Yo nunca olvidé a Lijuán
Por Andrés Carrillo Miras, con testimonios de los hermanos Berbel Picazos
Por Andrés Carrillo Miras, con testimonios de los hermanos Berbel Picazos
Hay cosas que el tiempo no toca. Y cada año, cuando agosto empieza a asomar la cabeza por el calendario, algo se despierta dentro de mí, algo que llevo esperando trescientos sesenta y cuatro días. Sé que vendrán a buscarme. Abrirán las puertas de esta ermita donde llevo toda una vida velando por Cantoria y, con la misma delicadeza con la que se toma en brazos a un padre anciano, me bajarán hasta la iglesia parroquial. No os podéis hacer una idea de lo que se siente al dejar este cerro después de tantos meses de silencio.
Allí paso unos días rodeado de mi gente, y os aseguro que no hay compañía mejor. Los veo entrar despacio, dejando fuera el bullicio de la calle, como quien se quita un abrigo pesado al cruzar una puerta. Algunos levantan la mirada hacia mí antes incluso de santiguarse, con esa mezcla de confianza y vergüenza de quien lleva mucho sin venir. Otros se acercan sin prisa, me besan los pies con la mano y se quedan ahí, quietos, unos segundos, como si ese gesto pequeño bastara para quitarse de encima el peso que traían sobre los hombros. Yo los conozco a todos. Sé quién viene a pedir y quién viene solamente a callar un rato. Y os digo una cosa: no siempre buscan un milagro. Muchas veces sólo necesitan sentarse en el primer banco, escuchar cómo el silencio de estas paredes viejas les habla más bajito que cualquier otra cosa, y marcharse con el corazón un poco menos apretado.
Y así espero hasta el día 7. Mi día. Mi gran día, cuando vuelvo a recorrer las calles junto a mi compañero de siempre, San Antón. Ese día se me olvida hasta la edad que tengo. Escucho la banda afinando desde lejos, huelo la pólvora antes de que estalle el primer cohete, veo los balcones vestidos de colgaduras y a las familias apretujadas en las aceras. Los niños corretean entre la gente sin saber todavía que un día serán ellos los que lleven de la mano a sus propios hijos por estas mismas calles. Cuando la procesión termina y el pueblo se va a la fiestas, yo regreso arriba, a mi casa.
Porque sí, esta ermita ha sido siempre mi casa. La única.
Desde aquí he visto pasar más vidas de las que nadie sería capaz de contar. He visto caer casas viejas y levantarse otras nuevas encima de sus escombros. He visto cambiar de dueño los almendros del cerro más veces de las que recuerdo. Y he visto a aquellos niños que subían hasta aquí con los pantalones remendados volver, ya mayores, convertidos en abuelos que traían a sus nietos de la mano, contándoles lo mismo que a ellos les contaron. También he visto crecer mis fiestas, ¿sabéis? Al principio no eran más que una reunión sencilla en esta misma explanada, con cuatro bombillas colgadas de un cable y la ilusión de un pueblo entero sosteniéndolas. Después bajaron a la plaza, porque aquí ya no cabíamos. Y hoy, hoy llenan de luz y de ruido el recinto ferial, junto a la vieja estación del tren.
Las fiestas han cambiado de sitio. Yo no. Yo sigo aquí arriba, donde empezó todo, donde empezó él.
Y quizá por eso, cuando desde el cerro oigo llegar la música en las noches templadas de agosto, siempre me acuerdo del mismo hombre. Se llamaba Luis Juan, aunque en el pueblo, con ese cariño que tiene Cantoria para acortarlo todo, lo llamabais Lijuán.
Yo lo conocí siendo un crío de muy pocos años, cuando se escapaba de casa de sus padres, subía hasta aquí sin que nadie lo viera y se plantaba delante de mí durante horas. No hablaba mucho al principio. Sólo miraba.
Había nacido en Cantoria allá por 1914, en un tiempo en que la vida pesaba mucho más de lo que hoy cualquiera puede imaginarse. No hacían falta grandes desgracias para conocer la pobreza; bastaba con abrir los ojos cada mañana y contar los jornales que no llegaban. Los inviernos se hacían eternos y había familias que aprendían a estirar un mendrugo de pan como quien guarda un tesoro.
Luis Juan creció ahí en medio, entre aquella dureza, y sin embargo nunca dejó que la amargura le echara raíces por dentro. Eso, mirad, no todos lo consiguen.
De mayor seguía viniendo, y yo esperaba esa compañía con unas ganas que no sabría explicaros. Nunca fue hombre de rezos largos ni de arrodillarse con solemnidad. Entraba despacio, se quitaba la gorra con la mano y se quedaba mirándome unos minutos sin decir nada, como midiendo por dónde empezar. Después se ponía a hablar, igual que se habla con el vecino de toda la vida. Me contaba cómo iba el pueblo, quién había caído enfermo, qué familia andaba pasándolo mal, o qué idea nueva se le había metido esa semana en la cabeza. Porque de ideas, os lo aseguro, nunca anduvo escaso. Y de carácter para no dejarlas dormidas en un cajón, tampoco.
Era un hombre impulsivo, incapaz de quedarse quieto cuando pensaba que algo podía hacerse mejor. Más de una vez lo vi salir de aquí con una decisión ya tomada en la cabeza y volver días después habiendo puesto medio pueblo patas arriba para sacarla adelante. Y sí, tenía sus rarezas, como las tenemos todos, hasta nosotros allá arriba en nuestros altares.
Tenía unas costumbres, eso sí, que llamaban la atención de cualquiera que se cruzara con él por las calles de Cantoria. Jamás pisaba el umbral de una puerta: siempre lo salvaba de un pequeño salto, como si esa raya de piedra escondiera un secreto que sólo él conocía. Y en algunas esquinas tampoco giraba como el resto del mundo. Se paraba, apoyaba la espalda en la pared y, deslizándose sobre ella, pasaba de una calle a otra con la naturalidad de quien lleva repitiendo el mismo gesto toda una vida.
Más de uno sonreía al verlo. Es la sonrisa que provoca siempre aquello que no entendemos y que, por comodidad, preferimos no intentar comprender. Pero a él nunca le importó parecer distinto. Jamás perdió un minuto explicando sus manías ni justificándolas ante nadie. Tenía la cabeza ocupada en cosas mucho más importantes. Mientras los demás se fijaban en sus rarezas, él sólo tenía ojos para las personas.
En aquellos años era imposible recorrer Cantoria sin tropezarse de frente con la necesidad. Había niños que iban descalzos hasta en invierno, mujeres que hacían auténticos milagros para que la olla no se quedara vacía, y hombres que se deslomaban de sol a sol sin saber siquiera si al día siguiente habría trabajo. Lijuán no soportaba ver aquello, os lo digo yo, que lo vi sufrir por ello más de una vez. Si se encontraba a alguien sin zapatos, era capaz de quitarse los suyos allí mismo y volver a casa descalzo, como si nada. Si llevaba un trozo de pan encima y descubría que otra familia pasaba más hambre que la suya, aquel pan cambiaba de dueño sin pensárselo ni un segundo. Y eso que en su casa tampoco sobraba nada de nada. Aun así daba lo que tenía, le hiciera falta o no. No hace falta que os diga que aquel muchacho escondía un corazón demasiado grande para vivir pendiente sólo de sí mismo.
Con los años empezó a repetirme una pregunta que, al principio, os confieso, me hacía pensar más de la cuenta.
—Dime una cosa... ¿por qué San Antón tiene su fiesta todos los años y tú no?
No lo preguntaba para enfrentarme a mi compañero San Antón, ni mucho menos. Él quería a San Antón con el mismo cariño con el que me quería a mí. Lo que no le entraba en la cabeza era que el pueblo celebrara con tanta alegría la fiesta de mi compañero mientras que a mí, nada de nada.
Y una noche me soñó. No os voy a contar lo que hablamos, porque hay conversaciones que pertenecen sólo al corazón de quien las recibe. Pero sí puedo deciros que, cuando abrió los ojos al amanecer, ya era otro hombre distinto al que se había dormido. Había entendido que no bastaba con lamentarse de que las cosas fueran como eran. Había que remangarse y trabajar para cambiarlas.
Lo primero que hizo fue ir a buscar al bueno de don Andrés Sánchez, el cura. Le contó la idea que llevaba días dándole vueltas en la cabeza: quería organizar unas fiestas en mi honor, para hacerme justicia, y tenían que celebrarse aquí, en mi casa.
Don Andrés lo escuchó sin cortarlo ni una sola vez y, cuando terminó, le contestó con una sonrisa:
—Me parece una buena idea, Luis Juan. Pero antes habrá que adecentar la explanada, que está que da pena verla.
Muchos habrían visto en esas palabras un obstáculo imposible de salvar. Él no. Él sólo vio una puerta cerrada, y ya sabía dónde buscar la llave.
Desde ese día apenas volvió a hablar del asunto. No porque hubiera renunciado, sino porque era de esas personas que prefieren trabajar antes que prometer. Mientras otros hablaban de lo que harían algún día, él ya estaba llamando puerta por puerta, pidiendo ayuda donde hiciera falta y convenciendo a todo el que se cruzaba en su camino de que yo también merecía mi fiesta.
Y lo consiguió. Pero no fue él solo, que las grandes obras nunca las levanta una sola persona. Las levantan muchos brazos, empujados por la ilusión de alguien que sabe contagiarla. Unos aportaban unas pesetas, otros materiales, otros su propio trabajo. Los albañiles y los jornaleros acudían cuando había que levantar un muro, nivelar la explanada o echar cemento en el camino. Lijuán les repetía una y otra vez que algún día cobrarían, y ellos, que conocían de sobra cómo estaban las cosas, nunca esperaron ese dinero ni se lo reclamaron. Les bastaba con verlo trabajar codo con codo junto a ellos para saber que allí nadie estaba sacando tajada.
Su empeño no se quedó en organizarme los festejos. Quería que este lugar recuperara la dignidad que merecía.
Gracias a aquella cabezonería suya se restauró el muro de la explanada, se levantaron los nichos del Vía Crucis que empezaba en El Barrio y terminaba bordeando todo este cerro, y se acondicionó el campanario para que un ermitaño pudiera vivir aquí con su familia, cuidando del edificio y de los que aquí moramos cada día del año.
Todo aquello costaba mucho más de lo que nadie podía imaginarse, así que se las ingenió para abrir una cuenta en la que los vecinos aportaban una pequeña cantidad cada mes. A cambio, él mismo les subía y bajaba diariamente dos cántaros de agua potable hasta la puerta de sus casas. Cuántas veces lo vi subir por el camino con el paso ligero de siempre, y regresar horas después con los hombros vencidos por el peso del agua. Nunca se quejó. Sabía que cada viaje era una piedra más puesta en el futuro de esta ermita.
Aquellos años no fueron fáciles para nadie. Veníamos de una guerra, una guerra a la que a él también lo llamaron, y no fue porque le pesaran poco sus ideas, sino todo lo contrario. Se lo había prometido a su familia, y sobre todo se lo había prometido a sí mismo: jamás empuñaría un arma contra otro hombre. Decía que ninguna idea, ninguna bandera y ningún odio podían valer más que el abrazo de una madre a su hijo, o el regreso de un padre a su casa.
El día que compareció ante el capitán que decidía quién marchaba al frente, hizo algo que exigía más valor todavía que llevar un fusil al hombro. Fingió haber perdido la razón. Lo representó tan bien que lo declararon inútil para el servicio y lo dejaron marchar. En el pueblo pensaron que era otra extravagancia más de Lijuán. Yo nunca lo vi así. Yo sólo vi a un hombre dispuesto a cargar con el juicio de los demás antes que traicionar aquello en lo que creía de verdad.
Y a pesar de todo, poco a poco, el trabajo fue dando su fruto, hasta que el 7 de agosto de 1949 esta explanada dejó de ser un rincón olvidado para convertirse en el corazón de Cantoria. Aquella noche hubo música, hubo vecinos, hubo risas, y hubo una ilusión que llevaba mucho tiempo sin respirarse por aquí. Nadie podía imaginar entonces que aquella celebración tan sencilla acabaría creciendo hasta convertirse en las fiestas que hoy conoce todo el mundo.
Lijuán miraba a la gente con una felicidad difícil de explicar. Y no era la satisfacción de quien ha conseguido algo para sí mismo, no. Era la alegría de ver a un pueblo entero disfrutando de un sueño que ya había dejado de ser suyo, porque desde ese momento pasó a ser de todos.
Pero todavía quedaba trabajo por delante, que aquello no se terminaba en un solo año, y por eso había encargado una partida de cemento para acabar de solar la explanada. El tren la dejó en la estación de Cantoria, y allí se quedó, esperando a que alguien fuera a recogerla. Pero él ya no pudo ir a por ella.
Una neumonía se le cruzó en el camino y, poco después, una endocarditis terminó apagando aquella vida que parecía incapaz de detenerse. El 20 de enero de 1952, con sólo treinta y ocho años, Lijuán cerró los ojos para siempre.
Durante algunos días, los sacos de cemento se quedaron allí, en la estación, esperando. Nadie fue a buscarlos, y al final volvieron por el mismo camino por el que habían llegado.
Hay imágenes que el paso del tiempo no logra borrar. La del entierro de Lijuán es una de ellas, y os aseguro que la llevo grabada como el primer día.
Aquella misma jornada coincidía con la subida de las imágenes hasta esta ermita. Cuando la procesión pasó por delante de la puerta de su casa, los portadores se detuvieron y nos giraron, a San Antón y a mí, hacia aquella entrada donde descansaba el hombre que tanto había luchado por nosotros. La banda siguió tocando, despacio, casi de puntillas. Muchos no pudieron contener las lágrimas. Yo tampoco pude.
Han pasado casi ocho décadas desde entonces. Muchos de los que trabajaron a su lado ya descansan junto a él. Otros sólo lo conocen por lo que les contaron sus padres o sus abuelos, sentados a la mesa, con esa mezcla de orgullo y nostalgia con la que se cuentan las cosas importantes. Y sin embargo, cada vez que agosto vuelve a llenar de música las noches de Cantoria, su recuerdo regresa conmigo, puntual, como si nunca se hubiera ido.
Porque las fiestas pueden cambiar de sitio, las generaciones pueden sucederse unas a otras, y hasta las costumbres pueden transformarse con los años. Lo que nunca debería cambiar es la memoria de quienes hicieron posible que hoy exista un motivo para reunirse, para abrazarse, para celebrar.
Esta tarde, cuando vuelva a recorrer las calles del pueblo y la banda empiece a sonar, habrá quien me mire buscando un milagro, quien me dé las gracias por un favor concedido, y quien simplemente pase a mi lado con respeto y siga su camino.
Yo, mientras tanto, seguiré buscando entre la gente el rostro de aquel muchacho inquieto que un día soñó con devolverle la vida a su ermita.
Y aunque ya no pueda verlo caminar saltando los umbrales de las puertas, ni apoyando la espalda en las esquinas para cambiar de calle, os aseguro una cosa, y ésta no me la calló nadie: mientras haya alguien en Cantoria que pronuncie su nombre, Lijuán seguirá formando parte de mis fiestas.
Hermanos Sergia, Andrés y Rafael Berbel Picazos.
Casto Uribe
Paco Cuéllar
Diego Piñero