La abuela Dolores Mesas Corella con su nieto Alejandro
Para entender a Pedro Cubillas Mesas, hay que retroceder una generación y fijarse en su padre: José Cubillas Gavilán, casado con Dolores Mesas Corella. De esta unión nacieron dos hijos, Pedro y Caridad. El apellido Cubillas era ya, en la Cantoria de finales del siglo XIX, sinónimo de empresa, de crédito y de una mirada que alcanzaba más allá de los límites de la provincia. José lo encarnó con una intensidad que pocos de sus contemporáneos igualaron.
Fue, ante todo, un hombre de horizontes amplios en una época en que la mayoría de sus vecinos rara vez salía de la comarca. Llegó a viajar a los Estados Unidos, acompañado de un criado, durante cerca de un año. Era una España que apenas conocía el interior de su propia provincia, y él cruzó el Atlántico para empaparse de lo que entonces era la sociedad más avanzada del mundo en términos económicos e industriales. Lo que vio —la industria, el crédito moderno, la escala de los negocios— debió de confirmarle que los límites del Almanzora eran, en definitiva, cuestión de voluntad.
De regreso a Cantoria, ejerció como banquero privado. Las referencias documentales lo sitúan activo en ese oficio entre 1903 y 1915, aunque su actividad arranca probablemente bastante antes. La España de entonces no contaba con una red bancaria densa en el interior; en los pueblos de la comarca era el banquero privado —hombre de confianza, árbitro discreto del dinero— quien canalizaba el crédito y garantizaba la continuidad de los negocios. El Valle del Almanzora vivía en aquellos años una transformación notable: la riqueza agrícola tradicional coexistía con una creciente actividad minera —hierro y talco— todo ello al amparo del recién llegado ferrocarril, que había generado importantes movimientos de capital y una demanda sostenida de financiación.
La evidencia documental más relevante de su posición lo muestra, en 1912, como corresponsal del Banco Hispano Americano y del Banco de Barcelona de Crédito. Ser corresponsal de esas entidades en una localidad como Cantoria significaba que el sistema bancario nacional depositaba en él su confianza para operar en la comarca, y que para muchos vecinos del valle José Cubillas era el contacto más directo —y quizás el único— con el sistema financiero moderno. Un año después, en 1913, aparece igualmente citado como corresponsal del banquero Francisco López López, de Berja, lo que confirma que su actividad se articulaba en red con los principales operadores financieros de la provincia.
José Cubillas era, además, hombre de ideas. Y las ideas, en aquella España de finales de siglo, también tenían sus espacios propios. Y no hablamos de otra cosa que de la masonería que desde 1875 se fue extendiendo por toda la provincia. Su primer contacto documentado con ella data de 1888, cuando ingresó en la logia Luz de Filabres, número 236, con sede en Gérgal. No ostentó cargo alguno, pero la experiencia sin duda lo marcó. Dos años después, en 1890, fue uno de los fundadores de la logia Constancia en Cantoria, junto al abogado don Vicente Giménez Moreno. El nombre simbólico que eligió para sí fue Almanzor: el mismo que el caudillo califal que cruzó el valle con sus ejércitos y que, según cuenta la leyenda, se enamoró perdidamente de una bella cristiana. Las lágrimas que derramó por ese amor imposible dieron nombre al río que vertebra la comarca —un río que llora, desde entonces, lo que nunca pudo ser—, y elegirlo como nombre propio era tanto como declarar que uno pertenece a esta tierra hasta en sus leyendas más arraigadas. Es posible incluso que en su viaje a Estados Unidos estableciera contacto con logias masónicas norteamericanas, dado que la orden tenía allí una implantación muy superior a la española.
Lo que podemos afirmar con seguridad es que alcanzó dentro de la orden un grado elevado. La prueba más elocuente es un detalle que está a la vista y que pasa casi desapercibido: su lápida funeraria adoptó la forma de una cruz latina, símbolo reservado en la iconografía masónica a quienes habían ascendido a los grados superiores. En la tradición de la orden, los brazos de la cruz representan los cuatro puntos cardinales, los cuatro elementos —fuego, aire, agua, tierra— y el equilibrio del espacio y el tiempo: la imagen del ser humano que aspira a trascender sus limitaciones materiales mediante la virtud y la sabiduría. No era un símbolo que se concediera sin mérito. En la piedra de su sepultura, José Cubillas Gavilán dejó grabado, para quien supiera leerlo, el rango que había alcanzado.
A un par de metros descansa su compañero y cofundador, el abogado don Vicente Giménez Moreno, cuyo panteón habla el mismo idioma cifrado con una elocuencia aún mayor. La construcción se levanta sobre una planta cuadrada de medidas geométricamente perfectas, rematada por un tejado en forma de triángulo. No es capricho del arquitecto ni una moda de la época: es arquitectura parlante para quien sepa escuchar. El cuadrado evoca el número cuatro y los cuatro elementos —tierra, aire, agua y fuego— que son las bases físicas sobre las que se construye el templo masónico; recuerda además al iniciado la obligación de mantener una conducta justa, recta y equilibrada ante la sociedad. El triángulo que lo corona representa los tres grandes pilares que sostienen la logia —Sabiduría, Fuerza y Belleza— y es el emblema de la perfección del Gran Arquitecto del Universo. Dos hombres que fundaron juntos una logia en un pueblo de la Almería profunda, y que eligieron descansar juntos bajo los mismos símbolos con los que habían ordenado su vida.
Y como curiosidad, el cementerio de Cantoria guarda, para quien sepa mirar, una de las páginas más insólitas de la historia masónica de la provincia. Y no es un detalle menor que tanto José como Vicente descansen en el cementerio de Cantoria junto a la capilla, en pleno centro del recinto. En aquella época, la mayoría de los cementerios eran católicos y la Iglesia prohibía el enterramiento de masones entre sus muros; en muchos lugares hubo que habilitar rincones aparte, los llamados cementerios civiles o de disidentes, donde dar tierra a quienes morían fuera de la doctrina de la iglesia. En Cantoria eso no ocurrió. Si fue por discreción, por influencia, por el respeto que ambos se habían ganado en vida o por algún acuerdo que el tiempo se llevó, ya no puede saberse. Lo que sí puede verse es que están ahí, con su simbología a la vista, a pocos metros de la ermita que preside el camposanto.
José Cubillas Gavilán murió en 1916. Su viuda, Dolores Mesas Corella, era una mujer de convicciones claras: la educación no era un lujo sino una necesidad. Ya viuda, se trasladó a Granada para acompañar a sus nietos mayores —Alejandro, el primogénito de Pedro, y Francisca, la hija mayor de Caridad— y asegurarse de que nada les faltara mientras estudiaban en la universidad. A su edad, con todo lo que había vivido, y cuando podía llevar una vejez sin complicaciones, hizo las maletas por el futuro y la comodidad de sus nietos.
Pedro Cubillas Mesas
Pedro Cubillas Mesas nació en 1877. En Pedro quedó depositado el espíritu emprendedor del padre involucrándose desde muy joven en los negocios familiares a través de la Sociedad José Cubillas e Hijo, dedicada a la distribución de quincalla, paquetería, abonos químicos, tejidos y servicios funerarios, y cuando su padre murió continuó ampliando el negocio con la Casa de Banca, los talleres de lápidas de mármol de Macael —donde poseía la finca Los Carriles—, la fábrica de ataúdes, la mitad de una almazara, propiedades agrícolas y cortijos en Fines, en Macael, en Chirivel. Se decía en el pueblo que quien entraba en su casa a pedir un préstamo para costear el entierro de un familiar, salía con el ataúd y la lápida y todos los servicios incluidos.
Intentó hacerse también con molinos harineros en la región de Murcia, aunque ese capítulo no prosperó. En el Almanzora, en cambio, no había suelo que no hubiera considerado ni trato que no hubiera sopesado.
Pedro contrajo matrimonio con Remedios Giménez Egea, mujer de familia acomodada de Cantoria cuya casa familiar estaba en la Plaza, a pocos metros de la de Pedro. Los padres de Remedios, Ignacio Giménez López y Patrocinio Egea Navarro, eran ricos propietarios que fallecieron en 1901 con veinte días de diferencia, cuando apenas rondaban la cincuentena, dejando varios hijos menores de edad.
La casa familiar de Pedro y Remedios estaba en la calle Larga, haciendo esquina con la calle San Cayetano. Era una casa grande, de sótano, altillo y planta principal generosa, con patio y un continuo ir y venir de personas que entraban y salían como si el espacio perteneciera un poco a todo el pueblo. Aunque la vivienda fue inicialmente herencia de su padre hacia su hermana Caridad, Pedro se la compró casi de inmediato. Hoy el inmueble es conocido en Cantoria como Carmen la Turca.
Adosada a la casa principal había una segunda vivienda de dos plantas que alojaba al matrimonio de servicio. En la memoria de los descendientes persistió siempre como la Casa del Pipa, topónimo que arranca del apodo de un vecino venido de Huércal Overa a montar una pescadería, que se instaló allí como inquilino cuando Pedro y su familia se trasladaron a Granada. La casa del Pipa siguió siendo propiedad de los Cubillas hasta la década de los 80, el último anclaje de la familia en el Almanzora.
En 1909, Pedro también abarcó la política local, siendo concejal más de 10 años y uno como alcalde. Lo asumió con la misma energía y filosofía que ponía en sus negocios. Luchó por la compra de un solar para construir el mercado de Abastos: los comerciantes, agricultores y ganaderos del municipio necesitaban un espacio cubierto con condiciones mínimas de higiene, en lugar de seguir haciéndolo al aire libre en la plaza y las calles adyacentes. Con eso se resolvía también el problema que se repetía cada noviembre: durante la feria de ganado, los puestos debían abandonar la plaza durante diez días para dejar paso a los tratantes, lo que descolocaba a los compradores llegados de los pueblos vecinos. Mientras no hubiera fondos para construirlo, decidió que el solar se alquilaría para sembrar y vender el pasto para los animales.
Impulsó estudios para llevar agua potable al pueblo y ordenó la limpieza de la fuente del caño, la más próxima al casco urbano y de la que se abastecía la mayor parte de la población. Hizo frente a plagas de insectos que amenazaban las cosechas. Contrató a un nuevo médico y destinó una parte significativa del presupuesto a sufragar los gastos médicos de quienes no tenían recursos. Era un alcalde que entendía que gobernar un pueblo no es solo administrar y gestionar proyectos, sino resolver los problemas de los ciudadanos. En 1910 renunció a la alcaldía alegando que su familia y sus negocios requerían todo su tiempo sustituyéndolo su pariente Amancio Pérez Cubillas.
«Lo que mi padre perseguía no era el dinero por el dinero. Le gustaba emprender, resolver, abrir caminos donde otros solo veían dificultades.» — Patrocinio Cubillas
Caridad Cubillas Mesas con sus cuatro hijas
La hermana de Pedro, Caridad Cubillas Mesas, fue una figura de mucho carácter y muy difícil, por decirlo de manera suave. En un mundo donde la autoridad económica era patrimonio casi exclusivo de los hombres, había heredado de su padre un patrimonio sólido —tierras, dinero, propiedades— y lo administraba con una mano de hierro que no admitía contemplaciones. Actuaba como prestamista, con intereses que rondaban del ocho al doce por ciento, y quien no pagaba en plazo veía cómo los bienes aportados como aval pasaban sin demora a engrosar su hacienda. Así fue ampliando sus propiedades de manera considerable, con terrenos y cortijos repartidos por todo el término municipal, cada uno de ellos el testimonio silencioso de una deuda que alguien no pudo saldar. Ser mujer en aquel mundo significaba tener que demostrar la valía dos veces: una para que te escucharan y otra para que te obedecieran. Caridad lo sabía y no pedía permiso. Era temida tanto por quienes le pedían crédito como por quienes trabajaban sus tierras, y ese miedo, en el fondo, era la única forma de respeto que el siglo ponía al alcance de una mujer con poder.
Casó con Antonio Sánchez Giménez, también propietario, con quien tuvo seis hijos: Antonio, Francisca, Isabel, Maravillas, Encarnación y Juan Pedro. Sólo sobrevivieron a la adultez las cuatro hijas. Estas estudiaron
Magisterio en Granada y ejercieron durante la Segunda República en Cuevas del Almanzora, Albanchez y Bacares. La vocación docente como herramienta de ascenso y de servicio: una constante en la familia Cubillas que ninguna generación dejó de practicar.
El matrimonio terminó de la única manera en que puede terminar un matrimonio que ya no tiene arreglo. En 1932, apenas unos meses después de que la República aprobara la Ley del Divorcio, Caridad interpuso la demanda. Fue, con toda probabilidad, uno de los primeros divorcios consumados en el Valle del Almanzora.
Caridad solicitó la separación a través de una querella criminal contra su marido y contra la amante de este, Rosa Gómez Ramírez por adulterio. En una unión que ya solo eran apariencias, tener una querida podía tener un pase cuando se llevara con discreción, pero cuando ya la sacaba a pasear a vista de todo el pueblo, eso era imperdonable. La acusación vino respaldada por cincuenta y cuatro testigos, cifra que habla por sí sola de la forma de ser de esta mujer y de la solidez de su posición social (teniendo en cuenta que el proceso le costó la friolera de 2.800 pesetas de la época en minutas de abogados, algo prohibitivo para la mayoría). Como respuesta, Antonio Sánchez Giménez la expulsó de la casa familiar junto a sus hijas, sin miramientos. Fue su hermano Pedro quien estuvo a su lado durante todo el proceso, ayudándola a navegar los trámites de aquella legislación todavía sin doctrina consolidada. Antonio no pudo disfrutar mucho su soltería: murió en 1933, apenas un año después de la separación. Pedro asistió también a Caridad en la tramitación del testamento. La ironía del destino quiso que Rosa Gómez recibiese en usufructo una parte considerable de los bienes del difunto, y no sería hasta su muerte cuando las hijas de Caridad pudieron disfrutar del patrimonio del progenitor.
«Cincuenta y cuatro testigos. No era el gesto de quien pide perdón ni el de quien se resigna: era el gesto de quien sabe que tiene razón y está dispuesta a probarlo»
Remedios Giménez Egea, mujer de Pedro Cubillas
A principios de los años veinte, Pedro Cubillas tomó una decisión que en principio no se comprendió en Cantoria: trasladar a toda la familia a Granada, abandonando la posición que gozaban en su tierra. Los motivos eran dos. El primero, la educación: Pedro tenía la convicción de que sus hijos debían ir a la universidad, y el mayor, Alejandro, ya estudiaba allí. El segundo, el negocio: un hombre con su olfato no podía ignorar las oportunidades que brindaba la capital de la Alhambra en plena expansión.
La familia se instaló en un edificio que Pedro había comprado casi al completo, excepto el comercio de los bajos. Estaba situado en la Plaza de Bib-Rambla número 1, justo donde siglos antes había estado la puerta de las murallas árabes de Bib-Rambla, desmontada en el siglo anterior en pos de una modernidad y un progreso mal entendido. La plaza era el corazón civil de la ciudad: vendedores, floristas, viajeros y comerciantes, mañana y tarde. La mudanza quedó completada en septiembre de 1922, a tiempo para el inicio del curso escolar. Con la familia viajaron las dos sirvientas de confianza, Loles y Ramoneta, consideradas casi como familiares.
Pedro mantuvo todas sus propiedades de Cantoria. En Granada amplió su cartera: acciones en los Tranvías Eléctricos de Granada, en la Banca Rodríguez-Acosta y en el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Granada. Compró también fincas en Churriana y en Huétor Vega. No era un hombre que abandonara un lugar; era un hombre que iba añadiendo lo nuevo a lo que ya tenía.
Pero Granada cobró su tributo. Las fiebres tifoideas —esa plaga que castigaba con especial crueldad a quienes llegaban de fuera, sin las defensas que confería el contacto cotidiano con las aguas locales— se cebaron con Remedios Giménez. La madre de la familia murió en Granada, lejos de Cantoria, lejos de la calle Larga y de la plaza del pueblo donde había sido siempre Remedios Giménez, la mujer de don Pedro, la señora de la casa de los Cubillas.
Pedro envejeció varios años en unos pocos días. Impuso el luto riguroso: ventanas y persianas cerradas, silencio, prohibición de la radio y del canto. Dolores, una de sus hijas, sintió tan hondamente la pérdida que cayó en una depresión profunda: dejó de comer, lloraba sin parar, y lo que empezó como duelo terminó en tuberculosis. Por consejo médico, Pedro compró en Monachil, cerca de la Sierra Nevada, una finca con un gran cortijo cuyo aire puro pudiera devolverle la salud. Aquella finca se convirtió con los años en punto de reunión familiar durante generaciones, y se mantiene en la actualidad.
Patrocinio, la hija mayor, asumió de manera natural el papel que dejaba vacío su madre. Al día siguiente del fallecimiento organizó el desayuno, luego la comida, luego la cena; recibió a las visitas, se ocupó de los hermanos menores, gestionó la casa. El menor de todos, José, tenía apenas tres años. Patrocinio había estudiado canto en el Real Conservatorio de Música Victoria Eugenia de Granada, con la vocación de especializarse como soprano, y le había ido bien: diplomas, primeros premios en recitales de diferentes entidades de la ciudad y del propio Conservatorio. Todo eso quedó atrás sin que ella lo viviera como una renuncia. Años más tarde recordaría que su madre, antes de morir, le había tomado la mano con una fuerza que todavía podía sentir y le había dicho solo cuatro palabras: «Patro, cuida de ellos.» Y así lo hizo: fue el pilar que unía a hermanos, sobrinos y resobrinos.
Cuando su padre fue perdiendo progresivamente la vista, Patrocinio se convirtió en sus pies y sus manos. Las numerosas intervenciones en la Clínica Barraquer de Barcelona no lograron detener el deterioro, y Patrocinio estuvo a su lado en cada viaje, en cada operación, en cada noche de incertidumbre.
Pedro Cubillas era hombre de fe honda y ordenada: misa dominical de una en la Catedral, sin falta, y cuando la ceguera avanzó y bajar las infernales escaleras del edificio de Bib-Rambla se le hizo imposible, le traían la comunión a casa.
Lo que sí mantuvo hasta que las fuerzas se lo permitieron fue el deporte. Cada día daba vueltas alrededor de la mesa del comedor. Pedro sabía de memoria la distancia que separaba su casa en Granada de cada una de sus propiedades en los pueblos vecinos; sabía también la longitud exacta de su paso. Cada mañana se fijaba un destino en la mente —la finca de Monachil, el cortijo de Huétor Vega—, calculaba los pasos necesarios y se ponía a andar. El cuerpo daba vueltas en su casa, pero la cabeza viajaba por los caminos que los ojos ya no podían ver.
Procesión del Corpus a su paso por el del edificio de el Regalo
En los bajos del edificio de Bib-Rambla funcionaba ya un comercio conocido como El Regalo. Pedro entró primero como socio y en 1922 compró la parte de su propietario, haciéndose con la totalidad del negocio. Lo que en principio era una juguetería fue incorporando otras mercancías: quincalla, ropa de bebé, ropa de celebración, peletería. Productos de alta calidad traídos de París, Londres, Milán y Barcelona que convirtieron el establecimiento en un comercio exclusivo. Llevar una prenda de El Regalo era un signo de distinción para las clases acomodadas, no ya de Granada sino de todas las provincias limítrofes.
Pero lo que de verdad otorgó a El Regalo su lugar en la memoria colectiva fue el Buzón de Cartas a los Reyes Magos. La propia tienda editaba y distribuía cuartillas con las efigies de Sus Majestades impresas en rojo, y los niños granadinos venían a buscarlas, escribían sus deseos y los depositaban en el buzón del local. No había niño de la ciudad que no pasara por allí. Cuando llegaba la Navidad el local se transformaba: muñecas de porcelana, trenes de cuerda, caballos de cartón, soldados de plomo, osos de peluche. Más de un adulto se quedaba tan fascinado como los niños que pegaban la nariz al escaparate y se podían pasar largo rato mirando embobados lo que tan majestuosamente se mostraba.
Fue Alejandro, el mayor de los varones, quien llevaría el establecimiento hacia su siguiente etapa. Él era el que viajaba al extranjero en los años veinte y treinta para traer los productos exclusivos, entre ellos la peletería como visones, nutrias, astrakanes griegos, swakaras, focas. Pieles que en la España de entonces eran sinónimo absoluto de lujo. Si no llevabas una prenda de El Regalo, no eras suficientemente importante, y así lo entendían todos aquellos que eran, o querían ser alguien dentro de la alta sociedad.
Así nació la Peletería El Regalo: la única tienda especializada de la región, con talleres propios de confección a medida. La fama trascendió Granada; venían clientes de Murcia, de Málaga, de Jaén, de Córdoba. Los profesionales de distintas provincias organizaban excursiones dominicales con sus esposas para visitar El Regalo, haciendo del viaje una pequeña ceremonia de distinción.
Pedro Cubillas Mesas con todos sus hijos varones, Ignacio, Alejandro, Pedro y José
Pedro Cubillas Mesas tuvo seis hijos, y cada uno de ellos tomó un camino distinto, aunque todos llevaban impreso el mismo sello: la creencia de que estudiar no era un privilegio sino una obligación con uno mismo. Patrocinio, la mayor, renunció a una carrera prometedora como soprano para hacerse cargo de la familia cuando murió su madre, y desde ese día fue el centro de gravedad alrededor del cual giró todo. Dolores se casó con Juan Murillo, un hombre querido por todos, y de esa unión nació Remedios, quien años después reuniría los retazos de esta historia. Alejandro heredó la mitad de El Regalo y lo convirtió en la peletería de referencia de toda Andalucía oriental, con clientes que venían de Murcia, de Córdoba, de Málaga, y hasta jeques árabes que llegaban al Balneario de Lanjarón con los bolsillos llenos de petrodólares. Ignacio llegó a catedrático y director del Instituto de Almería, y dirigió el Plan Social de La Chanca en los años más duros de la posguerra; murió de forma repentina en enero de 1961, en mitad de una conversación con su hermana Patro, con el instituto todavía en la cabeza. Pedro estudió medicina, pasó la guerra en aviación, ejerció como médico militar en África, y acabó siendo uno de los primeros anestesistas especialistas de España, con el número uno de su promoción. José, el pequeño, que cuando murió su madre tenía apenas tres años, siguió la vocación de los cielos: fue comandante de aviación y después meteorólogo en Zaragoza y en Granada, leyendo el tiempo con la misma paciencia con que su abuelo había leído los movimientos del dinero en el Almanzora.
Patro Cubillas Giménez
Patrocinio —Patro, como la llamaron toda la vida— fue el nexo que mantuvo unida a la familia una vez fallecido su padre y heredó la mitad de el Regalo junto con su hermano Alejandro. No se casó, a pesar de tener buenos pretendientes. Cuando alguien le preguntaba por qué, respondía que la vida tiene caminos muy distintos para cada uno, y que algunos encuentran la felicidad levantando un hogar propio mientras otros la encuentran procurando mantener unido el suyo. Nunca sintió que hubiera renunciado a nada.
Construyó a sus expensas una escuela en la Cuesta de las Cabras de Huétor Vega, para los niños de una barriada que quedaban incomunicados cuando el río salía con fuerza; la burocracia le impidió verla abierta cuando ya estaba terminada, pero la voluntad de haberla levantado quedó. Cuando llegaba algún modelo de ropa infantil fácil de reproducir, lo descosía, le sacaba el patrón y lo reproducía en cantidades ingentes para donarlo a Cáritas, que se encargaría de distribuirlo entre las clases mas humildes. Heredó la Casa del Pipa en Cantoria y en los años ochenta la donó al párroco, don Francisco Serrano, con la única condición de que sirviera como centro social para el pueblo. La casa fue vendida al Ayuntamiento, derribada y sustituida por un campo de petanca. El último rincón que la familia Cubillas tenía en el pueblo donde nacieron todos. Hoy, sin embargo, el legado de tita Patro sigue vigente.
«Para sus sobrinas Remedios y María Esther era un día de fiesta cuando la tía Patro las llevaba a la habitación de los baúles. Allí los guardaba alineados, uno junto a otro, y cada vez que levantaba una tapa era como abrir un mundo: abanicos de nácar, dijes o colgantes de marfil, botones de cristal de vivos colores, géneros bordados con hilo de oro, sedas que parecían traídas de oriente, mantones de manila. Artículos de una delicadeza que las niñas no sabían ni nombrar, pero que reconocían de inmediato como algo fuera de lo corriente. Patro los abría despacio, sacaba las piezas una a una, las extendía sobre la cama, y las sobrinas miraban sin atreverse a tocar»
Dolores Cubillas Giménez
Dolores se casó con Juan Murillo, natural de Motril, perteneciente a una familia numerosa de nueve hermanos. Era dependiente de un comercio próximo a El Regalo llamado Los Muñecos, del que con el tiempo llegó a ser encargado, y vivía en una vivienda encima de la tienda. También llegó a abrir comercios propios como Confecciones Murillo en la calle Zacatín, en los cuales Dolores fue clave para su gestión y buen desarrollo. Además, junto con Alejandro, fueron parte de la directiva de la Cámara de Comercio durante muchos años.
Todos los que conocieron a Juan Murillo coincidían en lo mismo: buena persona, sin vuelta de hoja. Tenía una fe profunda y sincera, sin aspavientos, y un humor que aparecía cuando menos se esperaba, con esa gracia de quien encuentra la respuesta justa en el momento justo. Era, eso sí, un hombre de ciudad hasta la médula. El campo no le llamaba nada, y no lo disimulaba. Mientras su familia pasaba los veranos en las casitas de la tía Patro, él se quedaba en Granada tan a gusto. Y cuando alguien le preguntaba dónde veraneaba, respondía sin despeinarse que su chalet de veraneo estaba en Plaza Nueva, y que quien quisiera encontrarle, a partir de las ocho y media, que es cuando cerraba el negocio, estaba invitado en alguno de los establecimientos hoteleros de su confianza.
Alejandro fue uno de los pioneros del deporte de la nieve en Sierra Nevada
Alejandro heredó la mitad de El Regalo y extendió el negocio hasta convertirlo en referencia de toda Andalucía oriental y más allá. Dirigió también la Mutua Granadina de Seguros y durante los veranos instaló una tienda junto al salón de gala del Balneario de Lanjarón, con clientela de alta sociedad andaluza y jeques árabes enriquecidos por el petróleo de Oriente Medio. Fue uno de los pioneros del deporte de la nieve en España: viajó a Alemania para los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, donde el esquí estaba muy desarrollado, y la guerra civil lo sorprendió allí. La embajada española los acogió durante toda la contienda con todas las comodidades que ese momento histórico podía ofrecer.
Ignacio Cubillas Giménez
Ignacio alcanzó la cátedra de Ciencias y ejerció primero en el Instituto de Enseñanza Media de Cuevas del Almanzora y después en el de Almería, del que llegó a ser director. Dirigió el Plan Social de La Chanca, una de las primeras iniciativas estatales de intervención asistencial implementadas por el franquismo a finales de los años cincuenta para paliar la pobreza extrema, la epidemia de tracoma y la infravivienda en ese barrio almeriense. Murió de forma repentina en enero de 1961, mientras visitaba a su hermana Patro en Granada. Estaba hablando con ella sobre un conflicto con una profesora del instituto y el despido que debía comunicarle en pocos días. La conversación quedó a medias para siempre.
A Ignacio le correspondió en herencia la casa principal y el huerto de la calle de los parrales. Este último se lo vendió a sus primas, hijas de la hermana de su padre.
Pedro Cubillas Giménez
Pedro, el cuarto de los hijos, estudió medicina. Nada más acabar la carrera fue llamado a filas y pasó la guerra civil en aviación. Al terminar la contienda, se casó con Leonor y continuó como militar con el grado de Alférez Médico del Ejército del Aire; le destinaron a África y allá se fue el matrimonio. Cuando se cansó de la vida militar, regresó a Granada y aprobó unas oposiciones de médico de cabecera, ejerciendo durante unos años cerca de la costa granadina. Una fuerte alergia al olivo de su mujer lo llevó en 1967 a presentarse al concurso-oposición para plazas de Médicos Especialistas de Anestesia-Reanimación del Seguro Social de Enfermedad. Era el año en que esa especialidad se instauraba como disciplina propia dentro de la medicina española, y Pedro formó parte de ese grupo fundacional. Aprobó con la nota más alta. Ejerció en Madrid, donde llegó a actuar como anestesista de Carmen Polo, la esposa de Franco, en alguna intervención. En la Maternidad de Santa Cristina, en la calle O'Donnell, fue compañero del doctor José Botella Llusià y del doctor Julio Iglesias Puga, conocido como Papuchi, figura muy respetada en ginecología y padre del cantante Julio Iglesias. Con él compartió toda la trayectoria del hijo, desde los primeros concursos de canto cuando era niño, sus años como jugador del Madrid, hasta la victoria en el Festival de Benidorm que lo lanzó a la fama.
«A José Botella y Pedro Cubillas les ofrecieron una millonada por ir a Mallorca a atender el parto de una nuera de Juan March, dueño de la Banca March, pero Pedro declinó la propuesta por no dejar sola a su mujer»
A Pedro le correspondió la finca de Los Carriles, en Macael, con una cantera en explotación, y que aparte de mármol, también se recolectaba esparto, cuando esta fibra era indispensable en la construcción de edificios y en la fabricación de cuerdas, antes de que fueran sustituidos por productos derivados del petróleo. Pero esta segunda generación, que tenían sus intereses lejos de Almería, se le hacía muy difícil explotarla directamente, que es cuando podía dar el mayor beneficio. Por eso decidió venderla a un empresario local.
El acuerdo de pago se estableció mediante una serie de letras de cambio que el comprador debía hacer efectivas a su vencimiento. Sobre el papel, la operación parecía sencilla. Pero cuando llegó el momento de cobrar, todas las letras fueron devueltas por el banco por falta de fondos. Y mientras tanto, el comprador había aprovechado el tiempo de los plazos para explotar la finca a fondo: las vetas esquilmadas, los accesos sin mantenimiento, el lugar dejado en una lamentable situación.
Pedro estudió la posibilidad de ir a juicio y recuperar la propiedad por la vía legal. Hizo cuentas. Los gastos del proceso, sumados a lo que costaría poner la finca de nuevo en condiciones, superaban con creces lo que podía llegar a sacarse de ella.
Y los números hablaron solos y continuar adelante podía significar gastar más de lo que realmente valía aquello que se pretendía recuperar. Y así fue como Los Carriles terminó perdiéndose para los cubillas. ¿Quién le iba a decir que esta finca, décadas después, sería parte de uno de los polígonos industriales más importantes de la zona centro y norte de la provincia de Almería?
Pedro sólo tuvo un hijo, al que llamó Pedro —como el padre y el abuelo—, que estudió biología aunque acabó dedicándose a gestionar el considerable patrimonio que sus padres habían construido a lo largo de toda una vida. Al fin y al cabo, era un Cubillas, y el espíritu emprendedor corría por sus venas.
José, el menor, siguió la vocación de los cielos. Fue comandante de aviación y en 1945 se presentó a las oposiciones para la Escala Técnica de Ayudantes de Meteorología del Servicio Meteorológico Nacional. Ejerció primero en Zaragoza y después en el Aeropuerto de Granada, donde fue nombrado Ayudante de Meteorología a mediados de los años sesenta. En 1979 ascendió a Jefe del Negociado de Información de la Oficina Meteorológica del aeropuerto. Una carrera construida vuelo a vuelo, frente meteorológico a frente meteorológico.
De la unión de Dolores Cubillas y Juan Murillo nació Remedios Murillo Cubillas: el nombre de la abuela que las fiebres tifoideas arrebataron en Granada regresaba así a la saga, como si las familias tuvieran una forma propia de honrar a sus muertos.
Fue Remedios quien, a vuela pluma y con la emoción de los recuerdos, impulsó esta biografía de la saga Cubillas. Reunió los retazos de esta historia para que no se perdieran. Lo que aquí se ha desarrollado en crónica nació en sus palabras: breves, precisas, cargadas de la densidad que solo tiene el recuerdo vivido.
«Esta que hoy escribe estas reducidas semblanzas familiares agradece a sus antepasados los inmensos valores que vivieron y supieron transmitir»
Esa gratitud —serena, llena de felicidad, anclada en lo concreto— es quizás el mejor resumen de lo que fue la familia Cubillas a lo largo de un siglo. Un banquero masón que cruzó el Atlántico para aprender. Una viuda que acompañó a sus nietos a la universidad. Un alcalde que peleó por el agua y el mercado de su pueblo. Una mujer que se divorció con el coraje de no ceder. Un pionero del comercio de lujo que descubrió el deporte del esquí en Berlín. Una aspirante a soprano que cambió el escenario por las tareas domésticas sin quejarse. Un médico que pasó la guerra en África y aprobó las oposiciones de anestesia con el número uno. Un catedrático que murió con el instituto en la mente. Un meteorólogo que leyó el cielo durante décadas. Y por encima de todos ellos, la memoria de Remedios Giménez, la madre que murió en Granada y cuyo nombre volvió, como el río que bautizó a su suegro en la masonería, a correr por el apellido de la familia.
No es una historia de grandes luchas que se recogen en los libros. Es la historia de una familia de un pequeño pueblo que creyó en la educación cuando la educación no era evidente, que se atrevió a moverse cuando quedarse era lo fácil, y que supo transmitir a sus descendientes algo que no se hereda por testamento: la conciencia de que el esfuerzo tiene dignidad y la memoria, forma de gratitud.
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Cantoria · Granada, 1870 –
Remedios Murillo Cubillas, nieta de Pedro Cubillas (hija de Dolores)
Publicidad en diversos medios de la Peletería el Regalo. Año 1945
Publicidad en diversos medios de la Peletería el Regalo. Año 1946
Publicidad en diversos medios de la Peletería el Regalo. Año 1949
Publicidad en diversos medios de la Peletería el Regalo. Año 1946
Publicidad en diversos medios de la Peletería el Regalo. Año 1946
Publicidad en diversos medios de la Peletería el Regalo. Año 1946
Patro con su hermano Alejandro
Pedro Cubillas ya en su vejez cuando se quedó ciego
Dolores Cubillas
Juan Murillo, marido de Dolores Cubillas con su hijo Gerardo
Dolores con su hermano José
Casa familiar de Cantoria en 1933. Colección: Familiares del párroco don Luis Papis
Trabajadores de la fábrica de ataúdes del la sociedad José e Hijo sobre 1910. Colección Judith Gómez
Grabado de David Roberts de la Puerta Bib-Rambla o arco de las Orejas hacia 1830
Esquela de Ignacio en Enero de 1961
Detalles de la puerta principal de la casa de Pedro Cubillas (hoy conocida como la de Carmen la Turca) donde podemos apreciar las iniciales de Pedro. Colección: Decarrillo
Alejando (pelo blanco) de costalero de la Virgen de las Angustias de Granada
La muer de Ignacio con dos de sus hijas