El verano del Cólera
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
El verano de 1885 fue el más largo y el más oscuro que conoció el Valle del Almanzora a finales del siglo XIX. El cólera entró por Fines a mediados de julio, viajando en el cuerpo de los segadores que volvían de otras provincias y en el agua de las acequias que nadie se atrevía a dejar de beber. En pocas semanas convirtió los pueblos del valle en lugares de miedo, de enfermedad y muerte. Cantoria, con casi cinco mil almas repartidas entre el caserío, las cortijadas y los cerros, contó ese verano doscientos sesenta y siete contagiados y noventa muertos. Noventa nombres borrados de un pueblo que los conocía a todos.
Lo que sigue es la correspondencia que cruzaron durante aquellos meses Dolores Giménez y su padre, don Eduardo Giménez Molina, la figura más relevante que ha dado Cantoria en su historia y uno de los hombres que más hizo por su pueblo desde las altas esferas de la política nacional. Mientras su familia permanecía refugiada en el Huerto, la finca familiar a un kilómetro del pueblo, y su yerno, el médico Trinidad Fernández, marido de Dolores, recorría de noche los caminos del valle atendiendo a los enfermos sin más armas que el azufre, la cal viva y una vocación sin fisuras, Eduardo trabajaba en Madrid para que el Valle del Almanzora dejara de ser invisible ante quienes tenían el poder y los recursos de hacer algo. Lo hizo junto al marqués de Almanzora, su amigo y aliado, cuya familia vivía en el palacio a seis kilómetros de Cantoria y sabía de primera mano lo que ocurría en el valle. Entre los dos movieron los hilos necesarios para que una comitiva oficial del Congreso, encabezada por Navarro Rodrigo y acompañada de los diputados de los partidos judiciales de Almería, visitara la comarca con mandato y con recursos.
Estas cartas son el rastro íntimo de todo eso: el miedo de una hija, la determinación de un padre y el amor incondicional de una familia que supo mantenerse entera cuando el mundo a su alrededor se deshacía.
Cantoria, a veintinueve de agosto de 1885.
Queridísimo padre:
Llevo semanas queriendo escribirle y otras tantas sin encontrar las palabras, o quizá sin encontrar el momento, que no es lo mismo. Aquí los días no pertenecen a uno. Pertenecen a los enfermos, al calor, al miedo. Pero esta noche Trinidad ha regresado antes de medianoche y los grillos cantan en el patio y me parece que algo afloja, al menos lo suficiente para coger la pluma.
No quiero que se entere por terceros de todo lo que estamos viviendo en Cantoria este verano, así que se lo cuento yo, aunque sé que algunas cosas le van a pesar. Y también, padre, le escribo porque necesito algo de usted. Algo que solo usted puede conseguir desde donde está. Pero eso al final. Primero déjeme contarle.
Aunque teníamos noticias por la prensa de que el Cólera había infectado algunas zonas del levante español, nunca pensamos que llegaría nuestro valle y menos que fuera tan rápido, sin tiempo de reaccionar. Todo empezó en Fines, a mediados de julio cuando un muchacho venido de Mula en Murcia cayó enfermo nada más llegar y murió pocas horas después. Como no se sabía de que había sido, se pensaba que podían haber sido de algunas fiebres que le dieron por un Ojosol. Tenía parientes aquí, no se si te acuerdas del tio Frasquito el Esquilaburras, que cuando le dieron la noticia fue a verlo junto con su sobrino Pablo y lo único que pudieron hacer fue amortajarlo. Volvieron a Cantoria sin saber lo que traían, pensando que esa tragedia familiar ya estaba enterrada. Al día siguiente Pablo se fue a limpiar una acequia junto a una balsa cuyas aguas que llevaban mucho tiempo estancadas y estaban corrompidas y con esa agua regó el bancal en que luego el tio Frasquito había sembrado pepinos y algunas tardes cogía algunos y se los merendaba allí mismo. En dos días habían muerto los dos. A partir de ahí, la epidemia empezó a correr por el pueblo como un huracán. El dieciséis de julio oficialmente estábamos en cuarentena.
Los segadores que volvían de las siegas en otras provincias lo fueron extendiendo por el valle, agravando mas la situación. En Cantoria, a fecha de hoy, llevamos doscientas sesenta y siete personas contagiadas según las cuentas de mi marido. Noventa han muerto. Noventa, padre. Le pido que deje esa cifra reposar un momento antes de seguir leyendo. Noventa familias de este pueblo, que usted conoce, con un hueco que ya no se llena. La mayoría se han quedado sin quien le traía su sustento principal.
No quería darle esta mala noticia al inicio de la carta, quería primero que comprendiera la situación y que ninguno estamos completamente a salvo. Por eso tengo que contarle lo de la tía Catalina y su hija. Murieron con pocos días de diferencia, en los primeros momentos de la epidemia. Trinidad las asistió como ha asistido a todos, con todo lo que tenía, pero no había nada que hacer. El cólera no da tregua y los remedios son casi ninguno: medidas de higiene, aislamiento, desinfección con azufre y cal viva. No hay medicina que lo cure, solo precauciones que lo ralentizan. Sé que esta noticia le va a doler. A mí todavía me duele y ya no lloro, que es peor.
Han llegado de la Diputación Provincial cien kilos de azufre y mil pesetas para urgencias. También dos médicos de fuera con un maletín de medicinas. Sólo un maletín. Se desinfectan las calles, se han establecido un local en las afueras para aislar a los contagiados, se prohíbe beber agua de las acequias. Pero conseguir que la gente cambie sus costumbres no es tarea de días ni de meses. La basura se acumula por las calles y los perros se encargan de esparcirla. Los animales conviven con las familias dentro de las mismas casas. Y el problema mayor es el agua: como no hay agua corriente, todo el mundo va a las mismas fuentes de siempre, y si están contaminadas, beben de ellas igualmente porque la sed manda más que el miedo. Y cuanta más agua beben para no deshidratarse, más caen enfermos. Es una crueldad sin solución fácil.
También dicen que el cementerio está demasiado cerca del pueblo, a no más de sesenta pasos por el lado de levante. Eso agrava las cosas. La gente lo sabe y tiene miedo de sus propios muertos.
Trinidad lleva semanas sin dormir de verdad. Sale antes de que amanezca y a veces no regresa en toda la noche. Usted sabe cómo es este pueblo: lleno de cortijadas repartidas por los cerros, sin carreteras ni caminos decentes, solo veredas. Cuando vuelve, evita el contacto con el resto de la familia y se hospeda en la pequeña vivienda del servicio, al otro lado del arco del patio. Desde mi ventana veo como se lava las manos con vinagre en el pilón de la entrada como si fuera un ritual, come dos bocados de pie y vuelve a salir, o se queda dormido en la silla debajo del parral. No quiere acostarse porque sabe que alguien llegará pronto con algún aviso.
La Crónica Meridional ha escrito sobre él. Ha reconocido su labor en la atención a los contagiados. Cuando le mostré el periódico, lo leyó, lo dobló y lo dejó sobre la mesa sin decir nada. Luego salió a ver a un enfermo. Eso es lo que es su yerno, padre: un hombre que no sabe recibir un elogio porque no concibe que hacer lo que debe hacerse lo merezca. Y tampoco entiendes como otros médicos de la zona han huido por el miedo al contagio cuando su deber está por encima de todo.
Y ahora, padre, viene la parte por la que también le escribo. No me gusta pedirle favores valiéndome de quién es usted y de las personas que conoce, pero esta vez no es un favor para mí. Es para el pueblo. Para los noventa que ya no están y para los que aún pueden salvarse si esto vuelve, porque nadie nos garantiza que no vuelva.
Usted lleva años tratando con los hombres que toman las decisiones en este país. Conoce a diputados, a ministros, a personas con capacidad de mover recursos que desde aquí son inimaginables. Le pido, padre, que use esas relaciones. Que hable con quien haga falta. Que ponga sobre la mesa de quien corresponda lo que está pasando en el Valle del Almanzora, porque me temo que desde Madrid estos pueblos solo existen cuando hay que contarlos en un censo cuando vienen elecciones.
Necesitamos médicos, no de visita sino con plaza fija. Necesitamos cal, azufre y medicinas en cantidad suficiente, no un maletín que se vacía a las pocas horas. Necesitamos que alguien con autoridad obligue a trasladar ese cementerio que está pegado al caserío como una amenaza permanente. Y sobre todo, padre, necesitamos agua limpia. Varias fuentes repartidas por el pueblo porque si hubiera una forma de hacer estas obras, la mitad de las muertes de este verano no habrían ocurrido. Eso usted lo puede decir en sitios donde los de aquí no podemos llegar, buscar expertos, ingenieros y hombres de ciencia y que investiguen el modo.
Le pido no lo deje en el olvido mi encomienda por la necesidad tan urgente, que aproveche cuando esté en el Congreso, o en una cena, o en cualquiera de esas reuniones donde se deciden las cosas, mencione lo que ha leído en esta carta. A veces basta con que alguien como usted pronuncie un nombre, Cantoria, Almanzora, para que una partida presupuestaria se mueva o una orden sanitaria se firme. Usted lo sabe mejor que yo.
Sé que esto le pone en una posición incómoda, que mezclar lo familiar con lo político nunca es sencillo. Pero también sé que si no se lo pido yo, que soy su hija y vivo aquí y lo he visto con mis propios ojos, no se lo pedirá nadie con la misma urgencia ni con el mismo derecho.
Cuando todo acabe, habrá que hacer las cuentas de lo que hemos perdido. Eso vendrá después. Ahora solo quiero que sepa que mi madre, mis hermanos, los niños y yo estamos a salvo el huerto, que Trinidad sigue en pie, y que pensamos mucho en usted.
Con todo el cariño de su hija, que le quiere y confía en usted más que en nadie,
Dolores
P.D. Escríbame pronto. Sus cartas son lo único de Madrid que llega aquí sin traer malas noticias. Y si consigue algo, por pequeño que sea, no me lo diga en la carta: mándeselo directamente a Trinidad, que así le dará más alegría a los dos.
Madrid, a doce de septiembre de 1885.
Queríada hija mía:
Tu carta llegó hace tres días y desde entonces no he podido pensar en otra cosa. La leí de una vez, de pie, junto a la ventana, y tuve que leerla una segunda vez sentado porque en la primera no fui capaz de retener todo lo que me decías, tanto era el peso de cada párrafo. Noventa muertos en Cantoria, hija. Noventa. Tu tía Catalina y tu prima. No encuentro palabras que estén a la altura de ese dolor y no voy a fingir que las tengo. Acabo de escribir al tío para darle mis condolencias y ofrecerle mi ayuda en lo que pueda hacer desde aquí.
Sé que tu madre, tu hermana Maravillas, tu hermano Alejandro y tus hijos están todos en el Huerto, y eso me da un alivio que no sé cómo agradecerte. Ese kilómetro de distancia del pueblo vale más que cualquier remedio que pudieran mandar de la capital. Pero aun así necesito que me cuentes cómo están. Que estén en el Huerto me dice dónde están, no cómo están, y hay diferencia.
¿Cómo lleva tu madre todo esto? La conozco bien y sé que el no poder hacer nada le pesa más que cualquier peligro propio. Soledad es de las que necesita tener las manos ocupadas para no volverse loca de preocupación, y me imagino que estando aislada en el Huerto, sin poder entrar al pueblo, sin poder ayudar, habrá tenido que hacer un esfuerzo considerable para quedarse quieta. Escríbeme de ella con detalle, no me basta con un «está bien».
Y Maravillas y Alejandro, ¿cómo están llevando el encierro? Tu hermana siempre ha tenido ese temperamento que la lleva a querer estar en medio de todo, y me preocupa que el aislamiento le pese demasiado. Alejandro es más paciente por naturaleza, pero aun así, semanas enteras en el Huerto sin apenas noticias del pueblo deben de ser duras para todos.
Y tus niños, mis nietos del alma, cuéntame de Alejo y del pequeño José. A veces uno necesita escuchar que los más pequeños están bien para poder seguir con lo demás. Imagino que para ellos el Huerto será casi una aventura, que la infancia tiene esa gracia, la de no saber del todo lo que ocurre. Ojalá siga siendo así.
Ahora debo decirte algo sobre lo que me pides, y quiero que lo leas con la misma atención con que yo leí tu carta.
He hablado. He hablado con quien debía hablar y en los momentos en que debía hacerlo. No te daré nombres porque las cosas que se mueven en estos despachos se mueven mejor desde el anonimato, pero sí te diré que el Valle del Almanzora ha sido mencionado donde antes no se mencionaba. He trasladado a las personas con capacidad de decisión los datos que me diste: los doscientos sesenta y siete contagiados, los noventa fallecidos, el cementerio situado a apenas sesenta pasos del pueblo y, sobre todo, el grave problema del agua. He insistido en la necesidad de reforzar cuanto antes la atención médica en la comarca y de abordar de una vez, con seriedad, la cuestión del agua corriente, porque está claro que ahí está el origen de todo.
Además, he puesto a disposición del Ministerio de Fomento mis acciones de la fuente de las Mateas —que, como sabes, representan la mayor parte— para que, mientras no se encuentre una solución mejor, puedan utilizar esa agua y llevarla hasta las fuentes que deben construirse en el pueblo.
No te prometo resultados inmediatos porque sería mentirte, y ya sabes como van estas cosas. Los presupuestos se aprueban despacio, las órdenes viajan lentas hasta los pueblos, y la voluntad política es un animal extraño que a veces hay que empujar mucho antes de que eche a andar. Pero el empujón está dado. Sigue escribiéndome para darme noticias que estoy en un sin vivir.
De lo de Trinidad en La Crónica Meridional ya me había llegado noticia porque en la biblioteca del Congreso se recibe toda la correspondencia del país, aunque las mas alejadas puedan tardar algún día mas. Me alegra y no me sorprende. Siempre supe que ese muchacho era de una madera especial, aunque cuando te lo presenté por primera vez no imaginaba cuan dura iba a ser. Dile de mi parte que su suegro está orgulloso. No hace falta que le digas más, él entenderá.
Una última cosa, hija, y en esto no acepto discusión: quiero que me cuentes exactamente cómo estáis viviendo en el Huerto. Cómo os llegan las provisiones, quién os hace los recados al pueblo, de dónde sacáis el agua. Que estéis alejados es mucho, pero no es todo. Necesito saber que esa distancia está bien guardada.
Aquí en Madrid, desde esta distancia que a veces se me hace insoportable, lo único que me queda es confiar en que hayáis tomado todas las precauciones. Y confiar en Trinidad, que ya ha demostrado saber lo que hace.
Tu padre que te quiere y que cuenta los días hasta poder abrazaros a todos.
Eduardo
P.D. Dile a tu madre que también me escriba, aunque sean unas líneas. Llevo más de dos meses sin recibir cartas suyas, y eso, viniendo de ella, me inquieta más que cualquier otra cosa.
El Huerto, Cantoria, a veintidós de septiembre de 1885.
Queridísimo padre:
Su carta nos llegó el jueves por la tarde y se la leí a todos en voz alta después de cenar, sentados en el porche mientras el calor del día aflojaba por fin. Madre escuchó sin interrumpir, que ya sabe usted que eso en ella es señal de que está pensando mucho. Maravillas hizo alguna pregunta. Alejandro se quedó callado. Y yo, cuando terminé, la doblé despacio y la guardé, porque ya sabe usted que las cartas me gusta guardarlas bien.
Me pregunta cómo estamos y le respondo con la verdad: estamos bien, dentro de lo que cabe, y el Huerto ha resultado ser la mejor decisión que tomamos cuando todo esto empezó. Ese kilómetro de distancia del pueblo, que en tiempos normales parece poca cosa, este verano ha valido más que cualquier medicina. Aquí el aire corre distinto, los niños tienen espacio para moverse, y la angustia, aunque no desaparece, se lleva mejor entre árboles que entre paredes.
Madre está entera, aunque usted tiene razón en que últimamente escribe menos. No es que le falten palabras, que a Soledad nunca le han faltado, sino que creo que ha decidido guardar las fuerzas para lo que toca hacer aquí cada día. Lleva el Huerto con mano firme, organiza las comidas, entretiene a los niños, mantiene a Maravillas ocupada para que no le dé demasiadas vueltas a las cosas. Es lo que sabe hacer y lo hace bien. Pero por las noches, cuando los demás ya duermen, a veces la encuentro sentada sola en el porche mirando hacia el camino del pueblo. No hace falta preguntarle qué piensa. Las dos sabemos que está pensando en Trinidad.
Maravillas lleva el encierro con más paciencia de la que yo esperaba, aunque hay momentos en que se le nota el peso. Hace unos días quiso bajar al pueblo a llevarle algo a una vecina enferma y madre tuvo que plantarse. Hubo palabras. Pero al final entró en razón: cuando la madre se planta de verdad, no hay quien la mueva. Alejandro es el más tranquilo de todos, como siempre ha sido, y se ha convertido en el encargado de mantener la huerta y de tener todo en orden. Le ha venido bien tener trabajo con las manos.
Alejo y el pequeño José están perfectamente. Para ellos el Huerto es poco menos que unas vacaciones largas, con las gallinas y los perros y los almendros para trepar. No son conscientes de lo que ocurre en el pueblo y así lo preferimos. Ya habrá tiempo de explicarles. Por ahora, que sean niños.
Me pregunta cómo nos las arreglamos con los recados y los suministros, y le cuento. Desde que decidimos no bajar al pueblo, es Remedios, la hija más joven de los guardeses que madre contrató de sirvienta, la que hace de enlace entre el Huerto y el pueblo. Va cada dos o tres días, compra lo que necesitamos, recoge el correo, trae noticias. Le hemos dado instrucciones muy precisas sobre lo que puede y no puede hacer allí: no entrar en casas donde haya enfermos, no beber fuera de aquí, lavarse bien antes de volver. Lleva una mascarilla que mamá le ha cosido y cuando llega la lava con sosa. Ella lo cumple sin rechistar, que es una muchacha de mucho juicio. Sin Remedios este verano habría sido muy difícil.
Y en cuanto al agua, que sé que es lo que más le preocupa, le doy una buena noticia. La fuente de las Mateas, de la que bebemos aquí en el Huerto desde siempre, ha sido protegida. Le han construido una caseta de obra cerrada con llave para que el acceso sea seguro y controlado. Junto a la puerta, hay un grifo también con un candado. Solo nosotros y quienes tienen la llave pueden sacar agua de ella, asegurando que nadie acerque los labios al caño directamente. La idea era precisamente esa: evitar que alguien contagiado pudiera contaminar el manantial bebiendo de él o lavándose cerca. Trinidad insistió mucho en esto desde el principio, y al final se hizo. Es de las pocas medidas que se han tomado aquí con verdadera cabeza. Gracias a ello hemos tenido agua limpia durante todo el verano, y creo que eso, más que ninguna otra cosa, nos ha mantenido a salvo.
Las noticias del pueblo son algo mejores en estos últimos días. Los casos nuevos van siendo menos; Trinidad lo confirma cuando llega. No nos abrazamos en la puerta como antes, porque hemos aprendido a no hacerlo, pero nos hablamos a distancia, y a veces con eso basta. Me dice que hay que ser muy cautelosos, que otras veces en el mes pasado parecía que la cosa aflojaba y luego volvía con más fuerza. Así que no celebramos nada todavía. Guardamos la alegría para cuando haya razón verdadera.
Pero algo ha cambiado en el ambiente, padre. La gente empieza a moverse de otra manera, con menos miedo en los ojos. Las cortijadas que llevaban semanas sin dar señales de vida vuelven a tener humo en las chimeneas por las mañanas. Eso, que en otro tiempo no significaría nada, ahora parece mucho.
Le transmití a Trinidad lo que me decía usted, que su suegro está orgulloso. Me miró un momento, asintió despacio y no dijo nada más. Pero esa noche, cuando se fue, se fue con mejor cara que de costumbre. Con eso me quedo.
Cuídese usted también, padre. Madrid en septiembre sigue siendo Madrid, y ya sé que el cólera no ha sido tan fuerte allí, pero hay otras cosas que desgastan a un hombre. No se olvide de comer, que cuando está muy ocupado siempre se le olvida.
Con todo el cariño de su hija, que le echa de menos más de lo que cabe en una carta,
Dolores
P.D. Madre dice que le escribirá esta semana sin falta. Maravillas le manda un abrazo. Alejandro dice que cuando usted vuelva quiere enseñarle lo que ha hecho con la huerta, que según él la ha mejorado considerablemente. Los niños ni saben que le escribo, pero si supieran le mandarían mil besos. Yo se los mando de su parte.
Madrid, a tres de octubre de 1885.
Hija mía, Dolores:
Esta vez no te escribo con el peso de las malas noticias. Esta vez te escribo con algo que llevaba semanas queriendo poder decirte y que por fin puedo poner en papel. Lee despacio, hija, que lo que viene merece que se lea despacio.
Las gestiones que emprendimos han dado fruto. Y digo emprendimos porque en esto no he estado solo. El Marqués de Almanzora, como tú bien sabes, tiene a su familia instalada en el palacio desde comienzos del verano. Y lo que llegaba a su residencia de Almanzora desde el valle era suficiente para que el Marqués supiera desde Madrid con exactitud lo que estaba ocurriendo. No tuve que convencerlo de nada. Cuando le hablé de la situación, ya estaba mejor informado que muchos de los diputados que presumen de representar a Almería. Me confesó que llevaba semanas moviendo hilos y, consciente de que la administración siempre avanza con desesperante lentitud mientras la necesidad no espera a nadie, decidió actuar por su cuenta.
Mandó enviar un cargamento de cal viva, pagado íntegramente de su bolsillo, para desinfectar las zonas donde posee propiedades. Y ha encargado a doña Catalina la organización de su distribución porque sabe que lo realizará con una eficacia extraordinaria, como ha demostrado sobradamente en su gestión de sus fincas en ausencia del marqués.
Así que nos pusimos a trabajar juntos. Entre los dos fuimos tirando de los hilos que teníamos, llamando a las puertas que había que llamar, poniendo sobre la mesa de quien correspondía los números y los hechos que tú me habías dado en tu carta: los contagiados, los muertos, la necesidad imperiosa de sacar el cementerio de la población, el problema del agua, la falta de medios de los facultativos. El Marqués y yo aportamos lo que teníamos: el testimonio directo de quien tiene a su familia viviendo en medio de ello. Eso, en un despacho de Madrid, pesa de manera distinta a cualquier informe escrito.
El resultado es que el Congreso ha acordado enviar una comitiva oficial al Valle del Almanzora para visitar la zona afectada, evaluar las condiciones sanitarias sobre el terreno y determinar las medidas urgentes que corresponda adoptar. No es un gesto vacío ni una visita de cortesía: van con mandato, con recursos y con autoridad para mover lo que haga falta. La comitiva estará encabezada por Navarro Rodrigo, que ha tomado el asunto con verdadero interés y cuenta con el respaldo de los diputados de los partidos judiciales de Almería. Son hombres que conocen la provincia y que entienden lo que significa una comarca como la vuestra cuando el Estado la mira hacia otro lado.
El Marqués formará parte de la comitiva. Irá como uno de los impulsores de esta iniciativa y porque conoce el valle como pocos. Imagino que la Marquesa y los hijos habrán tenido algo que ver en esa decisión, que cuando la familia de uno ha pasado el verano en el centro de una epidemia, las ganas de hacer algo se vuelven más urgentes que las razones para no hacerlo.
Y ahora la noticia que más me alegra poder darte, hija. Yo también voy como invitado en calidad de conocedor de la zona y de sus necesidades, y una vez allí no pienso volver a Madrid. He adelantado mi retirada definitiva de la actividad política. Después de todos estos años, creo que me la he ganado, y creo también que hay maneras mejores de ser útil que desde un escaño en el Congreso.
No ha sido una decisión tomada a la ligera. Llevo semanas pensándola, desde que leí tu primera carta y comprendí lo que estaba ocurriendo en Cantoria mientras yo estaba aquí rodeado de discursos y de papeles. Tu madre lo sabe, le escribí hace unos días, y su respuesta fue tan breve como elocuente: «Este huerto lleva demasiado tiempo esperándote». Con eso me bastó.
Como sabrás, el único motivo que todavía me retenía en Madrid era la negociación en el Congreso sobre el trazado de la línea férrea entre Lorca y Baza. Las disputas han sido feroces: intereses enfrentados, presiones constantes y una lucha encarnizada entre quienes defienden que las vías atraviesen una comarca u otra.
Pero hoy, por fin, puedo darte una noticia que me llena de alegría, sobre todo por el beneficio que traerá a nuestros pueblos. Puedo asegurarte de que el ferrocarril pasará a escasos metros del Huerto. No tardaremos en ver esas máquinas humeantes rugiendo frente a nosotros antes de entrar en la estación que no estará lejos.
Así que en pocos días tendrás a tu padre en el Huerto de manera definitiva. Llegaré con la comitiva, cumpliré con lo que me corresponde hacer en la visita oficial a los pueblos afectados, y cuando todo eso termine me quedaré. Tengo cosas que hacer en Cantoria que llevan años esperando, y ya va siendo hora.
Dile a Trinidad que nos gustaría que nos acompañara porque basta decir que el hombre que mejor conoce lo que ha ocurrido este verano, y su testimonio ante los diputados valdrá más que cualquier informe escrito. Que prepare lo que quiera decirles, aunque conociéndole sospecho que no lo necesitará, le bastará con contar lo que ha vivido.
Dile también a tu madre que ya puede ir pensando en qué poner en la mesa el día que lleguemos. No hace falta que sea gran cosa. Con que haya sombra y vino del Faz me conformo. Después de estos meses en Madrid, eso me parecerá un banquete.
A Maravillas y a Alejandro dales un abrazo de mi parte y diles que los veré pronto. Y a Alejo y al pequeño José diles que el abuelo viene, que ya les tengo empaquetados sus regalos de Madrid.
Tu padre, que llega pronto y que os quiere a todos más de lo que sabe expresar por carta,
Eduardo
P.D. El empujón que te prometí en la carta anterior, hija, no lo dio solo tu padre. Lo dio también un hombre que tiene a su familia a 600 kilómetros de distancia y que no necesitó que nadie le explicara lo que estaba en juego.
El Huerto, Cantoria, a once de octubre de 1885.
Queridísimo padre:
Tuve que leer su carta dos veces. La primera, de pie en el camino, nada más que Remedios me la puso en la mano al volver del pueblo, porque no fui capaz de esperar a sentarme. La segunda vez, ya dentro, con madre y Maravillas y Alejandro a mi alrededor, en voz alta, despacio, para que nadie se perdiera una sola palabra. Cuando llegué al párrafo en que dice que viene, que no vuelve a Madrid, que se queda, tuve que parar. Madre me quitó la carta de las manos sin decir nada, la terminó de leer ella sola, la dobló con cuidado y se levantó a la cocina. Tardó un buen rato en volver. Cuando lo hizo, tenía los ojos secos, pero la cara de otra manera. Maravillas sí lloró, que para eso es Maravillas. Alejandro salió al huerto y estuvo un rato largo entre los almendros. Cada uno lo llevó como pudo, pero todos lo llevamos bien. Muy bien.
Gracias, padre. No solo por venir, sino por todo lo que ha movido desde allí. Cuando le escribí aquella primera carta pidiendo su ayuda, no sabía muy bien qué esperaba, si es que esperaba algo. Sé cómo funcionan esas cosas, sé que Madrid queda muy lejos del Almanzora y que entre el querer y el poder hay siempre una distancia grande. Pero usted y el marqués la han acortado, y eso el valle no lo va a olvidar aunque no sepa del todo a quién agradecérselo.
Lo del marqués lo entiendo ahora mucho mejor. Yo había pensado estos meses en su familia, preguntándome cómo estarían llevando el verano cuando el palacio está rodeado de casas y de gente. Dolores y Antonio son jóvenes y tienen carácter, y no me cuesta imaginar lo que habrán trabajado con su madre porque doña Catalina, se ha entregado por completo a la causa. Muchos días ha dado orden de encender todos los hornos de sus fincas para amasar pan; dicen que en una sola jornada llegaron a salir cerca de dos mil kilos. Después, sus criados, protegidos como podían, lo repartían puerta por puerta por Almanzora y a lo largo del camino hacia Cantoria.
Pero su ayuda no se ha limitado al alimento. Ha pagado de su propio bolsillo la desinfección de los templos de toda la comarca y ha adquirido enormes cantidades de cal para que los entierros puedan hacerse sin temor a que los cadáveres propaguen el contagio.
Y aún sigue moviéndose. Anda negociando con el Judas la compra de un cerro y un secano junto a su cantera de Tomácar para trasladar allí el cementerio. Por los rumores que circulan, el acuerdo parece inminente.
No puede decirse que la señora marquesa haya permanecido de brazos cruzados. Su generosidad es solo comparable con la dignidad con la que está afrontando esta desgracia.
Y volviendo a Cantoria, parece que la epidemia afloja de verdad. Trinidad lo confirma con más convicción que hace unas semanas, aunque sigue pidiendo cautela, que es lo que hace siempre y que esta vez me parece del todo razonable. Los casos nuevos son muy pocos ya. Las cortijadas van recuperando el pulso poco a poco y la gente empieza a moverse por los caminos con menos miedo en el cuerpo. Todavía no hemos bajado al pueblo, seguimos con Remedios de enlace y con el agua de las Mateas bien guardada en su caseta, pero noto que el horizonte tiene otro color que hace un mes.
Trinidad sigue en pie. Más delgado, con unas ojeras que no le desaparecen ni cuando duerme, pero en pie. Ya está de nuevo en el edificio principal, con nosotros. Le dije lo de la comitiva y lo de Navarro Rodrigo y se quedó un momento callado, con esa manera suya de procesar las cosas sin hacer aspavientos. Luego dijo que bien, que si venían a ver de verdad y no solo a salir en los periódicos, que habría mucho que contarles. Le dije que venía usted también. Ahí sí cambió la cara. Me preguntó cuándo. Le dije que pronto. Y dejamos la conversación ahí, porque Remedios ya esperaba para volver al pueblo y él tenía enfermos que visitar, pero me fui a la cama esa noche con la sensación de que algo había cambiado también en él.
Madre lleva días con una actividad inusual. Ha reorganizado dos habitaciones del Huerto, ha pedido a Remedios que traiga cosas del mercado que no habíamos pedido en meses, y ayer le dijo a los guardeses que había que repintar el porche antes de que llegaran visitas.
Los niños no saben todavía que viene el abuelo. Lo hemos guardado como sorpresa. Alejo ya tiene edad de sospechar que algo pasa cuando los mayores andamos con esa cara, pero el pequeño José sigue en su mundo, que es el mejor mundo posible a su edad. Se lo diremos el día antes para que la espera no se les haga eterna.
Una cosa más, padre, y con esto termino. Usted dice que ha adelantado su retirada y que se la ha ganado. Tiene razón en lo segundo. Lleva demasiados años lejos, demasiados inviernos en Madrid mientras el Huerto y nosotros lo esperábamos. Pero no venga a descansar todavía, que lo necesitamos despierto. Hay mucho que hacer en Cantoria cuando todo esto acabe, y usted lo sabe mejor que nadie.
Su hija, que le espera con el porche recién repasado y el agua de las Mateas bien fría,
Dolores
P.D. Madre no me ha pedido que le añada nada. Pero esta mañana, mientras yo escribía esto, se ha asomado dos veces por encima de mi hombro a ver cómo iba la carta. Eso, viniendo de ella, es lo mismo que un párrafo entero.
Artículos de la Crónica Meridional del verano y otoño de 1885.
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