La Niña Dormida
Por Andrés Carrillo Miras
Por Andrés Carrillo Miras
Era una de esas noches de julio en que el calor del día se queda pegado a las piedras y el aire no se mueve ni por asomo, y aun así la gente saca las sillas a la calle, que dentro de las casas se ahoga uno. Encarnación, pasados ya los setenta y con más arrugas que el cauce seco del río en agosto, se acomodó en su silla de enea junto al quicio de la puerta y se puso a esperar, como cada noche, a que las vecinas fueran llegando.
Concha fue la primera en asomar, con su abanico de tela floreada. Detrás vino Remedios, cargando una jarra de limonada. Y por último, la joven Virtudes, recién casada y venida de otro pueblo, que todavía no sabía muy bien cómo meterse en esos corrillos de mujeres mayores, pero se sentaba y escuchaba con los ojos como platos.
Fue Remedios la que lo soltó sin querer, al pasar la vista por la casa cerrada de la esquina:
—Qué abandono tiene ya esa casa...
Encarnación la miró de reojo.
—Claro. Desde que murió la pobre María nadie ha querido abrirla.
Virtudes, que no conocía esa calle ni sus historias, se quedó mirando la fachada con curiosidad.
—¿María? ¿Y quién era?
Concha y Remedios se cruzaron una mirada, buscando por dónde empezar, que no era fácil.
—La Niña Dormida, la llamaban —dijo al fin Remedios, bajando la voz, como si la casa pudiera oírlas.
Virtudes frunció el ceño.
—¿La Niña Dormida? ¿Por qué ese nombre tan curioso?
—Por una enfermedad que tenía —contestó Concha—. Le caía el sueño encima de repente, sin avisar. En medio de la calle, en el mercado, donde le pillara. Se quedaba dormida como si le apagaran la luz de golpe. Pero el nombre... el nombre venía de más adentro que la enfermedad.
Virtudes se volvió hacia Encarnación, que se había quedado callada, abanicándose despacio, como quien va ordenando los pensamientos antes de soltarlos.
—¿Usted la conoció?
—La conocí desde niña. La vi crecer, la vi caer, la vi levantarse. Y la vi morir, que también hace falta valor para acompañar eso. —Se detuvo un momento—. Siéntate bien, muchacha, que lo que hay detrás de esa puerta no se cuenta en cinco minutos.
Las mujeres se arrimaron un poco más. La noche se quedó quieta, como si también ella quisiera escuchar.
—María no empezó siendo la Niña Dormida —arrancó Encarnación, con esa voz ronca que dan los años y el mucho callar—. Empezó siendo la hija de Dolores. Y Dolores era una mujer tan honrada como la que más. Hija de campesinos, con el mandil siempre limpio, maniática del jabón y del orden. Hasta que su marido se marchó a la Argentina con la promesa de mandar los pasajes en cuanto encontrara trabajo y un sitio donde meter a la familia. Nunca lo hizo. Solo mandó tres cartas, y luego el olvido.
Concha chasqueó la lengua.
—Como tantos...
—Como tantos, sí. Pero a Dolores le tocó apechugar sola con la niña. Sin dinero, sin familia cerca, sin nadie que le tendiera la mano. Cargaba cántaros, lavaba ropa ajena hasta que se le abrían las manos con el frío... y aun así no llegaba. Y una noche de las más crudas que yo recuerdo, Dolores tomó la decisión más dura que puede tomar una madre: hacer lo que hiciera falta para que su hija no se acostara con el estómago vacío.
Virtudes bajó la mirada.
—Lo que tuvo que hacer Dolores —siguió Encarnación con firmeza— lo hizo por hambre y por la niña. No por vicio, ni por gusto. Que eso quede claro antes de que nadie la juzgue.
Se abanicó despacio un momento.
—Pasaron seis años sin noticia alguna. Y fue después de la última carta, cuando Dolores ya ni se asomaba a la puerta al paso del cartero, cuando ocurrió el encuentro. Una mañana, camino del lavadero con el balde al hombro, dobló la esquina y se topó de frente con Antonio el Temprano. Lo reconoció al momento, aunque hubieran pasado los años: era un mozo del pueblo que se había ido a la Argentina con la idea de trabajar, juntar algo de dinero y volver a casarse con su novia de toda la vida. Y eso mismo había hecho. Allí estaba, de vuelta, con los bolsillos no muy llenos pero sí suficientes, y con la boda ya en marcha.
Fue él quien se acercó primero. Se quitó la gorra y la saludó con esa torpeza de quien trae una noticia que no ha pedido cargar.
—Dolores... tengo que decirte algo. He dudado mucho desde que llegué, que no me gusta ser yo el que traiga malas noticias.
Ella dejó el balde en el suelo, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza que iba a necesitar las manos libres.
Antonio le contó que, al desembarcar en el puerto de Rosario, lo habían enganchado enseguida en las obras del ferrocarril que los franceses levantaban entre Rosario y Puerto Belgrano. Una línea larga, de mucho trabajo, que iba cruzando la pampa de pueblo en pueblo. En uno de esos pueblos de paso, los obreros se hospedaban en una pensión. Y allí, detrás del mostrador, ayudando a la dueña a llevar los cuartos y las cuentas, estaba el marido de Dolores. Tan campante, tan ufano de lo conseguido, sin una sombra de remordimiento por lo que había dejado atrás. La dueña era una viuda de mediana edad, de buen ver, y él había encontrado acomodo allí como quien encuentra sombra en pleno verano.
—No estaba muerto, ni enfermo —le dijo Antonio, con la vista clavada en el suelo—. Estaba bien. Demasiado bien. Las miradas, los gestos, la complicidad entre los dos... eso lo decía todo. Por suerte no me reconoció, y ya me cuidé yo de que no lo hiciera.
Dolores, con los nervios de la noticia, quiso coger el balde para seguir su camino, pero se le escapó de las manos con tan mala fortuna que fue a parar al suelo. La ropa sucia se esparció por la tierra como si fuera su propia alma desparramada. Y ella se quedó quieta, con la mirada perdida entre las piedras del suelo y el final de todo lo que había esperado.
Los hombres empezaron a venir a la casa. De todas las edades y condiciones, que para eso la necesidad no distingue. Y así fue pasando el tiempo, hasta que una noche ocurrió algo que partió la vida de la pequeña María en dos mitades que ya nunca volvieron a encajar.
Encarnación se detuvo. Se miró las manos en el regazo.
—No me gusta contarlo. Pero es parte de su historia, y sería una injusticia callármelo. Aquella noche había, junto a la chimenea, un grupo de mozos esperando turno. La lumbre les dibujaba las sombras en la pared. Y uno de ellos vio la puerta del cuarto de la niña entreabierta. La vio dentro, dormida en la cama, abrazada a su muñeca de trapo, indefensa como solo pueden estarlo los niños de esa edad cuando duermen.
—Lo que hicieron esos en aquel cuarto... —la voz de Encarnación se puso más baja, más dura— le robaron lo que no se puede devolver. Y Dolores no oyó nada, porque le taparon la boca a la niña. Y cuando salieron como si nada, entró ella al cuarto y encontró a su hija hecha un ovillo, sin fuerzas ni para llorar, ida. La cogió, la zarandeó para que reaccionara, y entonces la vio: una mancha de sangre entre sus piernecitas.
Remedios cerró los ojos.
—De aquella noche le vino la enfermedad —siguió Encarnación—. El médico, don Antonio López, le puso nombre: narcolepsia. El sueño que te cae encima sin avisar, hagas lo que hagas, y te tumba donde te pille. Pero yo siempre he pensado que era el cuerpo buscando la manera de escapar de lo que no podía olvidar. Que hay heridas que el alma no sabe cómo cargar despierta.
El silencio que vino después fue de los que pesan.
—La llamaron la Niña Dormida —dijo Encarnación al fin—. Unos con lástima. Otros con guasa. Como si el mote fuera lo gracioso, y no la tragedia que llevaba dentro.
—Dolores murió cuando María tendría unos veinte años, y no fue solo la enfermedad lo que la mató, aunque también puso lo suyo. Fue que se dejó ir. Llegó un momento en que aquella mujer miró su vida y no encontró razón para seguir cargando con ella. La vida la había tratado tan mal, durante tanto tiempo, con tanto desprecio y tanta soledad, que simplemente soltó. Como se suelta una cuerda cuando ya no quedan fuerzas en las manos y hasta el peso de los propios huesos se hace insoportable.
—Dios la tenga en su gloria —murmuró Concha.
—La vi apagarse poco a poco, como se apaga un candil sin aceite. Sin drama, sin queja. Solo... soltando. Y cuando murió, María se quedó sola frente a todo.
Encarnación dejó pasar un instante.
—Todo el pueblo sabía lo que había en aquella casa. Y todo el pueblo sabía lo que le había pasado a ella de cría. Y con todo, ningún muchacho quería nada serio con María. Estaba marcada, decían. Como si la culpa fuera suya y no de quienes se la hicieron. Así que cuando Dolores faltó, María no tuvo adónde ir. Ninguna puerta se abrió, ninguna mano limpia se tendió. Y siguió con lo que había visto hacer desde niña, porque el pueblo no le dejó otra salida.
—Y entonces fue lo del lavadero —dijo Encarnación, y el tono se le puso otra vez frío.—Dolores ya había muerto. María estaba sola, sin nadie que velara por ella.
A lo lejos se oyó ladrar un perro. Después, silencio.
—Una noche de Reyes, un grupo de mozos que ya iban bastante servidos de tanto darle al vaso en el casino se envalentonaron y se plantaron en su casa. Algunos eran clientes de siempre, como lo habían sido sus padres, que allí se conocían todos desde niños. Los mismos que, cuando no tenían un real, que era casi siempre, no les quedaba más que robar a sus padres o a sus abuelos medio celemín de trigo o de cebada para pagarse con eso sus servicios. Llamaron a la puerta, y cuando María abrió, sin mediar palabra, la agarraron entre todos y se la llevaron a rastras al lavadero del terrero.
Virtudes se había quedado muy quieta.
—Allí la sujetaron. Le arrancaron la ropa. Y le untaron todo el cuerpo con pimentón picante, de arriba abajo. Reíéndose mientras lo hacían, que eso es lo que más se me revuelve por dentro cada vez que lo recuerdo.
Remedios se llevó la mano a la boca.
—María empezó a retorcerse de picor, a gritar, a desesperarse... y entonces uno la empujó a la acequia. En enero, con el agua helada que bajaba de la zanjilla. Sus gritos se oyeron en media calle. Acudimos corriendo. Y aquellos valientes salieron por patas como las ratas que eran, dejándola dentro del agua, temblando. La sacamos entre varias. Yo le eché mi mantón por encima y la llevamos a su casa.
El silencio que cayó se hizo todavía más pesado.
—¿Y los que lo hicieron? —preguntó Virtudes, con la voz quebrada.
Encarnación la miró fijamente.
—Ella los conocía a todos, como ya he dicho. Sabía sus nombres, sus casas, quiénes eran sus padres. —Dejó pasar un rato largo—. Y no dijo nada. No fue al cuartelillo, no señaló a nadie. Yo misma le pregunté por qué. ¿Sabéis lo que me contestó?
Las mujeres esperaron.
—Me dijo: "Encarnación, ¿para qué? ¿Para que me llamen puta delante del guardia? ¿Para que me pregunten qué hacía yo con esos mozos? ¿Para que la vergüenza caiga sobre mí y ellos salgan a reírse a la calle? ¿Para que vuelvan otra noche y las represalias me maten y me tiren a algún pozo?"
Encarnación sacudió la cabeza despacio.
—Y lo peor de todo es que tenía razón. Así era entonces. Así era.
—Pero también hubo bondad en su vida, que no todo fue oscuridad, aunque lo parezca.
El tono de Encarnación cambió. Se le suavizó algo en la cara.
—Cuando María ya era mayor, el alcalde de entonces, que tenía más conciencia que la mayoría, le dio un puesto en el mercado de los miércoles. Un puesto fijo, suyo, para que pudiera ganarse la vida de otra manera. Vender sus cosas, sus frutas, sus cacharros... vivir con algo de dignidad, que ya iba siendo hora.
—Pero no faltaron los que quisieron quitárselo. Los puestos de al lado le fueron comiendo terreno poco a poco. Un palmo hoy, otro mañana. Y María se defendía como podía, pero sola contra dos es difícil, y con la enfermedad encima, que a veces le caía el sueño en mitad de la discusión y la dejaba vendida.
A Encarnación se le dibujó algo parecido a una sonrisa.
—Un miércoles se armó una buena. La del puesto de al lado le había invadido medio espacio y María no estaba dispuesta a callarse. Andaban las dos enzarzadas cuando acertó a pasar doña Carmen, que era de las señoras más respetadas del pueblo, de esas que salen de misa con su toquilla negra y todo el mundo se aparta para dejarlas pasar. Se paró, escuchó un momento, y se metió por medio con esa autoridad que da el señorío de verdad.
Le dijo cuatro cosas a la otra, con mucha educación pero sin dejar lugar a dudas. Y la mujer recogió sus cosas y se volvió a su sitio sin rechistar.
María se quedó mirando a doña Carmen con los ojos brillantes. Quiso darle las gracias como pudo, con toda la buena intención del mundo, y no se le ocurrió otra cosa que decirle: "Doña Carmen, cómo se le nota el señorío y las buenas formas... y que sepa que nunca, pero nunca, en todos los años que llevo en esta tierra, he tenido en mi casa hombres tan limpios, tan bien afeitados y de tan buen olor como los de su familia".
Concha dio un respingo. Remedios se tapó la boca con la mano, sin saber si reír o llorar.
—Doña Carmen —siguió Encarnación— se quedó de piedra. La miró. Palideció un poco. Musitó algo así como "gracias, hija" y siguió andando muy tiesa, muy digna, pero con una cara que yo no he olvidado: la de una mujer que se llevaba de allí una incertidumbre que le iba a durar mucho tiempo.
Y María se quedó tan contenta, convencida de que le había hecho un cumplido precioso.
Virtudes no pudo evitarlo y soltó una risita que ahogó enseguida con la mano.
—No tiene gracia, y tiene toda la gracia del mundo —dijo Encarnación—. Porque María lo decía de corazón. Ella no tenía malicia. Nunca la tuvo. Era lo que era, y punto.
Las mujeres se quedaron calladas un buen rato, con la limonada ya tibia y el abanico quieto en la mano.
Encarnación miró hacia la casa cerrada de la esquina. La luna le daba en la fachada encalada y la hacía brillar un poco en la oscuridad.
—Al final la enfermedad la fue consumiendo poco a poco —dijo, con la voz ya más cansada—. No de golpe, no. Fue como ella había vivido: despacio, con sufrimiento, sin prisa por acabar. Primero dejó de poder ir al mercado. Luego de salir a la calle. Luego de levantarse de la cama.
Se detuvo un momento.
—Nos fuimos turnando entre nosotras. Remedios, Concha, yo... le llevábamos la comida, le cambiábamos las sábanas, la aseábamos. Que María siempre fue muy limpia, como su madre, y no hubiera querido que la vieran de otra manera. Su casa la mantuvimos como a ella le gustaba, que el orden era lo poco que le quedaba propio.
Remedios asintió en silencio, con los ojos brillantes.
—Y don Juanito el médico—siguió Encarnación— se pasaba todos los días a verla. Todos, sin faltar uno, aunque ya no hubiera nada que la medicina pudiera hacer. Se sentaba a su lado, le cogía la mano, hablaban un rato. A veces, al marcharse, le dejaba unas monedas bajo la almohada. Sin decir nada, sin aspavientos. Para que nosotras pudiéramos comprarle lo que hiciera falta. Así era él, un hombre de otra pasta, y por eso Dios quiso llevárselo tan pronto, cuando más falta le hacía a este pueblo.
Virtudes miraba al suelo.
—Una mañana de otoño fui a llevarle el desayuno —dijo Encarnación, ya más despacio— y la encontré con los ojos cerrados y una calma en la cara que yo nunca le había visto en vida. Como si por fin hubiera encontrado paz en ese sueño que tantas veces la había traicionado. El mismo sueño que la persiguió desde niña... pero esta vez tranquilo, reparador, feliz.
Se quedó callada un momento.
—La enterraron en un rincón apartado del cementerio. Como si hasta en la muerte hubiera que separarla de los demás. A mí eso siempre me pareció una injusticia muy grande. Ella, que no le había hecho mal a nadie, acabó apartada también allí.
Hizo una última pausa, mirando la fachada encalada.
—Pero yo me acuerdo de ella. Y mientras me acuerde yo... algo queda.
La campana gorda de la iglesia tocó las doce de la noche, y las mujeres, casi sin pensarlo, recogieron sus sillas. No había mucho más que contar de la historia de María. O quizá sí, quién sabe. Concha se marchó la primera, despidiéndose con un gesto de cabeza. Remedios apretó el brazo de Encarnación al pasar, y en ese apretón iba todo lo que no hacía falta decir. Virtudes fue la última en levantarse. Miró una vez más la casa de la esquina, como quien mira algo que ya no va a poder ver igual.
—Hasta mañana, Encarnación —dijo, con la voz un poco rota.
Encarnación no contestó enseguida. Se quedó sentada un momento más, sola, con el abanico quieto en el regazo y los ojos puestos en la fachada encalada que la luna seguía iluminando, ajena a todo, indiferente como lo habían sido tantas cosas con María.
Luego se levantó despacio, con el cansancio de los años y el peso de lo contado, recogió su silla y, antes de entrar, se volvió una última vez hacia la casa cerrada.
—Buenas noches, María —murmuró, tan bajo que casi era solo para ella.
Y entró. Y la calle se quedó vacía.
La casa de la esquina siguió cerrada, como siempre. Con sus paredes que lo habían visto todo. Con su silencio que no era vacío, sino memoria. Con todo lo que el pueblo había querido olvidar y que aquella noche, al menos, había vuelto a respirar.
Enrique Ricardo Urrea
Ramón Cortés
Casto Uribe
María del Barrio