados para proteger la privacidad de los protagonistas y dar mayor fuerza narrativa al relato. La esencia de los hechos, sin embargo, permanece.
La historia que vais a leer no habría sido posible sin el extraordinario trabajo de investigación realizado por Juan José López Chirveches. Gracias a sus artículos sobre la Guerra Civil y la posguerra publicados en la revista Piedra Yllora, disponemos de una valiosa fuente de información que nos permite comprender mejor aquellos años difíciles y las personas que los vivieron.
Este relato está inspirado en los trabajos de Juan J. López Chirveches para la revista Piedra Yllora, que podéis consultar en:
Lopez Chirveches, Juan José. Procesos a Cantorianos tras la Guerra Civil de 1939-1939. Los miembros del Comité. Revista Piedra Yllora. Número 8. Año 2013. Páginas 33 a la 49
Lopez Chirveches, Juan José. Procesos a Cantorianos tras la Guerra Civil de 1939-1939. Al servicio del Comité. Revista Piedra Yllora. Número 9. Año 2014. Páginas 48 a la 59
En formato digital:
Testimonios:
Casto Uribe
Antonio Cuéllar
Paco Cuéllar
Alfonso Lozano
Encarnita Jiménez