La marca del padre
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
1837
Aquella mañana mi padre me despertó mucho antes de que amaneciera. La oscuridad seguía pegada a las paredes del cortijo y el aire helado de noviembre se colaba por cada rendija, obligándome a esconder la cara bajo la manta. Y entonces sentí su mano sacudiéndome con suavidad por el hombro.
—Vamos, Geromo. Levántate. Hoy empiezas de aprendiz conmigo en la iglesia.
Aquellas palabras terminaron de espabilarme. Apenas entendía lo que significaban, pero la forma en que las pronunció me hizo comprender que aquel día iba a marcar un antes y un después en mi vida.
Vivíamos en un cortijo de Tomácar, en el camino que iba de Cantoria a Almanzora. Allí estábamos mis padres, mis dos hermanas y yo. Nuestra vida giraba alrededor de la tierra y de los animales. Criábamos unas cuantas cabras, cebábamos dos cerdos para la matanza y cultivábamos el pequeño pedazo de tierra que nos daba trigo, cebada y las hortalizas necesarias para ir pasando el año. El oficio de cantero de mi padre daba prestigio, pero no siempre trabajo. Había temporadas buenas y otras en las que apenas entraba dinero, así que era la tierra la que, al final, terminaba sosteniendo la casa.
Mi madre llevaba ya un buen rato despierta. Mientras nosotros aún dormíamos, ella había avivado las ascuas que quedaban de la noche anterior y calentaba un puchero de café sobre el rescoldo. Era un café humilde, hecho con los mismos posos una y otra vez. La primera cocida salía fuerte; la segunda, más ligera; la tercera apenas conservaba el color. Pero en las mañanas de invierno importaba menos el sabor que el calor que dejaba al bajar por la garganta.
Sobre la mesa nos esperaba el pan que ella misma amasaba y cocía en el horno del cortijo, acompañado de un poco de embutido de la última matanza: unas veces chorizo, otras morcilla, según lo que todavía quedara colgado en la cámara.
Mientras desayunábamos, preparó también el atillo que mi padre se llevaba cada mañana al tajo. Hasta entonces él era el único que comía lejos de casa; salía antes de amanecer y no regresaba hasta bien entrada la tarde.
En el canasto colocó una fuente de migas y, aparte, la engañifa: los tropezones que las acompañaban y que cambiaban según hubiera dado de sí la despensa aquella semana. Unas veces tocino frito, otras un pimiento seco, un rábano, un trozo de longaniza o cualquier cosa que pudiera alegrar el plato. En casa nada se desperdiciaba y todo encontraba su sitio alrededor de las migas.
Vi a mi madre llenar con generosidad la cazuela. Así era siempre, porque lo mejor que había en el cortijo era para el, tanto en cantidad como en calidad. Nadie lo discutía porque su trabajo exigía una fuerza que ningún otro oficio reclamaba, golpeando piedra de sol a sol, y todos sabíamos que necesitaba alimentarse mejor que el resto. Era una norma no escrita en mi familia, aceptada con absoluta naturalidad.
Cuando terminó de preparar el canasto, mi padre lo cogió con una mano y, con la otra, me hizo un gesto para que lo siguiera.
Todavía era de noche cuando echamos a andar hacia Cantoria. Apenas hablamos durante el camino. Yo caminaba a su lado intentando acompasar mis pasos a los suyos, sin saber muy bien si sentía más orgullo por empezar a trabajar con él o miedo por no estar a la altura.
Nos fuimos directos a la obra. Los cimientos de la nueva iglesia acababan de terminarse y, alrededor, todavía se amontonaban los restos del antiguo templo derribado unos meses antes. Entre cascotes, dovelas y sillares partidos, mi padre se agachó, levantó uno de aquellos grandes bloques de piedra que había servido a la iglesia vieja y lo dejó caer sobre el montón destinado al relleno de los muros.
No dijo una sola palabra, pero yo entendí que aquel gesto encerraba una enseñanza: unas piedras terminaban su historia para que otras empezaran una nueva.
—Esto también se aprovecha. Lo que no sirve para la cara vista del muro, sirve de relleno para el interior.
Le pregunté por qué habían tenido que tirar la iglesia si llevaba siglos en pie. Me contó que se había quedado muy pequeña y además estaba en muy mal estado. Las paredes se habían abierto de grietas, unas grietas donde se podía meter la mano entera y no tocar fondo. Que el techo era de madera tallada formando un bonito artesonado, donde los madreros formaban bonitos dibujos en forma de estrellas, pero que la carcoma se lo había comido por dentro sin que se notara desde fuera, hasta que un día cayó un cacho encima de los bancos, por suerte no había gente, ya que fue bien temprano. Que cuando llovía el agua se colaba por las tejas rotas y pudría las vigas, y que él mismo, de joven cuando era ayudante de su padre, mi abuelo, habían entrado a reparar un arco y salieron con la ropa oliendo a madera podrida, un olor que no se iba ni lavándola dos veces.
—Por eso hubo que tirarla. No había otra.
Le pregunté también por qué habían tardado tanto, si él ya era mozo cuando el cura pidió el derribo. Se rió, sin ganas.
—Porque esto no lo levanta uno cuando quiere. Primero hubo que pedir permiso al obispo para derribarla, y el obispo mandó a un maestro a reconocer la iglesia para asegurarse de que de verdad amenazaba ruina y no podía sostenerse unos años más. Cuando dio su visto bueno, todavía quedaba por sacar el Santísimo y trasladarlo a la capilla del convento antes de que pudiera entrar un solo pico.
Mi padre se agachó para apartar unos cascotes con la punta de la bota y continuó hablando.
—Pero aquello no era lo único. La iglesia vieja tenía el cementerio pegado a sus muros, como casi todas las iglesias de esta tierra desde que se levantaron cuando la guerra en la que ganaron estas tierras a los moros. Allí descansaban generaciones enteras de cantorianos y, antes de derribar el templo, hubo que construir un camposanto nuevo a las afueras del pueblo, al final de la calle Romero, lindando con el Camino Real. Solo entonces pudieron empezar a trasladar los restos de los difuntos. Aquello no se hacía de cualquier manera. Había que abrir las sepulturas, identificar a las familias cuando era posible, volver a darles sepultura cristiana y hacerlo todo con el respeto que merecían quienes llevaban tantos años descansando allí. Fue un trabajo lento que se prolongó durante mucho tiempo y que retrasó también el comienzo de las obras de la iglesia nueva.
Se incorporó despacio y seguimos caminando entre los montones de piedra.
—Después vino el arquitecto del obispado a medir el edificio y a dibujar los planos del nuevo templo. Cuando estuvieron terminados, hubo que enviarlos a Madrid, a la Real Academia de San Fernando, para que los aprobaran, y si allí no les gustaba una columna, una cornisa o cualquier detalle, los devolvían para corregirlos. Y como entonces Cantoria todavía pertenecía al marquesado de los Vélez, también era necesario pedir permiso al señor de la villa y también pedirle terrenos para el nuevo cementerio, que por aquellos años era don Francisco, el marqués.
—¿Y con todo eso cuanto se tardó?
— Entre unas cosas y otras, el traslado del cementerio y los permisos que nunca llegaban, nos tocó esperar veintiún años.
Me contó que, cuando todo esto empezó a moverse, Cantoria era todavía señorío, y el que mandaba aquí era el marqués de los Vélez. Fue él quien dio el permiso para las obras y quien se comprometió a poner un dinero cada cierto tiempo para ayudar a levantarlas. Pero pasaron tantos años de papeleo que, para cuando por fin se pudo empezar a construir, el marqués ya se había muerto. Y ese mismo año, además, el Estado quitó de en medio los señoríos, así que Cantoria dejó de depender del marqués y pasó a depender de su propio ayuntamiento que no tenía donde caerse muerto. A la hija del marqués, que heredó aquí algunas propiedades pero ya no el señorío, porque ese ya no existía, Cantoria y su iglesia le importaban tres pimientos. Se desentendió por completo de lo que su padre había prometido y no soltó ni un real, así que aquella ayuda se quedó en nada, y el dinero hubo que buscarlo de otro lado.
Con estas explicaciones de mi padre subimos a la cantera de la calle San Juan, y cuando llegamos, se quedó callado, analizando las vetas con las que estaban trabajando los operarios, hasta que nos dirigimos a donde estaban los grandes bloques ya cortados.
—Mira esto—. Pasó el dedo por una línea que cruzaba la piedra de lado a lado, casi invisible. —Esto es una veta. Por ahí revienta el día que menos lo esperes, con el peso de encima o con una helada. Un muro no puede tener piedras así, porque la que revienta arrastra a las de alrededor.
Me hizo buscar vetas yo solo en otros bloques, pasando el dedo despacio, y cuando encontré una y se lo dije, asintió orgulloso con una sonrisa.
Los picapedreros cortaban allí mismo, a golpe de pico y cuña, bloques de una piedra marrón claro, nada que ver con el mármol blanco que yo había visto trabajar a mi padre otras veces en el cementerio. Y de allí los bajaban hasta la iglesia por mitad de la plaza sobre troncos.
Ponían el bloque encima de una hilera de troncos redondos, puestos uno detrás del otro, atados con sogas al yugo que unía a los dos bueyes que tiraban por delante, despacio, y otros dos o tres que iban detrás, sujetando para que el peso no se les escapara cuesta abajo, que era lo que de verdad daba miedo. Y en medio, tres o cuatro hombres no hacían más que correr de atrás hacia delante, cogiendo los troncos que ya habían quedado libres detrás del bloque y metiéndolos otra vez por delante, para que la piedra nunca dejara de rodar. Todo el día se oía lo mismo: el crujido de la madera bajo el peso, los bueyes resoplando por frenar más que por tirar, y los hombres gritándose entre ellos para no meter la mano ni el pie donde no debían.
—Ese es el trabajo más peligroso —me dijo mi padre—. Un descuido o un tropiezo y te rebaña una pierna, o te cuesta la vida misma.
Cuando llegamos abajo, mi padre me llevó a su puesto, un rincón cerca del muro donde tenía clavadas dos estacas y un tablón de apoyo. Allí trabajaba él con dos o tres compañeros más, resguardado con un chambizo de maderos para protegerse de las inclemencias.
—Ven. Hoy te toca empezar a aprender el oficio a ti.
Me puso en las manos un cincel pequeño y un mazo de madera, más ligero que los suyos de hierro. El cincel pesaba poco, pero me temblaba en los dedos. Me colocó él mismo las manos, una sujetando el cincel de lado, la otra el mazo, y me hizo dar el primer golpe despacio, suavemente. Poco a poco fui repitiendo el golpe más rápido y con más fuerza.
Salió un trozo pequeño disparado, apenas nada, acompañado de un polvo fino que se me metió en la nariz y en la boca al momento. Me dio tos. Mi padre se rió de verdad esta vez.
—Eso ya no se quita nunca. Ese polvo se te mete dentro y ya no sale. Y si no, fíjate en cómo tose cualquier cantero viejo.
Volví a golpear, esta vez algo más fuerte, y la esquirla que salió fue más grande. Me quedé mirándola en el suelo como si hubiera hecho algo importante.
—Así, poco a poco, aprenderás a dominar la piedra como si fuese barro, y cuando eso ocurra, ya tu oficio pasará de aprendiz a oficial— Se puso detrás de mí y me corrigió la postura del brazo. —Y que no se te olvide: lo que hagas hoy, durante años lo admirará otro. Así que no lo hagas a medias, y siempre deja tu marca, para que se sepa que lo has hecho tú.
—¿Y eso para qué, padre?
—Hijo, porque se cobra según los bloques que talles, y es tu manera de demostrar cuántos has hecho.
En ese momento me ardían los dedos, tenía los brazos rendidos y la boca llena de aquel polvo áspero que, como él decía, ya nunca se iría de mí.
Paramos a comer cuando el sol estaba por encima del Peñón del Lugar Viejo, sentados los dos sobre unas piedras a la espera de ser labradas, cerca del chambizo. Mi padre desató el atillo y sacó los cuencos. Y allí estaba: dos raciones iguales, repartida la misma cantidad de migas con engañifa para los dos. No dijo nada, solo se limitó a pasarme mi cuenco y a empezar a comer del suyo, como si aquello fuera lo más normal del mundo para él, pero para mí no. Aunque era todavía un mocoso, me di cuenta perfectamente de las nuevas cuentas de mi madre.
Pasaron algunos meses y mi padre dejó de corregirme cada golpe. Seguía observándome de cerca, pero ya no me llevaba la mano como el primer día. De vez en cuando se acercaba, me hacía mover un poco el cincel o me obligaba a repetir un corte que a mí me parecía bueno, aunque para él todavía estaba lejos de estar bien.
Una mañana me señaló un sillar y dijo:
—Ese lo haces tú solo.
Sentí un escalofrío por la repentina responsabilidad que me había pillado por sorpresa. Hasta entonces siempre había trabajado con la comodidad de que si me equivocaba, mi padre estaba allí para evitar el desastre. Aquella vez no. Coloqué el cincel con demasiada confianza y descargué el mazo con más fuerza de la necesaria. La piedra se abrió por una veta que yo no había visto y el bloque quedó inservible.
Me quedé esperando la reprimenda, pero simplemente se acachó y recogió los dos pedazos, los miró un instante y los lanzó al montón de piedra que serviría de relleno para el muro.
—No tengas prisa por ser cantero. Primero aprende a pensar como uno. La piedra siempre habla antes de romper; el problema es la prisa de los jóvenes queréis golpear antes de escuchar.
Con el paso de los años fui ganando seguridad. Las manos dejaron de llenarse de ampollas y empezaron a endurecerse hasta parecerse a las de los hombres con los que trabajaba. Un sábado, al terminar la jornada, mi padre fue a recoger el jornal a la casa del cura que estaba al lado de la iglesia y cuando llegó, me puso unas monedas en la palma de la mano.
—Has empezado a ganarte el pan.
Las sostuve entre las manos sin atreverme a contarlas. Nunca había ganado dinero con mi trabajo y aquellas pocas monedas pesaban mucho más en mi, que todo el hierro de mis herramientas.
Cuando llegamos a casa, las dejé sobre la mesa. Mi madre levantó la vista, las contó feliz y las metió en una cajita que tenía en su arcón donde estaban guardados los ahorros de la familia. No hizo falta que dijera nada. Aquel gesto significaba que desde ese día mi esfuerzo también formaba parte del sustento de la casa.
Pero el oficio no tardó en darme un golpe de realidad y en mostrarme que, para ganarse el jornal, a veces es a costa de jugarse la vida.
Una mañana estábamos subiendo un gran sillar con cuerdas y poleas cuando una de las maromas reventó de golpe. La piedra cayó rozando al Chato, un albañil de La Hoya, y se hizo añicos contra el suelo después de desgarrarle el pantalón y herirle la pierna. Un par de centímetros hubiesen bastado para que aquel hombre hubiera muerto delante de todos nosotros.
Nadie habló durante un buen rato. Mi padre solo dijo una frase mientras contemplaba los restos del bloque:
—La piedra no perdona los descuidos.
Cuando parecía que la obra por fin había cogido carrerilla, la falta de dinero la frenó de golpe. Los muros apenas levantaban unos metros sobre los cimientos cuando los jornales dejaron de pagarse y el trabajo se detuvo de golpe. Los canteros que habían venido de otros pueblos buscaron obras donde ganarse la vida y solo quedamos los del valle, haciendo lo que iba saliendo: una lápida para el cementerio, una piedra de molino, el dintel de alguna casa o cualquier encargo que nos permitiera llevar algo de dinero al cortijo.
Cada vez que pasaba por delante de la iglesia me invadía la misma tristeza. Entre los sillares empezó a crecer la hierba y los andamios permanecían inmóviles, como si también ellos se hubieran cansado de esperar.
—¿Crees que algún día la veremos terminada?— le pregunté una tarde a mi padre. Él tardó unos segundos en responder.
—Las obras grandes nunca se levantan al ritmo de los hombres, sino al del dinero. Nuestra obligación no es preguntarnos cuándo acabarán, sino dejar preparado el trabajo para que otros puedan seguirlo cuando nosotros no estemos.
Aquella respuesta no me convenció en ese momento, pero con los años le tuve que dar la razón. La iglesia dejó de ser una carrera para convertirse en una forma de vida.
Cuando llegaba alguna ayuda, volvíamos a la obra durante unos meses. Después, el dinero desaparecía otra vez y regresábamos a otros trabajos. Así transcurrieron muchos años, levantando una hilada y esperando otra, como quien intenta llenar un pozo gota a gota.
En el invierno de 1863 la tierra nos recordó que también ella podía poner a prueba nuestro trabajo. Estábamos colocando piedra cerca del muro norte, detrás del altar mayor, cuando un fuerte temblor hizo crujir los andamios. Las herramientas empezaron a caer al suelo y varias piedras recién asentadas se desprendieron delante de nosotros. Salimos a la calle sin mirar atrás, mientras las campanas de la ermita repicaban solas con el movimiento de la tierra.
Aquella misma tarde mi padre recorrió despacio todo lo construido. Revisó las juntas una por una, apoyando la mano sobre cada sillar como si pudiera sentir lo que ocurría en su interior.
—La piedra bien labrada resiste más de lo que imaginamos— dijo al terminar. —Lo importante es comprobar tantas veces como sea necesario, que están bien antes de ponerla.
Años después fue el viento quien quiso echarnos abajo el esfuerzo de tantos hombres. Recuerdo aquel trece de agosto de 1875 porque nunca vi un cielo tan oscuro ni un aire capaz de arrancar árboles centenarios como si fueran cañas. Las pocas cubiertas que ya estaban terminadas perdieron buena parte de las tejas y hubo que rehacer en unos días el trabajo de varios meses.
Mi padre contemplaba aquellos destrozos con la misma serenidad con la que aceptaba todo lo que no dependía de nuestras manos.
—La naturaleza siempre tiene la última palabra— me decía. —Nosotros solo podemos volver mañana y empezar otra vez.
Pero quien ya no volvió a empezar fue él.
Los años de cantera habían terminado por pasarle factura. La tos se hizo cada vez más frecuente y el polvo que había respirado durante media vida parecía querer salir de golpe de su pecho. Aun así, se negaba a quedarse en casa. Preparé junto a mi puesto un banco de madera para que pudiera trabajar sentado y, mientras yo manejaba las herramientas más pesadas, él seguía repasando molduras, corrigiendo cortes y enseñándome con la paciencia de siempre.
Murió un invierno, después de varios días de fiebre. Se fue sin una sola queja, igual que había vivido.
Cuando entré en su cuarto por última vez, sobre la silla estaban su mandil de cuero, la escuadra y el mazo pequeño con el que me enseñó a dar mis primeros golpes de cincel. Mi madre me dijo que eran para mí. Así que no solo heredé sus herramientas y su oficio, sino también su responsabilidad y el compromiso de terminar una iglesia que él había empezado siendo casi un muchacho y que ya nunca la vería concluida.
Al día siguiente subí solo a la obra. Y por primera vez no tuve a mi padre caminando delante de mí.
Fue en esos años de idas y venidas cuando la empecé a mirar de otra manera. A Rosario la conocía de toda la vida, como se conoce todo el mundo en un pueblo de estas dimensiones, pero hasta entonces había sido, para mí, una muchacha más lavando en la acequia del camino real, casi siempre con su madre al lado.
No sabría decir el día exacto en que cambió la cosa. Un día pasaba por allí camino del tajo preocupado de que llegaba tarde a la obra, y de pronto, sin que hubiera pasado nada especial, empecé a alargar menos el paso, a mirar de reojo hacia la acequia, a fijarme en cómo escurría la ropa con fuerza, sin desperdiciar el gesto, y en cómo se apartaba el pelo de la cara con el brazo mojado cuando se le soltaba el pañuelo.
El corazón se me puso a hacer cosas raras. Yo, que llevaba años cargando piedra sin que me faltara nunca el resuello, notaba que se me aceleraba el pecho solo con verla de lejos, y que se me quedaba la lengua torpe si me tocaba saludarla al cruzarnos. Nunca me había pasado nada parecido, y no sabía qué hacer con aquello.
La primera vez que le hablé a solas fue un día que bajó sin su madre. La vi sola en la acequia y, en vez de seguir de largo como hacía siempre, me paré. No llevaba pensado qué decirle, así que me salió lo primero que se me ocurrió, una tontería sobre si el agua bajaba fría esos días. Ella levantó la cabeza, me miró de arriba abajo analizándome, como calculando si merecía la pena contestarme, y al final dijo que sí, que fría, y siguió con lo suyo. Continué mi paso no sin antes volverme para verla de lejos, y fue cuando la pillé mirándome de reojo.
Ese día estuve distante, metido de lleno en mis pensamientos. Mis compañeros, que para entonces ya me conocían la cara mejor que yo mismo, me preguntaron qué mosca me había picado. No supe qué contestarles.
Tardé semanas en volver a hablarle a solas. Cuando por fin me crucé con ella otra vez sin su madre, yo venía derecho de la cantera, cubierto de polvo de la cabeza a los pies, con la ropa blanca como si me hubiera nevado encima. Ella se rio al verme así, la primera vez que la oí reírse de verdad, y sin decir nada sacó el paño que llevaba al hombro, lo mojó en la acequia y me limpió la cara, empezando por la frente y bajando hacia la barbilla, con la misma maña con la que restregaba la ropa. Yo me dejé hacer, quieto, sin decir palabra, notando el agua fría bajarme por el cuello.
Cuando terminó, dobló el paño y lo echó al canasto de ropa a lavar como si tal cosa. Fue entonces cuando me soltó que cuando le iba a pedir ser novios, que llevaba tiempo esperando a ver si daba el paso y, como no lo hacía, pues había tomado la iniciativa. Así sin rodeos. Me recompuse después de unos segundos y le dije que sí, que seríamos novios.
Nos casamos en la ermita de los patronos, en lo alto del pueblo. Recuerdo que alguno de los viejos del pueblo comentó, medio en broma, medio en serio, que a ese paso casaríamos también allí a los hijos y a los nietos.
Después nos fuimos a vivir al cortijo de mis padres porque mis hermanas ya habían formado sus propias familias y mi madre estaba sola a cargo de todo. Allí Rosario y yo formamos una familia de cuatro hijos. La mayor fue Encarnación; después nacieron Matías, Antonio y Geromo, el pequeño, que heredó mi nombre. A él apenas pudimos disfrutarlo. Unas fiebres se lo llevaron antes de los dos años, en uno de esos veranos malos en que parecía que la muerte entraba en las casas por la misma puerta que el calor.
A Matías y a Antonio los subí a la cantera desde chicos, igual que mi padre me subió a mí. Les enseñé a pasar el dedo por la piedra buscando la veta, a no fiarse de la que parece sana por fuera. Antonio tenía mano fina desde crío, de esas manos que parecen saber por dónde va a partir la piedra antes de que el cincel la toque. Matías era más de fuerza que de finura, mejor para los bloques grandes, para los cimientos y los sillares de base, donde lo que hace falta es aguante y no delicadeza.
A cada uno le enseñé también a labrarse su propia marca, la señal que dejaría en cada bloque que tallara, igual que mi padre me enseñó la mía, y su padre a él antes que a mí. Antonio se quedó con una uve pequeña, dos cinceladas cruzadas; Matías, un círculo partido por una raya, parecido al mío, pero con una muesca distinta para que no se confundieran una con otra. Les hice repetir el golpe delante de mí hasta que les salía siempre igual, porque una marca que cambia de un bloque a otro no vale para nada: tiene que reconocerse a ciegas, solo con pasar el dedo. Pensé, viéndolos practicar, que buscaría algún muro de aquella iglesia para que las marcas de las tres generaciones estuvieran juntas, la de mi padre, la mía y las de mis hijos, las cuatro debajo de la misma cal.
Los domingos, cuando no había obra, subíamos los tres al cerro solo por ver la cantera, por el gusto de mirarla. Desde allí arriba se veía el pueblo entero y, en medio, la mancha oscura de la iglesia, con sus torres cortadas en seco.
Los años fueron pasando y mis hijos se hicieron adultos. Encarna se casó con un escribano del pueblo, Antonio se casó con una moza de Fines, Josefa, Matías fue el último, tardó más en decidirse, pero también sentó cabeza con una prima segunda de Rosario. Los nietos llegaron muy pronto, llenando de alegría y alboroto mi cortijo e incluso en la obra cuando venían a visitarnos para ver cómo llevábamos el tajo.
1879
La iglesia seguía creciendo, aunque nunca al ritmo que nosotros hubiéramos querido. Levantar aquellos muros no consistía únicamente en colocar piedra sobre piedra; había que luchar continuamente contra todo aquello que amenazaba con echar abajo el trabajo de meses. A veces era la falta de dinero, otras el viento, y en más de una ocasión fue el agua la que volvió a recordarnos que la naturaleza siempre tiene la última palabra.
Llevábamos varios días mirando al cielo con preocupación. Sobre la sierra de la Tética se había quedado prendido un nublado espeso que no terminaba de romper, cada jornada más oscuro y más pesado que la anterior. Los hombres del campo, que entendían de nubes mucho más que los libros, ya murmuraban que aquello acabaría mal.
Y no se equivocaban.
La noche del catorce de octubre comenzó a llover con una fuerza desconocida. Al principio fue una lluvia constante, de esa que no hace daño, pero conforme avanzaban las horas, el agua empezó a caer con una violencia que hacía temblar los tejados. Apenas pude pegar ojo. Mientras Rosario y los muchachos dormían, yo no dejaba de pensar en la iglesia, en los andamios empapados, en las bóvedas recién cerradas y, sobre todo, en las capillas de la entrada, donde todavía faltaban muchas tejas por colocar.
Antes incluso de que amaneciera, salí hacia el pueblo acompañado de Antonio y Matías. Conforme nos acercábamos, el rumor del río iba haciéndose cada vez más fuerte, hasta convertirse en un estruendo que imponía respeto. El Almanzora bajaba desbordado, con un color marrón oscuro que arrastraba árboles, cañas y cuanto encontraba a su paso.
Cuando entré en la iglesia, mis peores temores se hicieron realidad.
El agua había encontrado todos los huecos por donde colarse. Había empapado las maderas de las cimbras, derribado parte de la teja recién colocada y formado grandes charcos sobre el suelo todavía sin terminar. En algunos rincones las paredes rezumaban humedad, y de las bóvedas caían gotas con la misma cadencia desesperante con la que un reloj va marcando el paso del tiempo.
Permanecí largo rato contemplando aquel desastre analizando hasta el más mínimo detalle.
No podía dejar de pensar en las palabras de mi padre, cuando de niño me explicó que la iglesia antigua había terminado arruinándose porque el agua encontró el camino hasta las vigas y las fue pudriendo poco a poco, año tras año, sin que nadie pudiera verlo desde abajo.
—Otra vez el agua... —murmuré casi para mí.
Antonio se acercó despacio y permaneció a mi lado sin decir nada. Los dos sabíamos que aquello tenía arreglo y que los daños no eran comparables a los de la iglesia vieja, pero dolía ver cómo el agua volvía a desafiar una obra que tanto esfuerzo nos estaba costando levantar.
Durante los días siguientes apenas hicimos otra cosa que reparar lo que la tormenta había deshecho. Cambiamos maderas dañadas, recolocamos las tejas arrancadas por la lluvia y revisamos una por una las cubiertas para asegurarnos de que ninguna filtración pudiera convertirse, con el paso de los años, en una amenaza para el edificio.
Mientras tanto, el pueblo intentaba recuperarse de una riada que había dejado numerosas familias sin cosechas, sin animales y, en algunos casos, sin casa. Desde la capital llegaron algunas ayudas: dinero, mantas y varios fardos de tela destinados a quienes lo habían perdido casi todo. Durante unos días se habló de emplear aquellos fondos para reconstruir uno de los puentes que la corriente había derribado, pero pronto las autoridades decidieron que era más urgente continuar las obras de la iglesia.
Recuerdo haber escuchado a más de uno justificar aquella decisión diciendo que un pueblo podía rehacer sus casas poco a poco, pero que no podía quedarse sin el lugar donde rezar y encomendarse a Dios.
Nunca me atreví a discutirlo en voz alta. Sin embargo, mientras seguía colocando piedras bajo aquella lluvia de goteras, no podía evitar pensar que la fe era un gran consuelo, pero difícilmente podía sustituir el techo de quienes aquella misma noche dormirían al raso.
1879 - 1885
La riada nos obligó a rehacer parte del trabajo, pero también sirvió para despertar algo que llevaba demasiados años dormido. La desgracia hizo que muchas personas volvieran a mirar hacia la iglesia, y por primera vez en mucho tiempo dio la impresión de que el pueblo entero comprendía que aquella obra no podía quedarse a medio hacer.
Fue entonces cuando llegó a Cantoria don Leonardo López Miras.
Había oído hablar de él antes incluso de conocerlo. Decían que el obispo lo había enviado porque, además de ser un buen sacerdote, tenía una capacidad poco común para sacar adelante empresas que parecían imposibles. Había restaurado iglesias en otros pueblos del obispado y todos coincidían en una cosa: cuando don Leonardo se proponía algo, no descansaba hasta conseguirlo.
No tardé en comprobar que era cierto.
Desde los primeros días recorrió la obra con una curiosidad que me sorprendió. Preguntaba por todo, escuchaba más de lo que hablaba y quería entender el motivo de cada decisión antes de dar una opinión. Muchas tardes se acercaba hasta donde trabajábamos los canteros y permanecía allí largo rato observándonos, como si contemplar el ir y venir de los mazos también formara parte de sus obligaciones.
Él reconocía sin reparos que de cantería sabía poco, y yo admitía que jamás había conocido a nadie con tanta habilidad para convencer a los demás de que colaboraran en una misma causa. Mientras nosotros levantábamos muros, él levantaba voluntades.
Un día estaba en la obra revisando el estado de las bóvedas y al siguiente había marchado a Madrid para solicitar ayudas. Escribía cartas, visitaba despachos, llamaba a puertas que cualquier otro habría dado por perdidas y siempre regresaba con alguna noticia esperanzadora. Nunca le oí lamentarse por una negativa. Si una puerta se cerraba, buscaba otra sin perder la sonrisa.
Poco a poco el dinero comenzó a llegar con una regularidad desconocida hasta entonces. No era una fortuna, pero sí lo suficiente para que la obra dejara de detenerse cada pocos meses. Los jornales volvieron a pagarse con puntualidad y algunos de los canteros que años atrás se habían marchado regresaron al pueblo para trabajar otra vez con nosotros.
Hasta la suerte pareció ponerse de nuestro lado cuando don Leonardo fue agraciado con tres mil pesetas del premio gordo de Navidad de la Lotería Nacional. Muchos pensaron que aquel premio le cambiaría la vida, pero él lo tuvo claro desde el primer instante.
—Ese dinero nunca fue mío— nos dijo sonriendo. —Solo ha hecho escala en mis manos.
Y lo entregó íntegramente para la construcción de la iglesia.
Aquellos años fueron los más intensos que recuerdo. La plaza volvía a llenarse de carros cargados de buenos materiales. Los martillos sonaban desde el amanecer hasta bien entrada la tarde, y el polvo de la cantera parecía haberse convertido otra vez en el aire que respiraba todo el pueblo.
Comenzaron a llegar enseres que ninguno de nosotros había imaginado ver en Cantoria. Recibimos una magnífica verja de hierro forjado sobrante, procedente de una iglesia de Madrid que estaba siendo transformada en Panteón Nacional, y poco después aparecieron las campanas, transportadas en enormes carros de bueyes después de varias semanas de viaje.
La mayor de todas imponía respeto nada más verla. Llevaba grabados los escudos de los reyes y una inscripción en latín que ninguno de nosotros supo leer. Durante varios días permaneció en la plaza mientras vecinos y forasteros acudían únicamente para contemplarla, tocar el bronce con la yema de los dedos y comentar que pronto su sonido llegaría hasta los cortijos más alejados del valle.
Subir aquella campana al campanario fue casi una obra dentro de la propia obra. Hubo que preparar un complicado sistema de poleas y maromas, y durante una mañana entera ocho hombres tiramos desde abajo mientras otros dos la guiaban desde lo alto para evitar que golpeara contra la piedra. Nadie hablaba más de lo imprescindible. Bastaba un error para que varios cientos de kilos de bronce se precipitaran al suelo.
Cuando por fin quedó asentada sobre su yugo de madera, un aplauso espontáneo recorrió la plaza. Algunos vecinos se santiguaron; otros rompieron a llorar. Yo levanté la vista hacia aquella torre y pensé que, después de tantos años, la iglesia empezaba por fin a parecerse a la que tantas veces había imaginado mi padre.
Pero si hubo alguien capaz de emocionar al pueblo tanto como las campanas, fue la tía Encarnación.
Había enviudado siendo todavía relativamente joven y ya había enterrado a su único hijo y, en lugar de guardar para sí la pequeña herencia de su marido, decidió entregarla a la iglesia. Después recorrió durante años las casas y los cortijos pidiendo limosna, aceptando unas monedas cuando las había y un plato de comida cuando no había otra cosa que ofrecerle. Más de una vez la vi regresar con el delantal casi vacío y, aun así, nunca perdió el ánimo ni dejó de repetir que algún día Cantoria tendría un órgano digno del templo que estaba levantando. Ella sola recaudó 40.000 pesetas. El órgano costó 14.000.
Por aquellas fechas yo ya era el maestro cantero de la obra. Sobre mis hombros recaía la responsabilidad de dirigir a mis compañeros y controlar su trabajo. Don Leonardo solía acercarse para dar su opinión y, aunque muchas veces terminábamos discutiendo amistosamente, los dos sabíamos que perseguíamos exactamente el mismo objetivo.
Una de aquellas tardes, mientras debatíamos la forma que debía tener el zócalo de la fachada principal, apareció un mozo del pueblo pidiendo hablar con el cura con la mayor urgencia. Llegó sofocado, convencido de que una bruja había embrujado a su mujer y, de paso, también a él.
Don Leonardo dejó a un lado nuestros planos y escuchó toda la historia con una paciencia admirable. Mandó llamar a las dos mujeres y la supuesta bruja aseguró muy seria que podía romper el maleficio, aunque para ello necesitaba la sangre de Cristo, es decir, vino en abundancia y si es de la vega del Faz mejor.
El cura desapareció unos minutos y regresó con una botella que guardaba en la sacristía. La anciana la abrió, se la llevó a la boca y la dejó prácticamente vacía antes de escupirle dos veces en la nuca al pobre muchacho poniéndolo perdido, restregarle una mata de albahaca por la cabeza y declarar solemnemente que ya estaba libre de cualquier hechizo.
El mozo se marchó convencido de haber recuperado la salud y la vieja se despidió dando las gracias por el vino.
Cuando desaparecieron calle abajo, don Leonardo me miró intentando mantener la seriedad, pero ninguno de los dos fue capaz de contener la risa.
Aquella misma tarde retomamos nuestra discusión sobre el zócalo exactamente en el punto donde la habíamos dejado, como si entre una moldura y otra las brujas también hubieran encontrado un hueco para colarse en la historia de la iglesia.
Los meses fueron pasando y, casi sin darnos cuenta, llegó el momento que todos habíamos esperado durante décadas. Solo faltaba colocar la clave de la gran cúpula central del crucero y así poder terminar de una vez por todas los tejados.
Don Leonardo quiso convertir aquel instante en una ceremonia para todo el pueblo y vino a buscarme personalmente.
—Quiero que sea usted quien la coloque, Geromo. Intenté negarme. Le respondí que había hombres con más experiencia que yo y que aquel honor debía corresponder al más viejo de los canteros. Él sonrió y negó despacio con la cabeza.
—Los mejores canteros que tuvo esta obra ya descansan bajo tierra. Usted empezó aquí siendo un muchacho de ocho años y ha dedicado su vida entera a levantar este templo. Nadie merece más ese lugar.
Subí acompañado por Antonio y Matías. Entre los tres guiamos lentamente la piedra hasta su sitio y, cuando encajó definitivamente, un aplauso inmenso subió desde la plaza hasta donde nos encontrábamos.
Desde aquella altura se veía Cantoria entera y, al fondo, el cerro de la cantera de San Juan, de donde habían salido miles de sillares durante casi medio siglo.
Busqué con la mirada el camino por el que tantas veces había subido de la mano de mi padre cuando apenas levantaba un palmo del suelo.
Pensé en él, en todo lo que me había enseñado y en cuánto habría disfrutado viendo aquel momento. Y recé en silencio no solo por él, sino también por todos los hombres que habían dejado su juventud entre aquellos muros y por aquellos que comenzaron a levantarla sabiendo que jamás vivirían lo suficiente para verla acabada.
16 de julio de 1885
La noticia llevaba semanas recorriendo como la pólvora todos los rincones del pueblo, pero era como que nadie terminaba de creerla. Después de casi medio siglo de trabajos, interrupciones, desgracias y esperas interminables, la iglesia iba a abrir por fin sus puertas al culto. No estaba concluida por completo; aún quedaba una de las torres por rematar, algunos altares, parte de la decoración interior y muchos detalles que solo el tiempo podría completar, pero el edificio ya estaba cubierto, las bóvedas cerradas y el agua no encontraba ningún lugar por donde colarse. Aquello era suficiente para sentir que el sueño empezaba a cumplirse.
Yo tenía entonces cincuenta y seis años y era un hombre curtido por la piedra, con los nudillos deformados, la espalda endurecida y el pecho castigado por tantos años respirando polvo. Aquella mañana llegué antes que nadie. Necesitaba recorrer el templo en silencio, sin voces ni bullicio, como quien se despide de una etapa de su vida antes de empezar otra distinta.
La luz entraba por las vidrieras recién colocadas y dibujaba manchas de colores sobre el suelo de mármol. Caminé despacio, acariciando con la yema de los dedos los pilares, las cornisas y los sillares que tantas veces había visto apoyados sobre caballetes antes de ocupar su lugar definitivo. Cada piedra despertaba un recuerdo distinto; en unas veía el rostro de mi padre enseñándome a buscar las vetas, en otras recordaba a compañeros que habían muerto sin llegar a contemplar aquel momento, y en todas reconocía miles de horas de trabajo que el tiempo había ido fundiendo en un único edificio.
Me detuve junto a uno de los primeros sillares que se colocaron en la obra, muy cerca de la entrada principal. Lo reconocí enseguida por un pequeño desconchón que mi padre había hecho sin querer el día en que me llevó por primera vez a trabajar con él. Pasé la mano sobre aquella piedra igual que quien estrecha la mano de un viejo amigo y permanecí allí unos instantes, con la sensación de que, de algún modo, él seguía acompañándome.
Poco después comenzaron a llegar los vecinos. Entraban despacio, levantando la vista hacia las bóvedas con el mismo asombro con el que un niño contempla algo que jamás había imaginado que pudiera llegar a suceder.
Busqué a mi familia entre la gente y enseguida distinguí a Rosario. Se había puesto el mantón bueno, el que solo reservaba para las ocasiones verdaderamente importantes, y caminaba rodeada de hijos y nietos con una expresión que mezclaba orgullo y emoción. Antonio y Matías observaban cada rincón casi con la misma atención que yo, conscientes de que muchas de aquellas piedras también habían pasado por sus manos. Pensé entonces que, aunque mi padre no hubiera llegado a verlo, tres generaciones de nuestra familia habían quedado para siempre unidas dentro de aquellos muros.
Las campanas comenzaron a sonar con gran estruendo y fue en ese momento cuando las puertas de la nave central del templo se abrieron por completo y comenzó la procesión de entrada. La imagen de la Virgen del Carmen, que había permanecido resguardada durante tantos años esperando este instante, avanzó lentamente hacia el altar entre cirios encendidos, cánticos y un silencio respetuoso que solo rompía el sonido de las campanas. Cuando llegó hasta el presbiterio, don Leonardo la recibió con una emoción imposible de ocultar. Se arrodilló, besó sus pies y permaneció unos segundos con la cabeza inclinada, como quien da gracias después de haber dedicado una vida entera a perseguir un sueño que muchos consideraban imposible. Después la subieron hasta su camarín, donde quedó entronizada para presidir, desde aquel día, el nuevo templo como patrona de Cantoria.
La misa transcurrió envuelta en un ambiente difícil de describir. Y mientras don Leonardo pronunciaba las últimas oraciones, levanté la vista hacia la cúpula. Me vi de nuevo con mis hijos sujetando aquella clave de bóveda antes de dejarla en su sitio para toda la eternidad.
Cuando terminó la ceremonia y la gente empezó a salir a la plaza entre abrazos y felicitaciones, permanecí unos momentos dentro, completamente solo, hasta que mis nietos vinieron en mi busca para irnos a comer.
No podía imaginar que aquella misma tarde, mientras las campanas aún seguían repicando de alegría sobre Cantoria, el cólera ya avanzaba por el valle dispuesto a convertir aquella fiesta en el comienzo de uno de los veranos más tristes que jamás recordaríamos.
Finales de julio 1885
La alegría apenas tuvo tiempo de asentarse en el pueblo. Todavía resonaban las campanas que habían anunciado la apertura de la iglesia cuando empezaron a llegar noticias inquietantes desde los pueblos vecinos. Al principio nadie quiso darles demasiada importancia. Se decía que en Fines había muerto un muchacho llegado de Murcia con unas fiebres extrañas; después se habló de varios enfermos en Arboleas y, antes de que terminara la semana, la enfermedad ya había entrado en Cantoria.
Nunca olvidaré el miedo que se apoderó del valle aquel verano. Nadie sabía con certeza cómo se transmitía el mal. Unos aseguraban que viajaba en el agua; otros juraban que era el aire el que estaba envenenado; tampoco faltaban quienes culpaban a los alimentos o a los animales. Lo único que todos teníamos claro era que bastaban unos pocos días para que una persona sana terminara convertida en un cadáver.
Los primeros enfermos comenzaron con fuertes retortijones, seguidos de vómitos y una diarrea tan intensa que los dejaba sin fuerzas en cuestión de horas. La piel se les pegaba a los huesos, los labios adquirían un tono amoratado y los ojos parecían hundirse dentro de la cara. Muchos morían antes de que el médico pudiera hacer nada por ellos.
El alcalde, por recomendación de don Trinidad, el facultativo del pueblo, traslada el cementerio a las afueras de Cantoria, en Tomácar, no muy lejos de nuestro cortijo. Decía que los cadáveres podían seguir contagiando y que era necesario enterrarlos lejos de la población, no sin antes rociarles con cal viva.
Yo seguía en la medida de lo posible con mi rutina; subía casi todos los días a la iglesia para rematar los trabajos que aún quedaban pendientes. El camino, que hasta hacía poco recorría con la satisfacción de quien veía cumplido el esfuerzo de toda una vida, empezó a hacerse cada vez más pesado. Al llegar al pueblo ya no encontraba vecinos conversando en las puertas de sus casas ni muchachos jugando en la plaza. Las calles estaban silenciosas, impregnadas por el olor del azufre que se quemaba sin descanso con la esperanza de purificar el ambiente. Aquel humo áspero se metía en los ojos y en la garganta, y uno terminaba llevándoselo pegado a la ropa hasta volver al cortijo.
La campana mayor, que unas semanas antes había repicado anunciando una fiesta que parecía no tener fin, comenzó a doblar por los difuntos con una frecuencia que helaba la sangre. Al principio todos levantábamos la cabeza cada vez que sonaba, intentando adivinar quién habría muerto. Con el paso de los días dejó de hacerse esa pregunta, porque el sonido se volvió tan constante que ya casi pasaba desapercibido.
La desgracia tampoco tardó en alcanzar los cortijos. Muy cerca de nosotros cayó enferma una familia entera. Entre varias casas decidimos ayudarlos como buenamente pudimos. Les llevábamos agua, caldo y algo de pan, dejándolo todo junto a la puerta, porque el médico insistía en que nadie debía entrar más de lo imprescindible. Aquella prudencia, que nos hacía sentir casi desalmados, tampoco consiguió salvarlos. El padre y la hija pequeña murieron con apenas dos días de diferencia y fueron enterrados de noche, deprisa y con un acompañamiento mucho más corto del que habrían tenido en cualquier otro momento. Aquello fue lo que más me impresionó de toda la epidemia. La enfermedad no solo arrebataba la vida; también robaba el derecho a despedirse de quienes uno quería.
En Cantoria enfermaron doscientas sesenta y siete personas y noventa no lograron superarlo. Detrás de aquellas cifras había nombres, familias enteras y hogares que quedaron vacíos de un día para otro. Había calles donde el luto parecía haberse instalado para siempre y otras en las que apenas quedaba una puerta sin cerrar.
Ni siquiera don Leonardo escapó al sufrimiento. Su propio padre fue una de las víctimas de la epidemia. Muchos pensamos que aquella pérdida lo obligaría a apartarse durante un tiempo, pero hizo exactamente lo contrario. Continuó visitando enfermos, llevando consuelo a las familias y acompañando entierros desde el amanecer hasta bien entrada la noche, sin permitir que el dolor personal le impidiera cumplir con quienes también sufrían.
La iglesia, que apenas acababa de abrir sus puertas, tuvo que convertirse enseguida en un lugar de despedidas. Los albañiles, los canteros y cuantos dejamos a un lado nuestras herramientas para empuñar brochas y cubos de cal viva. Ya no se trataba de embellecer el templo, sino de desinfectarlo una y otra vez con la esperanza de ofrecer un lugar seguro donde celebrar los funerales que se sucedían sin descanso.
Trabajábamos con un paño anudado sobre la boca y la nariz mientras extendíamos gruesas capas de cal por paredes, pilares y capillas. Apenas hablábamos. El silencio solo se rompía por el roce de las brochas contra los muros y por el sonido lejano de las campanas, que seguían doblando sin concedernos un respiro.
Durante aquellos meses temí más por Rosario y por mis hijos que por mi propia vida. Cada tarde, al regresar al cortijo, daba gracias a Dios por encontrarlos sanos una vez más, aunque en el camino hubiera dejado atrás a algún vecino conocido o a otro compañero de trabajo que ya no volvería a ocupar su puesto.
Cuando el calor empezó a remitir y los nuevos contagios fueron disminuyendo, el pueblo respiró con un alivio contenido, como si la enfermedad pudiera volver solo por escuchar nuestras palabras. Habíamos sobrevivido, pero ninguno de nosotros era ya el mismo.
1888
La epidemia fue quedando atrás y, poco a poco, el pueblo volvió a parecerse al que siempre había sido. Costó mucho recuperar la alegría. Durante meses cualquier campanada hacía volver la cabeza a los vecinos por pura costumbre, como si todos temiéramos escuchar de nuevo el toque de difuntos. Sin embargo, la vida terminó imponiéndose una vez más. Los niños regresaron a las calles, las huertas volvieron a sembrarse y nosotros seguimos trabajando en la iglesia, ocupados ya en los últimos remates que todavía quedaban por hacer.
Jamás imaginé que apenas tres años después nos aguardaba otra desgracia distinta.
El seis de septiembre de mil ochocientos ochenta y ocho estábamos toda la familia arreglando la casa que Rosario había heredado de sus padres, en el Camino Real, al pie del Barrichuelo. Llevábamos buena parte de la mañana ocupados en blanquear una habitación cuando noté que el aire había cambiado. No soplaba una sola brizna de viento y el cielo tenía un color plomizo que nunca me había gustado. Desde la sierra llegaban nubes oscuras que parecían no moverse, como si alguien las estuviera sujetando sobre las cumbres.
A media tarde empezó a oírse un ruido lejano. Al principio pensé que sería un trueno, pero aquel sonido no desaparecía. Al contrario, iba creciendo poco a poco, cada vez más grave, hasta convertirse en un bramido continuo que hacía vibrar los cristales de las ventanas.
Salí a la puerta y vi a varios vecinos corriendo cuesta arriba mientras gritaban que el río venía desbordado. No hizo falta preguntar nada más.
Cogí a Rosario de la mano y echamos a andar junto con nuestros hijos y nietos hacia la ermita de los Santos Patronos. Todo el pueblo hacía lo mismo de forma mecánica. Los mayores empujaban a los pequeños para que subieran más deprisa mientras algunos hombres ayudaban a las personas de más edad que apenas podían mantenerse en pie.
Cuando llegamos a la explanada comprendimos que aquello era mucho peor de lo que habíamos imaginado.
Desde allí arriba dominábamos toda la vega. Donde aquella misma mañana había huertas, caminos y alamedas solo se veía una inmensa corriente de agua color barro que avanzaba ocupándolo todo. El río había dejado de ser río. Era un mar de agua que arrastraba árboles enteros, animales, carros, tapias y cuanto encontraba a su paso. Y nunca había visto tanta fuerza junta.
Los primeros en quedar atrapados fueron los molineros. Sus casas estaban levantadas junto al cauce porque toda su vida dependía del agua, y precisamente el agua fue la que terminó volviéndose contra ellos.
Los vimos salir a los tejados buscando un lugar desde donde resistir. Algunos agitaban los brazos pidiendo ayuda. Otros abrazaban a sus hijos intentando protegerlos de una corriente contra la que ningún hombre podía luchar.
Entre ellos reconocí a Ginés abrazando a sus hijos.
Había tratado con él muchas veces cuando llevaba trigo al molino y distinguí su figura enseguida, aunque nos separara toda la anchura del valle. Estaba abrazando a dos de sus hijos mientras intentaba mantener el equilibrio sobre el tejado. Gritaba algo que ninguno pudimos entender porque el rugido del agua se tragaba todas las voces.
De repente el muro sobre el que descansaba el tejado cedió como si fuera de barro. Vi desaparecer a los tres al mismo tiempo.
Nadie dijo una palabra. Todos seguimos mirando el lugar donde habían caído, esperando que alguna cabeza asomara entre la espuma. Esperamos unos segundos... después un minuto... después mucho más... pero el río ya los había hecho suyos.
Poco después, una mujer consiguió refugiarse en un álamo con un niño estrechado contra el pecho. Permaneció allí agarrada mientras el árbol se doblaba una y otra vez por la fuerza de la corriente. Aguantó cuanto pudo, hasta que las raíces terminaron arrancándose de la tierra y el árbol salió flotando río abajo igual que un simple manojo de ramas.
Rosario abrazaba a los nietos para impedir que siguieran mirando, pero ellos se escapaban entre sus brazos porque no entendían lo que estaba ocurriendo.
—Abuelo... ¿por qué nadie los ayuda?
Aquella pregunta me atravesó como un cincel porque no supe responder.
Todos queríamos salvarlos. Todos habríamos bajado corriendo si hubiera existido la menor posibilidad de hacerlo. Pero aquel río no daba opción. Quien se acercara demasiado desaparecería igual que ellos.
Permanecimos allí durante horas, inmóviles, viendo cómo el agua seguía llevándose pedazos de nuestro pueblo sin que pudiéramos hacer absolutamente nada. Nunca me había sentido tan inútil. Después de una vida entera creyendo que el trabajo y el esfuerzo podían vencer cualquier dificultad, comprendí que había fuerzas contra las que el hombre no era más que una hoja seca.
Cuando empezó a amanecer, el nivel del agua descendía lentamente y comenzaron a aparecer los primeros destrozos.
Donde antes había huertas solo quedaban montones de barro y piedras. Muchos cortijos habían desaparecido por completo y los molinos eran poco más que montones de madera y mampostería desparramados por la vega.
Luego supimos que doce vecinos habían perdido la vida. Seis pertenecían a una misma familia, la del molino del Cerro Castillo. Solo aparecieron cuatro cuerpos. De los demás nunca más se supo.
Después de tanto entierro, de tanta cal echada para tapar la muerte, de tanto río llevándose gente por delante, cualquiera pensaría que a un hombre se le acaban las ganas de alegrarse por nada. No es así. Al contrario: cuando por fin pasa algo bueno, se agarra uno a ello como el que lleva días sin comer se agarra a un plato puchero caliente, sin pararse a pensar si es mucho o poco.
La primera boda que vi celebrarse dentro de aquella iglesia fue la de dos muchachos del pueblo a los que había visto crecer casi desde niños, jugando en la plaza mientras nosotros picábamos piedra a dos pasos de ellos. Entré antes de que empezaran los oficios y subí despacio hasta el coro para verlo todo desde arriba. Desde allí el templo parecía todavía más grande, y a mí, con las rodillas ya castigadas de tantos años de andamio, me costó la subida más de lo que hubiera querido reconocer.
Fue por aquellos años cuando don Leonardo solía contarme cómo había conseguido sacar adelante muchas de las cosas que parecían imposibles. Decía que levantar los muros había sido difícil, pero vestir el templo con la dignidad que merecía había resultado todavía más complicado.
Gran parte de ese mérito correspondía a doña Catalina Casanova Navarro, la marquesa de Almanzora. Gracias a su generosidad llegaron el retablo del altar mayor, el tabernáculo traído expresamente desde París, el pavimento de mármol, las escalinatas del presbiterio, el vía crucis y las vidrieras de colores que, cuando el sol atravesaba sus cristales, llenaban el interior del templo de una luz que parecía cambiar de color según avanzaba la tarde.
A mí me correspondió colocar buena parte de aquel mármol. Era piedra de Macael, una piedra que conocía desde niño y con la que había trabajado durante toda mi vida. Sin embargo, aquellas piezas exigían una delicadeza distinta a la de los grandes sillares de los muros. Había que pulirlas hasta dejar la superficie suave como un espejo y asentarlas con paciencia para que ninguna desmereciera al conjunto. Por mi experiencia, trabajar el mármol obliga al cantero a dejar de pensar únicamente en la fuerza y empezar a confiar también en la paciencia.
Mientras nosotros terminábamos los suelos, los carpinteros del pueblo levantaban el retablo del camarín de la Virgen del Carmen. Durante meses el interior de la iglesia se llenó de oficios distintos que parecían trabajar al mismo compás. Donde antes solo se escuchaban mazos y cinceles, comenzaron a oírse también sierras, cepillos, martillos de ebanista y el golpeteo delicado de quienes colocaban molduras, dorados o piezas de bronce. La iglesia dejaba poco a poco de parecer una obra para convertirse en un templo.
No fueron aquellas las únicas sorpresas. Un día corrió por el pueblo la noticia de que el obispo había enviado desde Madrid seis grandes lienzos procedentes del Museo del Prado. Yo no entendía de pintura y tampoco habría sabido decir quién los había pintado, pero bastó escuchar aquel nombre para que todos sintiéramos que algo extraordinario estaba ocurriendo. Durante días no se habló de otra cosa en los corrillos que se formaban en las calles.
Mientras tanto, otro acontecimiento empezaba a transformar la vida del valle. Hacía ya algún tiempo que cuadrillas enteras de obreros trabajaban tendiendo la línea del ferrocarril entre montes y ramblas. Eran hombres venidos de muchos lugares, con costumbres distintas a las nuestras y un modo de trabajar completamente diferente al de los canteros. Algunas mañanas coincidíamos junto al pilar para beber agua y siempre acabábamos observando el trabajo de los otros con la misma curiosidad.
Cuando en mil ochocientos noventa y tres llegó la primera locomotora a la estación de Cantoria, medio pueblo acudió a recibirla. Yo también fui, acompañado por Antonio y Matías. Nunca habíamos visto una máquina semejante. Aquel monstruo de hierro avanzaba envuelto en humo y vapor, resoplando como si estuviera vivo, mientras las ruedas chirriaban sobre los raíles con un estruendo que hizo llorar a más de un niño. Confieso que, durante unos instantes, pensé que ningún animal conocido podía hacer tanto ruido sin romperse por dentro.
La llegada del tren cambió muchas cosas. Desde entonces las mercancías comenzaron a viajar con una rapidez que hasta entonces nos parecía imposible. También las imágenes que don Leonardo encargaba para la iglesia llegaban ahora por ferrocarril, cuidadosamente embaladas en enormes cajones de madera.
Cada vez que el jefe de estación avisaba de una nueva entrega, el pueblo entero parecía echarse a la calle. Nosotros mismos acudíamos a descargar aquellos cajones con el mayor de los cuidados. Después retirábamos la madera, descubríamos lentamente la imagen y organizábamos una procesión improvisada para llevarla hasta la iglesia entre rezos, vivas y el sonido incesante de las campanas. Los vecinos salían a sus puertas a recibirla como a un vecino más que regresaba a casa.
No fue hasta los primeros años del nuevo siglo cuando pudimos decir, sin miedo a equivocarnos, que la iglesia estaba verdaderamente terminada. Habían transcurrido casi setenta años desde que comenzaron las obras y más de sesenta desde que mi padre me puso por primera vez un cincel entre las manos. Aquel edificio ya no era un proyecto ni una promesa; había creado una fantástica panorámica de Cantoria, la contemplaras por donde la contemplaras. Ahora costaba trabajo imaginar cómo era nuestro pueblo antes de que sus torres sobresalieran reinando sobre todas las casas.
Yo ya pasaba de los setenta años y las manos, que durante toda una vida habían obedecido sin titubear cada orden de mi cabeza, empezaban a negarse a hacer los trabajos más delicados. Algunas mañanas despertaba con los dedos rígidos, incapaces de cerrarse del todo, y necesitaba un buen rato para volver a sentirlos míos. Otras veces el cincel se me escapaba sin fuerza, como si ya no quisiera seguir perteneciendo a aquellas manos que lo habían sostenido durante tantos años.
El último día que subí a la obra llevando herramientas no fue porque hiciera falta mi trabajo. Los muchachos conocían el oficio igual o mejor que yo y podían terminar cualquier remate sin necesidad de preguntarme nada. Subí simplemente porque necesitaba despedirme.
Busqué un rincón discreto del atrio, un lugar donde faltaba colocar una piedra pequeña que nadie repararía jamás si la ponía uno u otro. La asenté, con la misma paciencia con la que mi padre me enseñó a trabajar siendo un niño, comprobé las juntas una última vez y pasé la palma de la mano por la superficie para asegurarme de que quedaba perfectamente alineada con las demás. Cuando terminé, limpié el polvo del mandil, colgué el mazo y los cinceles en el mismo clavo del chambizo donde tantas veces los había dejado mi padre y me marché sin volver la vista atrás, porque comprendí que, si lo hacía, quizá ya no tendría fuerzas para irme.
Desde aquel día dejé definitivamente el oficio y después tuve que abandonar también el cortijo de Tomácar, porque el camino se me hacía demasiado largo y los animales necesitaban unos cuidados que yo ya no podía darles. Antonio y Matías fueron haciéndose cargo de todo sin que yo tuviera que pedírselo, y poco a poco había llegado ese momento de la vida en el que son los hijos quienes empiezan a cuidar de sus padres con la misma naturalidad con la que antes habían sido cuidados por ellos.
Rosario tampoco era ya la muchacha que conocí lavando ropa en la acequia. El pelo se le había vuelto completamente blanco y las manos mostraban el mismo desgaste que las mías, aunque nunca hubieran empuñado un mazo. Sin embargo, seguía pendiente de mí a todas horas. Me preparaba la ropa antes de levantarme, me ayudaba a calzarme cuando las piernas no respondían y procuraba que nunca me faltara conversación en aquellas tardes cada vez más largas. Muchas veces la sorprendía observándome mientras yo dormitaba sentado junto a la puerta, como si quisiera memorizar mi rostro antes de que el tiempo terminara de llevárselo.
También don Leonardo empezaba a apagarse.
Después de haber entregado media vida a levantar la iglesia de Cantoria, el obispado decidió trasladarlo a Cuevas en el año de 1902 con la excusa de que aquel destino tenía mayor categoría eclesiástica como si eso le importara algo. Nunca entendí aquella decisión. Los que lo conocíamos sabíamos que le arrancaban algo mucho más profundo que un simple destino parroquial, porque aquella iglesia era ya parte de su propia existencia y alejarlo de ella era casi como arrancarlo de su casa.
Ni siquiera allí dejó de trabajar. Siguió ocupándose de nuevas obras, visitando templos y preocupándose por cada detalle como había hecho siempre, aunque el corazón empezaba a pasarle factura por tantos años de esfuerzos, viajes y preocupaciones.
Cuando la enfermedad terminó por vencerlo, el obispo aceptó que regresara a Cantoria para pasar aquí sus últimos años. Fue una alegría volver a verlo, aunque el hombre que regresó ya no era aquel sacerdote incansable que recorría los andamios con paso ligero. Caminaba despacio, respiraba con dificultad y apenas tenía fuerzas para subir la cuesta que llevaba hasta la iglesia que había conseguido terminar.
Como ya no podía celebrar misa en el templo, empezó a hacerlo en la casa donde vivía, en la calle Romero. Un joven sacerdote, don Luis Aliaga, lo ayudaba en todo cuanto necesitaba y preparaba un pequeño altar en una habitación de la vivienda, donde cada tarde se reunían los vecinos para acompañarlo.
Rosario y yo también acudíamos siempre que la salud nos lo permitía.
La estancia era pequeña y enseguida se llenaba. Los primeros ocupaban unas cuantas sillas; el resto permanecía de pie o seguía la ceremonia desde la puerta y las ventanas abiertas. Allí no había la grandiosidad del templo que él había levantado con tanto empeño, ni el eco solemne de las bóvedas, ni el sonido de las grandes campanas. Solo había una habitación humilde, un altar improvisado y un anciano sacerdote pronunciando las mismas palabras que llevaba diciendo toda la vida con una voz ya casi apagada.
Mientras lo observaba elevar el cáliz con aquellas manos temblorosas, no podía evitar pensar que nuestras vidas habían recorrido caminos distintos para acabar encontrándose en el mismo lugar. Él había construido aquella iglesia con su fe; yo, con mi piedra. Ninguno de los dos había llegado solo hasta allí, pero ambos habíamos entregado lo mejor de nosotros a la misma causa.
Nuestra casa, la que Rosario había heredado de sus padres en el Camino Real, quedaba justo en la calle por donde subían todos los entierros hacia el cementerio. Yo me sentaba en el poyo de la puerta, sobre todo por las tardes, cuando ya no aguantaba mucho rato de pie, y desde allí veía el trasiego de los que entraban y salían del pueblo. Pasaban los arrieros con las caballerías cargadas, los que iban y venían de las cortijadas a los molinos y almazaras, los críos jugando al boliche en mitad de la calle hasta que algún carro los apartaba a un lado a voces. Y pasaban, con más frecuencia de la que a uno le gustaría, los entierros: la cruz por delante, el cura, el ataúd a hombros, la gente detrás con el paso corto. Y a todos ellos conocía.
En mayo de 1913 murió don Leonardo y, como es normal, todo Cantoria quiso despedirlo. Llegó gente de los pueblos vecinos y también numerosos sacerdotes que habían compartido con él distintos destinos. Nunca había visto un entierro semejante. Pero lo que más sentía era que ya no tenía fuerzas para unirme a la comitiva.
Me quedé sentado en mi puerta mientras el cortejo avanzaba lentamente hacia mí desde la iglesia. Vi pasar a los sacerdotes revestidos de negro, el féretro llevado a hombros y, detrás, una multitud silenciosa que ocupaba toda la calle. Cuando desaparecieron al doblar la esquina, sentí en mi pecho que también se marchaba una parte de mi propia vida y que yo no tardaría en seguirlo. Es ley de vida.
No sé cuánto tiempo más me queda. A mi edad ya no se cuentan los días por años, sino por amaneceres, uno detrás de otro, sin dar ninguno por seguro. Pero hay una cosa que sé tan segura como reconoce un cantero una piedra buena al primer golpe de mazo.
Cuando yo falte, nadie se acordará del nombre de Geromo. Tampoco del de mi padre, ni del de mis hijos, ni del de tantos hombres que se dejaron la piel en esos andamios. El polvo se llevará las huellas, las herramientas se oxidarán en algún rincón, y las voces con las que nos llamábamos de un lado a otro de la obra se perderán del todo.
Pero la piedra no. Cada sillar guarda el golpe del mazo que le dio forma. Cada esquina guarda los meses que costó levantarla bien, hilada a hilada. Cada bóveda aguanta el trabajo de hombres que muchas veces ni sabían si iban a llegar a verla terminada. Y aunque ya nadie pueda señalar cuál de esas piedras labré yo, sé que está ahí, pegada a las de mis compañeros, sosteniendo el mismo peso desde hace tantos años.
De niño, cuando mi padre me enseñó a dejar mi marca en cada bloque, yo solo entendía que era para que se supiera cuántos había tallado, para cobrar el jornal que me tocaba. Con los años he entendido que también servía para otra cosa: para que quedara algo de mí, aunque nadie supiera nunca de quién era.
Algún día vendrán otros. Entrarán a buscar sombra en verano, o refugio cuando la vida les pese demasiado. Habrá niños correteando por la plaza, novios que se casen delante del altar, campanas que anuncien alegrías y campanas que doblen por los que se vayan. Puede que alguno, sin darse cuenta, apoye la mano en algún sillar viejo, igual que hice yo el día de la inauguración, sin saber que debajo de esa piedra siguen las manos de quienes la pusieron.
Con eso me basta. Los hombres nos equivocamos, olvidamos, nos morimos. Los papeles se pierden, los nombres se borran, hasta las tumbas se hunden con los años.
La piedra, no. La piedra permanece. La piedra siempre dice la verdad.